miércoles, 26 de agosto de 2009

Despedida.


Si estáis leyendo ésto es que ya no estoy con vosotros.
¿Qué deciros? Siempre habeis sido mi pequeña gran familia y si tuviera que volver a morir por vosotros, lo haría. Nunca olvidéis los buenos momentos, que por suerte superan los malos.
Ha llegado el momento, debéis continuar, seguir adelante, sois fuertes, los dos. No tengáis pena, siempre, siempre estaré con vosotros, porque lo juramos, juramos que nunca nada ni nadie nos separaría. No podré olvidaros, solo nosotros sabemos por todo lo que hemos pasado juntos.
Amelia, siempre has sido una quejica cascarrabias, pero, pequeñaja, te quiero, por todo.
Isaac, compañero de armas, hermano... por todas esas cervezas que no podremos tomar y por todas las que tomamos. Vago y pasota, pero, ¿sabes? Has sido como mi hermano pequeño.
Os velaré cada noche. Gracias por haberle dado sentido a mi vida.


•••••••••••••••••••Duncant•••••••••••••••••••


Si estoy leyendo esto, es que soy la persona más infeliz de esta maldita tierra, y que mi vida se esta volviendo una pesadilla y no parece que vaya a mejorar.
Que decirle a alguien que ya se ha ido…se nos fue la sonrisa del grupo.
El único consuelo que tengo es que esto no es un adiós, es un hasta pronto, pues poco me queda en esta vida y nos volveremos a ver, y lo que me más me debe preocupar es que sentiré vergüenza en el cielo estando al lado de un santo como tú, siendo yo un hereje. Para que engañarnos, estoy destrozado, me atormenta la idea de no poder haberte salvado, o no haber muerto yo.
Si alguna vez le he dado sentido a tu vida, puedo sentir un pequeño alivio en mi carga.
Lo peor es que no le dije nada a Amelia aún. Ninguna palabra de consuelo Ella debe estar peor que yo. Pero ¿que le puedo decir? Yo no quiero hablar con nadie, pensé que a lo mejor a ella le ocurría lo mismo. Me mostré muy incomprensible con ella. Me pongo muy nervioso cuando se me acerca.
Ya puedo esperar lo peor de este mundo, creo que no volveré a ser el mismo. Ahora no puedo sentir nada. Quiero largarme de este maldito pueblo, pero Kanpekiel se niega de momento.
En cuanto a ese demonio bastardo que se hace llamar hombre de fe, tiene una bala del arma que me diste, en el cráneo. No te devolveré el arma, porque sé que aún conservas tu fe de hierro, una fe que no te cegaba y permitía hacer lo correcto a pesar de tus creencias, cosa de los que muchos no pueden presumir.
Me gustaría tener tu fe en estos momentos de dolor. He rezado el rosario tantas veces que he perdido la noción del tiempo. El mundo se ha vuelto gris.
Es curioso…yo creía que el hermano pequeño siempre habías sido tú.
Y tranquilo por las cervezas, que yo beberé por los dos.
Vaya, debo dejar de escribir. Se está poniendo el sol y estoy lejos del pueblo, creo que anduve demasiado.
Es el momento de que diga adiós…de momento.
No te preocupes por Amelia, aunque no le haga falta, cuidare de ella.

Descansa en paz, no en el olvido.

Isaac.

sábado, 22 de agosto de 2009

Conversaciones a oscuras.

Entre tinieblas buscaba acariciar el sonido del romanticismo. Y entre penumbras allí lo hayé, pues siempre estaba en el mismo lugar, y allí debía permanecer en la oscuridad. Abrí delicadamente sin poder ver, la caja de que guardaba sonidos por arrancar. Sin embargo, se asustó, pues estaba muy oscuro, y era evidente que no eran horas.

