jueves, 5 de diciembre de 2013
Blanco y Negro. Luz y Oscuridad.
Cósmica.
Con un suspiro iracundo se da cuenta que no me permito ni un descanso. Me tumbo junto a ella ella, sí, pero solo el cuerpo está allí. Ella se voltea tumbada sobre la cama improvisada, mira mis ojos cansados, con preocupación.
La miro con los ojos vidriosos pero no le digo nada, no quiero despertar a la niña. Nos miramos, sé lo que piensa.
"Déjame compartir tu carga." Me dicen sus ojos suplicantes, pero en cuanto le sonrío tristemente bufa silenciosamente mientras sus ojos relampaguean en la oscuridad. "¡nadie te ha elegido mártir del mundo, ¿sabes? ¡Nadie te obliga a que te preocupes de esa manera! Eres humano, no puedes achacarte todos los problemas del mundo, nadie podrá juzgar tus actos. ¿Por qué te empeñas en coger la carga de todos? ¡Imbécil, que eres un imbécil! "
En silencio me sigue mirando, buscando una respuesta en mi mirada. Pero esta hueca, su pregunta resuena haciendo eco. Las ojeras surcan mi rostro, cada vez más envejecido por los problemas que por la edad. A pesar de que no le respondo, sabe que estoy rezando, pero no a Dios, ni al Demonio. No rezo a nadie, solo rezo en mi interior, son oraciones a nadie, solo a cualquiera que quiera saber que un día la humanidad existió una vez, y que intentó con todas sus fuerzas luchar contra el injusto destino.
Al menos uno lucharía.
Amelia sabe que estoy a punto de entrar en el sueño por puro cansancio. Una lágrima seca nace de mis ojos, que han perdido la luz. Ella se arrima e intenta velar mi sueño, como siempre, como una guerrera silenciosa. Para una vez que es silenciosa...
No es suficiente. No es suficiente. No estaremos preparados en dos lunas. No para sobrevivir a lo que se avecina.
Alguien una vez dijo: "si fallas al prepararte, te preparas para fallar"
¿Es eso lo que vamos a hacer? ¿A elegir cómo vamos a morir? ¿Debería ser un consuelo elegir cómo moriremos? ¿Tenemos alguna esperanza?
Los ángeles tienen a su campeón y tienen a la Iglesia Angélica bajo sus pies, con sus aberraciones llamadas proyecto Engel y Abel para tener la victoria. ¿La victoria sobre qué? ¿Qué ganan? ¿Un lugar en el paraíso? ¿La Tierra no es suficiente paraíso? ¿Acaso es una cárcel para ellos?
Pues esta cárcel es mi hogar.
Los demonios también tienen a su campeón campeando a sus anchas, pero en manos de unos extraños humanos. Y nosotros, imbéciles pero dulces humanos, lo estamos criando. Al hijo de...Lucifer. Aún me cuesta creerlo. ¿Cómo pude ser tan necio? Mi pretenciosa ambición al bajar a los Infiernos y rescatar a mis seres queridos injustamente torturados fue lo que provocó que todo esto pasara. Que Galadriel bajara, que Galadriel perdiera el hijo de Noxel, que en su lugar Lucifer lo sustituyera con su infame semilla y que si hijo naciera en la Tierra. ¿Y yo pensaba que con una triste nota evitaría todo esto? ¿Y pensar que haberle hecho caso a una simple nota hubiera evitado parte del Apocalípsis? Los libros de historia pondrán mi cara como el ser que permitió al hijo de Lucifer, un Anticristo con libre albedrío, venir al mundo de los humanos como futuro campeón de los Siete Infiernos. Eso si queda algo de nosotros...claro.
Pero tiene libre albedrío. Él está en nuestras manos desde que nació. Todo depende de la educación que reciba de Galadriel, que aprenda a controlar sus instintos y que pueda diferenciar entre el Bien y el Mal.
Menudas tonterías digo. El mundo no es blanco ni es negro. Es un montón de retales grises, como sus alas.
"¿El mundo no es blanco ni negro? ¿Estas seguro...Isaac?"
Ni siquiera me inmuto. He tenido las suficientes pesadillas como para reconocer cuando estoy en una. Él está aquí. Mejor dicho...Él está en mi.
-Te estaba esperando- le dije con una frialdad que podría haber congelado las puertas del Infierno- ¿Vienes a tentarme de nuevo?
Él río en su interior de lava y roca. Azael. El Ángel Caído que pudo dañar a Dios en una época que ningún mortal podría recordar no tenía nada que temer de un simple humano como yo. ¿Quién fue el necio que pensó que mi cuerpo sería la prisión perfecta para este demonio?
-No, Isaac. No vengo a intentarlo de nuevo. Cuanto más insisto en hacerte ver los grandes dones que te puedo otorgar a cambio de ceder tu voluntad más aumento tu determinación. Cabezonería, lo llamáis los humanos.
La voz era oscura como el mismísimo interior del lado oscuro de la luna. De aspecto vagamente humano, su cuerpo parece una burla deformada de la anatomía humana. Su piel parece estar hecha de la piedra del inicio de los tiempos: afilada, dura e impertérrita ante las erosiones de los milenios de existencia que lleva encima. Su tamaño es inmenso y cambia respecto al miedo que inspira al que lo ve. Ahora Azael era inmenso, pero no tan colosal como lo fue en otras pesadillas anteriores. Él sabe que me inspira terror y se deleita agitando sus alas de membrana. Intento que no se me refleje el miedo, pero es inútil. Su boca volvió a abrirse junto con el calor de todos los Infiernos.
-¿Qué quieres entonces, demonio?- lo miré cansado.
-Dijiste que el mundo no era ni blanco ni negro, Isaac. Que era un retal de tonos grises.
-Mis oraciones son para reflexionar, no para que las espíes.
El demonio fingió una dramática disculpa.
-No puedo estar más de acuerdo, pequeño humano, pero eres el único signo de pequeña inteligencia que puedo abordar desde mi prisión. En realidad, solo quiero ayudarte con tus dudas, como siempre he hecho.
Ya sabía de sobra que venía a tentarme para doblegar mi voluntad, pero era cierto que a veces nuestras conversaciones me ayudaba a sacar cosas en claro.
-¿Y estoy equivocado? ¿El mundo no es gris?
Azael carraspeó guturalmente.
- En cierto sentido, el mundo de los humanos si es así, gris. Pero te recuerdo que vuestra era por fin llega a su fin y la locura del gris se acabará. En el inicio de todas las cosas, solo hubo oscuridad y lo único que la enfrentaba era la luz. ¿Qué crees que pasará cuando llegue el final? Ahora que se acerca el Fin, todo volverá de donde vino, a la luz o a la oscuridad. El blanco o el negro. ¿Por qué crees que te insisto a que te decantes por mi bando cuanto antes?
-¿Y tu bando es el de Lucifer? ¿O tienes tus propios planes?
Azael se quedó extrañamente silencioso y se limitó a respirar profundamente en la oscuridad del velo.
-Los humanos en soledad no podréis hacer mucho contra lo que se avecina. Estáis entre el yunque y el martillo. Pero quizás si me dejaras volver, podríamos compartir el poder, proteger a los tuyos...derrotar a los ángeles.
-Tus palabras están vacías. Ya hemos hablado de esto.
Azael sonrió, levantó los brazos en señal de rendición.
-Está bien, está claro que no vamos a ninguna parte ¡Me rindo!-rió pesadamente- Y ahora que todo está zanjado, ¿por qué no lo celebramos con un inocente juego?
Su capa de sombras voló por la sala, y de donde existía la nada surgió del humo una mesa de roca naciente del suelo. Cuando las brumas se despejaron se vislumbró un elegante y gótico juego de ajedrez.
"Blancas y negras...Azael tiene hasta sentido de la ironía"
Lo miré curioso. Hasta entonces Azael no podía hacer esos trucos en mi interior. Quizás las últimas veces que le dejé salir parcialmente le haya dado un poco de poder. Tengo que tener más cuidado, puede que lo que ceda sea irrecuperable.
-No sé jugar al ajedrez- le respondí sin darle más importancia a su juego.
Justo cuando iba a salir su autoritaria voz sonó en mi cabeza.
