miércoles, 28 de octubre de 2009
Memorias de un Templario Negro (XV)
Los tarados que están encerrados conmigo se están cansando de mí, se quejan sobre todo del ruido de la pluma al escribir y del quinqué encendido. Casi intentan llegar a las manos conmigo, dicen que no pueden dormir...bah, como si se pudiera dormir aquí en este frío suelo de piedra. No me he andado con ninguna diplomacia ni dialogo con ellos como hubiera hecho hace muchos años cuando era un jóven estúpido, sino que rápidamente le he partido la nariz al más grande de ellos yéndose así el resto a dormir, susurrando sobre quién es el chalado que se las da de listo solo porque sabe escribir y no deja dormir a nadie. No tienen ni idea de con quién se estan metiendo. Todos se las dan de macho por sus crímenes y herejías contra la Iglesia, pero para mí eso se traducía en ser cobardes. Porque no es facil enfrentarse a la Iglesia, no...pero si de verdad fueran tan valientes como se creen habrían ido a combatir al Señor de las Moscas, a sus enjambres demoníacos, a las Tierras Marcadas a luchar por un mundo que se debate entre la vida y la muerte, ir a ayudar a inocentes en una tierra de pesadillas. No...ellos eligieron el camino fácil, y se las dan de valientes. Y es cierto que soy un hereje como ellos, pero a mi entender, yo soy más un hereje para la Iglesia Angélica que para el mismísimo Dios.
Además, no es mi culpa que quiera aprovechar mi tiempo antes de morir. Allá ellos.
Yo...continúo escribiendo.
Aquel día nos fuimos a dormir temprano, pues pronto se decía que se nos iba a encomendar la primera tarea, y no podíamos estar más nerviosos.
Me desperté de inmediato justo antes de la hora en la que debíamos presentarnos para la primera misión. Parecía que mi cuerpo estaba programado para saber cuando debía despertarme. En mi celda hacía un viento gélido horroroso así que me vestí rápidamente, cogí mi espada y la armadura aún nueva de la Orden, y salí a la calle corriendo para entrar en calor. Entre las tiendas de campaña pude ver a Duncant y a Amelia dirigirse juntos al punto de encuentro. Me fijé en que iban vestidos un poco frescos para el frío que hacía, sin embargo, hablaban animadamente y riendo. Me uní a ellos.
-Buenos días.
-Ya veremos si son buenos-dijo Duncant riendo.
-¿Acaso no tenéis frío?-le dije un poco pasmado, llevarían unas camisas finas o dos encima sin mangas.
-No-respondió Duncant., y con un tono intencionado dijo-¿Y tú, Amelia?
Se le podía ver que contenía sus temblores.
-Ni pizca-contestó ella.
-Bien, voy a recoger mi espada, la dejé en el afilador. Ahora vuelvo.
Cuando se alejó, Amelia me abrazó con tantas ganas, que me hizo daño, y gritó en voz baja.
-¡Qué frío ostias!
-¿Por qué no os habéis puesto más ropa?
-Es una apuesta entre Duncant y yo. Y Dios sabe que no se lo voy a poner fácil-dijo agitando el puño-No lo entenderías, tú eres un blandengue.
- ¿Qué sois niños pequeños? A veces me pregunto si Duncant y tú no sois más que niños recuperando el tiempo perdido.
Ella comenzó a tiritar y a temblar como una loca.
-Alguna vez tienes que reconocer que has perdido-terminé diciendo.
Ella me miró como preguntándose si lo que yo había dicho era una broma. Finalmente se dio cuenta de Duncant volvía, así que me empujó con fuerza apartándose de mí dejando de temblar y vistiéndose con una sonrisa.
-¿Nos vamos?-dijo ella ocultando sus temblores.
-Vamos-replicó el observando su recién afilada espada.
Ya estábamos en el punto de encuentro. Estábamos en fila todos. Ilse, Alejo, Jacob, Jacqueline, Johan, Amelia, Duncant y yo. Faltaba el noveno, Gorke. Llegó a nosotros a horcajadas de un fantástico caballo de guerra. Detrás de él traía otros ochos caballos atados. Comenzó a darnos a cada uno las riendas de los caballos.
-Alejo, para ti Santo, Jacqueline, éste es Fraternidad. Jacob tuyo es Templanza. Ilse, para ti Castidad. Johan, Mansedumbre. Isaac, para ti Humildad. Duncant, Generosidad, y para Amelia Diligencia. Yo llevo a Espíritu.
Montamos y Gorke empezó a trotar haciendo revista de nuestra pequeña compañía montada.
-¡Compañía! Se nos ha encomendado una misión muy importante desde Roma Aeterna.
Desplegó un gran pergamino con un retrato de un hombre. Jacob se movió incómodo al ver el retrato. Gorke continuó.
-Éste es Leonardo Marini. Un noble muy conocido en Roma por su fama de intermediario entre los nobles y la Iglesia, que ahora vive en su palacio de Florencia. Este noble es un gran mercader que en los últimos años se ha hecho muy rico con unos negocios desconocidos. Casualmente se incrementaron en los últimos años los disturbios con armas de fuego. Creemos que vende en mercado negro tecnología prohibida, pero no está asegurado. Tenemos orden de desmantelar el chiringuito, pero antes tenemos que asegurarnos que eso es verdad. Si no, ya se habrían encargado de eso la Inquisición. Si se confirman nuestras sospechas, puede que haya un combate movido. Muy bien. Poneos estas capas, hará frío por el camino ¡En marcha compañía! ¡Largo camino nos queda!
Nos pusimos las pesadas capas negras, con una gran cruz templaria blanca plasmada, y nos pusimos las capuchas. Los nueve jinetes negros salimos trotando hacia Florencia. Nos abrieron la puerta de la empalizada y Gorke desenfundó la espada, gritando al cielo mientras encabezaba la Compañía, cuyos miembros cabalgaban flameando sus capas con furia.
No recuerdo exactamente cuánto cabalgamos, pero si sé que después de aquello prefería estar de pie. Nunca había imaginado lo fatigoso que podía ser ir a caballo. Trotábamos por una parda estepa mientras el sol se ponía en el horizonte, cuando Gorke dio la señal de hacer un alto para descansar.