-¡Recontracorcheas y semicorcheas!-maldijo el asustado.-¡Por las claves de sol y fa!¿Qué horas son estas?
-No puedo dormir.-dije a modo de disculpa mientras le acariciaba sus dientes de marfil.
-Vaya, pues no te quejes por el calor, que a mí la humedad me deja para el arrastre y nunca me quejo. Y encima, solo me afinan una vez al año. Uno tienes también sus necesidades y no está hecho de piedra ¿sabes?-soltó malhumorado y después comenzó a murmurar para sí mismo-¿Mmm?¿Cómo sería ser de piedra?
-No, no es el calor, solo los ángeles, que me han desvelado. Tranquilo solo ocuparé un poco de tu tiempo.
-¿Tiempo?¡Tempo!- me corrigió mi interlocutor irritado.
-Eso, tempo.
-Pues nada, a su disposición señorito, más le vale que me utilice para buenos fines, a veces no me gusta ni a mí escuchar mi propia voz, así que cuidado con lo que me haces decir, o a ver las melodías que me sacas...
-Oye, solo quería unos nocturnos...
-¡Chitón! A mi me construyeron para ser escuchado, no para escuchar, así que callate y empieza. En cuanto a los nocturnos, de Chopin ¿no?-no me dejó ni contestar y siguió la parrafada- Es lo más acertado que ha pasado por tu cocorota, ya que es de noche. Nocturnos, noche ¿Lo pillas?-ni siquiera intenté disimular ante un chiste tan malo, si es que a eso se le puede llamar chiste.
-A veces no sé ni cómo te soporto. Diez años aguantándote.
-Já. ¿Y crees que yo no te tengo que soportar? Maldito niño. Empecemos cuanto antes.
-Encenderé la luz.-dije mientras lo acompañaba con la acción.
-Argggg ¿Pero qué haces? Es de noche y hace luna llena. ¿Qué mejor manera de tocar un nocturno que a la luz de la luna y a oscuras.
-Tienes razón. Y ahora, cállate.-le pedí mientras me situaba frente a él.
-Dudo mucho que eso pueda ser, si quieres continuar.-me advirtió él, que era lógico, incluso antes de empezar, me cansaba.

La última nota se apagó cuando la noche se consumió.

martes, 18 de agosto de 2009

Esto es agonía.

Raziel esperaba paciente detrás de la gran puerta de grandes adornos, esperando que en cualquier momento le dieran la orden de entrar en el Gran salón de los Pilares, donde, entre ellos, como signo de irónica blasfemia, se situaba el trono de Kain.

Se contaban muchas historias sobre su señor Kain, pero nunca se sabía si eran verdad o meras leyendas que arrastraba el tiempo.

Se estaba impacientando y sus garras empezaban a arañar el suelo, cambiaba continuamente el peso de su cuerpo de una pierna a otra mientras se colocaba adecuadamente la capa que solo cubría su brazo izquierdo, con la marca de su clan.
Raziel era el primogénito y lugarteniente de Kain al cuál había servido durante 1000 años, y, obviamente antes había sido mortal, como todos los vampiros.
Se abrió la puerta y Raziel se dispuso a entrar, con paso firme, pero realmente temeroso del desenlace de toda aquella situación.

Cuando entro salió de la oscuridad, y entró en el Salón de los Pilares, cuyos pilares antes sanos y hermosos que se alzaban hacia el infinito cielo se mostraban en un estado bastante lamentable.

Vio a sus hermanos de pie ante el trono, con los que estuvo en los albores del imperio de Kain, como meros espectadores de lo que allí iba a ocurrir. Sus hermanos, al igual que él, también poseían sus propios clanes.
Kain, como siempre, estaba en el trono incrustado en el pilar del centro del salón circular, acariciando el mango de su querida espada que poseía una empuñadura con una calavera que mostraban unos colmillos vampíricos y la hoja presentaba unas ligeras sinuosidades dándole un estilo extraño y especia. De ella se contaban que estaba poseída por un espíritu que antaño devoraba las almas de sus enemigos…La Segadora de Almas.

Los clanes, continuamente evolucionaban obteniendo características menos humanas, y más…podría decirse más divinas. Kain solía evolucionar primero, ya que era el señor, presentando nuevas dotes a sus vástagos vampiros, que más tarde le imitarían.

Pero esta situación era especial, insólita, una blasfemia, pues Raziel se había adelantado a su señor en el camino de la evolución.

Se postró ante Kain, dando muestra de obediencia a su señor, y, ante la sorpresa y envidia de sus hermanos, Raziel comenzó a mover algo que tenía en su espalda, que temblaba tímidamente y daba la sensación de no saber como hacerlo, hasta que finalmente, con dificultad y violencia, las abrió…alas.

Se produjo un silencio sepulcral espantoso en la sala, y Raziel agachó la cabeza consumido por la vergüenza.

