jueves, 29 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (XVI)

Aquel patio de arena. Mi infierno personal. Una llama que corroe mi alma con la culpa. Un asesinato frío e inconsciente. Y yo era el asesino.



Los siguientes días fueron iguales. Trotábamos al sol con furia, pero el telón de fondo fue reemplazado por extensos campos de arroz con multitud de campesinos trabajando. Me recordó vagamente al hogar que suponía que había tenido. Los niños ayudaban a sus mayores, mientras cantaban y segaban, dando gracias al Señor por un día más de vida en este efímero mundo.
En el horizonte fue creciendo una silueta de muchas personas corriendo, así que estuvimos atentos. Eran muchos y corrían en sentido contrario a nosotros, iban armados y vestidos de blanco y algo de armadura. Ilse, que iba muy adelantada a nosotros nos indicó que no había peligro. Las siluetas resultaron ser Templarios. Gorke levantó la espada y les hizo un saludo, al que los Templarios respondieron. Nos cruzamos y nadie miró a atrás. Apresuré a Humildad para ponerme a la altura del sargento.
-Señor-le dije para llamar su atención, pero no me escuchaba por encima del estruendo de los caballos, así que grité más.- ¡Señor!
Ahora sí me escucho, me miro e hizo un gesto con la cabeza para que procediese a hablar.
-¿Quiénes eran?-le pregunté y él no sabia a quiénes me refería. Finalmente cayó en la cuenta.
-¡Ah¡¿Esos?¿No lo sabes muchacho?-me dijo un poco atónito-Son Templarios.
-Ya…pero si no son Templarios Negros… ¿Qué son?
-No estás aquí para hacer preguntas-cuando lo iba a dejar siguió hablando-Son Templarios del Firmamento Miguelita.
-¿En serio? ¡¿Esos han estado en el Firmamento de Roma AEterna?!-dije mostrando mi envidia, sin embargo Gorke rió.
-Solo lo protegen y luchan para ellos, no creo que vivan en el Firmamento-hizo una pausa-Los Templarios son hombres que luchan por proteger a la humanidad de…bueno, tú sabes de quien. Están instalados en los Firmamentos de los Engel y en monasterios angélicos. Todo eso está muy bien pero… ¿Realmente los Engel necesitan Templarios para proteger sus fantásticos Firmamentos? Los Templarios Negros no son una orden cualquiera de Templarios, es una orden de caballería pesada y además de élite a pie, muchacho. Claro, nosotros somos tan Templarios como otro cualquiera. Sin embargo, a nosotros se nos encomiendan tareas mucho más explícitas, a parte de marchar a las Cruzadas cuando se proclamen como todo buen Templario.
Aquella explicación se me antojó un poco complicada para lo simple que era en realidad. Ilse, la exploradora, volvía a horcajadas de Castidad agitando su brazo, después de haberse adelantado hace un buen rato del grupo para avistar los terrenos.
-¡Nos acercamos a Florencia!-gritó con fuerza, aún bastante lejos de nosotros.
-¿Cuánto nos queda?-le replicó Gorke.
-¡Para el cenit del astro rey habremos llegado!-respondió Ilse.


Efectivamente, para antes de mediodía ya estábamos viendo la ciudad costera de Florencia, rodeada de una conglomeración de ciudades. El edificio central, el más imponente y majestuoso era un gran monasterio angélico, aunque más bien parecía una fortaleza. La basílica-fortaleza era constantemente acosada por el mar Mediterráneo, y por supuesto, también las aldeas y campos alrededor de la Basílica eran amenazadas Las órdenes eran presentarnos ante el Arzobispo Faustino de Umbría, que era la persona que nos reclamaba para este asunto, y luego ya se vería lo que haríamos. Entramos en el camino en dirección a las puertas de la iglesia atravesando las casas y mercados de la próspera ciudad, mientras las gentes de a pie se apartaban, quizás confundiéndonos con esos que llaman los Jinetes Siniestros. El camino, cuanto más nos aproximábamos a la Basílica, más asfaltado se hacía, y era custodiado por unas enormes estatuas de Ángeles eruditos, que eran representados leyendo libros o mostrando su contenido (un alfa en la página izquierda y un omega en la derecha) a los traunsentes. Junto a las puertas dos enormes Templarios embutidos en completas armaduras y ropones oscuros bloquearon nuestra cabalgata con sus espadas-lanzas, protegiéndose a su vez por enormes escudos cuadrados. El de la derecha se apartó su yelmo y dijo con una voz grave:
-Santo y seña.
Gorke se aproximó y dijo claramente.
-Non nobis domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam.*
Los soldados se apartaron a la vez con si fueran una misma persona.
-Sed bienvenidos a la Basílica de San Lorenzo.
La Basílica de San Lorenzo era una de las maravillas que aún se conservaban de la vieja Europa. Se ignora la existencia e historia de San Lorenzo por parte de la Iglesia Angélica, pero no se le cambió el nombre a la basílica por si acaso era un santo favorito de Dios, y más nos vale no provocar Su ira, al menos otra vez no. Cuando entramos, no pude ver mucho hasta que mis ojos se adaptaran a la poca luz que habitaba allí dentro. Entramos en la parte antigua de la basílica, una planta de cruz latina con tres naves sostenidas por pilares cuadrangulares con florados en su parte superior. La leve luz entraba por numerosos ventanales que reposaban encima de los pilares. Caminamos haciendo eco de nuestros pasos. Mientras cruzábamos la planta entre los bancos un anciano ataviado en las ropas características de un Mónaco, venía hacia nosotros bastante risueño.
-Ave Templarium, hagan el favor de seguirme, el arzobispo Faustino les espera.