-Aquí descansaremos muchachos. Os aconsejo que deis un paseo para estirar las piernas, os sentiréis mejor.
Ese consejo resultó ser milagroso. Creía que tumbándome se me pasaría el entumecimiento de las piernas, sin embargo fue andar lo que me hizo sentir mejor. Duncant cuidaba de Generosidad, su caballo, que bufaba de cansancio. Le daba palmadas de ánimo y le limpiaba con un poco de agua. Generosidad…el nombre del caballo describía perfectamente a su jinete. Me preguntaba si lo habían hecho intencionadamente. Me dí cuenta de que mi caballo, Humildad, estaba más o menos en el mismo estado que el de Duncant, así que fui a alimentarlo y cepillarle la crin, si no… ¿Quién lo haría? Parecía que los demás no se habían percatado de que nadie iba a cuidar de sus caballos. Humildemente yo tampoco, hasta ahora. Gorke había llevado a Espíritu a algún riachuelo y Amelia había ido a cazar algo de comer para que no tuviéramos que echar mano de las provisiones tan pronto. Empecé a buscar leña mientras los demás montaban un pequeño campamento, y seguí pensando en los caballos. Me habían impresionado estas bestias tan nobles. Espíritu, Santo, Templanza, Mansedumbre, Castidad, Generosidad, Humildad, Diligencia y Fraternidad. ¡Raros nombres para unos caballos! Me pregunté si el nombre de cada caballo describía tan bien a su jinete como pasaba con Duncant.
Llegué al campamento cargado de ramas secas. Los demás me esperaban, pues comenzaba a hacer otra vez frío. Recordé que la primavera se aproximaba. Cuando solté las ramitas el grupo estaba hablando, creo que de ángeles. Por supuesto no era la primera vez que oía hablar de estos seres divinos y de mucha gente que los habían visto, tantas personas hablan de ellos, que deben de existir de verdad. Sin embargo, nunca había visto un ángel durante mi corta vida. “Ya habrá tiempo” pensé, olvidando el tema. Seguidamente comenzamos a hacer un fuego. Me eché mi manta sobre mis hombros y descubrí que no abrigaba demasiado. O hacía mucho frío, o yo era demasiado sensible a las temperaturas. Pareció ser que fue lo primero. Me obligué a distraerme y comencé a observar a Humildad. Johan cerró su Biblia Angélica con fuerza delante de mis narices para sacarme de mis pensamientos.
-Bonitos caballos ¿eh? Los mejores de la Orden. Las 7 virtudes y el Espíritu Santo.
-¿Las 7 virtudes?-le pregunté haciendome el tonto. Claro que sabía lo que era, me lo enseñó el Pater Brahms, pero no tenía ganas de hablar.
-Claro-respondió Johan-Las 7 virtudes que contrarrestan los 7 pecados.
Una vez más Johan me demostró que a pesar de su pinta andrajosa y su leve locura, era algo cuerdo. Depués de pensarlo un rato le pregunté:
-¿Crees que el nombre de los caballos describe a su jinete?
Johan cerró los ojos y abrió la boca para contestar pero Ilse paso por nuestro lado contestando con una sonorosa carcajada contagiosa e ininterrumpible.
-Pobre Isaac, créeme que no. Mi caballo se llama Castidad,y te digo yo que no describe en nada a su jinete.
Dicho esto se desnudó y se fue al pequeño río que había próximo al campamento. Yo me tapé los ojos alarmado y casi hiperventilando por la situación.
Al fin prendimos la hoguera y nos acercamos a ella. Fue una sensación muy reconfortante, sin embargo soplaba el viento frío del noroeste y eso nos seguía fastidiando. Todos nos pegábamos al fuego mientras comíamos algo. Después de eso nos cubrimos con las mantas e intentamos que la comida no nos sentara mal. Alejo e Ilse aguantaban el frío con las mantas. Jacob estaba de pie un poco alejado del campamento y miraba al cielo. Solo llevaba unos finos pantalones y pesadas botas, nada más, y no parecía importarle el frío. Sin embargo Jacqueline, a pesar de llevar su manta temblaba desmesuradamente, no podía verle la cara debido a que estaba cabizbaja y su pelo caía en cascada sobre su rostro. Sólo Amelia temblaba más que la muchacha francesa.
-Amelia, ¿es posible que tengas frío? ¿Tú, Amelia la Imbatible?-le dije con sorpresa sarcástica.
-¡Isaac eres idiota! ¡No encuentro mi manta! O se me ha olvidado o la he perdido por el camino. Aparta, échate a un lado y déjame un poco de de la tuya.
La manta era bastante grande para los dos, así que no hubo problemas, eso sí, estábamos demasiado pegados, y eso me ponía de los nervios, sin embargo…fue algo agradable, no sé si por que se me pasó el frío, o por estar a su lado. En este tipo de situaciones me quedaba mudo, y esta vez no iba a ser una excepción.
Amelia cabeceaba ya del sueño cuando Duncant se acercó a la hoguera. Nos miraba con aire ausente y parecía que lo que veía le entristecía. Siguió observando el campamento y, cuando se percató de los temblores de Jacqueline, le colocó su manta sobre los hombros con cuidado. Ella dejó de temblar y miró cómo Duncant se alejaba lentamente. Pude ver como le brillaban los ojos a ella detrás de su pelo. Duncant se tumbó sin manta y cerró los ojos. Después comenzó a tantear a su lado con una mano como por instinto, como buscando un cuerpo a su lado, el cuerpo del ser amado que no tuvo más remedio que dejar atrás. Pude escuchar como Jacqueline le decía a la creciente oscuridad débilmente.
-Merci.
Él nunca podría corresponderla. Su verdadero amor había muerto en aquél patio de arena.
martes, 27 de octubre de 2009
Memorias de un Templario Negro (XIV)
Sospecho que no me cabía en la cabeza el pensar que una muchacha podría interesarse por mí y menos aún amarme.
¿Por qué iba alguien a interesarse por mí?¿Qué es lo que podía tener de especial y atrayente?
Nada.
Continúo escribiendo.