El rostro de Kain mostraba la indignación de ser testigo de una horrible herejía, la mueca de alguien que es insultado brutalmente. Se levantó y se acercó a Raziel, que se relajó porque su amo no llevaba consigo la Segadora de Almas. El padre de los vampiros comenzó a dibujar vueltas sobre Raziel sin dejar de prestar atención las alas que no habían poseído nunca los vampiros, a excepción de los antiguos.

Kain empezó a inspeccionar las alas tactilmente, y de un golpe fugaz y cruel le arrancó con las garras las alas. El dolor era insoportable…y el juzgado se rindió al dolor.
Raziel se despertó y dos de sus hermanos le sostenían por los brazos.
Se encontraba en el Abismo. Ante él se mostraba un gran precipicio donde unas corrientes enormes de agua giraban en círculos a una velocidad de vértigo. Esta imagen no le hubiera sorprendido si no fuera por lo que iban a hacer con él en ese abismo, le iban a arrojar. Ese era la condena de los traidores y débiles, ser arrojados al abismo ardiendo por toda la eternidad.

La condenación eterna…

Después, horrorizado, escuchaba como su maestro y amo decía con suma frialdad:

“Arrojadlo”




Lo empujaron sin dilación…



…sin compasión…


…sin pena…



…sin clemencia.

Raziel caía en el vacío gritando con odio e impotencia. Su caída fue eterna, hasta que entró en contacto con el agua, para los vampiros el contacto con este elemento es arder en una hoguera infinita, sin poder llegar al descanso eterno nunca.
Su primer contacto con el agua fue horrible, fue un contacto ardiente y abrasador. Las entrañas le ardían desde el mismísimo interior de su ser, implorando amnistía, perdón, arañándose con sus garras para sentir otra cosa que el ardor que le consumía, pero no había marcha atrás y siguió ardiendo en las profundidades del abismo donde no existía ni un atisbo de luz, ni una esperanza. Sus primeros cinco minutos en su condena eterna le pareció una eternidad y a la vez el tiempo se había detenido…y asi pasaron mil años.


Mil años de agonía.

Entonces, y solo después del milenio, sus plegarias fueron escuchadas.

Se despertó en un lugar extraño, cubierto con un velo de luces espectrales azuladas, empezó a examinar su cuerpo. Su cuerpo solo mostraba una sombra de lo que antes había sido…su cuerpo solo mostraban músculos que habían adquirido un color extraño, sus ojos brillaban de odio, pero había algo peor…

Había perdido la mandíbula inferior y se cubrió la parte mutilada con la capa que marcaba su clan, como una bufanda, pero no le importó en absoluto porque…



…Estaba vivo.
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http://www.youtube.com/watch?v=Gm_wrZSJmJk

domingo, 2 de agosto de 2009

Un final, siempre es un comienzo. Epílogo de los Ángeles de la Muerte. Introducción del verdadero camino.

