lunes, 19 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (V)

Amelia...un ángel sin alas. Sin ninguna delicadeza ni tacto, pero mi ángel al fin y al cabo. En aquellos momentos me daba un miedo terrible y tardé demasiado en entender lo que me pasaba cuando estaba con ella. No sé si ella se daba cuenta en aquél momento, aunque ni yo me daba cuenta de lo que sentía. Que ciego estaba.

Aunque es curioso, después de todo lo que hemos pasado...aún me pongo nervioso pensando en ella. Como me diría Duncant "Isaac, el valiente en batalla, pero cobarde en el amor"

Mis compañeros en este agujero me miran nerviosos. Yo lo siento, no pude reprimir una carcajada al recordar viejos tiempos.

Pero no adelantemos acontecimientos. Prosigo con mi historia.

A partir de aquel día Amelia yo, y Duncant, que siguió visitándola por motivos que aún desconozco, nos hicimos inseparables, de tal manera que llegarían a convertirse en la familia que nunca tuve.

A partir de aquí mi vida comenzó a tener algún sentido, aunque lo único que hacíamos era superar unas pruebas detrás de otras. Pero tras superar cada prueba, teníamos un motivo de celebrar que una noche más, estábamos vivos. Y qué mejor manera para celebrar la vida, que una taberna. Una que Duncant conocía bastante bien, y estaba bastante lejos del cuartel de adiestramiento de los Templarios Negros. Me preguntaba cómo debería ser de buena aquella taberna para ir tan lejos, cuando de hecho hay tabernas más cerca. Pronto lo descubriría.
Y ahí estaba….tenía una presencia bastante agradable, y tenía un enorme cartel colgando de cadenas que rezaba “Capa y espada”.

Entramos, y el cálido ambiente del lugar nos envolvió. Era un sitio bastante alegre. Se celebraba el fin de año y se habían abierto grandes barriles de cerveza. Se habían juntado en el centro del salón varias mesas, y un grupo de borrachines cantaban reverencia por la vida alegremente removiendo por encima de sus cabezas jarras de cerveza sin preocuparse por no derramar su contenido. A su lado un grupo de músicos afinando instrumentos para la larga y apacible noche.
Duncant nos guió y nos llevó a una mesa situada junto a una ventana. Estuvimos hablando los tres animadamente mientras se llenaba hasta los topes la posada de muchachos y muchachas, viejos, vagabundos y todo tipo de personas.
La fiesta ya estaba animada y seguíamos sentados mirando a los músicos, y la muchedumbre cantando y bebiendo. De entre la gente apareció una muchacha menuda, de cabello cobrizo y ojos castaños, dirigiéndose a nosotros con una bandeja clavada en su cadera. Algo me decía que ya la había visto antes, pero antes de acordarme Amelia me dio un cómplice codazo mientras soltaba una risita:
-La novia de Duncant-me susurró sin poder soportar soltar risitas.
¿Así que por eso estaba empeñado en ir a esta taberna?
-No es su novia-le corregí acordándome ya quién era ella.
-Claro que sí, lo que pasa es que…-comenzó a replicarme pero ella ya estaba encima de nosotros.

-¿Qué deseáis?
Amelia pidió cerveza, yo la imité aunque nunca la había probado, pero no quería parecer un blandengue.
-¿Y tú? ¿Qué deseas?-dijo un poco atolondrada mirando a Duncant.
Duncant parecía pensativo. La música pareció darle un poder decisivo.
-Un baile con vos.
Los ojos de ellas se iluminaron sin poder contener una sonrisa.

Amelia no paraba de darme codazos mientras se reía como una ardillita y yo me estaba poniendo negro ya de aquello.

Duncant subió de un salto a la mesa del centro del salón. Cogió por la cintura a Kiara y la subió a la mesa. Agarró violentamente su bandeja y la tiró. Y bailaron, y para nada lo hacían mal.
La gente se animó, y estalló un espíritu folclórico verbenero.
La presencia de los dos estaba iluminada.
Cómo íbamos a imaginar que aquel era su último baile juntos.

Memorias de un Templario Negro (IV)

La Orden de los Templarios Negros..
Los jinetes de Dios sobre la Tierra. Fieros caballeros al servicio de la Matter Eclesia.
Oscuros guerreros de Dios, fuertes de cuerpo y fuertes de espíritu. De fe inquebrantable e inflexible contra los enemigos de Dios.
Yo nunca llegué a ser así. Supongo que eso explicaría el por qué de este final.