-Ahora sí.
Sentí como si alguien abriera todos los recovecos de mi mente y los despejara, como si de una cerradura en mi mente se tratara, algo pegó un chasquido indicándome que se había abierto una puerta que antes me estaba vedada.
Me quedé congelado. No solo había aprendido a jugar al ajedrez, sino que además tenía en mi mente nociones tácticas muy buenas. La oscura risa de Azael se tornó paternal, como el de un familiar que sonríe ante la inocencia de su niño.
-Mi pobre humano, cuando decía que podía otorgarte grandes conocimientos en una milésima de segundo no lo decía en broma. ¿Y te sorprendes solo porque te otorgué la sapiencia de jugar al ajedrez? ¿Qué harías si te diera los secretos del Universo en la mano?
Me giré y avancé hasta el tablero. Sin ni siquiera sentarme hice una entrada tradicional. Peón del rey hacia el frente. Las blancas dominábamos el centro del tablero ahora. La partida acababa de empezar.
-Te diría que es como la manzana que le ofreció la serpiente a Eva. Un regalo maldito- y dicho esto me senté en una butaca de piedra que se alzó de la nada para recibir mi descanso.
Azael no avanzó ninguna de sus peones negros. Sacaba la caballería, amenazando a cualquiera que intentara avanzar.
-Solo los hipócritas humanos insultarían el regalo que les hizo su antepasado y además lo usaría. ¿Has pensado quizás que la manzana fuera el conocimiento que os trajo hasta donde estáis? Esa tecnología que la Iglesia intenta quitaros para que no podáis defenderos. Esa tecnología a la que te aferras porque es la única que puede protegeros contra seres ultraterrenales. ¿Un regalo maldito? ¿O una bendición a la que te aferras ahora?
Saqué el caballo, él su peón central. Saqué el alfil y amenacé a su caballo protegido. Una horda de peones oscuros comenzaron a custodiarlo.
-Entonces te diría que es un regalo peligroso. Una bendición para el humano que lo usa para el bien, y una maldición para los que lo usan para el mal.
Los peones oscuros avanzaron, contrarrestando el avance de los peones blancos. Pronto comenzaría la carnicería.
-Y vosotros...¿sois el bien, Isaac? Piénsalo bien. Solo sois un montón de mercenarios obligando a la humanidad a luchar, a resistir contra lo imposible, a cambio de dolor. ¿Le has preguntado a todos si ellos quieren luchar? ¿Por qué no mandar a los buenos al paraíso y los malvados al abismo? ¿Por qué tú y tu grupo de matones instigáis a la humanidad a que siga moribunda? Cuando ves a un ser querido que sufre, ¿no has deseado alguna vez que la paz del descanso eterno se le lleve para que deje su pena? ¿Por qué seguir sufriendo Isaac? Pensaba que querías la paz, pero insistes en obligar al mundo hacer la guerra, a sufrir, a que sigan vendiendo a sus hijos como carne de cañón, para nada...para lo inevitable. ¿Por qué no entregarse al descanso que se merece cada uno?
Me tomé mi tiempo pensar el siguiente movimiento.
-Porque el descanso que nos espera es el de los esclavos. El de aquellos que prefieren que les digan qué hacer o qué decir para ahorrarse la responsabilidad de decidir. Lo que tú dices sería negar el mayor regalo que nos concedieron. El regalo que todos vosotros ansiáis. El regalo que envidiáis y que os hace ser un grupo de seres poderosos, pero encadenados.
Los ojos de Azael relampaguearon. Sabía que le iban a dar donde más le dolía.
-No tenéis libre albedrío.
Y mi rey se enrocó suavemente, protegido de brillantes murallas blancas formadas por peones. Lo miré limpiamente.
-Nosotros elegimos luchar, y eso es lo que nos hace mejores que todas vuestras hordas. Aún tenemos una oportunidad. Aún tenemos esperanza.
El grito de Azael hizo retumbar la sima de mis pensamientos. Sus ojos se iluminaron y las puertas del infierno se abrieron en su mirada. Su aliento salía de su nariz envilecida, con un olor a azufre que hacía picar todo mi cuerpo. Azael volvió a mirarme, sus ojos se habían convertido en un foso de magma roja y amarilla.
-¡¿Crees que el Fin va a ser tan fácil como esta insulsa partida de ajedrez?! ¡Yo te mostraré cómo será realmente!
Su capa de sombras voló por encima del tablero y todas las piezas volvieron a su posición inicial.
"No, aquí hay algo raro...algo ha cambiado en el tablero"
Todas las piezas eran iguales. Miré las piezas negras de mi contrincante, todas eran la misma. La reina. Un ejército de reinas oscuras, formadas en pos de avanzar en todas direcciones devorando a todos los que se opusieran. Avanzando con celeridad, devorando sin piedad.
Por contra, miré mis piezas. Peones. Todas mis piezas eran peones. Peones lentos, peones que solo sabían avanzar hacia adelante, avanzando hacia la destrucción.
Azael seguía colérico, señalando el tablero.
-¡Esto, esto es lo que os espera a los humanos en el Fin! Una masacre. Solo avanzáis a vuestra destrucción. ¿Por qué no poner las cosas fáciles? Los peones no tienen nada que hacer contra un ejército de damas.
Mi tímida sonrisa se iluminó parcialmente. El brillo de la esperanza.
-No si todos los peones avanzamos juntos.
La partida empezó, y entonces intenté mover los siguientes peones...y no pude. Algo no me permitía levantarlos.
Azael lanzó un alarido infernal y entre lo que parecían rugidos pude percibir la risa más cruel que jamás pude llegar a escuchar.
-Sí, Isaac...si avanzáis todos juntos, si está unida, la humanidad puede tener una oportunidad. Pero dime una cosa.
"¿Lo estáis?"
Y ante la falta de mi respuesta, Azael se desvaneció en humo y me quedé a solas con mi tormento. No podía mover los peones porque todos ellos eran personas con su propio albedrío. Ellos decidían si avanzaban o no, no yo. Nada dependía de mi, nunca había sido así. Por una maldita vez odié que así fuera. La salvación estaba en manos de todos, pero bastaba con uno para condenarnos a todos. Tendría que confiar en mis semejantes y en su humanidad, como siempre había hecho, pero lo que viene ahora nadie lo ha enfrentado nunca. Una pregunta resuena en mi interior haciendo eco en mi alma descosida.
¿Estaremos unidos cuando venga lo peor?
sábado, 31 de diciembre de 2011
Carta a un Engel
Bueno, Galadriel, aquí parece que se separan nuestros caminos.
Si te ha llegado esta carta, es que ya ha pasado el tiempo suficiente como para que te hayas dado cuenta de que Amelia y yo ya no nos encontramos entre vosotros. Hemos decidido partir juntos en busca de algo que perdimos hace tiempo y que nos es muy preciado. El motivo que me inspira esta carta no es burlarme por haberte mentido, porque me imagino que estarás indignada de que no hayamos confiado en ti…nuestra marcha estaba premeditada y, de hecho, casi nos descubres. ¿Entonces, qué es lo que me ha impulsado a no confiar en ti? Lo que me impulsa no es la desconfianza, sino la amistad. Es la amistad lo que me impulsó el no querer contar contigo en nuestra “misión”, es la amistad lo que me obligó a mentirte, a engañarte, a ocultarte nuestra marcha; es la amistad lo que me motiva ahora a no alentarte a volver a vernos, porque ni siquiera sabemos qué es lo que nos depara nuestro destino. Sí, puedes verlo como desconfianza por mi parte, pero realmente yo veo todo lo contrario: confiamos en que pienses en los tuyos y te aferres a la felicidad que se te brinda ahora junto a Noxel, ¿Acaso no debes pensar también en su felicidad? Si marchas a buscarnos, él irá detrás aunque le implique la misma muerte contra la que se enfrenta todos los días. No sé si estarás enfadada con nosotros o si estarás maldiciendo mi nombre durante el fin de los tiempos, pero lo cierto, es que mi confianza es tal, que te entrego una de las cosas que más amo en esta vida: a mi hija Lois.