El miquelita Kanpekiel volvería al Firmamento Miquelita en Roma Aeterna y se labraría un breve reconocimiento por el levanto del asedio en los campos de la antigua Zurich (la Iglesia Angélica por supuesto nunca conoció el apoyo de los heréticos petirrojos). A partir de aquello, se le encomendaron misiones más trascendentes. Más adelante descubriría que es el hijo, por tanto, elegido del Arcángel Miguel, del que hablaba el gabrielita Miguel en su profecía en el Bautismo.
La urielita Galadriel continuaría bajo el liderazgo de Kanpekiel, y seguiría siendo el Ojo de la Compañía, y presumo creer que se enamorará de un nuevo compañero de la compañía.
El gabrielita Miguel, como ya describí, no volvería a ser el mismo, y nadie debe dudar de esto, o la ira del Señor caerá sobre su cabeza. Dejaría de ser el Ángel de la Muerte para convertirse en el liante oficial de la Compañía.
Zamiel, el Ramielita, entraría en la Compañía de Kanpekiel después de perder la suya en la batalla, aportaría sabiduría al grupo, pero moriría trágicamente en un nido de Engendros. Aunque no lo hubiera hecho de no ser porque Galadriel llegó tarde a socorrerle, al contrario que en el relato anteriormente descrito.
Noxel, el curador Rafaelita que salvara de la muerte a Amelia, entraría en la Compañía para sustituir a la caída en combate Alariel, que Dios acoja en su seno. Noxel acabará enamorándose de su compañera Galadriel, la cual le correspondería.
Al gabrielita Raifel se le levantaría una humilde y modesta tumba simbólica en los campos de la antigua Zurich, allá dónde desapareció el Inferno que su supuesto sacrificio hizo desaparecer.
El cuerpo del General de los Herejes, el Maestro de los Tentados, el Engel oscuro Arceón nunca se encontró en el campo de batalla.
El Sargento Gorke volvió a despaparecer con los Petirrojos pero seguiría velando por sus muchachos y nunca los dejó en la estacada.
Jacqueline, Templario Negro, hija de un diádoco francés, dejó la Orden y se quedó a vivir en la antigua Zurich, limpiando la tumba de su hermano de armas, el enorme y deslenguado Jacob; las hijas del caído fueron liberadas por la Inquisición al conocer la suerte del hombretón y pasaron al cuidado de la francesa.
Johann, el erudito de la 6º Compañía de Templarios Negros, perdió un brazo en la batalla de la antigua Zurich y tras años de viaje y estudios por Europa, ingresó en un monasterio Ramielita, en Praga.
Duncant, Amelia e Isaac, fueron los únicos de la 6ª Compañía de Templarios Negros que volvieron al Temple de la Orden en las afueras de Roma AEterna. Allí, al ser 3 los únicos que volvieron (eran 9) fueron nombrados Electis, es decir, Templario elegidos para tareas importantes y con el honor de poder ser enviados de misión con Engels, todo un honor para un Templario. Los tres acabarían de misión con la Compañía de Kanpekiel, y lo que era una simple misión ,se convirtió en algo más oscuro, pero esa es otra historia (esto solo era una introducción a esta historia, que es de Danielle, master de Enge ^^)
Lois, la niña huérfana, acabaría cayendo en desgracia, acabando en el tráfico de esclavos se reencontraría con Isaac, como ya vaticinó, y éste, con recursos monetarios otorgados para una misión encomendada por la Iglesia, lo consumió para liberarla. Finalemente quedó a su cuidado, y acabó convirtiéndose, según Lois, en su padre. Para el que no lo sepa, que lo dudo, Lois es el Oráculo que mencionó Arceón en la batalla.
Los ataques que se realizaron en toda Europa en el relato se dieron por el hecho de ir preparando el terreno para la Gran Guerra entre Dios y el Señor de las Moscas, cuyo elemento decisivo sería el Oráculo. La guerra no ha hecho más que comenzar su Gran Fin. Y el final, aún no está escrito.



Fijaos a dónde he llegado sin darme cuenta. Me he pasado un poco ¿No? Se supone que iba a ser un relato algo breve y poco pesado.

Aquí se acaba el preludio de lo que será el verdadero camino de estos valerosos Engels. Un camino arduo y tramposo, donde serán puestos a prueba constantemente, no solo físicamente, sino espiritualmente. Un camino medio recorrido hoy día, y que espero que acabemos todos juntos hacia un gran desenlace. En ese camino lucharán, sentirán, discutirán,caerán, amarán, reirán y llorarán juntos, se cuestionarán su naturaleza, su fe, y su misión en la Tierra y durante su camino evolucionarán hasta el punto de, que echar la mirada atrás, no se reconocerán.
Pero esta historia, es contada por otra persona, por la originaria y verdadera creadora del camino de estos Engels, y algunos humanos, tan valerosos y dispuestos como los enviados del Señor, pero no tan reconocidos por ser meros mortales.

Pido perdón por cojer los personajes prestados a Hirohisa (Kanpekiel), Belzeenef (Galadriel) y en general a toda la trama y personajes secundarios a Daniella, la verdadera mente de toda esta historia y, bueno, a Porrauron no, porque me lo prestó para que escribiera con su personaje (el famoso Miguel, solo famoso por nombre Herético). Espero haberle hecho justicia a vuestros personajes y a la historia.

Espero haber creado un relato decente para el preludio de tu historia, Danielle.

Y aunque no sea un escritor medio bueno y con el riesgo de parecer idiota, voy a dar las gracias a los siguientes porque me da la gana, eah:

A Belzeenef, también conocida como la urielita Galadriel, el Ojo de la Compañía, que siempre envidiaré su manera de escribir.
A Hirohisa, o también el frío y oscuro perfeccionista Kanpekiel, Líder de la Compañía, que me intrudujo en este fantástico (no podía ser de otra manera) mundo.
A Porrauron, o también el gabrielita Miguel, el Ángel de la Muerte de la Compañía, por ser el primero en leer mi humilde y soso relato, aunque a él le gustara porque he engrandecido demasiado a su personaje Miguel.

