martes, 27 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (XIV)

¿Realmente no me daba cuenta?¿O inconcientemente no me quería enterar?
Sospecho que no me cabía en la cabeza el pensar que una muchacha podría interesarse por mí y menos aún amarme.
¿Por qué iba alguien a interesarse por mí?¿Qué es lo que podía tener de especial y atrayente?
Nada.

Continúo escribiendo.


Pasó una semana desde que llegamos a los barracones del cuartel, y se nos obligó ya a presentarnos ante nuestro armatura y formar filas. Dejamos nuestras cosas en nuestras celdas y volvimos al campamento a nuestra zona de despliegue. Fuimos tan rápido que debíamos llegar los primeros. Sin embargo, llegábamos los últimos. Había una muchacha esperando, sentada en una enorme roca, el perfil de su cara estaba oculto con una cortina de largo pelo, negro como una noche sin estrellas, pero iluminada por la blanca nieve. Parecía triste, de sus caderas colgaba dos espadas cortas gemelas. A su lado llegaba Johan ¿Estaba leyendo una Biblia? (Johan antes de entrar en los Templarios Negros había sido un erudito Mónaco, y aún lo seguía siendo, fuera de su tierra) ¿Acaso no se le ocurría hacer otra cosa ahora? Seguido llegaba un hombre totalmente rapado y musculoso, tatuado hasta el cráneo. No llevaba nada encima de cintura para arriba y arrastraba por la nieve la punta de un enorme espadón. Sentado en el suelo había un chico pecoso y pelirrojo, que guardaba algunos instrumentos de primeros auxilios. De un árbol próximo colgaban dos finas piernas, de una chica embutida en una armadura de cuero, que recogía su pelo en una larga trenza, mientras vigilaba que no cayera su espada de la rama en la que estaba subida. Allí esperamos en silencio al armatura.

Pasaron minutos, y nadie parecía que fuera a venir por nosotros. De repente vi una cara conocida y me alegré de poder acabar con ese incómodo silencio que se estaba produciendo entre los que esperábamos. Era el hombre que conocí en el “Capa y espada” cuando aún era un aspirante a entrar en la Orden, el que bebía como un cosaco. La noche en que le conocí estaba bastante hecho polvo. Le veía mucha mejor cara que aquella noche, la verdad es que bebía mucho. Jamás pensé que le volvería a ver. Aunque...él me dijo que nos volveríamos a ver. Me adelanté a él.
-Hola-me di cuenta de que nunca me había dicho cómo se llamaba-Hoy tienes mucho mejor aspecto, la verdad es que estabas hecho una pena el otro día, supongo que después de todo no eres un deshecho humano. Hasta veo que te has afeitado-y empecé a reírme esperando que estuviera de buen humor.
Él abrió mucho los ojos por el reencuentro, o por la sorpresa no se, o por...¿indignación?
-Muchacho, voy a ignorar esto porque me caes bien ¡Templarios! ¡Formen filas! ¡Recuento de tropas!
Deseé meter la cabeza en la tierra. ¿Aquel borracho era nuestro armatura? Todos formamos filas. Ahora que me daba cuenta, nuestro compañía era demasiado pequeña ¡Solo éramos 8 Templarios!
-Muy bien-Carraspeó, parecía que interpretaba un papel de tío duro que en realidad no era-Soy Gorke, vuestro armatura. Os preguntaréis por qué habéis caído en una compañía en vez de engrosar las filas del ejército de infantería. Es porque la Iglesia Angélica, espera lo mejor de nuestra Orden. Porque la Orden del Negro Temple quiere demostrar, que la humanidad puede luchar por la causa de Dios tan bien y con tanta fe como sus ángeles. Que podemos luchar con ellos codo con codo y a la vez sin ellos. Que la humanidad no está realmente acabada y desamparada.¿Está la humanidad realmente acabada?
-¡No!-gritamos a la vez.
-¿Necesitamos que los ángeles velen por nosotros?
-¡No!
-¿Necesitamos misericordia aunque sea del mismísimo Dios?
-¡No¡

El tal Gorke sonrió satisfecho.
-Entonces seremos los mejores. Nos veremos aquí mañana a la misma hora, descansad lo que podáis ¡Rompan filas!