Fuí enviado al Temple de los Templarios Negros. Los jinetes siniestros me arrastraron hasta allí como si fuera una bolsa mas de viaje. Y me soltaron allí como tal. Me dejaron en algún punto en las afueras de Roma Aeterna.
Estaba asustado, había mucha gente a mí alrededor. Estaba acostumbrado a la soledad de la iglesia.
Casi todos eran chicos de mi edad. Todos estábamos asustados. Recuerdo la enorme pared de una gran iglesia, todos en fila delante del muro, dispuestos a ser carne de cañón. Ni un adulto, supongo que la mayoría eran huérfanos o habían sido abandonados. Pasé todo el día de pie esperando que hicieran conmigo lo que tuvieran que hacer.
Al fin aparecieron hombres encapuchados con guantes blancos tocando campanillas haciendo revista de la desorganizada fila de niños sucios. Nos condujeron al interior de la iglesia por una pequeña puerta lateral, detrás de nosotros la puerta se cerró y se pudo escuchar claramente como funcionaba el mecanismo de la puerta, encerrándonos.
No recuerdo cuántos días estuve encerrado orando en el interior de la iglesia, pero fueron los suficientes como para que muchos de nosotros se desvaneciesen desnutridos o sedientos y no volver a levantarse jamás.
Finalmente se abrió la puerta, apareciendo un hombre curtido vestido con armadura negra de adornos dorados y capa blanca con una cruz templaria negra en ella. Se dirigía majestuosamente al altar pisando fuerte y decididamente haciendo resonar sus pasos por toda la iglesia. Cuanto más se aproximaba más cicatrices podía notar en su rostro. Así pasó por mi lado y llegó al altar apoyando sus poderosos puños en la mesa de la eucaristía.
-Sentíos bienaventurados hermanos, pues habéis sido designados por el Señor para luchar por su noble causa. Habéis demostrado que vuestros corazones son puros y vuestra fe incuestionable. Ya superada la prueba del espíritu, es hora de la prueba de la carne. No intentéis ayudaros los unos a los otros, eso solo os hará débiles. Con esto no quiero decir que no trabajéis en equipo. Los que se quedan atrás, atrás se deben quedar.

Dicho estro el Gran Maestre de la orden se fue como había llegado.
La última frase se me quedó grabada a fuego en la mente, e intentaba rechazarlo.
No recuerdo mucho más, solo que después de la primera y más dura prueba devoramos con ansia los panes duros que nos daban.
A partir de aquel día, comenzó las pruebas de la carne. Una prueba macabra detrás de otra, pero no lo suficiente como para que algunos pudiésemos sobrevivir. Aún es un misterio para mí cómo superé todo aquello. Pensé que Dios tenía planes para mí, pero poco a poco eso me sonaba cada vez más ridículo y acabé desechando esa idea.
Pocas pruebas recuerdo, la mayoría eran resistencias de todo tipo, desde resistencia en carrera hasta en combate. Aunque si recuerdo las peores pruebas con bastante nitidez.
Una de ellas recuerdo que tenía casi doce años.
Consistía en subir corriendo en grupo, unos atados a otros por la cintura un escarpado risco de piedras afiladas descalzos en pleno cenit de un caluroso día de verano. Me llamó mucho la atención que en el grupo hubiera una chica, delante mía. Parecía bastante dura, y estaba dispuesta a llegar a la cima del risco costara lo que costara y parecía que nada en el mundo le iba a quitar esa idea de la cabeza. Parecía muy cabezota.
Yo caí, y el grupo me llevó tirando de sus cuerdas, arrastrándome por todo el risco arañándome y cortándome con los filos de las piedras. Alcé la cabeza para levantarme, pero fue en vano. De pronto una silueta oscura recortada por el sol, me ofrecía su ayuda deteniendo a todo el grupo. Todo el grupo rechistaba y la silueta se encaramaba hacia todos ellos, haciéndoles frente.
-Dejadle en paz, si no queréis una ración de ostias, y no de las precisamente religiosas.