Por último pero no menos importante a la mente creadora de todo este embrollo, y la que soportó la lectura de la larga e insulsa historia de mi personaje. A Danielle, que le dió alas a mi imaginación.

Y bueno, como ya sabéis, yo, Templarius, no podía nada más que ser el menospreciado Isaac, Templario Negro.

En fin, el que haya llegado hasta el final...le pego un cocotazo por haberse tragado semejante tocho.

lunes, 20 de julio de 2009

Los Ángeles de la Muerte (VIII)

Clavé la espada sobre un soldado que había tropezado al intentar huir. El grito que profirió el desgraciado al arder su alma fue el último que se escuchó en la batalla de los campos devastados de la antigua Zurich.

Sentía una sensación horrorosa, y no luchaba en condiciones. La espada que portaba no era la mía. No era mi espada flamígera. ¿Qué iba a ser de mí? Había oído historias sobre gabrielitas que, al peder sus espadas se habían vuelto locos. Incluso se hacían rituales que concluían en suicidio. Nunca me inaginé que esto me pasaría a mí.



La batalla había acabado, y los Ángeles de la Muerte, excepto yo, habían partido nada más derrotar al enemigo para levantar los asedios que acosaban a toda Europa.

Me pasé la mano por la frente, para quitarme el sudor, aunque allí había más sangre que sudor.


Totalmente trastornado y enloquecido por la pérdida de mi espada, me di media vuelta, hacia la fortaleza, y andé arrastrando los pies pasando entre los cientos de cadáveres que se había cobrado la batalla.

Por lo que veía, había mucho alboroto, y cosas muy extrañas. Mucha gente salía a toda velocidad montados en transportes sospechosos, que se movían solos.¿Podrían ser vehículos heréticos?¿Tecnología prohibida?

Cuando llegué, allí no había nada sospechoso. Todas las puertas del asentamiento habían caído excepto las del monasterio, el castillo que refugiaba a los civiles y heridos. Las casas humeaban por el fuego recién extinguido, los aldeanos buscaban supervivientes entre los montones de cadáveres, otros, simplemete buscaban a sus seres queridos. Los niños del asentamiento rodeaban a los Engels, jubilosos, alabando a sus salvadores, sobre todo a Galadriel, aunque su rostro decía que no se veía como una salvadora. No me acerqué, estaba harto de estar rodeado, y después de una batalla siempre me muestro irritable, sobre todo si había bajas. Clavé la espada en el suelo, mientras miraba a los Engels atender a sus admiradores con aire cansado. Entonces, me di cuenta de que faltaba uno de los niños. Una niña, para ser exactos. Qué más daba. Todo daba igual. Había perdido mi espada flamígera. No, era algo más que una espada, ella y yo teníamos un vínculo poderoso, como si ella también tuviera alma, ella se manejaba entre mis manos, y en vez de un arma, era una prolongación de mis brazos. El dolor de la pérdida comenzó a ser fisíco, un dolor lacerante y fuerte. Lo úlitmo que recuerdo es acercarme a una pared y estrellar mi rostro con violencia contra la dura piedra.





Cuando recuperé el conocimiento... el engel conocido como Miguel, era otro totalmente diferente. Y todo por una espada. Mi espada... que en algún momento de mi caída, se la había tragado el Infierno.
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No se cuánto tiempo estuve inconsciente, pero cuando desperté, casi preferí no haber abierto los ojos. La herida me dolía demasiado, y parecía que me estaba corroyendo por dentro. Pero notaba algo extraño en mi pecho, no podía moverme con facilidad, como si me hubieran embutido en tiras de papel. Hice un esfuerzo para agachar la cabeza, y ví mi colgante con forma de ángel, parecido a una cruz, donde ponía mi nombre y a la orden a la que pertenecía, para identificar a un posible...cadaver. Más abajo, vi que mi torso estaba completamente vendado por tiras blancas, empapadas por la sangre de la herida que cubría. ¿Quién? Miré a todos lados, no se cómo, pero creo recordar que antes de desmayarme bajé de la muralla. Me encotraba sentado en el suelo, apoyado contra un gran bloque en pie de la muralla. Parece que los niños celebraban en la plaza de la ciudad-fortaleza la llegada de sus salvadores: los Engels. Suspiré, ser Templario era horrible, te entregas a una lucha en el que sólo eres un peón y nadie espera nada de ti, salvo caer por la causa de Dios; y claro que es cierto que el mérito es de los Engels, que son los que ganan las batallas, pero...¿Qué mérito tiene ser carne de cañón? ¿Cuántos quedábamos de mi Compañía? ¿Duncant, Amelia y yo? Sentí una punzada horrible en el pecho, no era la herida, era el alma. Había recordado que Amelia podría estar muerta.