¿El arzobispo en persona esperaba una compañía de nueve Templarios? Debía ser muy importante el asunto para que el dirigente del conglomerado de ciudades de Florencia nos prestase tanta atención. Seguimos al Mónaco, por una disimulada puerta de una de las capillas laterales, de ahí salimos de la verdadera iglesia y entramos en la parte de la fortaleza angélica. El ambiente era gris y sin color, bastante monótono, con paredes adornadas de mosaicos que parecían contar una historia, posiblemente la de la Basílica. Subimos unas estrechas caleras de caracol y nos topamos con una puerta de doble hoja con pesados pomos. Al atravesarla había un pasillo ancho con muchas puertas, nos dirigimos a la puerta del fondo que llevaba a un gran salón abovedado que comunicaba con otro salón gemelo que disponía de una enorme biblioteca. Había mucho movimiento allí, pero no acaba de ver que pasaba y ¡De repente vi un ángel!¡Un Engel!¡Yo!¡Un sucio y maloliente humano! Me sentía tan dichoso en aquel momento que es irónico que mucho tiempo después me acabaría incluso hartándome de verlos, de escucharles y de acompañarlos. Iba cargado de libros de un lado de la biblioteca a otro. Durante uno de sus viajes se paró, y parecía darse cuenta de que le observaba se giró y me miró. Yo giré la cabeza disimulando pero la curiosidad me pudo y miré otra vez, y descubrí que estaba sonriéndome. ¡Aquello tenían que ser 10 años de buena suerte por lo menos! Aunque no sé por qué se me antojaba que era una niña…siempre creí que los ángeles eran asexuales. Alguien me dio un codazo, y obviamente, era Amelia.
-¿Quieres prestar atención?-dijo, yluego añadio más bajo-No es más que un pollo.

El Mónaco nos estaba presentando ya al Arzobispo Faustino, desenvainamos las espadas a la vez, hincamos la rodilla derecha en la fría piedra y clavamos ligeramente las puntas de las armas en el suelo casi besando las empuñaduras de nuestras espadas y dijimos a la vez.
-Por y para la Iglesia Angélica ¡Siempre!


El arzobispo Faustino sonrió satisfecho y acarició nuestras sumisas cabezas con su mano y dijo con voz ronca:
-Eso es lo que espera Dios de todos nosotros.
El Arzobispo se apartó y se sentó en un sillón que en realidad me parecía más un trono y comenzó a tamborilear con sus dedos en los posabrazos con forma de ángeles.

-Bien, sin rodeos. Ya sabéis que os he hecho venir a desmantelar un refugio de tecnología prediluviana en un palacio cerca de aquí. El palacio pertenece a un Diadoco llamado Leonardo Marini, creo que ya os lo hice saber. Os preguntaréis que cómo es que no utilizo mis propios Templarios, la razón es bien sencilla. Este Diacono es fiel a la Iglesia, o al menos eso aparenta, y está muy en contacto con mi persona y familiarizado con mis tropas. Además, realmente no tenemos pruebas contra él, sólo rumores obtenidos por la investigación de la Inquisición.

El arzobispo comenzó a toser, hizo una leve pausa y prosiguió.

-Quiero que averigüéis que ocurre dentro del palacio, que no se sepa que os he enviado yo. Es casi seguro que hay tecnología prediluviana, que arda la chatarrería hasta los cimientos.