Pasó una semana desde que llegamos a los barracones del cuartel, y se nos obligó ya a presentarnos ante nuestro armatura y formar filas. Dejamos nuestras cosas en nuestras celdas y volvimos al campamento a nuestra zona de despliegue. Fuimos tan rápido que debíamos llegar los primeros. Sin embargo, llegábamos los últimos. Había una muchacha esperando, sentada en una enorme roca, el perfil de su cara estaba oculto con una cortina de largo pelo, negro como una noche sin estrellas, pero iluminada por la blanca nieve. Parecía triste, de sus caderas colgaba dos espadas cortas gemelas. A su lado llegaba Johan ¿Estaba leyendo una Biblia? (Johan antes de entrar en los Templarios Negros había sido un erudito Mónaco, y aún lo seguía siendo, fuera de su tierra) ¿Acaso no se le ocurría hacer otra cosa ahora? Seguido llegaba un hombre totalmente rapado y musculoso, tatuado hasta el cráneo. No llevaba nada encima de cintura para arriba y arrastraba por la nieve la punta de un enorme espadón. Sentado en el suelo había un chico pecoso y pelirrojo, que guardaba algunos instrumentos de primeros auxilios. De un árbol próximo colgaban dos finas piernas, de una chica embutida en una armadura de cuero, que recogía su pelo en una larga trenza, mientras vigilaba que no cayera su espada de la rama en la que estaba subida. Allí esperamos en silencio al armatura.
Pasaron minutos, y nadie parecía que fuera a venir por nosotros. De repente vi una cara conocida y me alegré de poder acabar con ese incómodo silencio que se estaba produciendo entre los que esperábamos. Era el hombre que conocí en el “Capa y espada” cuando aún era un aspirante a entrar en la Orden, el que bebía como un cosaco. La noche en que le conocí estaba bastante hecho polvo. Le veía mucha mejor cara que aquella noche, la verdad es que bebía mucho. Jamás pensé que le volvería a ver. Aunque...él me dijo que nos volveríamos a ver. Me adelanté a él.
-Hola-me di cuenta de que nunca me había dicho cómo se llamaba-Hoy tienes mucho mejor aspecto, la verdad es que estabas hecho una pena el otro día, supongo que después de todo no eres un deshecho humano. Hasta veo que te has afeitado-y empecé a reírme esperando que estuviera de buen humor.
Él abrió mucho los ojos por el reencuentro, o por la sorpresa no se, o por...¿indignación?
-Muchacho, voy a ignorar esto porque me caes bien ¡Templarios! ¡Formen filas! ¡Recuento de tropas!
Deseé meter la cabeza en la tierra. ¿Aquel borracho era nuestro armatura? Todos formamos filas. Ahora que me daba cuenta, nuestro compañía era demasiado pequeña ¡Solo éramos 8 Templarios!
-Muy bien-Carraspeó, parecía que interpretaba un papel de tío duro que en realidad no era-Soy Gorke, vuestro armatura. Os preguntaréis por qué habéis caído en una compañía en vez de engrosar las filas del ejército de infantería. Es porque la Iglesia Angélica, espera lo mejor de nuestra Orden. Porque la Orden del Negro Temple quiere demostrar, que la humanidad puede luchar por la causa de Dios tan bien y con tanta fe como sus ángeles. Que podemos luchar con ellos codo con codo y a la vez sin ellos. Que la humanidad no está realmente acabada y desamparada.¿Está la humanidad realmente acabada?
-¡No!-gritamos a la vez.
-¿Necesitamos que los ángeles velen por nosotros?
-¡No!
-¿Necesitamos misericordia aunque sea del mismísimo Dios?
-¡No¡
El tal Gorke sonrió satisfecho.
-Entonces seremos los mejores. Nos veremos aquí mañana a la misma hora, descansad lo que podáis ¡Rompan filas!
Nos fuimos y nos separamos de los demás. La muchacha de pelo oscuro se fue con el hombre tatuado mientras que el resto se dispersaba. Amelia, Duncant y yo nos fuimos juntos, pero a cada paso que íbamos nos dábamos cuenta de que no sabíamos a donde ir. Duncant me pegó un codazo.
-Mira-dijo señalando con el dedo.
Seguí la trayectoria del dedo y vi a la chica de pelo oscuro. Finalmente se iban todos juntos. Ella nos miraba y nos hacía gestos para que nos uniésemos a ellos. Por supuesto, eso hicimos.
Al final, en vez de dispersarnos, nos fuimos todos juntos. El hombre tatuado (un auténtico armario) iba en cabeza y nos guió al campamento. Se acercó a un puesto de madera donde hervían muchos cazos y ollas repletas de comida. Al llegar el hombre que removía los cazos de comida se dirigió al hombre tatuado.
-Hombre Jacob. ¿Cómo tú por aquí? Pensaba que ya habías diñado.
El aludido gruñó. Y el cocinero volvió a hablar.
-Debería dejar de apostar a ver cuando vas a palmar. Siempre pierdo. Eres un hueso duro de roer.
Él volvió a gruñir. Esta vez dos veces.
-Eso está bien-respondió el otro-Ahora os pongo algo de comer.
Nos sentamos en círculo alrededor del fuego. Y comenzamos a comer distraídos. Fue la chica de pelo castaño cobrizo, que jugando con su larga trenza castaña comenzó a hablar.
-Nos presentaremos. Soy Ilse. Y fui nombrada Templario Negro el año pasado y soy de Roma. Vivía como vagabunda en la Ciudad del Vaticano, así que ingresé por mi propia cuenta en la Orden, el poder comer a cambio de arriesgar mi vida en batalla, me pareció justo. Este último año me adiestraron para ser la exploradora de una de las escuadras. Dicen que tengo una vista muy aguda, pero qué sabrán ellos. No pueden ver lo mismo que yo.
Ilse calló y pasó un palo al compañero de su derecha, el muchacho pelirrojo.
-Te toca Alejo.
Él muchacho cogió el palo y habló.
-Bueno. A mí me abandonaron en la puerta del Negro Temple, y por eso estoy aquí. Soy el sanitario, médico o cirujano. Me da igual cómo lo llaméis. Puedo curaros sin demasiada tecnología y lo justo para manteneros vivos hasta la llegada de un Rafaelita. Por eso me llaman Alejo, significa “el que repele el mal”.