Acepté su ayuda y me levantó con una fuerza sorprendente para una chica de su edad y en aquel estado. Cuando le iba a dar las gracias ella fue golpeada por un miembro del grupo y cayó. Después todo era negro.
Por fin desperté, como siempre miré hacia mis lados para ver a los pobres desgraciados que estaban a mis lados recuperándose en la enfermería. A mi derecha estaba un pobre chico con un brazo amputado. A mi izquierda estaba ella.
Ese día la enfermería estaba repleta, por lo que estábamos unos muy juntos con otros Recuerdo que estuve muy impresionado de estar tan cerca de una chica. Había sido educado para mantener el celibato en el santo oficio. Se podría decir que les tenía pánico irracional a las muchachas y a los coqueteos. Se me secaba la garganta y se me trababa la lengua ante ellas.
Me quedé como una eternidad mirándola. Estaba sucia, tenía muchas heridas, y descubrí en ella un aire muy triste…comprendiendo que acababa de encontrar a alguien que había sufrido tanto o incluso mucho más que yo.
Me di cuenta de que había un muchacho al lado de su cama sentado, que tenía un aspecto bastante sano como para estar allí. Después descubrí que cuidaba de ella. Estuvo cuidándola todo el tiempo que pudo, mientras que a mí me cuidaban lo mínimo posible, así que deduje que ese muchacho lo hacía voluntariamente.
Él siempre sonreía. Su sonrisa no era malévola, sino tierna y fraternal.
Ella por fin despertó. No pareció sorprenderse de estar en la enfermería así que supuse que estaba tan acostumbrada como yo a despertarse allí. El muchacho que la estuvo cuidando seguía allí vestido con su sonrisa imborrable.
-Vaya, ya era hora de despertar marmota-dijo él.
-¿Qué hora es?-preguntó ella estirándose y haciendo una mueca desagradable al descubrir algunos moratones en su cuerpo.
-Es mediodía. ¿Cómo te encuentras?
-Bueno, he estado en pruebas peores, así que para desgracia de la orden, creo que sobreviviré. Pobres, parecen tan empeñados en que algunos no lleguemos a ser Templarios Negros-dijo sonriendo
-Si, entiendo a que te refieres-dijo él dejando escapar una risita.
Siguieron hablando un par de minutos más hasta que él se despidió con un “hasta pronto” y entonces ella se percataba del silencioso espectador que había a su derecha. Me miraba con los ojos entreabiertos como preguntándose de qué le sonaba mi cara. Al final pareció acordarse. Se tumbó, miro al techo, y al cabo de un rato me soltó:
-Oye, ¿Quién era ese tío?
Aquello me dejó sin habla. No esperaba que me hablase.
-¿Có…Cómo? Cre…cre…creía que le conocías.-balbuceé.
-No ¿Por qué iba a conocerle?
-Pues porque lle…lleva cui…cuidándote durante todo el tiempo que estabas inconsciente en enfermería.
Aquello pareció sorprenderla, giró la cabeza para mirarme:
-¿En serio?
-S…si.
-Sería un auxiliar.
-No creo, solo cuidaba de ti.-conseguí decir del tirón.
Aquello la dejó de piedra.
-Vaya…
De nuevo hubo silencio entre los dos y conseguí relajarme. Hasta que se volvió hacia mí, mirándome fijamente a los ojos de una manera que ni siquiera pude sostenerle la mirada.
-¿Cuántos días llevo durmiendo?
-Pues…creo que 2 días completos.
-OK.
Dicho esto sacó una pequeña navaja, retiró la almohada y empezó a rajar la pared de madera, haciendo líneas verticales junto a otras que ya estaban allí. Cada grupo de cinco líneas marcadas en la pared a punta de navaja estaban cruzadas perpendicularmente por una línea horizontal. Ella empezó a contar las nuevas líneas con las ya marcadas anteriormente con los dedos, hasta que dedujo que había estado en enfermería un total de 24 días. Resopló y dijo:
-Ay que ver que soso eres. ¿Por qué no dices nada?
-Yo…bueno, no se qué decir.
Sin motivo alguno empezó a levantarme la camisa que llevaba de la enfermería. Abrí los ojos horrorizado.
-¿Qué estas haciendo?-dije casi horrorizado.
Ella soltó una dulce carcajada.
-Tranquilo casanova no te voy a desnudar, solo quiero ver tus heridas-examinó mis heridas y puso cara de gravedad.-Bueno parece que vamos a estar en la enfermería bastante tiempo tú y yo así que deberíamos presentarnos. Soy Amelia.-hubo un breve silencio- ¿Qué pasa? ¿No recuerdas tu nombre?
-¡Ah! perdón-salí de mis pensamientos-.Yo soy Isaac.
-Bien Isaac, tú y yo vamos a pasar muucho tiempo juntos-dijo tumbándose.

Y así fue.

jueves, 15 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (III)

Adiós, madre.

Aún me tiembla el pulso, pero debo continuar si quiero acabar a tiempo. Está amaneciendo en Roma Aeterna. Prosigo.

Desde aquel día quedé a manos del padre Bramhs, y estuve aprendiendo su oficio durante 5 años. Lo que más recuerdo era que me confesaba los domingos temprano, antes de la misa. Me sorprendió que las lecciones que recibía eran bastantes especiales: no veía en ellas fanatismo, no era castigado, y tenía un sentido del humor con su fe bastante peculiar, algo que acabó marcando mi forma de ser, incluso me permitía mi propia interpretación de la Biblia.
Un domingo cualquiera, rutinario, yo me disponía a confesarme. Como siempre, estaba nervioso y memorizaba de carrerilla todo lo que iba a confesar. Decidí no esperar y confesarme cuanto antes:
-Dios, escucha mi perdón y acepta mi alma-dije, esperando automáticamente la respuesta del padre Bramhs.
Pero…no hubo respuesta.
-Dios, escucha mi perdón y acepta mi alma- estaba empezando a angustiarme.
Silencio…
De pronto alguien gritó:
-¡Tú! ¿Qué haces ahí? –un monaguillo de la iglesia que estaba preparando la misa se acercaba a mí.
-Me dispongo a confesar mis pecados-estaba confundido, estaba demasiado acostumbrado a la rutina de la iglesia.
-No digas que te lo he dicho yo.-bajó la voz y se puso en actitud confidencial- El padre Bramhs no esta aquí.
-¿Donde está?-procuré no alzar la voz.
-Se lo han llevado
-¿Quién?-mi voz estaba empezando a tomar un matiz histérico.
-Ya te dije demasiado así que…-se dio media vuelta.
-¡No, tú sabes algo más! ¿Quién se lo ha llevado?- comencé a presionarle la garganta, haciéndole retroceder hasta el altar, hasta que chocó su espalda contra el gran crucifijo tirando el cáliz provocando un ensordecedor eco en la sala.
Finalmente dijo lo que yo más temía.
-La Inquisición-suspiró con un hilo de voz.
-¡Eso es imposible! ¿Por qué?- aflojé su cuello para poder escucharle
-Está acusado de corromper a las juventudes con sus enseñanzas.-acto seguido sus ojos se tornaron blancos y cayó. Estaba asustado, no me podía mover. Finalmente me acerqué a él, y con un gran alivió descubrí que aún respiraba.
No podía ser verdad…la Inquisición volvía a llevarse a un ser querido. A lo mejor eran demasiado buenos para este mundo. ¿Quizás se iban con Dios, y yo me quedaba en el infierno? Hice un hueco en mi corazón y en mi alma para el pater Brahms, un lugar que debía compartir con mi madre.