Gorke se movía incómodo. Finalmente, habló.
-¿Se me permite hablar, señor?
-Proceda, por favor-dijo el arzobispo Faustino con un asentimiento de cabeza.
-Somos Templarios, no espías.
-Si, si. Ya se lo que me va a decir-intervino rápidamente- Veréis, si se confirman nuestras sospechas y allí reside lo prohibido, se debe arrancar de raíz ya mismo. De un día para otro puede que ya no estén las pruebas para acusar al Diadoco. Créeme, si Leonardo no nos pagara el Diezmo, ni nos hubiera ayudado a menudo, hace tiempo que hubiéramos acabado este asunto con o sin pruebas, siendo culpable o no.
-Aún así no hemos sido entrenados para ser espías, señor.
El arzobispo rió.
-Veo que te preocupas por los tuyos, bien, bien. Veamos, pasado mañana sabemos que va a celebrar una fiesta, a la que están invitados otros diadocos de Italia, e incluso de otras partes de Europa. Hace poco arrestamos a un tal Danilo y Genoveva, una pareja noble profana que se dirigía hacia Florencia con motivo de la reunión convocada por Leonardo, debido a que no quería mostrar a los guardias sus pertenencias antes de entrar a la ciudad. Venían desde lejos, de Iberia o Portugal. El caso pasó a la Inquisición y encontraron mucho dinero entre sus posesiones. Tanto como para poder comprar un par de ciudades. Tras unos breves interrogatorios confesaron que iban a comprar armamento prohibido en la supuesta fiesta del diadoco Leonardo. Pero, en confianza, la Inquisición puede hacer confesar a alguien hasta las acusaciones más falsas. Yo os daré los pergaminos de nobleza de los dos diadocos arrestados, ahí están los sellos de familia que os deben permitir la entrada. No creo que tengáis problema, pues no creo que Leonardo haya visto en persona a esta pareja. Paseaos por el palacio y si no hay nada sospechoso bien y si lo hay…¡Estarían traficando con el fuego prohibido delante de nuestras narices!Supongo que saréis lo que hacer. Esta noche podréis dormir en la Basílica. Cenaréis temprano, en compañía del decani y algunos armaturas. Si esto sale bien, bueno…puede que haya ascensos para alguien. Podéis retiraros.

Ese alguien seguramente era él, lo veía en sus ojos.
El anciano Mónaco nos guió a las habitaciones donde pasaríamos la noche para que dejáramos los equipos. Una habitación para cada uno. Una para mí solo, aquello era para mí un lujazo. Como quedaban unas horas para la cena, me quité el peto y me tiré en la cama, estaba muy cansado. La habitación era iluminada por la luz que entraba por un ventanuco demasiado pequeño, por donde ni siquiera podría salir una persona. Me quedé dormido con los últimos escasos rayos de sol de ese día. Fue complicado hacerlo, la colcha picaba mucho.
No dormí mucho. Mientras lo hacía me sentía amenazado, observado. Me erguí de cintura para arriba de repente empuñando mi daga, la cual guardaba siempre debajo de la almohada sobre la que dormía en viajes. Detuve la trayectoria del arma justo antes de clavarla en una silueta oscura recortada por la luz lunar que entraba por la pequeña ventana. La figura se encontraba sentada en el lado izquierdo de mi cama. Respiré descompasadamente por el susto, y aunque no veía muy bien quien era, sentí su familiar presencia.
-¿Es que te has propuesto matarme a sustos Amelia? ¿Cómo has entrado?-dije echándome otra vez en la cama recuperando el ritmo respiratorio.
- Estaba abierto. El decani de la Basílica nos reclama a la mesa para la cena-dijo ausente y preocupada.
-¿Qué te ocurre? ¿Te pasa algo?
-Tu brazo…

Me levanté de un salto y busqué los paños bendecidos y escritos con oraciones para enrollar y tapar totalmente mi brazo izquierdo, como siempre hacía antes de colocarme la placa de armadura aunque nunca lo había hecho delante de alguien.

-¿Qué te pasó?-dijo algo angustiada.
-Nada, no me pasó nada, era algo que me merecía y ya está-comencé a enrollar más rápido las vendas.
-Pero…todas esas cicatrices son horribles. Parecen hechas por un intenso odio irracional-se levantó y me miró a los ojos, estaba claro que estaba triste. La luna bañaba sus castaños cabellos y vestía un traje blanco. Si no fuera por el hecho de que no tenía alas, juraría que allí mismo había un ángel. Parecía frágil y delicada, muy femenina, nunca la había visto así. Creo que fue la primera vez que pensé en ella como mujer. Sentí sus ojos clavados en mí y no lo soporté.
-Tuve una infancia difícil, como cualquier niño de este mundo.-balbuceé.

Nos quedamos en silencio, y su respuesta fue un sentido y profundo abrazo en la oscuridad.

-Te comprendo-me susurró débilmente al oído.

Y yo se lo agradecía de corazón.

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*En latín, frase inicial del salmo 115(113B), que es usado por la orden del Temple como lema y que significa “No a nosotros, sino para la gloria de Tu nombre.”

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