Giré la cabeza velozmente al notar la presencia de alguien. ¿Cómo no la había visto? Había una niña delante de mí, aunque alejada y medio escondida, la veía perfectamente. Me miraba, sus ojos estaban tristes, sin embargo, sonreía débilmente.
-Hola.-dije, pero las palabras me salieron débiles, acompañadas por un hilo de sangre en la comisura de mis labios. Sonreí con las fuerzas que me quedaban para que no tuviera miedo.
-Hola.-dijo ella, como levemente contenta. Era extraño, parecía que me esperaba.
-¿Qué haces aquí?¿Por qué no estas con los otros niños?-dije intentando mantener una conversación para no volver a desmayarme del dolor.
-Ellos están con los Engels.-respondió saliendo de su medio escondite, era prácticamente una cría.
-Claro, es normal. Están dando gracias a sus salvadores.-me comenzó a mirar extrañada.
-¿Salvadores?-se acercó a mí, y no comprendo por qué motivo, me puso una mano en la frente, como si quisiera medirme la temperatura.
La miré, ahora tenía la mirada ausente, como si mirara algo que no fuera a través de los ojos.
-Si. Vuestros salvadores. Los que han luchado por vosotros. Los héroes.
-Tú has luchado.
-¿Cómo lo sabes? Ni siquiera puedo mantenerme en pie.
-Lo he visto.- ¿dónde lo había visto? me pregunté.
-Solo soy un peón. Los Engels son verdaderos héroes, con esas dotes de vuelo, lucha, saber...sin duda son enviados del Señor.- miré al cielo sin saber que buscar pero la niña me interrumpió.
-He visto que has luchado contra lo inombrable, has luchado contra lo imposible siendo un simple mortal, sin poseer las grandes habilidades y poderes de los Engels por una causa que realmente no conoces a fondo. No eres un héroe, no, y has luchado sin serlo. Y eso te convierte, para mí, en uno.

Me abrazó de forma bruta, como cualquier niño abrazaría a alguien que hace tiempo que no ve. Se estampó contra mis vendas y, por consiguiente, en mi herida. Ahogé un grito de dolor, y le acaricié los cabellos. Parecía totalmente afectada.
Las lágrimas brotaron en mis ojos de forma torrencial. Entre las lágrimas ví a un niño dirigirse hacia nosotros. Bueno, realmente se dirigía hacia la niña.

-¡Lois, Lois!¡Los Engels van a partir dentro de poco!¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo con un guardia? ¡Vamos!
Suspiré y le despedí con la mano. Ella, antes de echar a correr, me dijo con una sonrisa fatigada.
-Volveremos a vernos. Si lo deseas.

Y se fue. Curiosamente era verdad, la volvería a ver, aunque dentro de varios años. Creo que ella lo vió en lo más profundo de mi alma.

Intenté levantarme. Me agarré de forma penosa en los huecos del muro donde estaba apoyado. Caí, pero alguien me sujetó durante la caída.

-Muchacho, no es momento de caer. Al menos, no después de haber sobrevivido a una batalla de tal calibre.
-Gorke...- se puso un dedo en los labios, para que no hablara, parecía triste.
-Isaac, hay alguien que te quiere ver, quizás antes de marcharse.
-¿Tan mal está?
-Si no viene un rafaelita ahora mismo, si.-me puso el brazo alrededor de él y me llevó a pulso, prácticamente, pues apenas podía mover las piernas.
-¿Y Duncant?
-Buscando ayuda enloquecido.

Fuímos rápidamente hacia el monasterio. EL campo de batalla, mejor ni describirlo. Noté que cuanto más me acercaba al monasterio, más lento caminaba. Gorke aunó fuerzas para llevarme incluso a pulso.
-Venga muchacho, este no es momento para acobardarse.-me recriminó mi antiguo sargento.