Siempre recordaré el día en que llegó el nuevo párroco. Un viejo francés temeroso de Dios, y con mano dura, seguidor de la expresión “la letra, con sangre entra”.
El padre Lacroix fue de lo peor que podía esperar como tutor.
Si el padre Brahms me enseñó ser más desenfadado, el padre Lacroix me enseñaría a callar. Dos cosas que marcaron mi forma de ser.
El método de confesión fue sustituido por la flagelación. Recuerdo que sólo era en el brazo izquierdo, el brazo del diablo en palabras del padre Lacroix. El brazo del demonio...el brazo que todo lo hace mal. Marcado por innumerables cicatrices. Desollado contínuamente.
Un día me rebelé contra él, me apoderé de su instrumento de tortura y le hice pagar todo lo que me había hecho. Le hice sentirse como me había sentido yo durante toda mi vida, indefenso e impotente.
-¿Crees que puedes torturarme porque soy débil?¿Porque soy un niño?¿Te crees con autoridad para maltratarme?¿Te crees mejor que yo porque crees que estas más cerca de Dios que yo?De lo único de lo que estás cerca ¡Es del infierno!
El único resultado de todo aquello fue una tortura brutal, siempre en el brazo del demonio, mientras el padre Lacroix me gritaba:
-Isaac eres un inútil, y siempre lo serás. Con esa actitud no conseguirás nada. Defiendes bien tus ideales rebeldes, pero recuerda que ello siempre te puede llegar a costar la muerte. Ni podrás defender a los que amas. Mereces un castigo. Acabas de demostrar que no podrás promulgar la palabra del Señor mediante la palabra, no tienes la paciencia necesaria, así que lo harás mediante la espada, un camino más corto pero más peligroso. Servirás a la orden de los Templarios Negros, que es casi lo mismo que una condena de muerte, pero una muerte justa por la causa de Dios. La Inquisición hizo bien en ejecutar al padre Brahms, él te ha corrompido con sus enseñanzas. Lo único para lo que le puedes servir a la causa de Dios es para morir en Su nombre.
Nunca pude olvidar esta etapa de mi vida. No tenía más que ver mi brazo izquierdo plagado de inmundas cicatrices por cada milímetro de mi brazo.


Y así, fui enviado a la orden de los Templarios Negros.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (II)

Vuelta a escribir. No me queda mucho tiempo.

Como ya relaté, nací en un pequeño feudo perdido de la castigada tierra de Europa. Vivía solo con mi joven pero a la vez vieja madre, trabajando de sol a sol en los campos de cultivo, hasta quemarme las manos y desollarme los pies, para nuestro señor feudal.
Mi madre después del asesinar al komtur huyó conmigo hacia el norte, trabajando en los campos por los que pasábamos, sin detenernos mucho tiempo.
Mi madre…Dios, como la hecho de menos, hecho de menos su sonrisa fatigada y desinteresada. La pobre no merecía ese final, juro que era buena cristiana. Ella me quiso a pesar de ser un hijo impuro, fuera del matrimonio, fuera de los ojos de la Iglesia, fuera de los ojos de Dios. Nunca me perdonaré haber nacido, nunca me perdonaré no haber podido defender a mi madre.
No merecía ese final a manos de la Iglesia, pero sé perfectamente que está en un lugar mejor.
Me acuerdo de aquel maldito día. Eran días de cosecha, mi madre estaba recolectando la cosecha de esa temporada, como siempre había sido mala. Yo ese día estaba en casa aún no recuerdo por qué, debería haber estado trabajando ese día como todos. Mi madre entró en casa y pegó un portazo al entrar. Parecía poseída, parecía que volvía del mismísimo infierno y que el propio Lucifer le pisaba los talones. Me tapó la boca y me escondió en una pequeña trampilla que teníamos en casa para los deshechos. Recuerdo que no podía respirar y pedía ayuda a mi madre, pero mi voz estaba ahogada y retumbaba dentro de mi cabeza. Pronto pude oír en mi escondite a una muchedumbre reclamando sangre.
Un golpe seco…
Algo pesado cae…
Muchos pasos…
El crepitar de las antorchas…
Gritos guturales…
Una mujer suplica clemencia…
Esa mujer grita de dolor…
Algo gotea, se filtra por la trampilla y me cae en la cara…