¿Sabes?, aún recuerdo cuando nos la encontramos en ese mercado de esclavos de uno de los muchos pueblos de paso por los que cruzamos en nuestras primeras misiones. La niña se escapó de la fila de niños famélicos y sucios y se acercó a Miguel para tocar una de sus alas. Con esa carita tan graciosa que tiene de no haber roto nunca un plato intentó conseguir una de sus plumas, por aquél entonces blancas. Lo hacía, simplemente, porque creía que se le iba a conceder un deseo. Miguel se mostró bastante arisco con la niña y la apartó con una palabra y yo, en un ataque de dolor ante lo que mi Iglesia permitía a ese pueblo, gasté gran parte de mi sueldo para que la liberaran. Recuerdo las miles de advertencias que me diste mientras el sucio señor de los esclavos la liberaba: “No podemos hacernos cargo de una niña”, “La niña sufrirá con nosotros”, “Tendrás que hacerte cargo de ella” "No debería estar aquí". Incluso Kanpekiel te apoyaba, y yo no quería escucharos. Me convencí de que esa niña no iba a tener una infancia como la mía.
Es cierto que todo lo que me advertisteis pasó, pero lo más cierto es que ahora a ti se te cae la baba cada vez que ella se te acerca y te da uno de sus inocentes abrazos.
Cuando pienses que estás sola, que te sientes inútil o incluso que te la he jugado: piensa que te he mandado una de las misiones más importante y difíciles: cuidar de Lois…pues menudo trasto es, se meterá en líos continuamente. Si de verdad quieres ayudarme a cumplir mi destino, sea el que sea…haz que Lois crezca sana, feliz, que llegue a ser una gran mujer. Confío en ti.
Si por alguna razón no vuelvo a veros, quiero que seáis felices, todos. No quiero que me hagáis ni siquiera una ceremonia fúnebre en mi nombre. Si por cualquier motivo encontráis mi cuerpo, sólo el mío, no quiero dejar rastro en este mundo, quiero ser incinerado y que mis restos sean esparcidos donde quiera Lois. Y si Dios nos depara la muerte a Amelia y a mi, quiero que me entierren junto a ella, tomándola de la mano si es posible, allá es donde se encuentra mi cielo. Quiero que consueles a nuestra hija, que le digas todas las noches antes de dormir que la queremos, y ante todo…que no la hemos abandonado. Dile, si no volvemos, que su papá y su mamá no están ni en cielo ni en infierno, sino que viviremos en todos sus gestos, abrazos, besos, hechos… vivimos en ella.
Si alguna vez, cuando crezca…se pregunta quiénes fueron sus padres, cuéntales todo por cuanto luchamos y cuanto sufrimos. Y si no le es suficiente, dale las siguientes notas y garabatos que te voy a adjuntar con esta carta: son trozos de papeles, pergaminos desgastados y algún papiro roto: en ellos están garabateados mis pensamientos, memorias y alguna que otra oración. Por si alguna vez, ella quiere volver a descubrir quiénes fuimos y por quienes morimos.
Sé que harás honor a nuestra amistad. Dale las gracias a Gorke de mi parte, pues si tenemos alguna posibilidad de volver, será gracias a él.
Que los restos de mi fe en Dios te bendigan, Galadriel. A ti también, Lois, sé que harás que me sienta orgulloso de ti.
Isaac
jueves, 10 de noviembre de 2011
Introitus

No hay perdón para nosotros. No hay perdón para mí. Nunca lo hubo.
Tantos años buscando el perdón. Tantos años buscando la redención.
Tantos años desangrados... para descubrir que el único que tenía que perdonarme era yo mismo. Todo este tiempo flagelándome con mis creencias impuestas, con mi idea suicida de salvar a todo el mundo...para llegar hasta aquí. Pero ahora tengo la vista clara, serena...y vieja.
Por mi mirada han pasado muchas cosas terroríficas y otras esperanzadoras. He visto a las gentes ir y venir en caravanas de dolor. He visto los más crueles demonios resurgir de sus tronos de espinas y a los ángeles más decididos caer ante el Tentador. He comprendido la miseria de las gentes y sufrido el poder de la Iglesia Angélica ejercía contra su rebaño. He visto la hipocresía del Póntifex, las miradas huecas de los cardenales, la poca fe de los obispos y las negligencias de los adeptos. He leído biblias santas y escrito versos herejes. He visto la herencia catastrófica del mundo antiguo y el futuro más negro de la humanidad.He visto caminos de todo el mundo conocido he visto gentes de todas partes: de la herética Britannia, de la pura Roma o de la destrozada y enfermiza Jerusalem. Por todos los rincones del mundo he visto iluminados y he visto escépticos; agnósticos; sabios herejes; estúpidos poderosos. He visto caer bajo mi espada tanto amigos como engendros del infierno, tanto inocentes como culpables. He visto nacer niños en mitad de la desesperanza. He visto nacer criaturas que asustarían a la misma Creación. He odiado ángeles y respetado a seres de poca reputación. He escuchado a Lucifer y le he hablado a Dios. He sido soldado de Señor, cruzado de los ángeles, esclavo de la Iglesia, portador de las llamas del infierno, hereje, fugitivo, he sido demonio y humano caído... He sentido el infierno y soñado con el cielo.
Sobre todo, he errado más de lo que ningún humano pudiera hacerlo. Pero también perdoné cuando ni la naturaleza humana me lo permitía. Pero el perdón es lo que a los humanos nos hace divinos.
Dicen que errar es humano y perdonar, divino. La divino y la Iglesia no podían ser cosas más dispares y diferentes. Como última voluntad, como último grito a la vida y a la humanidad, comienzo a escribir. Baño la punta de la pluma de un ángel en tinta. Probablemente a la humanidad le queda un suspiro... éste es mi último intento de conseguir cambiar nuestro fatal destino. Éste es mi último intento de conseguir con la palabra escrita todo aquello que no se podrá con conseguir con la espada.
Gracias a Dios nunca estuve solo. Ellas siempre estuvieron conmigo. Mis dos ángeles...qué quebraderos de cabezas me dieron, y qué esperanzas me dan.
Derramaré mi sangre sobre el papel, desangraré toda mi historia en tinta. Mi esfuerzo no será vano si al menos conmuevo a un alma que intenta buscar el bien más allá de la verdad. Con uno solo que haya leído esto, me bastará. Sé que mi esfuerzo puede ser inútil, puede que estas páginas sean desintegradas en llamas, en el fuego del fanatismo, calificada de herejía, y mi nombre ridiculizado. O puede que mi papel esté vagando por una tierra yerma y gris sobre la que cabalgan los demonios. Pero he cambiado mucho, y Dios sabe que tengo que intentarlo antes de caer en el pozo del olvido. No sé si iré al cielo, o siquiera si hay una vida más allá de la muerte, pero sí sé que ganaré la immortalidad a través de la palabra escrita. Unas palabras atrapadas en papel, que recordarán a quién las escribió.
Mi fe en la Iglesia Angélica ha sido a lo largo de mi vida una auténtica cruz para mi alma.
Este es el tiempo que me ha tocado vivir. Nadie puede elegir su época, pero cada uno cumple con su momento como el libre albedrío le susurra al oído. Yo lo he cumplido intentando salvar a la humanidad de su estigma, de su condenación.
De su muerte total...
Así es la Europa del siglo XXVII: moribunda, superviviente, llena de desesperación con un pequeño brillo de esperanza que nos traen los niños que nacen en esta época oscura. Una época difícil para un Templario de espada y corazón.
Mi nombre es Isaac. Y ésta, es mi historia.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Vuelvo con Memorias de un Templario Negro.
lunes, 30 de mayo de 2011
Memorias de un Templario (XXXVII)
-¡Su ilustrísima! ¿Cómo ha llegado hasta el palacio sano y salvo? Le dábamos por muerto en las afueras, de veras que está bendecido con la gracia de Dios.
-Maldita sea Alexandros, si estoy vivo es gracias a estos jinetes oscuros- dijo señalando con el mismo asco a Gorke, no porque fuera Templario Negro, sino porque le odiaba personalmente.- no a vosotros maldita sea. ¡Mi propia guardia personal me da por muerto! Más os vale compensarme parando esta revuelta del Diablo.