Muchas veces me pregunté como se ponían los nombres aquellos que habían sido abandonados en el Temple nada más nacer. Al final resultó que se lo ponían ellos mismo o entre ellos y no la Orden. Fue una suerte de que yo tuviera conciencia de saber mi nombre (al menos uno de ellos) cuando entré en los Templarios Negros. Aunque en realidad…es el único nombre del que me acuerdo.
Alejo pasó el palo al compañero de su derecha tal y como había hecho Ilse. Le tocaba a el hombre que tenía tatuado el torso y el cráneo rapado. Parecía no tener frío a pesar de la nieve. Él, en vez de hablar, gruñó como ya había hecho. La chica de pelo oscuro, que miraba hacia el suelo, habló con un acento que delataba su procedencia francesa.
-Él es Jacob. Él…bueno, no puede hablar. La Inquisición le arrancó la lengua debido a un asunto...algo que nunca debió ver. También se demostró pertenecía a la organización de los Petirrojos, aun así se le perdonó la vida, pero cumple condena sirviendo a los Templarios Negros con su enorme espada bastarda. Muy útil.
El tal Jacob gruñó dos veces clavando el enorme espadón en el suelo.
-Dos veces significa “sí” o que está de acuerdo.
Jacob pasó el palo a la muchacha francesa.
-Y-yo me llamo Jacqueline. Soy hija de un noble con tierras en Francia. Estoy aquí por una tradición familiar. El primogénito hereda para gobernar el reino por Dios. El resto se hacen clérigos para hablar por Dios. Y el hijo menor es enviado a luchar por Dios, para limpiar los pecados de la sangre de mi familia y así prosperar. Yo soy la menor. Destaco por poder interpretar las sutilezas del comportamiento humano y en combate por poder complementar a Jacob en la agilidad y corto alcance que no posee.
Amelia habló rompiendo el protocolo del grupo.
-¿Qué hacemos nosotros?
-Oh, vosotros sois lo más importante. Sois la unión, la verdadera fuerza, el número y la mente. Por así decirlo sois la verdadera compañía. Nosotros somos el grupo de apoyo. ¿Cómo os llamáis?
Ahora habló Duncant.
-Él es Johan, él Isaac, ella Amelia y yo Duncant.
No pude evitar darme cuenta de que Jacqueline no dejaba de mirar a Duncant, aunque intentaba disimularlo con su pelo. Además, caí en la cuenta de que algo no cuadraba ¿Qué coño eran los Petirrojos?
jueves, 22 de octubre de 2009
Memorias de un Templario Negro (XIII)
Me temo que en ese momento juzgamos mal a nuestro futuro armatura. Ni siquiera le conocíamos en ese momento.
Depués de aquella noche, abandonamos los campos de entrenamiento (¿o debería decir adiestramiento de ganado?), que la verdad, no me dio ninguna lástima, ni los recordé en algún momento de mi vida con nostalgia. No hace falta que explique el por qué. Formamos una caravana con nuestras escasas posesiones y los recién nombrados Templarios Negros nos mudamos, por así decirlo, al cuartel que hay al lado del gran templo perteneciente a la Orden, en Roma. Íbamos justo en el centro de la caravana, y hacía un frío de mil demonios. Lo peor es que más tarde comenzaría a nevar, lo que hizo que acelerásemos la marcha. Miré hacia atrás y sentí algo extraño, reconocía a mis hermanos de armas, pero no parecían los de siempre. Todos estábamos fatigados, pero manteníamos el ritmo. Al volver la vista al frente vi a Johan lejos sacando a escondidas una petaca, bebiendo de ella a ratos. Él era uno de los desgraciados que habíamos caído en la 6ª compañía. ¿Quiénes serían los demás?
Al fin se veía en el horizonte una gran empalizada, por fin llegamos al cuartel. Escuché los gritos de hombres y gruñidos en el interior de la empalizada, anunciando nuestra llegada y abriendo las puertas. Nada más entrar había montado todo un campamento que, si tenía un orden, no lo aparentaba en absoluto. Las tiendas estaban totalmente desorganizadas, pero había un ambiente más agradable y lleno vida que me sorprendió. Supongo que la gente cuando arriesga su vida continuamente vive cada día como el último, pues aquel campamento que se desplegaba ante mis ojos era un caldero hirviente de vida. Los Templarios Negros comían y bebían, jugaban a los dados, se escuchaban instrumentos y canciones (todo esto se podía calificar de pequeñas herejías) y había hombres y mujeres con una actitud algo romántica, aunque lo intentaban disimular (los Templarios Negros no pueden tener ningún tipo de relación entre ellos, ni física ni sentimental, ya que eso los desconcetraría y no les haría imparciales y objetivos, ante todo, estabamos al servicio de Dios) . Pero claro, como en todos los ejércitos, hay indeseables. Se podía percibir en el ambiente constantes peleas. Cuando pasábamos entre los veteranos nos miraban como un trozo de carne nueva, sangre fresca para la Orden. Comenzamos a buscar nuestras celdas, o mejor dicho, el sucio lugar donde íbamos a pasar las noches que no estuvieramos de campaña.
-Aquí es. Ésta es la nuestra-dije después de atravesar casi todo el barracón. Amelia dudó y arqueó una ceja.
-¿Cómo coño sabes que es aquí?
Mierda...en aquél momento creía que me matarían. Duncant sonrió y habló dando golpecitos sobre una placa colgada en la pared de las celdas mientras yo me retorcía en mi inquietud
-Porque lo pone ahí. Por lo visto Isaac sabe leer y supongo que escribir.
-¿Pero qué demonios?-dijo encarándose hacia mí- Pero eso está prohibido ¿No?. Solo el clero sabe leer-juro que creía que Amelia me iba a matar allí mismo. Duncant salió al rescate, como siempre.
-Bueno, de hecho, yo también sé leer.- dijo en un leve susurro audible solo para nosotros.
Ahora estaba más aún enfadada.
