miércoles, 14 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (II)

Vuelta a escribir. No me queda mucho tiempo.

Como ya relaté, nací en un pequeño feudo perdido de la castigada tierra de Europa. Vivía solo con mi joven pero a la vez vieja madre, trabajando de sol a sol en los campos de cultivo, hasta quemarme las manos y desollarme los pies, para nuestro señor feudal.
Mi madre después del asesinar al komtur huyó conmigo hacia el norte, trabajando en los campos por los que pasábamos, sin detenernos mucho tiempo.
Mi madre…Dios, como la hecho de menos, hecho de menos su sonrisa fatigada y desinteresada. La pobre no merecía ese final, juro que era buena cristiana. Ella me quiso a pesar de ser un hijo impuro, fuera del matrimonio, fuera de los ojos de la Iglesia, fuera de los ojos de Dios. Nunca me perdonaré haber nacido, nunca me perdonaré no haber podido defender a mi madre.
No merecía ese final a manos de la Iglesia, pero sé perfectamente que está en un lugar mejor.
Me acuerdo de aquel maldito día. Eran días de cosecha, mi madre estaba recolectando la cosecha de esa temporada, como siempre había sido mala. Yo ese día estaba en casa aún no recuerdo por qué, debería haber estado trabajando ese día como todos. Mi madre entró en casa y pegó un portazo al entrar. Parecía poseída, parecía que volvía del mismísimo infierno y que el propio Lucifer le pisaba los talones. Me tapó la boca y me escondió en una pequeña trampilla que teníamos en casa para los deshechos. Recuerdo que no podía respirar y pedía ayuda a mi madre, pero mi voz estaba ahogada y retumbaba dentro de mi cabeza. Pronto pude oír en mi escondite a una muchedumbre reclamando sangre.
Un golpe seco…
Algo pesado cae…
Muchos pasos…
El crepitar de las antorchas…
Gritos guturales…
Una mujer suplica clemencia…
Esa mujer grita de dolor…
Algo gotea, se filtra por la trampilla y me cae en la cara…

Es sangre…

Conseguí abrir la trampilla lo suficiente como para ver a los dos inquisidores destripando la carne de mi madre con el filo del fanatismo, y lo suficiente como para que me descubriesen. No se puede ser más hipócrita, cometiendo un pecado para limpiar otro ajeno. Y yo…no podía hacer nada. ¿Qué podía hacer? Solo tenía ocho años.
Y eso es peor tortura que estar en las mismísimas entrañas de los sietes infiernos juntos. La impotencia invadía todo mi cuerpo. La frustración invadía toda mi alma.
Ahora me tocaba a mí morir…y yo no podía ser más feliz de liberarme de aquella miserable vida.
Pero…el reverendo, testigo de aquel castigo enviado para limpiar los pecados de los inquisidores después de ejecutar, tenía el rostro descompuesto. Me acuerdo perfectamente de la escena, él paró el brazo que debía ejecutarme en el último momento:

-Alto, por el amor de Dios, no podemos seguir con esta carnicería.
-¿Cómo? ¿Está desafiando el poder de la Iglesia padre? Le recuerdo que su deber aquí es limpiar nuestros pecados después de la ejecución-dijo uno de los inquisidores, totalmente perplejo. Mientras que en el rostro de su compañero se podía leer que la sed de sangre estaba aumentando.
-¿Acaso pone en duda el poder de la fe, padre Bramhs?-decía el otro con una voz un algo enloquecida e inquieta.
-Sólo digo que debemos dar una oportunidad a este hijo de Dios. Él no tuvo la culpa de haber nacido fuera del matrimonio, no tiene culpa de que su madre fuera una pecadora y una asesina. -argumentó el reverendo, que por lo visto se llamaba Brahms.

Aquello me dolió más que todos los métodos de tortura que podían utilizar la Inquisición.