-Señor, sabéis tanto como yo que vuestra potestad hacia los Engels de la Basílica es limitada en este tipo de casos. No podrían involucrarse si no es con un permiso del Ab de su Orden...y no creo que tengamos tiempo para burocracia.
El Obispo se dirigió hacia
-Esos Engels deben lealtad a la Iglesia y en este caso ¡a mí! Maldita sea, consigue que los Ramielitas entren en batalla.
-Pero su ilustrisima...solo son bibliotecarios del Señor.
-¡Me da igual! Haz lo que sea, mata algunos de ellos si hace falta-grito furioso el Obispo.
Los Templarios Negros tenían que moverse cuanto antes, si querían evitar una masacre contra el populacho. Los campesinos se abalanzaron hacia los guardias, implorando comida, agua y sobre todo...justicia. Pero al única respuesta que obtuvieron fué el frío acero de la Iglesia...ni lismosnas, ni bendiciones, ni oraciones, ni perdón ni consuelo. Sólo acero. Los Templarios Negros sintieron impotencia ante la masacre. Alejo atendió al desmayado Johann, Ilse se mordía el puño de la impotencia, Jacqueline miraba al suelo, Duncant se santiguaba, Jacob se mantenía impasible y Amelia afilaba sus armas. ¿Qué podían hacer, matar a los otros Templarios? Muchos de ellos también eran inocentes. Eran desertores, pero no traidores ni asesinos.
Alexandros, capitán de la Guardia Obispal, se veía superado por la multitud enfurecida que no hacían más que gritarles:"asesinos" y "herejes". La formación se estaba rompiendo, pero Alexandro seguía combatiendo con su espada-lanza y parecía un torbellino de ropajes morados.
-¡Soldado, matemos a los menos posibles! ¡Formad un muro de escudos y empujadlos! ¡No los matéis!
La Guardia Obispal volvió a colocarse en posición y dieron cuenta de que la mitad de los suyos habían caído. Entonces vieron que el pueblo se replegaba y que una nueva oleada aparecía por las diferentes calles de la ciudad. Habían triplicado su número...ahora la Guardia Obispal tenía una desventaja de 4 a 1. Sin contar que estaban cansados y heridos. Alexandros volvió a la retaguardia para hablar con el Obispo, que se encontraba con Gorke, el cuál intentaba vanamente hacerle razonar que aquél derramamiento de sangre era innecesario.
El Obispo le pareció gracioso el comentario.
-¡Pueblo de Florencia, retiraos a vuestras casas ahora y no se tomarán represalias contra vosotros y atenderemos a vuestros ruegos!- exclamó sin dejar de apuntar a un muchacho con la pistola.
¿Por qué demonios no se íban? Quizás pensó que el artefacto no fuera tan milagroso como decía el Obispo. De repente se acordó de que tenía que apretar el gatillo para conseguir la paz. ¿Tan sencillo...? Y entonces, apretó el gatillo.
No se lo esperó, un trueno escapó del metal que empuñaba y vió a un muchacho caer con la frente perforada. Sus hombres quedaron sobrecogidos por la explosión, pero le imitaron. Decenas de truenos escapaban de los rifles y pistolas de los guardias del obispo desde detrás de la muralla de escudos. Con horror, Alexandros vió cómo la vida de decenas de hombres y mujeres se escapaban en un suspiro. Tantas vidas desperciciadas en tan poco tiempo. Todos estaban impresionados, tanto los guardias, como los rebeldes. El pueblo se quedó inmóvil por el pánico. Alexandros estaba pálido. ¿El obispo les había dado armas de fuego? ¿Aquello eran armas prohibidas? Debía parar aquella masacre.
-¡Guardias del Obispo! ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!
Los guardias volvieron a disparar...embriagados del poder que acababan de experimentar. Sus hombres volvían a abrir fuego fusilando a unas veintiséis personas. ¿Quién diablos había inventado semejante aberración? ¿A qué mente retorcida se le había ocurrido crear o imaginar inventos que sólo servían para matar? ¿Aquellas armas eran del antiguo mundo moderno? Ahora entendía por qué el mundo antiguo debía ser exterminado. Apenas escaparon los rebelde de vuelta a la plaza de la Repúbblica, cuando Alexandros abandonó la fila buscando furioso al Obispo.
-Otra vez no...-Alexandros empezó a delirar con pánico al ver cómo sus hombres comenzaban a abusar de sus armas de fuego y empezaban a disparar al aire en signo de victoria.- ¡Otra vez no! ¡Dios haz que pare!-gritó Alexandros apuntándose la sién con la pistola.- ¡Nos veremos en el Infierno!
Y así, el Capitán de la Guardia, Alexandros, se suicidó al ver el horror que había desencadenado todo en lo que había creído.
Gorke se mantuvo aparte, pero no pudo evitar que la sangre del suicida le manchara el rostro.
-Esto ha ido demasiado lejos...Obispo.- susurró el Armatura ensangrentado.- Vamos a detener esta locura ahora mismo.
Y lo hicieron.
viernes, 1 de abril de 2011
Memorias de un Templario Negro (XXXVI)
-Él es como un hermano mayor...-sollozó limpiándose los ojos con la manga de la sucia camisa-. Un escaqueado, un bruto y un vago...pero un hermano mayor al fin y al cabo. Me salvó la vida cuando naufragamos- hizo una pausa para respirar hondo-. Quedé atrapado cuando se partió la embarcación y se quedó conmigo, me subió hasta el puente de la galera a cuestas...
-Mierda...-dije al ver cómo el cuerpo inmóvil de Olivera se empezaba a contorsionar en espasmos, Timmy se tapó los ojos.
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Lejos de allí, en Italia, el sol se ponía también en el Palacio Apostólico en Roma AEterna. La sala blanca del Palacio poseía barrocos adornos dorados, con un enorme ventanal situado al fondo del despacho, custodiado por fantasmales cortinas rojas. Un niño descalzo vestido con una sencilla y humilde túnica blanca miraba por la enorme ventana blindada que daba a la plaza de San Pedro. La plaza estaba siempre abrazada por los imponentes pilares impolutos que formaban una especie de omega Desde esa ventana todos los domingos el niño salía para orar el Angelus, pero ese día las gentes estaban ausentes y los pocos que paseaban por aquellos patios eran Cardenales del Consistorio. Mientras miraba por la ventana como un prisionero (pues así se sentía), apoyaba una mano sobre el cristal. El niño tenía la mirada blanca y apagada, vieja y sabia, su piel sin embargo, era una piel joven y tierna. Muy joven y tierna incluso para un niño...quien iba a decir que aquél chico había vivido más de 300 años. El Pontifex Máximus Petrus Secundus respiró con añoranza y empañó el cristal por unos segundos. Habían caído gotas en el cristal...estaba empezando a llover sobre Roma. La lluvia le traía malos recuerdos, pero no era eso lo que le preocupaba, le preocupaba su mano, la mano acariciaba el cristal de la ventana. Estaba rugosa y las venas marcaban dándole un relieve espeluznante a sus infantiles manos.
Después de tantos siglos, el Pontifex Máximus Petrus Secundus, presentaba síntomas de vejez.
Cerró los ojos y volvió a suspirar amargamente...y en su aliento descargó todas aquellas imágenes que había visto hacía siglos. Hacía tantos siglo de aquello, pero él no había cambiado un ápice.
Sin embargo, por primera vez, su inmortalidad estaba empezando a ceder. Aquél pacto hace siglos con aquella voz que consideraba Dios se estaba cerrando, pero sabía como renovarlo.