Es sangre…

Conseguí abrir la trampilla lo suficiente como para ver a los dos inquisidores destripando la carne de mi madre con el filo del fanatismo, y lo suficiente como para que me descubriesen. No se puede ser más hipócrita, cometiendo un pecado para limpiar otro ajeno. Y yo…no podía hacer nada. ¿Qué podía hacer? Solo tenía ocho años.
Y eso es peor tortura que estar en las mismísimas entrañas de los sietes infiernos juntos. La impotencia invadía todo mi cuerpo. La frustración invadía toda mi alma.
Ahora me tocaba a mí morir…y yo no podía ser más feliz de liberarme de aquella miserable vida.
Pero…el reverendo, testigo de aquel castigo enviado para limpiar los pecados de los inquisidores después de ejecutar, tenía el rostro descompuesto. Me acuerdo perfectamente de la escena, él paró el brazo que debía ejecutarme en el último momento:

-Alto, por el amor de Dios, no podemos seguir con esta carnicería.
-¿Cómo? ¿Está desafiando el poder de la Iglesia padre? Le recuerdo que su deber aquí es limpiar nuestros pecados después de la ejecución-dijo uno de los inquisidores, totalmente perplejo. Mientras que en el rostro de su compañero se podía leer que la sed de sangre estaba aumentando.
-¿Acaso pone en duda el poder de la fe, padre Bramhs?-decía el otro con una voz un algo enloquecida e inquieta.
-Sólo digo que debemos dar una oportunidad a este hijo de Dios. Él no tuvo la culpa de haber nacido fuera del matrimonio, no tiene culpa de que su madre fuera una pecadora y una asesina. -argumentó el reverendo, que por lo visto se llamaba Brahms.

Aquello me dolió más que todos los métodos de tortura que podían utilizar la Inquisición.

-¿Y qué pretende hacer? No merece vivir ¡Este niño se negó servir a la Iglesia!¡Mataron a un fiel servidor! Incluso puedo asegurar que ni siquiera está bautizado. ¡Es un hereje! Se ha burlado de nosotros, de la Iglesia, y de lo que es peor, de nuestro Señor. Matémosle ya. Quitaos, yo lo haré-decía con voz enloquecida uno de los inquisidores mientras alzaba su arma. Le temblaba la voz a causa del ansia de sangre.
-Alto, no te he dado la orden de ejecutarlo. Además, la hereje, la muy puta, sigue viva-Gritaba su compañero furioso, que parecía el líder.
Era cierto...mi madre agonizaba, se sujetaba el vientre, de donde brotaba su sangre a borbotones. Estaba muy pálida. Su mirada se perdía. Se perdía en mí. Increiblemente, ella me sonreía.
"Ni siquiera teme a la muerte. Sólo lo que me pueda pasar. No morirá hasta que me crea a salvo"
El pater Brahms rompió el silencio
-Eso no es problema, yo puedo bautizarlo ahora mismo-replicó el padre Bramhs con voz queda.
-Si, pero, ¿quién se encarga de él?
-Vivirá al servicio de la Iglesia.

Después de aquello me sacó de casa a rastras. La muchedumbre me miraba, me señalaban, me llamaban hereje, hijo del demonio. La gente me seguía. El padre Bramhs tiraba de mí, hacia el río con paso firme y decidido a arrastrarme contra toda mi voluntad. Yo lloraba como el chiquillo que era mirando mi casa en llamas. Los inquisidores salieron de entre las llamas de mi hogar cargando con mi madre moribunda, la arrastraban hasta una enorme pira allí preparada.
"Dios mio ¡No!"
La ataron en el poste de la pira, ella se mantenía debilmente atada, rostro cabizbajo, que ocultaba la ira de su rostro tras sus cabellos. Era cuestión de que le prendieran fuego. Me zafé de mi capturador y corrí hacia mi madre, ignorando las amenazas de los inquisidores y las advertencias del pater. Ella respiraba con dificultad. Me abracé a ella. Ella no pudo abrazarme, no podía, pero, si ella se iba a algún lado, yo me iba con ella.
-Mamá...
-Calla...escúchame. Hijo mío, debes ser fuerte.
-¡No te vayas por favor! ¡Llévame contigo!
-No puedes venir.
-¿Adónde irás ahora? ¿Irás...al cielo?-Mi madre me miró con una mezcla de tristeza y de resginación.
-No voy al cielo. No quiero que pienses en ningún momento que estoy en un lugar lejano con Dios. Quiero que pienses que estoy cerca, quiero que pienses que estoy en tus actos, en tu personalidad, en tu forma de pensar. Quiero que me mantengas viva en tu recuerdo, solo eso bastará. Esa es la verdadera inmortalidad. El cielo es para los olvidados.-de repente tuvo un espasmo y escupió sangre, que cayó irremediablemente sobre mí, que aún la apresaba, como si con ello pudiera mantenerla conmigo para siempre.
Me acababa de bautizar con su sangre. No podía parar de llorar. Mi madre me besó en la cabeza y un escalofrío recorrió mi cuerpo, pues supe que era el último que iba a recibir en mi vida.