-Malditos tarados ¡Estáis locos! ¡¿Es que queréis que nos persigan como herejes?!¡No tenemos derecho a eso!¡No quiero saber nada!-comenzó a decir gritando suavemente, lo cual yo agradecía, Amelia tenía buenos pulmones para gritar y siempre parecía hacerlo cerca de mi oído. Al final suspiró girándose y nos miró con los ojos entrecerrados.-Yo también quiero ¿Me enseñaríais?
Me sacaba de quicio...al igual que yo a ella.
Duncant respondió rápidamente.
-¡Claro que sí! Te enseñará Isaac.-dicho esto me golpeó la espalda dándome ánimos, aunque no sabía para qué, y se metió en la camareta con una carcajada.
Nos quedamos solos ella y yo.
-¿Me enseñarás a leer y escribir?
-Claro, si quieres...pero ¿Dónde?
-Tendrás que enseñarme a escondidas.-escupió con un bufido, como si no le agradara nada la idea.-Tenemos una semana antes de presentarnos ante la compañía y al armatura.
Así comenzamos una rutina unos pares de horas diarias. Nos encontrábamos a escondidas en la orilla del río Tíber cerca de los barracones. Allí cogíamos una rama o algún palo errante y escribíamos en la tierra o en la arena preferiblemente. Si alguien preguntaba, estábamos entrenando, o simplemente no preguntaban y sacaban conclusiones precipitadas de lo que hacíamos allí nosotros dos solos. Pero la verdad, es que solo aprendíamos a leer y a escribir, nada más.
Lo cierto es que Amelia le puso ganas y aprendía rápido. Empezamos con la escritura inglesa, idioma que sabe hablar todo europeo por estas fechas, desde que se convirtió en la lengua común, pero el escribirlo es un privilegio que está reservado para la Iglesia. Después le enseñé un poco de latín, el lenguaje del clero.
-Los siete pecados serían: luxuria, gula, avaritia, acidia, ira, invidia et superbia. Escríbelos.
-¡Ya sé escribir los siete pecados capitales!-se cruzó de hombros disgustada-¿Y si me enseñas a escribir algo importante?
-¿Algo importante?¿Te parece poco importante saber los pecados y virtudes en latín? Aparecen en multitud de textos...
Me callé, me estaba ignorando completamente, incluso hacía una imitación burlesca de mí mientras hablaba.
-¡Bien! Pues entonces dime qué demonios es más importante que saber escribir las normas y mandamientos en latín y en inglés.
-Pues saber expresar...te quiero, por ejemplo.
-¡No te vas a encontrar eso en ningún texto ni cartel de la Iglesia!
-¡A la mierda la Iglesia!
Suspiré, la verdad es que podía saber escribir y entender cualquier cosa referente a la Iglesia Angélica (castigos, penas de muerte, mandamientos, normas...), pero nunca me enseñaron a escribir "te quiero". ¿Para qué me iban a enseñar algo así? A la Iglesia no le servía de nada enseñar a escribir o leer eso.
Tras meditarlo un rato, le expliqué como se escribía, y ella escribió en la arena, delante de mis pies, en latín, en vez de en inglés.
"Vos amo"
-Es correcto.- dije finalmente tras echar un vistazo.
Amelia suspiró amargamente, como maldiciendo en su interior. Pobre Amelia, en aquél momento yo era insultantemente ingénuo.
Y yo me digo ahora lo que ella siempre me ha dicho.
Isaac...eres idiota.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Memorias de un Templario Negro (XII)
Pero Amelia no sabía lo que iba a pasar cuando dijo eso. Yo tampoco.
Sigo escribiendo, estábamos en el "Capa y Espada" ¿no?
De entre la jovial y alegre multitud de la taberna se fue aproximando Johan. Éste hombre, recién nombrado Templario Negro, al igual que todos nosotros, era realmente conocido por sus hermanos de armas, y por supuesto, eso nos incluía a nosotros. Pero no destacaba por ser un gran soldado o nada por el estilo, sino más bien porque…estaba majara. Pero Johan era tan extraño que mostraba una sorprendente lucidez en asuntos de religión y fe. Su aspecto, como siempre, dejaba mucho que desear. Era bajo, no tenía un cuerpo atlético, pero se mostraba jovial y fuerte si la situación lo requería. Su pelo era más o menos rizado, de un oscuro intenso que brillaba de lo grasiento que estaba. Realmente no puede decirse que su pelo fuera rizado. Tenía unas cejas espesas y una barba de tres días, y su piel era morena, signo de los trabajadores. Había algo que le caracterizaba, y eso es que sonreía ¡Siempre! Pero no era una sonrisa fraternal como la de Duncant, sino más bien nerviosa. Reía a carcajadas y parecía feliz con cualquier cosa. La verdad es que su aspecto me daba miedo.
Iba saludando a todos y todos le saludaban. Finalmente con tres jarras de cerveza llenas se acabó sentando en el sitio libre que había en nuestra mesa.
-¡Saludos hijos del Señor alabado sea Su nombre y bienaventurados hermanos míos!-le hubiera quedado bien el saludo si no fuera porque sus ojos parecían que iban a salir de sus órbitas y porque se había quedado sin aliento de lo rápido que lo había dicho. Además lo dijo con un tono que no me acababa de convencer de este saludo.
-Saludos Johan, te pediría que te sentaras con nosotros, pero veo que te has adelantado a mis ruegos-saludó Duncant con una sonrisa.
Johan le dio un fuerte golpe en la espalda que me dolió hasta a mí.
-¡Dios ha escuchado tus ruegos, pequeño!
-¿Qué te trae hasta aquí?-le pregunté
-¡Oh! Nada mi querido Isaac. Solo busco a mis compañeros de escuadra. ¿No os habrá tocado la 6ª compañía de Templarios Negros no?
-Pues…si
-¡Alabado sea el Señor!¡He aquí a mis compañeros¡-gritó mientras recogía nuestras cabezas y las juntaba para comenzar a besar nuestros cueros cabelludos-¡Habéis tenido suerte!¡Dios me ha enviado para protegeros y evitar vuestros males en la batalla!¡Seremos la mejor escuadra de Templarios Negros!
Parpadeé incrédulo.