"¿Los sacarías tú adelante?" Le preguntó Él sin voz alguna. "¿Le harás ver la luz de nuevo? ¿Les darás esperanza a la Humanidad? ¿Dejarán de destruir mi regalo si tú les guías? ¿Podrá tu espalda con mi carga? ¿Querrás vivir tanto tiempo? ¿Querrás seguir sufriendo por la vida? Habéis debilitado el alma del mundo, despreciado mi regalo. Vuestra misión está al borde del fracaso. El enigma que os planteé está aún sin resolver. Habéis debilitado la carcel de la Bestia, su fiebre y vuestro mundo se está confundiendo. Los contínuos delirios, locuras y pesadillas de Lucifer están apareciendo en vuestros hogares, infestando vuestra tierra: insectos, engendros oníricos, demonios, pecadores, catástrofes, caos. Si los guías por los siglos de los siglos, nunca se romperá el séptimo sello, pero sabed que os abandonaré y tú serás su pastor. Estaréis solos...Solo si tu respuesta es
"Pero, Padre Celestial" le rogó el niño, azotado por el viento y la lluvia ácida, solitario en lo alto de los montes de Spira; los mares comenzaron a retirarse a su lugar y los rayos del sol volvieron a abrazar al mundo después de mucho tiempo, "no podré llevar tu carga tanto tiempo...no viviré tanto"
"He aquí el sacrificio que debes llevar a cabo si quieres sacrificarte, Pedro" le susurró paternalmente Él.
Y Pedro de Spira lo vió...vió lo que debía hacer para poder sustituir la ausencia de Dios durante siglos. Y le pareció una aberración, una abomimación, algo horrible para un ser humano. Cientos de vidas sufrirán el precio de su inmortalidad. Y él sufriría dolor por los siglos de los siglos...
"Si es por el bien de la humanidad...que así sea. Amén"
Y años después Dios abandonó a la humanidad con la promesa de volver algún día...si el FIN llegaba. Para prorrogar el Apocalípsis, mandó a sus Arcángeles a la tierra tal y como fue recogido en el Génesis Secunda: Miguel, Gabriel, Uriel, Samael, Sariel, Raguel y Rafael. Tras cientos de batallas en los cielos de azufre, los arcángeles decidieron no marcharse con Dios (excepto Sariel) y amparar de lejos a los humanos desde los firmamentos, y raras veces intervinieron. Y aunque ya no había ángeles en la tierra, la Humanidad se las ingenió con la sangre que derramaron éstos en la Tierra. Recordó cuando ordenó manipular la sangre, para emular a los seres divinos al servicio de la Humanidad. Un pecado piadoso. Pero fue justo y necesario.
Mucho tiempo después de aquello alzó de nuevo a la Iglesia en Roma, un niño se había atrevido a alzar la civilización aunque fuera una nueva época de oscuridad parecida a la Edad Media. Levantó a la Iglesia con fe y con un uso religioso de las máquinas del pasado. La tecnología no era herejía si era santificada a un fin común a Dios. Tras la reforma del Palacio Laterano y la Basílica de San Pedro, Pedro de Spira fue elegido Papa, el más joven de la historia de la humanidad (aparentemente). A partir de ahí se le conoció como el Póntifex Máximus Petrus Secundus. Ya lo dijeron las antiguas profecías, el último Papa que tendrá la humanidad se llamará Pedro, igual que el primero. Pero el nuevo Papa no tenía intención de morir, aunque lo deseara. Pensaba ganar esta guerra al Apocalipsis y la Pesadilla del Tentador, costara lo que costara.
- En verdad os digo, que fue justo y necesario...-murmuró en un leve sollozo. Parecía que nunca acababa su sufrimiento. Pero era el pago...por seguir creyendo en la humanidad y en su capacidad de sacrificio. El infante notó la presencia de su más fiel confidente, servidor y consejero- Entrad, Sebastian.
-¿Su Santidad?- se disculpó éste.- Traigo los informes sobre las posibles facciones que se decanten en la futura guerra.
-¿Futura guerra?- preguntó irónico el Pontífice sin apartar la mirada de su mano envejecida repentinamente- Hace demasiado tiempo que empezó todo esto. Nosotros solo seremos testigos del principio del fin. Ocurrirá cuando todas sus piezas estén colocadas...y quien sabe, hasta un vulgar humano puede cambiar el transcurso de la historia.
-El Dux del Gran Ejército Angélico-Cristiano se reunirá con su Eminencia mañana.
-Bien...adelantemos materia.
-De acuerdo. -Sebastian fué hacia un enorme mapa de Europa (que mostraba también parte de Israel) que ocupaba toda la pared lateral. Frente a él, esperó a que el Pontífice se sentara en el enorme trono dorado, con sus peculiar diseño de maquinaria extraña...
Normalmente Petrus Secundus se sentía mejor cuando apoyaba sus manos entre las alas de los ángeles dorados del reposabrazo. Pero esta vez su dolor no se mitigó. Sebastian se dió cuenta, pero el Papa le apremió con un gesto de mano.
-Bien. Ésta es la situación. Los Barones de Iberia y otros núcles amantes de la tecnología están inquietos, aceptan a la Iglesia a regañadientes, pero el descontento es creciente por culpa de la Inquisición.
-Eso ya lo hablamos, la Inquisición es necesaria. Si para purgar un demonio tengo que sacrificar cien inocentes, te aseguró que será justo y necesario.
-Si, pero no es el único, unos Templarios Negros descubrieron en Florencia otra red de tráfico de armas prohibidas. La iniciativa del destape de esta red fue del Obispo Faustino Paissan, al que vuestra eminencia tenía pensado ascender a Arzobispo.
-¿Qué pasaron con las armas de Florencia?
-Desaparecieron, supongo que ardieron en alguna fogata pública, como cualquier cosa tecnológica o libros heréticos.
-No puedo mantener el mundo a base de supuestos.
-Estoy de acuerdo, señor.
-Bien, de momento tenemos núcleos rebeldes dispersos con tecnología prohibida, enamorados del pasado...chatarreros. ¿Qué dicen nuestros espías?
-Creen que pueden estar comunicándose entre ellos...sospechamos que para intercambiar tecnología.
-O para un levantamiento.
-No tendrían nada que hacer contra nuestros Engels, señor. Además tenemos al ejército permanente de los Templarios.
-Esperan su momento para actuar y acabar con todo lo que hemos reconstruido...- dijo el Papa con sudores fríos.
-También hay otra organización a la que hemos calificado de neutrales. Copian a los militares del mundo antiguo, disciplinados, entregados (son voluntarios todos) y con armas de fuego. Se hacen llamar Petirrojos.
-Herejes...
-Son legales dentro de su herejía, si me permite el comentario, señor.
-Permitido. ¿Qué más?
-Se acaban los suministros para las máquinas del Bautismo Angelical. Los Abs de Orden reclaman una solución.
-Ya...-dijo con un hilo de voz, Sebastian continuó.
-Los Engendros Oníricos pululan por el norte y se dice que han hecho una colmena en el Firmamento Raguelita, donde late una mente enjambre enorme. Pero sólo son rumores de guías de la marca locos. También fuero avistados Leviatanes, que hundieron galeras de guerra en el Mediterráneo.
El Pontífice se limitó a asentir.
-Un viejo enemigo ha vuelto de Oriente. Son peores que herejes, pues son fanáticos de una antigua religión que creíamos extinta, la musulmana. Se movilizaron en venganza de todo lo que occidente les hizo hace cientos de años. La Yihad, su guerra santa, no ha muerto para ellos.
-Estúpidos...no dejaremos de matarnos por muchos siglos que pasen. ¿Por qué tenemos tantas dificultades para perdonar y olvidar?- al niño le costaba respirar, su mente era una tormenta de información.
-Los sectarios satánicos han crecido masivamente en pequeñas comunidades...
-Por el amor de Dios...¿Es tu destino que tu mensaje caiga, Señor?- susurró agobiado en el trono, su tez era blanca.
Pegaron a la puerta. Un guardia con alabarda entregó un comunicado a Sebastian. Éste se quedó blanco. El Pontifice le apremió con gesto cansado.
-Sebastian, no tengo todo el día. ¿Qué ha ocurrido ahora?
-Florencia ha caído señor.
-¿Cómo?- dijo el Papa, que estaba extrañamente calmado.
-Por lo visto han derrocado a su Obispo, el antes mencionado Faustino Paissan. El pueblo llano se lanzó contra él, por lo visto repremía a su pueblo con el armamento herético que supuestamente había destapado y quemado...
-¿Otro Obispo corrupto? No me sorprende. ¿Cómo pudieron los campesinos vencer a las armas prohibidas de fuego?