El pater Brahms me tomó de la mano, y me condujo, cuál alma en pena, al río otra vez. Durante el breve camino nunca le dí la espalda a mi madre. Cuando llegamos al río, hizo el ritual propio para el bautizo, del que no recuerdo mucho, solo que la sangre seca de mi madre en mi cara era limpiada por el agua gélida del río.
-Yo, en nombre de Dios, y ante los ojos de la Iglesia serás llamado-se quedó un rato pensativo, y de pronto como si se le hubiese ocurrido una idea irónica dijo-Isaac*.
Aquél, obviamente, no era el nombre que me dio mi madre.
El nombre que me dió lo olvidé. Lo dejé atrás.

Cuando el agua gélida cayó sobre mi cabeza, el fuego abrasador ardió sobre los pies de mi madre. Ninguno de los dos gritamos, sino que nos miramos intensamente, uno iniciando una vida, y otro acabándola, los dos de una manera cruel y despiadada.

-Ahora está con Dios.-dijo el pater Brahms mientras mirábamos cómo las cenizas de mi madre se perdían con el viento.

No era cierto. No estaba con Dios. Para mí, Dios se acababa de ir. La persona que me regaló la vida, me amaba incondicionalmente y se sacrificó por mí, era mi madre. ¿Y acaso no se resumía en eso el ser Dios?

Dios se acababa de marchar.
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*Uno de los episodios más controvertidos teológicamente del texto bíblico concierne también a Isaac durante su infancia; Génesis 22 relata que Yahveh, para probar a Abraham, le solicitó que sacrificara a su hijo Isaac. Aunque destrozado por la pena, Abraham accedió al mandato, pero un enviado de
Dios detuvo en el último momento el sacrificio.

domingo, 11 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (I)

Mi infancia.
Algo borroso y nublado. Algo tan lejano y tan presente que algún día tenemos que dejar atrás para olvidarnos de que una vez, fuimos niños.
Entre todos esos recuerdos confusos siempre estará el rostro de mi madre, la que me dió el regalo de la vida. No recuerdo nada de mi padre, si es que en algun momento tuve. Tampoco tuve ninguna tierra...nada, mi tierra era la que pisaba en ese momento. Mi madre siempre dijo que veníamos del sur, de alguna tierra cálida bañada por el Mar Mediterráneo de la destrozada Europa del año 2637.



Si había algo que no fuera cambiante en mi infancia, eran los campos de arroz donde trabajábamos de sol a sol para cualquier señor con tierras.
Si había algo que amaba de mi infancia era el olor a hierbabuena que desprendía las ropas de mi madre, donde me apretujaba y me protegía como el niño que era.
Si había algo que temía más que nada, eran esos jinetes siniestros que me perseguían.

Cuando ellos aparecieron, es cuando dejamos nuestra tierra y comenzamos una vida nómada. Llegaron sin avisar a través la oscuridad de la noche, de donde no salieron, pues ellos formaban parte de esa oscuridad. El primer caballó entró majestuoso en la aldea, pisando con fuerza el barro que estaba formando la lluvia helada. Eran magníficos corceles de guerra, y sus jinetes no se quedaban atrás. Eran oscuros, armados con placas de dura y flexible madera oscura, y enormes espadas bastardas.
Llegaron en formación de cuña, cuyo vértice estába formado por el líder de la banda. El llamado komtur.

A pesar de la horrible noche, unos pocos niños de la aldea habíamos salido a jugar, ya que no debíamos desaprovechar nuestros casi inexistentes momentos de juegos. Cuando empezó a llover sólo quedábamos tres, algo así como unos breves compañeros de juegos: no recuerdo sus nombres y menos aún sus caras. Mirábamos ocultos con curiosidad y miedo a los recién llegados. El pater de nuestra aldea salió en seguida de la iglesia demasiado tenso para preocuparse de la lluvia y se aproximó al primer jinete. El pater, el pobre hombre que nos daba misa todos los días, temblaba, y no era por la lluvia, que le había calado hasta los huesos.
-Habéis llegado pronto este año-comenzó el pater a decir al jinete, el cuál le hizo callar con un puño cerrado.
-Venimos en el momento en que nos proponemos y porque la causa de Dios lo requiere. Ya sabéis qué tenéis que hacer-La voz ronca del jinete sonó clara y decidida, un tono que apremiaba y amenazaba.


-¿Pagar el Diezmo de niños?

La respuesta a la pregunta dubitativa del pater fue una patada en el rostro por parte del jinete, que seguía aún montado. El pobre hombre cayó al barro, y se volvió arrastrándose penosamente hasta la iglesia de la aldea. Minutos después tañía la campana de la parroquia. Eso significaba que teníamos que salir al patio principal. Pero no nos movimos de nuestro escondite, hasta que nos descubrieron nuestras respectivas madres en nuestro escondite.

-Vamos, al patio.-dijo una de las madres tirando de su hijo. Parecía desganada y temiendo lo peor.

Otra de las madres que había cerca se llevaba su hija a rastras al patio, ella lloraba. Solo teníamos 5 años. Pero esa noche quedó grabada en mi memoria.