Subimos las escaleras, y atravesamos la débil puerta del monasterio-fortaleza. Allí había dispuestas, nada más entrar, cientos de mantas, con sus respectivos heridos, moribundos y muertos. El olor que desprendía el lugar era el nausebundo olor de la miseria y la muerte. Fui donde estaban mis compañeros y amigos, al fondo de la sala. Cuando llegué ya estaban retirando los cuerpos de Alejo y Jacob. Seguramente habrían fallecido durante la batalla. Jacquelin, la francesa se había incorporado, con una venda que cubría toda su cabeza, empapada en sangre, y estaba alejando de ella sus espadas gemelas, llorando la muerte de su compañero de armas, Jacob. Por otro lado, Johan, el más culto de la Compañía, había perdido un ojo, pero estaba tranquilo, y ojeaba la Biblia, para variar. Busqué instintivamente a Ilse, la exploradora, pero recordé que ella había muerto hace un tiempo, cuando comenzamos esta misión suicida. Habían puesto otra manta, que era ocupada por Amelia. Gorke, se colocó detrás mía y miró a sus antiguos soldados...a los que quedaban.

-Intenté advertiros que la Iglesia os mandaba a una misión suicida. Y aún así fuisteis. No sé si sois valientes, o estáis majaras.

Jacqueline y Johan se quedaron boquiabiertos.
-¡Armatura Gorke, está vivo!-dijo la francesa.
-Pues claro que estoy vivo, muchachos. Lo único que hice fue desertar de la Orden.-dijo bastante irritado por la confusión y cansado de dar explicaciones.
-Pero nos dijeron que había muerto.
-Mentira.

Se hizo un silencio entre nosotros. Sólo se escuchaban los gemidos de los moribundos. Supongo que el silencio se debía a la duda que nos asaltaba a todos en ese momento. Duda que iba a aclarar.

-¿Por qué nos abandonó en esta misión suicida?
-Os advertí de esta misión. E, Isaac, nunca os he abandonado. Os he estado protegiendo las espaldas todo este tiempo y siempre lo haré. ¿Por qué crees que hemos llegado tan rápido para auxiliaros?
-¿Usted solo?-Gorke me pegó una colleja ante la pregunta como si esperase una pregunta tonta.
-¿Cómo voy a ayurados yo solo? Piensa, Petirrojos.
-Petirrojos...¿Como Nicholae y Josué?
-Exacto, a ellos recurrí. Y ahora soy sargento.
-¿Sargento? ¿Tan rapido?
-Muchacho, tengo más experiencia en combate que esos jovencitos, y encima, he dirigido a los mejores Templarios, y conocido las estrategias de la Iglesia.
-Pero ahora eres un hereje...creía que eras creyente.
-¿Quién dice que ahora no?
-Portas la tecnología que ha prohibido Dios. La que ha llevado este mundo al traste.
-Sólo he cambiado en la manera de servirle a Él. Aunque sea una manera, bastante diferente. Puedes definirlo como combatir el fuego con el fuego. A efectos de juego, hago un favor a la Iglesia, siempre que no se ponga de por medio.

Amelia ya había sido colocada entre las mantas, y un curandero intentaba sanar sus heridas. El curandero estaba bastante angustiado...aquello no marchaba nada bien. Seguía sin recuperar el conocimiento, y había dejado de respirar, me miró y se dirigió a mí . Me arrodillé a su lado, sin poder hacer nada por despertar a mi compañera de armas. Las lágrimas afloraban y brotaban violentamente, limpiando la sangre de mi rostro, acompañado de espasmos de ira ante tal horrible situación. El rostro de mi binomio estaba empapado en su propia sangre, y se estaba formando pequeñas costras rojizas al comenzar a secarse alrededor de la herida abierta. Hundí mi rostro en su manta, encharcada del líquido de la vida, y me ahogué en el olor cobrizo de la sangre. Mi cabeza se movía involuntariamente, restregando mi cara por la manta sofocando el llanto, temblando de miedo, llegué al cuello de la moribunda, también herido. Mi mano le apartó los cabellos grasientos del rostro ceniciento con unos temblores que impidieron la delicadeza en el gesto. Mis lágrimas bañaron su cuello, y luego lentamente pero implacable, llegué a su oído.