-¿Y qué pretende hacer? No merece vivir ¡Este niño se negó servir a la Iglesia!¡Mataron a un fiel servidor! Incluso puedo asegurar que ni siquiera está bautizado. ¡Es un hereje! Se ha burlado de nosotros, de la Iglesia, y de lo que es peor, de nuestro Señor. Matémosle ya. Quitaos, yo lo haré-decía con voz enloquecida uno de los inquisidores mientras alzaba su arma. Le temblaba la voz a causa del ansia de sangre.
-Alto, no te he dado la orden de ejecutarlo. Además, la hereje, la muy puta, sigue viva-Gritaba su compañero furioso, que parecía el líder.
Era cierto...mi madre agonizaba, se sujetaba el vientre, de donde brotaba su sangre a borbotones. Estaba muy pálida. Su mirada se perdía. Se perdía en mí. Increiblemente, ella me sonreía.
"Ni siquiera teme a la muerte. Sólo lo que me pueda pasar. No morirá hasta que me crea a salvo"
El pater Brahms rompió el silencio
-Eso no es problema, yo puedo bautizarlo ahora mismo-replicó el padre Bramhs con voz queda.
-Si, pero, ¿quién se encarga de él?
-Vivirá al servicio de la Iglesia.

Después de aquello me sacó de casa a rastras. La muchedumbre me miraba, me señalaban, me llamaban hereje, hijo del demonio. La gente me seguía. El padre Bramhs tiraba de mí, hacia el río con paso firme y decidido a arrastrarme contra toda mi voluntad. Yo lloraba como el chiquillo que era mirando mi casa en llamas. Los inquisidores salieron de entre las llamas de mi hogar cargando con mi madre moribunda, la arrastraban hasta una enorme pira allí preparada.
"Dios mio ¡No!"
La ataron en el poste de la pira, ella se mantenía debilmente atada, rostro cabizbajo, que ocultaba la ira de su rostro tras sus cabellos. Era cuestión de que le prendieran fuego. Me zafé de mi capturador y corrí hacia mi madre, ignorando las amenazas de los inquisidores y las advertencias del pater. Ella respiraba con dificultad. Me abracé a ella. Ella no pudo abrazarme, no podía, pero, si ella se iba a algún lado, yo me iba con ella.
-Mamá...
-Calla...escúchame. Hijo mío, debes ser fuerte.
-¡No te vayas por favor! ¡Llévame contigo!
-No puedes venir.
-¿Adónde irás ahora? ¿Irás...al cielo?-Mi madre me miró con una mezcla de tristeza y de resginación.
-No voy al cielo. No quiero que pienses en ningún momento que estoy en un lugar lejano con Dios. Quiero que pienses que estoy cerca, quiero que pienses que estoy en tus actos, en tu personalidad, en tu forma de pensar. Quiero que me mantengas viva en tu recuerdo, solo eso bastará. Esa es la verdadera inmortalidad. El cielo es para los olvidados.-de repente tuvo un espasmo y escupió sangre, que cayó irremediablemente sobre mí, que aún la apresaba, como si con ello pudiera mantenerla conmigo para siempre.
Me acababa de bautizar con su sangre. No podía parar de llorar. Mi madre me besó en la cabeza y un escalofrío recorrió mi cuerpo, pues supe que era el último que iba a recibir en mi vida.

El pater Brahms me tomó de la mano, y me condujo, cuál alma en pena, al río otra vez. Durante el breve camino nunca le dí la espalda a mi madre. Cuando llegamos al río, hizo el ritual propio para el bautizo, del que no recuerdo mucho, solo que la sangre seca de mi madre en mi cara era limpiada por el agua gélida del río.
-Yo, en nombre de Dios, y ante los ojos de la Iglesia serás llamado-se quedó un rato pensativo, y de pronto como si se le hubiese ocurrido una idea irónica dijo-Isaac*.
Aquél, obviamente, no era el nombre que me dio mi madre.
El nombre que me dió lo olvidé. Lo dejé atrás.

Cuando el agua gélida cayó sobre mi cabeza, el fuego abrasador ardió sobre los pies de mi madre. Ninguno de los dos gritamos, sino que nos miramos intensamente, uno iniciando una vida, y otro acabándola, los dos de una manera cruel y despiadada.

-Ahora está con Dios.-dijo el pater Brahms mientras mirábamos cómo las cenizas de mi madre se perdían con el viento.

No era cierto. No estaba con Dios. Para mí, Dios se acababa de ir. La persona que me regaló la vida, me amaba incondicionalmente y se sacrificó por mí, era mi madre. ¿Y acaso no se resumía en eso el ser Dios?

Dios se acababa de marchar.
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*Uno de los episodios más controvertidos teológicamente del texto bíblico concierne también a Isaac durante su infancia; Génesis 22 relata que Yahveh, para probar a Abraham, le solicitó que sacrificara a su hijo Isaac. Aunque destrozado por la pena, Abraham accedió al mandato, pero un enviado de
Dios detuvo en el último momento el sacrificio.

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