Nos fuimos y nos separamos de los demás. La muchacha de pelo oscuro se fue con el hombre tatuado mientras que el resto se dispersaba. Amelia, Duncant y yo nos fuimos juntos, pero a cada paso que íbamos nos dábamos cuenta de que no sabíamos a donde ir. Duncant me pegó un codazo.
-Mira-dijo señalando con el dedo.
Seguí la trayectoria del dedo y vi a la chica de pelo oscuro. Finalmente se iban todos juntos. Ella nos miraba y nos hacía gestos para que nos uniésemos a ellos. Por supuesto, eso hicimos.
Al final, en vez de dispersarnos, nos fuimos todos juntos. El hombre tatuado (un auténtico armario) iba en cabeza y nos guió al campamento. Se acercó a un puesto de madera donde hervían muchos cazos y ollas repletas de comida. Al llegar el hombre que removía los cazos de comida se dirigió al hombre tatuado.
-Hombre Jacob. ¿Cómo tú por aquí? Pensaba que ya habías diñado.
El aludido gruñó. Y el cocinero volvió a hablar.
-Debería dejar de apostar a ver cuando vas a palmar. Siempre pierdo. Eres un hueso duro de roer.
Él volvió a gruñir. Esta vez dos veces.
-Eso está bien-respondió el otro-Ahora os pongo algo de comer.
Nos sentamos en círculo alrededor del fuego. Y comenzamos a comer distraídos. Fue la chica de pelo castaño cobrizo, que jugando con su larga trenza castaña comenzó a hablar.
-Nos presentaremos. Soy Ilse. Y fui nombrada Templario Negro el año pasado y soy de Roma. Vivía como vagabunda en la Ciudad del Vaticano, así que ingresé por mi propia cuenta en la Orden, el poder comer a cambio de arriesgar mi vida en batalla, me pareció justo. Este último año me adiestraron para ser la exploradora de una de las escuadras. Dicen que tengo una vista muy aguda, pero qué sabrán ellos. No pueden ver lo mismo que yo.

Ilse calló y pasó un palo al compañero de su derecha, el muchacho pelirrojo.

-Te toca Alejo.
Él muchacho cogió el palo y habló.
-Bueno. A mí me abandonaron en la puerta del Negro Temple, y por eso estoy aquí. Soy el sanitario, médico o cirujano. Me da igual cómo lo llaméis. Puedo curaros sin demasiada tecnología y lo justo para manteneros vivos hasta la llegada de un Rafaelita. Por eso me llaman Alejo, significa “el que repele el mal”.

Muchas veces me pregunté como se ponían los nombres aquellos que habían sido abandonados en el Temple nada más nacer. Al final resultó que se lo ponían ellos mismo o entre ellos y no la Orden. Fue una suerte de que yo tuviera conciencia de saber mi nombre (al menos uno de ellos) cuando entré en los Templarios Negros. Aunque en realidad…es el único nombre del que me acuerdo.
Alejo pasó el palo al compañero de su derecha tal y como había hecho Ilse. Le tocaba a el hombre que tenía tatuado el torso y el cráneo rapado. Parecía no tener frío a pesar de la nieve. Él, en vez de hablar, gruñó como ya había hecho. La chica de pelo oscuro, que miraba hacia el suelo, habló con un acento que delataba su procedencia francesa.
-Él es Jacob. Él…bueno, no puede hablar. La Inquisición le arrancó la lengua debido a un asunto...algo que nunca debió ver. También se demostró pertenecía a la organización de los Petirrojos, aun así se le perdonó la vida, pero cumple condena sirviendo a los Templarios Negros con su enorme espada bastarda. Muy útil.
El tal Jacob gruñó dos veces clavando el enorme espadón en el suelo.
-Dos veces significa “sí” o que está de acuerdo.
Jacob pasó el palo a la muchacha francesa.
-Y-yo me llamo Jacqueline. Soy hija de un noble con tierras en Francia. Estoy aquí por una tradición familiar. El primogénito hereda para gobernar el reino por Dios. El resto se hacen clérigos para hablar por Dios. Y el hijo menor es enviado a luchar por Dios, para limpiar los pecados de la sangre de mi familia y así prosperar. Yo soy la menor. Destaco por poder interpretar las sutilezas del comportamiento humano y en combate por poder complementar a Jacob en la agilidad y corto alcance que no posee.
Amelia habló rompiendo el protocolo del grupo.
-¿Qué hacemos nosotros?
-Oh, vosotros sois lo más importante. Sois la unión, la verdadera fuerza, el número y la mente. Por así decirlo sois la verdadera compañía. Nosotros somos el grupo de apoyo. ¿Cómo os llamáis?
Ahora habló Duncant.
-Él es Johan, él Isaac, ella Amelia y yo Duncant.
No pude evitar darme cuenta de que Jacqueline no dejaba de mirar a Duncant, aunque intentaba disimularlo con su pelo. Además, caí en la cuenta de que algo no cuadraba ¿Qué coño eran los Petirrojos?

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