-¿Dios te ha enviado a protegernos y salvarnos de nuestros males?- le cuestioné a Johan intentando buscar su rostro, debido a que tenía la cabeza aprisionada por sus brazos.
-Si. Creo que Dios está un poco chalado.- contestó muy serio.
Al decir esto último liberó nuestras cabezas y empezó a beber sus jarras de cerveza una detrás de otra. Luego continuó hablando:
-¡Y más nos vale ser buenos soldados, nos ha tocado ni más ni menos un armatura de dudosa reputación! Dicen que perdió todo un regimiento de Templarios Negros en una simple misión. ¡El mejor de toda la orden!
Amelia intervino esta vez.
-¿Quién es? ¿Cómo se llama ese armatura?
Johan pareció dudar.
-Gurk, no, Guork…No, espera ¿Gor? No, joder así no era. Esperad.
Más allá de toda lógica Johan se puso a rezar. Había cerrado los ojos y gesticulaba la boca, tal vez pidiendo a Dios ayuda para recordar el nombre del maldito armatura. La verdad preferiría que Johan se quedara rezando toda la noche. Cuando no rezaba era realmente una persona hiperactiva, tenía los ojos abiertos como un búho, y los movía continuamente. Además su sonrisa se graduaba irregularmente, a veces mostraba todos sus dientes malsanos, a veces no.
-¡Ya lo recuerdo! ¿Vas a beberte eso? ¿No, verdad?-Inmediatamente se apoderó de mi jarra, la más llena de la mesa, mientras yo me quedaba atónito pues creía que iba a escupir el maldito nombre.
Una vez acabada la jarra nos miró como si no nos conociera. Amelia volvió a preguntar.
-¿Y bien? ¿Recuerdas el nombre del armatura?
-¿Qué armatura?-juro que lo dijo totalmente perplejo.
-¡El de nuestra compañía garrulo!- Amelia expresaba toda mi impaciencia por algo que ya no sabía por qué era importante, después de todo, no era más que un nombre.
-Te lo diré…si me concedes este baile- Johan intentaba realizar un guiño, pero no conseguía hacerlo y cerraba los dos ojos a la vez.
Amelia arqueó una ceja.
-¿Qué tal mi cerveza?
-¡Te quieeeeero!-dijo agarrando la jarra de Amelia con ansia-¿Habéis oído los rumores de guerra? Dicen que Lisboa piensa volver a negarse a la Igle... ¡Gorke! Si…Gorke se llama el armatura.
Miró al cielo y le agradeció al Todopoderoso el poder recordar el nombre. Después miró a Duncant.
-Duncant ¿Me das tu cerveza?
-Creo que has bebido suficiente.
Johan le volvió a machacar la espalda a Duncant con un tortazo de compañero mientras se levantaba.
-¡Nunca es suficiente para mí! Me voy. Lo siento Amelia, otro día bailaré contigo. Sé que lo deseabas, de veras-ahora hacía morritos con la boca llena de espuma de cerveza.
-Ya…anda lárgate tarugo- Amelia, como todos nosotros, estaba deseando que se largara ya, aunque en realidad, Johan no era tan mal tipo.
Cuando se alejó nos volvimos hacia el fondo de nuestras jarras, callados. Un pesado silencio se abrió entre nosotros a pesar de la fiesta que se desencadenaba a nuestro alrededor. Nuestro final se aproximaba a pasos agigantados. Íbamos a ser enviados a la escuadra que realizaba las misiones más peligrosas y, francamente, la total aniquilación de la anterior promoción no nos acababa de alegrar el día. Era como si esperáramos nuestra muerte, una muerte próxima y cercana.
Al fin abrí la boca para acabar con el incómodo silencio.
-Bueno, entonces, por lo que he entendido de todo esto es que nos ha tocado el peor sargento de toda la Orden. Gorke. Perdió a toda su compañía en una simple misión. Y no una escuadra cualquiera, la 6ª compañía, la mejor de la orden. A la que vamos a ir a parar nosotros. ¿Qué opináis?
Nadie dijo nada durante unos largos segundos. Amelia clavó su daga en la mesa con fuerza.
-¡Ni hablar! Aunque ese tal Gorke mande a la ruina nuestra escuadra, si estamos juntos, superaremos cualquier estupidez suya.
-Entonces no nos queda otra-dijo Duncant.-Estaremos más unidos que nunca. ¿Estáis conmigo?
-¡Si!-dijimos al unísono.
Hicimos mal al en juzgar a quién todavía no conocíamos...
lunes, 19 de octubre de 2009
Memorias de un Templario Negro (XI)
“La empuñadura de mi espada es mi cruz
La hoja de mi espada es mi fe
La danza de mi espada es mi oración
Mi espada purificará al impuro
Mi espada liberará al pecador
La sangre vertida de mis enemigos es el castigo de los pecados
La sangre vertida de mis carnes es el perdón de mis pecados
Cuando cumpla en la obra de Dios, Él me liberará
Los caminos del Señor son inescrutables”
Bonitas palabras. Bonita mentira.
Y pensar que esas palabras me animaron a luchar y a seguir adelante. Ahora no son más que palabras vacías. Menos importantes que el grito que escuchamos tras ser investidos como Templarios Negros.
-¡Cerveza para todos!
Este grito anónimo, que cruzó el ambiente del “Capa y espada”, fue vitoreado por la muchedumbre. La posada estaba llena de recién nombrados Templarios Negros. Recuerdo que casi no conseguimos la mesa de siempre, la de al lado de la ventana. Noté muchas ausencias, y deseé que esas ausencias estuvieran en el seno de Dios. Nosotros, los de siempre, los tres, los inseparables, nos miramos con el mismo deseo en la mirada. Pusimos a la vez los colgantes crucifijos templarios en la mesa. Yo di la señal:
-Uno…dos… ¡tres!
A la de tres le dimos la vuelta a nuestras cruces de identificación. Mostré la mía en el centro de la mesa, y en ella estaba grabada:
Isaac
6ª Compañía de Templarios.
TEMPLARIO NEGRO
Después Duncant mostró la suya:
Duncant
6ª Compañía de Templarios.