Mi madre parecía enfadada y temerosa, se quedó quieta y vió como los demás campesinos iban en fila cabizbajos con sus niños.
-¿De verdad queréis hacerle esto a vuestros hijos?-dijo mi madre mientras yo me agarraba a sus faldas, algo que siempre hacía cuando había riesgo de perderse entre la multitud, o simplemente, estaba asustado.

-Lo hacemos por la causa de Dios.-dijo una de las madres
-No pienso entregar a mi hijo ni por la causa de Dios ni por la de nadie.

Algunos pararon a medio camino al patio, girándo su cabeza a mi madre, que se había separado de la marcha.

-Tu hijo serviría a Dios.-se aventuró a decir una de las madres-¿A quién mejor podría servir? ¿Quién mejor que Dios para cuidarle y amarle?
-¡¿Que quién mejor para cuidar y amar a mi hijo?! ¡Pues su propia madre!Estoy segura de que yo me preocuparé más de mi hijo que el mismísimo Dios. No pienso entregar mi hijo a Dios, y menos que sirva a la Iglesia.-uno de los padres se llevó una mano a la boca, asqueado. Al fin replico una sola palabra y una mirada de reproche.
-Hereje.



Todos las madres con sus respectivos niños fueron al patio. Mi madre me abrazó y se escondío conmigo entre mis brazos. Desde el escondite podíamos ver como el Komtur pasaba revista de los niños y señalaba a los elegidos para servir a la Iglesia, dentro de algún puesto irrelevante de la gran jerarquía. El Komtur se percató, aún no se cómo, de que faltaba un niño. Y así se lo hizo saber al cura que estaba todavía lleno de barro.

-Falta un niño.
-Oh-oh no sé dónde puede estar.
-Necesitaremos a todos los niños de esta aldea.
-P-pero si casi vais a dejar el pueblo sin niños.
-La situación lo requiere. La Iglesia necesitan estos niños.-el komtur pareció dudar, y luego añadió con una media sonrisa y con una media verdad.-Serviran a Dios como funcionarios de la Iglesia.-Tráeme a ese niño que falta.
-Por supuesto, señor.-dijo el pater, sumiso.

Volvió con las manos vacías. Mi madre se había escondido conmigo bien, o el pater no quiso buscar demasiado.

-Lo s-siento señor caballero, me temo que tendréis que prescindir de ese niño.
-Tengo que verlos a todos. Yo juzgaré si no le necesito.

A menudo se dice que los jinetes siniestros tienen una clarividencia para ver si ese niño es indicado para servir a la Iglesia desde dentro. Si era así, el niño era señalado por el Komtur, y de esa manera cambiaba su vida para siempre. Mi madre no lo iba a permitir. El pater insistió en que dejaran en paz a ese niño. Yo.
-Traedlo.
-Por favor...marcháos de nuestro pueblo, no quer...
El Komtur le decapitó sin demasiado esfuerzo. Al ver tal macabra escena delaté mi posición gritando como un niño. Mi madre me tapó la boca y salió corriendo. El komtur la persiguió, pero ella conocía el lugar, por lo que acabó perdiendo de vista al jinete en el bosque. Pero nos habíamos metido de lleno en una trampa. El Komtur apareció de la nada al galope y me atrapó por el cuello, levantándome sin dificultad y alzó mi rostro frente al suyo, estando aún montado en el corcél. Me ahogaba, pero abrí los ojos. Mis piernas bailaban en el aire, me tenía apresado. El komtur me analizaba con sus fríos y duros ojos. Sus ojos leyeron los míos. Me conoció con una mirada, y evidenció el resto.
-Veo miedo...miedo a la pérdida. Un miedo que te hará luchar. Veo tu rabia tras una máscara de inocencia. Serás un niño callado y tímido que hasta temerá que la niña a la que ama le tome de la mano. Me odias, y no serías capaz de matarme aunque me dejara. Pero eso se arreglará, perderás el miedo a matar, porque te irán quitando poco a poco todo lo que amas. Te endurecerás, porque lo que verás será tan macabro y duro que acabarás perdiendo la sensibilidad. Por que así serás un hombre de este mundo. Aún así no te dejarás apresar por una fe establecida ¿verdad? Lo leo en tus ojos. Eres un rebelde. Tu único remedio es servir a la Iglesia.

El grito ahogado de mi madre al escuchar esas palabras acabó cuando derribó al jinete de su montura, y lo apuñaló hasta la muerte en la parte más vulnerable de la armadura, su cuello. Podría haberse defendido, pero yo era un peso muerto en sus brazos. Yo me desmayé, pero aún así creo recordar las palabras de mi madre.

-Sólo nosotros somos los dueños de nuestro destino. Asqueroso angélico.-dijo escupiéndo sobre su cadáver.


Desde ese momento pasaron 4 años de huida hacia el norte de Europa. Aunque realmente dejaron de perseguirme hace mucho. Supongo que mi madre no tenía gran simpatía por la Iglesia.

En ese momento no comprendí para que me querría la Iglesia.
Solo era un niño.

Memorias de un Templario Negro.

No hay perdón para nosotros. No hay perdón para mí.