-Eso es lo más extraño. Dicen que ocho caballeros oscuros lideraron al populacho hacia la victoria. Fuentes de la Inquisición corfiman que son los Templarios Negros del Armatura Gorke, unos desgraciados que han desertado porque la Inquisición se llevó a uno de los suyos.
El Póntifex Máximus Petrus Secundus parecía haber envejecido un año por cada mala noticia...no lo parecía, lo había hecho. Sebastian dudó.
-Su Eminencia, su pelo...¿está encaneciendo?
-Sí, Sebastian. Mi tiempo se agota, pues ya no puedo alimentarme solo de la esperanza del mundo. Tengo que prorrogar mi estancia en la Tierra de una manera más drástica. Convoca al Concilio de los Doce. Pedid a un Urielita mande el comunicado a los Caballeros del Círculo de Jerusalem. ¿Mandásteis a los niños y esclavos de la Inquisición a Tierra Santa?
-Sí, su Eminencia, todos los que debían algo a la Inquisición fueron mandados a Tierra Santa tal y como ordenásteis. - yo era uno de ellos e iba de camino mientras ellos hablaban - ¿De verdad quiere seguir pasando por esto?
-Debo...- comenzó a decir el niño, pero rectificó- Debemos hacerlo si queremos continuar. El sacrificio no es solo mío, sino de todos. Así debe ser. Además, sabes que sus almas estarán conmigo...
La tristeza infinita del niño se asomó a sus ojos.
"Si de verdad es justo y necesario...que así sea" pensó el niño envejecido antes de echarse a llorar en la sala del trono del Vaticano.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Memorias de un Templario Negro (XXXV)
- La Inquisición siempre de fiesta. ¿Tendrán alguna idea diferente a prenderle fuego a todo?
- No les pidas demasiado. Tienen demasiada fe como para pensar un poco.- le respondió Ilse con una sonrisa.
Gorke alzó una mano enguantada de negro, pidiendo silencio. Solo se escuchaban los cascos de sus propios caballos...¿o había algo más? Sí, se escuchaba algo más: ladridos.
-¡Mierda, otra vez los perros de guerra de la Inquisición! Y pensar que lo único que hemos hecho es desobedecer órdenes...
En algún lugar no tan lejano, se escuchaban a los entrenadores de los perros de guerra, que soltaban los correajes de sus bestias.
-¡Nos ganan terreno!- advirtió Ilse apremiando a su montura.
Y así era, si uno de los caballeros se diera la vuelta, vería movimiento entre los juncos, no los veían, pero estaban ahí.
-Mierda, mierda, mierda. -gritó Alejo , que ya podía ver a uno de esos perros enormes babeando con rabia, justo detrás de las coces de su caballo.
Uno de los caballos cayó con un relincho. Johann se precipitó con su caballo en medio del campo. En cuestión de segundos los perros de guerra se estaban dando un festín con la pata y la yugular de Mansedumbre, el corcél negro de batalla de Johann. El templario se incorporó rápido y desenvainó una daga, pero los perros se le echaron encima con un aullido desgarrador antes de que pudiera pestañear.
Gorke señaló a Duncant.
-¡Duncant, estás al mando de la compañía! Bordea el Fiume Arno hasta Florencia. Si no volvemos en cuestión de una hora, marchaos.
-Pero señor...
-¡Hazlo templario!
-¡Sí, mi Armatura!- respondió Duncant sin dudar.- ¡Compañía, marchen!
Con Gorke dió la vuelta a su caballo y sus caballeros maniobraron abriendo en abanico para darle paso. Le rechinaban los dientes cuanto más se acercaba al auxilio de Johann, la ira le quemaba el pecho con solo pensar que podía perder a otro más de los suyos. Además, todo esto lo hacían para rescatarme, no tenía sentido sacrificar hombres. Gorke entró cargando entre los juncos, los perros estaban echados sobre el caído.
-¡No vais a quitarme a más de los míos maldita sea!- Gorke besó todas las cruces que cargaban con peso sobre su cuello.- Ya no hay vuelta atrás....alea jacta est.- murmuró antes lanzarse al cuerpo a cuerpo.
Uno de los perros buscaba el cuello de Johann, y lo encontró. Le mordió con mandíbula de hierro, pero de repente, una sombra cayó a la carrera desde un caballo sobre las cuatro bestias de guerra. Con la fuerza de la caída Gorke clavó una daga en el cráneo a uno de los cánidos. Presto, el Armatura corrió hacia la bestia que le mordía el cuello a su soldado, en busca de la yugular. Con sus propias manos, Gorke agarró la boca y empezó a abrir la presa de colmillos del perro de guerra, pero los otros dos cánidos se abalanzaron sobre él. Gorke, con dos bestias de guerra hincando sus colmillos sobre él, no cejó en su empeño y liberó el cuello de su soldado rompiendo la mandíbula del perro con sus propias manos. Johann, presionando la fea herida de su cuello, entró en melee para liberar a su Armatura. Con una pesada biblia que llevaba siempre encima el antiguo Mónaco golpeó el cráneo de la bestia. Gorke tuvo la oportunidad de desembarazarse del otro, con el que acabó facilmente con su daga después de tirarle tierra a los ojos. La pelea sucia no era su especialidad, pero en este caso fue necesaria.
El Armatura cargó con su hombre hasta su caballo. Pero de repente fueron rodeados por un cerco de llamas, lo que espantó a la montura. Una figura penetró entre las llamas hasta los perseguidos, sin inmutarse. Una túnica de pliegues blancas y rojas ondeó entre el fuego, que le abría paso. Un hombre, de ojos azules imperturbables y cuyo rostro estaba desfigurado por una horrible cicatríz que le hacía siempre sonreír por un lado de su cara; acompañada de una horrible quemadura, miraba sereno a los dos soldados de Dios.
- Disculpad que me entrometa en este intento de huída. Me presentaré, soy el Prelado Inquisitorial Dante.
Gorke no hizo nada, se llevó lentamanete las manos detrás y separó un poco las piernas, como signo de que no temía al recién llegado. Además, intentaba ocultar el cuerpo de Johann, que estaba detrás suya.
-Vaya...vuestra mirada está inundada de sacrifico y valor. Vos debéis de ser Gorke.
-Lo soy.
-Os daré una última advertencia, señor Gorke. Dejad al chico en paz...¿Isaac lo llamáis? Aunque en realidad su nombre es lo que menos importa, pues puede tener muchos. Él nos pertenece y es mucho más valioso para nosotros, os lo aseguro.
-¿Qué quiere la Inquisición de él?
-¿La Inquisición?- Dante soltó algo parecido a una risa-. Esto está por encima de la Inquisición, mucho más alto y trascendente que una simple organización mortal. No se quiere nada de él en sí, pero sí algo que él guarda.
-¿Algo que él guarda? No comprendo. ¿Algo que robó?
-Es algo más complicado. Es algo que lleva consigo siempre, en su interior. Ya dije demasiado. Sólo olvidáos de él.
-Perdéis el tiempo, no me olvidaré de ninguno de los míos.
-Bien, en ese caso, por Orden de la Santa Inquisición, debo deteneros por doble desacato a la Matter Ecclesia.
-Me mataréis antes. Opondré resistencia.- le advirtió Gorke pensando en hacer ganar tiempo a los suyos.
-Entonces le haría un favor a vuestro superior. Y hacerle favor a un cerdo pecador no me agrada.
-¿Cómo decís?- Gorke arqueó una ceja, intrigado.
-Luois de Lyon, Decani de tu Orden, me pidió que le hiciera un favor algo personal. Me pidió que os asesinara, pero yo solo cumplo órdenes de Dios. Y me pagó mucho por vuestra cabeza...una lástima que yo no lo aceptara
-Maldito bastardo...sólo él podía ser tan mezquino. No ha cambiado nada.- respondió con rencor.
-¿Me permitís un comentario, Armatura Gorke?
-Hablad.
-Los motivos de Louis para querer veros muerto son muy...personales. Aunque vos ya lo sabréis.
-Así es. ¿Cumpliréis su capricho?
-No os mataré, de todas formas. Aparte de que me repugna ese pecador, os respeto, Gorke. Destacásteis en la Segunda Cruzada. Sois un héroe de guerra.
- En la guerra nunca hay héroes.