TEMPLARIO NEGRO
Conteníamos la respiración, faltaba Amelia. Ella hizo prolongar el misterio no mostrando la otra cara de la cruz, pensando que era gracioso mientras imitaba el redoble de un tambor. Finalmente le dio la vuelta.
Amelia
6ª Compañía de Templarios
TEMPLARIO NEGRO
Finalmente, parecía que el Señor no quería separarnos. Tendría algo para nosotros. Así, nos colgamos nuestros colgantes en el cuello.
- Entonces... si estamos los tres en el mismo grupo, quiere decir que no nos separaremos nunca, ¿no? - pregunté
Por aquel entonces yo tenía dieciocho años, igual que Duncant e Isaac. Parecía que los tres habíamos ido a parar a la misma orden y a la misma compañía.
- Pues parece que sí – Duncant sonreía, siempre lo hacía.
Aun recuerdo el día en que juramos los votos para entrar en los Templarios Negros. Éramos un grupo de cincuenta jóvenes, todos colocados en línea recta y erguidos, esperando una orden que acatar. Yo estaba muy nerviosa, empezaban las pruebas: resistencia en carrera, resistencia en combate (que consistía en aguantar cuantos más golpes mejor)... y otra serie de cosas que cabría enumerar.
De esos cincuenta, pasamos medianamente vivos unos veinte, eso sí, no recuerdo cuanto tiempo estuvimos en la enfermería...
- Hagamos un juramento... - dijo Duncant una noche entre cervezas. Teníamos dieciséis años – Prometamos que, más allá de la Iglesia, más allá de cualquier orden... incluso más allá de Dios, nuestra amistad, nuestra alianza... jamás y pase lo que pase... se romperá..
-Digo más... ¡¡Machacaremos a todo aquel que trate de separarnos!! - respondí
- La empuñadura de mi espada es mi cruz... - comenzó a recitar Isaac levantando la jarra de cerveza.
- La hoja de mi espada es mi fe, la danza de mi espada es mi oración – concluimos los tres al unísono para después chocar las cervezas y apurarlas.
Desde aquella noche, nada logró separarnos, y sobre ángeles y demonios, sobre la propia Iglesia juro que nada lo hará.
...
¿Seguro...Amelia?
Memorias de un Templario Negro (X)
Continúo.
Al cabo de un par de días llegó el momento en que seríamos nombrados oficialmente Templarios Negros. Sin embargo aún faltaban unas horas y habíamos decidido reunirnos en la taberna, ya considerada nuestro refugio.
Entre en la taberna sólo, sería casi el mediodía. A esas horas estaba desierta y la familia de Kiara se dedicaba a la limpieza y disposición de las mesas. La madre de Kiara me saludó nada más entrar, y me señaló una mesa, la mesa de siempre. Allí estaba Amelia esperando mientras jugaba con su navaja con bastante buen aspecto después de los días anteriores.
-Ya era hora de que aparecieras ¿no?- me dijo mientras me sentaba, sin ni siquiera levantar la vista de la navaja.
-Lo siento, duermo mal por las noches-me disculpé.
-Ya…a mi también me pasa. A todos nos pasa.
-¿Dónde está Duncant?
Ella se limitó a encogerse de hombros. De repente unas manos ponían unas jarras en la mesa.
-Aquí tenéis, una para cada uno-no era voz de mujer- están por la mitad porque no creo que debáis llegar trompas a la ceremonia de investidura.
-¿Duncant?- pregunté
-El mismo.
-¿Qué haces sirviéndonos las cervezas? ¿Por qué no te has pedido una?
-Oh, tendréis que disculparme-dijo poniéndose una toalla en el hombro-pero aún estoy trabajando.
-¿Trabajando?-dijo Amelia levantando la vista.
-Ayudo en la taberna todo el tiempo que puedo-explicó- es lo menos que podía hacer.
Terminamos las cervezas y me di cuenta de que cada vez las soportaba mejor. Nos levantamos y nos dirigimos hacia la iglesia donde nos encofinaron cuando iniciamos el adiestramiento de los Templarios Negros. Era de noche, había luna llena y ya estaban los pocos compañeros formando filas. Había un ambiente agitado. Corrían rumores de guerra. Lisboa se había vuelto a negar a colaborar con los Engel y la Iglesia Angélica como ya había hecho hacía unos trescientos años. Se decía que posiblemente los Templarios tendrían que solucionar esta situación otra vez. Pero cuando vimos todos por el rabillo del ojo la impecable presencia del Gran Maestre en movimiento, todos, en un sonido sordo y violento nos encajamos en nuestras posiciones, rectos y firmes.
Nos condujeron por el pasadizo. Había una sala enorme repleta de verdaderas armaduras de Templarios Negros. Eran para nosotros.
Esas armaduras me resultaban realmente bellas. Totalmente oscura, con adornos de plata, orlada con una magnífica cruz blanca templaria.
Me deshice del peto de buen gusto. Me había protegido de lo físico, pero me traía a la memoria malos recuerdos. Todos estaban en movimiento. Amelia ya se había hecho con una armadura y Duncant aún buscaba. Conseguí una que parecía quedarme bien. Nos ayudamos entre nosotros a ponernos en condiciones las armaduras, había bromas y risas en el aire. Tanto tiempo con aquella panda de maloliente guerreros y guerreras nos había convertido en una piña, una gran familia. Estábamos realmente sincronizados.
Listos para, a partir de ahí, lucharíamos por lo que creíamos…o al menos los intentaríamos.
Avanzamos hacia el altar, hacia el profeta Jesucristo crucificado del altar que nos miraba a todos como si supiera el destino de cada uno de nosotros. Fuéramos a donde fuéramos, nos seguía con la mirada. Una mirada triste…como nuestros destinos. Muy importante debía ser ese profeta para estar en todas las iglesias de la antigua Europa prediluviana. Desenvainé la espada, en la que se reflejaba la luz que atravesaba las vidrieras de la Iglesia-fortaleza, y clavé su punta en el suelo. Hinqué la rodilla derecha en el suelo y agaché la cabeza de forma sumisa besando la empuñadura de mi espada, ante el Gran Maestre (Decani). Alzó los brazos, levantó su rasurada cabeza y la luz de la luna que atravesaba el tragaluz del techo de la Iglesia le bañó. De repente gritó hasta quedarse sin aire:
-¡Las empuñaduras de vuestras espada serán vuestra cruz! ¡Las hojas de vuestras espadas serán vuestra fe! ¡La danza de vuestras espadas serán vuestras oraciones!