Dicen que errar es humano y perdonar, divino. La divino y la Iglesia no podían ser cosas más dispares y diferentes. Como última voluntad, como último grito a la vida y a la humanidad, comienzo a escribir. Baño la punta de mi querida pluma de ángel en tinta, y comienzo a intentar conseguir con la palabra escrita todo aquello que no se podrá con conseguir con la espada.

En cuanto a ellas, espero que no sufran, o mi castigo será mayor y mi condena, eterna.

Derramaré mi sangre sobre el papel, desangraré toda mi historia en tinta. Mi esfuerzo no será vano si al menos conmuevo a un alma que intenta buscar el bien más allá de la verdad. Con uno solo que haya leído esto, me bastará. Sé que mi esfuerzo puede ser inútil, puede que estas páginas sean desintegradas en llamas, en el fuego del fanatismo, calificada de herejía, y mi nombre ridiculizado. Pero he cambiado mucho, y Dios sabe que tengo que intentarlo antes de caer en el pozo del olvido. No sé si iré al cielo, o siquiera si hay una vida más allá de la muerte, pero si sé que ganaré la immortalidad a través de la palabra escrita. Unas palabras atrapadas en papel, que recordarán a quién las escribió.

Mi fe en la Iglesia Angélica ha sido a lo largo de mi vida una auténtica cruz para mi alma.

Mi nombre angélico es Isaac. Y esta, es mi historia.

jueves, 8 de octubre de 2009

El peso de los galones.

En menuda mierda me he metido. No era suficiente con la sanguijuela de Márquez suelta por ahí (a la mierda su graduación), sino que para mayor marrón Gabriel quiere dejar los galones de cabo. Dice que es lo mejor para la compañía, que nos ha causado daño el seguirle nosotros, que por su culpa estámos así de jodidos porque se ha dejado llevar o algo así. ¡¿Quién cojones le ha metido esas ideas en la cabeza?! ¿Acaso cuando Márquez desapareció se metió en su cabeza y ahora nuestro peor enemigo es Gabriel intentando dejar el cargo que nos ha mantenido lejos de una bolsa de cadáveres?
Lo peor es que todos estamos de acuerdo en que siga siéndolo, menos él, y lo que nosotros digamos, va a misa.
Espera espera, que la lluvia de mierda no acaba aquí. A quien le tocaría cargar con los galones en el muy deseperado caso de que Gabriel no recapacite (espero que eso no pase joder), es a mí, al menda. Si, yo. Sé que no tenemos razones para estar cuerdos, pero ¿Yo siendo cabo de la Compañía? ¿Un tirado de la calle que lo más cerca que ha estado de eso fue organizar a los carteristas del metro de Madrid, o liderar alguna pelea callejera contra niñatos de extremaderecha?
Lo hemos intentado de todas las maneras posible (o eso creo) ni siquiera lo ha conseguido Mariam argumentándole a Gabriel que no me veía en el cargo (no se lo reprocho, sé que lo hace con buena intención, ademas qué coño ¡Tiene razón!) Ella se esfuerza, se nota que hace acopio de voluntad para hablar e intentar convencerlo. Si alguien puede convencer y ayudar a Gabriel, estoy seguro de que esa es Mariam.
Diego parece que reacciona e intenta ayudar. Pero a la misma vez intenta como mantenerse al margen, como si lo que pudiera decir no fuese a cambiar nada (cabrón pesimista). Seguro que está pensando en su hija, novia...lo que sea, en Laniel. Ya le queda menos para la familia feliz, ahora tiene un gato llamado Mefistófeles (JA JA ¬¬) Aunque es posible que lo castre, si no me ayuda con lo que sabe de Laura. Ahora es el momento perfecto para acercarse a ella y sacarla de esa pesadilla, y que no vuelva a verme más. Para siempre.
El día que dijo Gabriel de dejar el cargo me pasó algo inusual. Ocurrió cuando Diego quiso dejar de "meter presión" según dijo él, mientras intentaba quedarse en un segundo plano del debate. Me descubrí...no sé explicarlo, casi como desconfiando de él. Es decir ¿Sabemos algo realmente de Diego? Aún no sé qué es lo que le hace quedarse en este agujero, ni siquiera sé a qué se dedicaba. Creo que fue la primera vez en que dejé de mirar mi propia mierda y pensar en el pasado de los demás.

Me estoy desviando del tema. Finalmente aquel día acepté los galones, porque Gabriel tenía que descansar y dejar de comerse la cabeza. Cuando despertara y estuviera descansado y con la cabeza fría, le mostraría mis verdaderas intenciones de no querer el cargo para nada. Me arriesgo a que se cague en mis muertos, pero es posible que recapacite después de un buen descanso.
Al final, para mi desgracia, no fue exactamente así, pero creo que lo estamos consiguiendo (¡hasta el Gérmenes está colaborando sin saber apenas nada!).

Gabriel dice que no merece el cargo, que nos ha llevado a la ruina, pero nadie le dijo que los galones no hacen al líder. Yo no he seguido a unos galones con patas. He seguido a Gabriel no por lo que porta en sus hombros, eso es lo de menos. Él puede disfrazarse de lo que quiera que lo seguiré siguiendo. Porque el liderazgo se lleva en la sangre y no en los galones.