-Sabía que diríais algo parecido, lo que hace que os admire un poco. Cuando acabó la cruzada podríais tener ejércitos enteros marchando bajo vuestra sombra, sin embargo, os conformáis con liderar a ocho soldados y un cargo discreto y humilde. ¿Tenéis miedo a que les ocurra lo mismo que a los otros que estuvieron bajo vuestro liderazgo?
Gorke se echó la mano instintivamente a las cadenas de su cuello. Pero no dijo nada. Ni siquiera pestañeó.
-Estáis a tiempo de dejar vuestra absurda empresa de buscar a Isaac ahora, y así no recibir ninguna condena ni tortura por haber huído de vuestros deberes como soldados de Dios.
-El muchacho...está sufriendo, ¿verdad?
-¿Isaac? Oh, por supuesto que está sufriendo, pero forma parte del proceso. Tenemos que avivar las llamas que esconde en su interior.
-Mi respuesta es un no, entonces. No le dejaré en la estacada.
Dante levantó la palma de la mano enguantada. Gorke atisbó un brillo en su brazo, comprendiendo que lo que veía era un implante mecánico. Dante cerró el puño de hierro y a las espaldas de Gorke las llamas se abrieron, dándole una vía de escape.
-En ese caso, Gorke, seguiremos jugando al ratón y al gato. Pero os advierto, que no habrá una segunda oportunidad. Si os vuelvo a atrapar, será para llevaros a las celdas de la Inquisición.
Detrás de las llamas escuchaba Templarios formar para continuar la persecución del resto de la compañía.
Gorke apretó los puños hasta que brotó la sangre, debía darse prisa. Salió por la abertura ofrecida por su propio perseguidor y se subió con Johann en su caballo. Debía darse prisa y reunirse con los suyos.
Dante se quedó mirando el trote del caballo de Gorke, sombrío. Con un movimiento de brazos descendente, las llamas le obedecieron y se apagaron hasta dejar humo y ceniza.
-No sois el único que lo buscáis...
-Señor...- dijo un guardia Inquisitorial que apareció a su lado.- Un comunicado para su eminencia por parte de su compañero el Prelado Herman de Nuremberg.
-No me llaméis eminencia, nunca más. -respondió Dante asqueado.- Hablad.
-Dice que la galera de exclavos donde iba el sujeto para el proyecto sacrum oblatĭo ha naufragado en el Mediterráneo por algún tipo de demonio marino.
Dante carraspeó profundamente meditando sobre el tema
- Dios tiene otros planes para él...pues que así sea.
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En otra parte de la antigua y arrasada Toscana, Duncant conducía a los Templarios Negros (aunque ya no debería llamarlos así, al menos en este momento que describo) en paralelo al río Arno. La enorme ciudad ebullía de actividad...mucha gente salía, gritaba, corrían despavoridos y otros entraban con odio armados por las puertas secundarias de la ciudad. ¿Aquello era una revolución?
En la puerta principal de la ciudad amurallada, escoltado por Templarios Ramielitas de armaduras de roble y túnicas azules y armados con espadas-lanzas, había una diligencia lujosa. Duncant decidió llevar al resto de su compañía allí y hacerse una idea de lo que ocurría. Los Templarios se pusieron lanzas al frente ante los recién llegados. El Armatura ramielita les gritó.
-¡Alto, quien va!
Duncant alzó la mano en signo de dialogar.
-Somos Templarios Negros, Capítulo de de caballería de Élite de la Orden Templaria Gabrielita.
Al oír esas palabras, un individuo de ojeras oscuras, encorvado, con las vestiduras moradas propias de un obispo, salió del carruaje.
- Por la gracia bendita de Dios, por fin han llegado refuerzos. Caballería pesada nada menos. Dejadles pasar.- dijo el Obispo después de santigüarse.
A los jinetes negros les cambió la cara a desagrado. Amelia se acercó a Duncant y habló en susurros.
-Ese cabrón nos la jugó la última vez, ¿no?
-Sí...es el Obispo de Florencia. Faustino Paissan. Escuchemos lo que dice, para pasar inadvertidos.
-Ahora mismo le inflo los morros...
-Nada de hostias Amelia, debemos ser discretos. Eso también va por vosotros- dijo dirigiéndose al resto de la compañía, en cuyos rostros se dibujaba el rencor.
El obispo se dirigió a los Templarios Negros.
-¡La ciudad se ha vuelto loca! De repente se sublevaron contra nosotros, contra mí, contra la madre Iglesia y contra Dios si me apuran. ¡Herejes todos! ¡Y sobre todo frente al Estado Pontificio! Una buena carga de caballería sobre los sublevados y correran a sus casas. Y cuando lo hagan, haré que caiga el fuego de Dios sobre sus cabezas...ya lo creo. Malditos campesinos.
-Antes esperaremos a nuestro Armatura, tiene que estar al llegar.- respondió Duncant solemne para ganar tiempo para su líder.
Hacía media hora que lo esperaban...media hora más y tendrían que huir sin él.
-Oh...claro, ¿y quién es si puede saberse? Se hace de rogar si todavía no ha llegado.- dijo el Obispo Faustino claramente nervioso, retorciendo sus anillos.
-Su nombre...es...- empezó Duncant nervioso sin saber si debía inventarse un nombre o decir la verdad.
-Armatura Gorke, señor Obispo.- dijo Gorke desmontando detrás de ellos. Dejó el cuerpo de Johann en el suelo del campamento improvisado, Alejo instintivamente sacaba su equipo médico para reanimarlo, y lo consiguió a base de hacerle oler menta.
Al Obispo le cambió la cara al oír al recién llegado.
-¿Gorke?
-Os suena mi nombre, claro que sí. Le suena porque usó a mi compañía de mala manera para enriquecerse a costa de traiciones y de explotar a su pueblo.
-¿Cómo osáis? ¿No escarmentásteis de la última vez que me insultásteis en mi propia casa?
-Si las verdades os insultan, monseñor, debe ser que sois un mentiroso.
-¡Pero bueno...! ¡Pediré que os excomulguen!
-Tranquilícese, venimos a ayudaros, acabaremos con los sublevados. Para eso seguimos a la Iglesia.
El grupo abrió mucho los ojos, incrédulos ante las palabras de Gorke. ¿Se habría acobardado de repente? El caso es que el Obispo ya no parecía enfadado. Se tranquilizaron pensando que el Obispo no sabía que eran fugitivos.
-¿De verdad? En ese caso...no pediré que os excomulguen -dijo entre receloso y esperanzado.
-Al fin y al cabo servimos a la Iglesia. Vuestra ciudad no caerá Obispo Faustino.
-Gracias, Gorke. Esto es lo que debísteis hacer siempre, obedecer sin hacer preguntas.
-Claro, monseñor, lo que vos digáis. ¡Compañía, marchamos a batalla! Florencia no caerá ante el pueblo.
Saleron todos del campamento y montaron los corceles y los prepararon para la guerra. Amelia parecía dudar.
-Oíd, a mi no me importa pegarme con engendros y cabronazos, pero esto es una sublevación...No sé que moscarrón te habrá picado, Gorke, pero espero que haya un jodido plan detrás de esto. Porque esto no es luchar contra engendros...
-Exacto, son campesinos. ¿Dónde está ahí la muerte y la gloria? Por no hablar del honor. No entiendo nada- alegó Ilse.
-No sería una batalla, sino una masacre. No sé si quiero servir a esta Iglesia. ¿Y por qué de repente cumplimos órdenes de ese cerdo?- continuaba Amelia, apoyado con asentimientos de cabeza por parte de sus compañeros.
Gorke sonrió. Le gustaba su compañía más de lo que pensaba. Había esperado esa reacción de ellos. Su sonrisa se ensanchó con su mostacho.
- ¿Os lo habéis creído? Vaya, debería considerarme un buen actor. No vamos a ayudar a ese cabrón de Faustino. Ya nos usó una vez y esta vez se la vamos a jugar nosotros. Vamos a entrar y vamos a luchar junto al populacho, vamos a defender a esos extorsionados campesinos de ese tirano. Vamos a ponérselo difícil de paso a los que nos persiguen, facilitándonos el rescate de Isaac. Hoy Florencia debe caer.