Todos los presentes arrodillados besando las empuñaduras de sus espadas respondieron en coro cada uno para sí mismos.
-La empuñadura de mi espada es mi cruz. La hoja de mi espada es mi fe. La danza de mi espada es mi oración.El Gran Maestre volvió a alzar la voz tan fuerte que las vidrieras resonaron como si fueran a estallar.
-¡Vuestras espadas purificarán al impuro!¡Vuestras espadas liberarán al pecador!
Respondimos igual, en murmullos crecientes interiores.
-Mi espada purificará al impuro. Mi espada liberará al pecador.
El Gran Maestre respiró profundamente y soltó aire con otro alzamiento de voz.
-¡La sangre vertida de nuestros enemigos es el castigo de los pecados!¡La sangre vertida de vuestras carnes es el perdón de vuestros pecados!
Contestamos.
-La sangre vertida de mis enemigos es el castigo de los pecados. La sangre vertida de mis carnes es el perdón de mis pecados.
Silencio. El Maestre sudaba y tenía una sonrisa extraña en la cara.
-¡Cuando cumplais en la obra de Dios, Él os liberará!¡Los caminos del Señor son inescrutables!Respondimos sumisos, mirando siempre al suelo.
-Cuando cumpla en la obra de Dios, Él me liberará. Los caminos del Señor son inescrutables.
Contenimos el aliento esperando las palabras del líder.El Maestre nos tocó con su espléndida espada en los hombros, como ceremonia de investidura. Cuando terminó dijo:
-Levantaos...Templarios Negros.
¡Por fin! Nada más decir eso nos levantamos gritando como un solo hombre como si quisieramos que nos escucharan en el Reino de los Cielos.
-¡¡¡No para nosotros, sino para la gloria de Tu Nombre!!!
Ingénuos...
Memorias de un Templario Negro (IX)
Preguntas y más preguntas. Nunca respuestas. Siempre ha sido así, y siempre lo será. La humedad está estropeando el papel, pero aún me queda tinta de sobra. El escribir se ha convertido en algo automático. Los pobres hombres con los que estoy en este agujero me miran asombrados y otros recelosos escribir. Viva la Iglesia y su analfabetismo generalizado ¿no? Continúo escribiendo.
Finalmente nos reunimos al cabo de un par de horas frente al “Capa y espada”. Duncant había insistido en que debía una explicación a la familia de Kiara.
-Te esperamos fuera- le dije antes de que Duncant soltara un suspiro y entrase.
Amelia ya estaba sentada en un enorme barril al lado de la puerta de la posada jugando con su navaja ausentemente. La miré ausente. Finalmente apoyé mi mano en su hombro para que saliera de su ensimismamiento.
-Hey ¿estás bien?-le susurré.
Ella me miró como si no supiera quien era, finalmente me obsequió con una sonrisa fatigada, pero una sonrisa al fin y al cabo.
-Si, gracias.
Me senté a su lado en el enorme barril vacío pegando un salto.
-Venga, no te vengas abajo tú también. Si no, seré el más fuerte de los tres.
Ella ahora sonrió con ganas.
-Más quisieras tarugo-dicho esto me lanzó un puñetazo, por decirlo de alguna manera, cariñoso, que me hizo perder mi plaza en el barril, quedándome sentado en el suelo, para después ofrecerme su ayuda para levantarme, tal y como el día en que la conocí.
-Pero tú tranquilo-prosiguió-que no te haré daño.
Se abrió la puerta de la posada, saliendo una mujer y Duncant. Por lo que se parecía esa mujer a Kiara debía ser su madre. Supongo que habrían salido porque el bullicio de la posada no les permitía hablar en condiciones. Nosotros continuamos sentados en el barril bajo las sombras. Fue la mujer la que comenzó a hablar con voz temblorosa a causa del dolor y la emoción:
-Escucha Duncant, cuando Kiara decidió alistarse en los Templarios Negros sabíamos que esto, si no sucedía ahora, ocurriría más tarde. Aquí, o en las lejanas Tierras Marcadas. Claro que me duele perder a mi querida hija, pero más que tú me pidas perdón, yo te doy las gracias por haber hecho sonreír a mi niña como nunca antes lo había hecho. Somos una familia cristiana devota, y sabemos que ella lo querría así si ese era el destino que le impuso Dios, alabado sea Su nombre.
El razonamiento de la madre de Kiara hizo que Duncant pudiera liberarse en gran parte de sus remordimientos.
La madre de Kiara comenzó a llorar abrazando a Duncant.
Después de aquello entramos a la posada para pasar la noche. No teníamos ganas de hablar, pero tampoco queríamos estar solos. Que raro se nos hizo que viniera la madre de Kiara a traernos las cervezas, en vez de su alegre hija. El ambiente estaba cargado de nostalgia. A mi no me trajo cerveza, pues sabía que yo no bebía. Se cuentan con los dedos de una mano las personas que van a tabernas y no beben ni un agota de alcohol.
Aquel día decidí hacer una excepción. No quería quedarme a solas con mis pensamientos. Así que me acerqué a la barra, al lado de un tipo que se me antojaba familiar.
-Una jarra de cerveza fría.
El tipo de mi lado me miró, descubriendo su pelo canoso, una barba descuidada y unos ojos hundidos. Comenzó a reírse por lo bajo.
-Te dije que acabarías bebiendo muchacho. Ahora sí que creo que eres un Templario.
Yo le miré acordándome de él finalmente por la manera descontrolada en la que bebía.
-Ya, sabe demasiado- le dije enojado.
-Es la experiencia muchacho. Hazle caso a un superior, muchacho. Volveremos a vernos, de eso no me cabe duda.
Todo aquello sí que me dejó intrigado.
Empecé a beber, ya bajo la compañía de mis amigos. Dispuesto a acabar con aquella jarra y con las que fueran.
Sería mi primera cerveza. Pero no la última.