Los Templarios Negros entraron en la ciudad en llamas en busca de las barricadas. Los ocho caballeros desenvainaron sus espadas al unísono.
- Hoy Florencia caerá.- dijeron a la vez con contundencia y decisión.
Y así empezó la sublevación de Florencia. Era un 6 de Marzo, Anno Domini 2647
miércoles, 2 de marzo de 2011
Memorias de un Templario Negro (XXXVI)
Sigo escribiendo. Aunque a veces pienso que todo esto sería mejor que cayera en el olvido ¿no?
Abrí los ojos lentamente. Azul. Un cielo completamente azul.
-¿Dónde estoy?- dije dolorido.
Intenté levantarme, pero los riñones me dolían terriblemente. Seguí tumbado y me quedé descansando, tardaría un rato en levantarme. Toqué con las manos mi alrededor para intentar encontrar una pista de dónde estaba. Arena y más arena. De pronto era consciente del sonido de las olas. Estaba en una playa. Miré a los lados y me encontré con una tabla de madera, en la que estaba atada una espada envainada. Me costó reconocer mi espada.
-Algo huele muy mal.
Efectivamente, había un enorme charco a mi lado. No recordaba nada, pero supuse que había estado vomitando agua y bilis al llegar a la playa.
"Ah mierda...ya me acuerdo"
Recordé como el Leviatán derrumbó la galera de exclavos de la Iglesia y cómo Marcos se inmoló. El prisionero condenado a muerte, Brooks, había sido tirado de la embarcación por la tormenta. El resto nos hundimos junto con el barco. Me santigué por todos aquellos que habían muerto.
"¿Entonces por qué demonios sigo vivo?"
Me levanté gritando de dolor. La playa ni se inmutó, las olas seguían midiendo el tiempo.
-¿Y qué playa es esta?- empecé a hablar con nadie, me sentía demasiado solo.- Espero que no sea otra isla endemoniada.
Caminé hacia el agua, que aunque estaba salteada por los trozos de madera del naufragio, era absolutamente cristalina, transperente, liviana. El sol le daba unos reflejos de luz que relajaban la vista. Los pájaros autóctonos se escuchaban a mis espaldas, seguramente preparando sus nidos, y los montes cercanos se mecían junto a un viento fresco y suave. Aquello era un paisaje paradisíaco.
-¿Estoy...muerto? ¡Auh! Maldita...-un cangrejo me pinzó un dedo del pie.- No, definitivamente estoy vivo.
Besé la cruz de hierro de mi orden mientras se me dibujaba una sonrisa. Alcé los brazos y di vueltas mientras el sol me bañaba.
-¡¡Estoy vivo!! ¡¡Estoy vivo!!-grité mientras giraba hasta marearme y dejarme caer en la fina cama de arena. De pronto me di cuenta de que no podía parar de reírme.
Hasta que escuché otro grito a lo otro lado de la playa.
-¿Hay alguien ahí? ¡¿Hola?! ¡Escuché un grito! ¿Hay alguien?
Al fondo de la playa vi al crío Timmy, el que racionaba la comida en la galera, tenía la melena rubia totalmente despeinada y un enorme moratón en la cara. Sonreimos al vernos y corrimos. Saltamos, rodamos, brincamos, nos abrazamos, cogíamos tierra y la dejábamos caer de nuestras manos como si fuera oro e incluso besamos la arena a la par que gritábamos y nos reíamos.
-¡Estámos vivos! ¡Estámos vivos!
Nos quedamos toda la mañana tumbados en la arena, mientras el sol nos miraba con su cálido ojo.
-¿Crees que se habrá salvado alguien más?- le pregunté, ya manteniendo los pies en la tierra.
-No lo sé, señor.
-No me llames señor.- dije avergonzado.
-¿Cómo le llamo, señor?
-Llámame por mi nombre.
-Eso está hecho, señor Isaac.
-Sólo Isaac.- le di un capirotazo.
-¡Au! Jo...estoy acostumbrado a ser criado de alguien.
-Pues ya no. Ahora eres libre. Aunque...-miré alrededor.- en estas circunstancias eso supone un problema. ¿Dónde crees que estámos?
-No lo sé, el patrón dijo que debíamos estar cerca de las Polis de Graecus. Mi familia...o lo que queda de ella vive en una de ellas.
-¿Piensas que esto es Grecia?
-¿Grecia? Qué raro sois, con perdón, hace siglos que ya nadie la llama así. Pero podría serlo.
-Ya veo...
Pensé en lo poco que sabía de política...no recordaba nada de la situación de las ciudades de por allí. Pero si no tenían buenas relaciones con la Iglesia, íbamos a tener un buen problema.
-¿De dónde eres? Siempre tuve curiosidad, porque parecía que no érais como el resto de prisioneros desde el principio. Además érais el único que parecía aceptar su situación, y el que intentaba consagrar su comida. El patrón, aunque intentaba trataros como uno más era evidente que os favorecía...eso es que sois alguien importante.
-No, no. Nada más lejos. Sólo que tu amo es demasiado temeroso. No sabría decirte de dónde soy, podría...podría decirse que soy de todas y de ninguna parte.
-¿Un vagabundo?
-No...no- reí. - Un soldado.
-¡Yo siempre quise ser un soldado! ¡Viajar por todo el mundo, combatir a los malos!- cogió un palo de la playa y finjió luchar con un malvado villano.- Y sobre todo liberar a los oprimidos.
Sonreí ante la ingenuidad de Timmy, pero cuánto debía tener ¿9 años?
-¿De verdad crees que ser soldado es eso?
-No...no lo sé. En casa siempre vivíamos con miedo, los malos siempren andaban por las calles, a todas horas marchando. La gente desaparecía y nadie decía nada. Lo peor eran los gritos por las noches y los silencios que venían después. Siempre se hablaba a oscuras de revolución, de salir a las calles a regar la ciudad con sangre, a luchar por nuestras vidas y acabar con el miedo. Nadie quería explicarme qué pasaba. Si nosotros hubieramos tenido soldados, quizás no habríamos tenido tanto miedo y todo hubiera salido bien.
Miré el cielo mientras reflexionaba antes de responder. La arena estaba perdiendo calor.
-También eran soldados los que os oprimían. ¿No lo pensaste?
-Pues...
-Solo somos peones. Obedecemos a la mano que está por encima de nosotros. Matamos por ella, morimos por ella. Y ni siquiera nos preguntamos por qué lo hacemos. Yo doy gracias de que esa mano que me maneja es la de Dios y sepa que mi causa es la única justa.
-¿Eres un Templario?
-Así es.
-Yo quise alguna vez vivir en los territorios de la Iglesia. Allí dicen que los ángeles se ven constantemente...pero en mi hogar, fuera de allí, no llega la mano de Dios.
Ese comentario me hizo dudar. "¿La mano de Dios es selectiva? ¿Por qué?"
-Siempre quise ver Roma, o Spira.
-Roma es preciosa.- sonreí plácidamente escuchando como subía la marea.
-¿Estuviste en Roma? ¿Cómo es?
Me recordó tanto a mi unos meses atrás.
-Los edificios son altísimos, se alzan en alabanza al cielo. Blancos inmaculados, orlados de estandartes de miles de colores. Las gentes humildes pueblan sus calles y sus ángeles surcan los cielos. Y sobre todo, quizás lo mejor es la plaza de Roma, con una enorme fuente donde críos como tú se bañan y juegan.
Sí...esa misma plaza donde muchísimos años después dirigiría una gran batalla. Pero aún queda para eso.
-No quiero volver a casa...si es que de donde vengo se le puede llamar hogar.
-Si dices que eres de por aquí lo más probable es que nos pille de paso. ¿No quiere volver a ver a tu madre?
-No tengo madre. Vivía con mi abuela y mi tío.
-Podríamos hacerle una visita. Me viene de camino a mi destino.
Timmy se alzó para quedarse sentado, yo seguí tumbado. Su expresión cambió, se hizo totalmente seria y señaló al mar.
-¿Eso es un cuerpo?
Corrimos hacia la orilla, había un cuerpo flotando entre las aguas y las tablas de madera.
Era Juan Olivera, el granadino.