-Amelia, no te rindas. Nos dijiste que no nos separaría nada, que nosotros estábamos por encima de ángeles y demonios, la muerte no debe ser un problema entonces para tí. Pero si vas a morir, al menos prométeme que lucharás mano a mano contra ella. ¡Maldita sea! ¡Respira!- Sin darme cuenta, pues de otra manera no lo haría, besé su rostro ensangretado, estampé mis labios sobre la sangre seca de su mejilla y corrieron sobre las comisuras de mis labios su sangre fresca. Saqué la pluma de engel que llegara hasta mí desde el cielo antes de concluir la batalla, y sin pensarlo, le di alas con un soplo, acompañado de un deseo que se escapaba por la ventana.
Entonces...comenzó a toser violentamente. Y yo creyendo que se marchaba me arañé el rostro, apartando hileras de sangre con las uñas como un rastrillo que atraviesa un mar rojo, y quise huir. Una mano me lo impidió. Un débil susurro me bloqueó. Un moribundo comentario, me clavó el alma.

-Morir...sería demasiado fácil.-dijo ella con una sonrisa, y los ojos entornados.

Unas alas se interpusieron en el camino de mi visión que agregó algo estupefacto:
-Realmente para que despertara necesitaba algo más que un rafaelita. Soy Noxel, y voy a curar a vuestra compañera de armas.
Una sombra que venía de frente se estampó contra mí sin darme opción a esquivarla: Duncant. Fue un abrazo violento y afectuoso, también lloraba amargamente.
-Ha sido duro, pero he encontrado un rafaelita. Saldrá de esta. Gracias por mantenerla despierta. Si alguien podía hacerlo, ese eras tú.

"¿Yo?" pensé y ahí se quedó toda idea, puesto que mi compañero se había estampado contra mis vendas y me concentraba en que no se me notase una mueca de dolor en mi cara. Una persona se apuntó al abrazo, nuestro ex-armatura Gorke, segundos más tarde, se sumaban el resto de mi Compañía de Templarios: Jacqueline y Johan, unos pocos de todos los que iniciamos este camino. Ese abrazo me destrozó el cuerpo, pero me alivió el alma. Y las palabras de la rafaelita que me salvara la vida en batalla retumbó haciendo eco en mi ser.

"Siempre hay algo por lo que luchar..."

domingo, 19 de julio de 2009

Los Ángeles de la Muerte (VII)

Me acerqué a Galadriel despacio, pasando entre los niños rezando.
-¡Galadriel!¿Qué haces? Tus oraciones no van a detener el Inferno.-ni siquiera me miró. Malditos urielitas y su mutismo.
-No están solos.-me sobresaltó una voz por detrás.

Me giré y vi a un engel con un libro bastante grande. Inconfudiblemente estaba ante un Ramielita, conocedores de la Palabra de Dios.
-¿Cuál es tu nombre, ramielita?
-Zamiel.¿Quién es la engel que reza con los niños?
-Es nuestra urielita, Galadriel.
Sin hacerme ni caso se dirigió a Galadriel y le susurró:
-Galadriel, llegaste a tiempo. Y has traido ayuda a estas gente. Lo hiciste bien.-Galadriel se giró con el rostro devastado por las lágrimas, debido a la emoción de la oración donde estaba sumergida.
-Gracias.-dijo suavemente.
Me pusé entre los dos.
-¿Pero por qué nadie se da cuenta de que vamos a morir todos si no salimos de aquí?
-¿Cuál es tu nombre?
-Miguel.-al decirlo abrió muchos los ojos, y seguramente pensaría como todos: "menuda herejía de nombre"
-Bien, Miguel-hizo una pausa como si pensara: "si ese es tu verdadero nombre"- Mira el Inferno.


Lo miré. Parecía debilitado, y había perdido altura.
-¿Está desapareciendo?
-Sí y no. Esto que tenemos ante nosotros ni siquiera se le puede llamar Inferno. ¿Por qué? Pues porque aún está naciendo. Pero como todo nacimiento, hay un riesgo elevado de muerte si no se mantiene en buenas condiciones.
-¿Y ahora está en malas condiciones?
-Exacto.
-¿Por qué?
-Mira a tu alrededor. A tu alrededor ha habido sacrificio, lucha, y esperanza más allá de toda lógica. ¿Crees que el infierno se alimenta de eso?

Siempre había pensado que los ramielitas eran prescindibles, pero ahora veía, que el saber era también un arma, y de las poderosas.
Sin previo aviso, escuché un cuerno de guerra. Los Tentados volvían a la carga, desesperados por conseguir una victoria que habían saboreado. Y encima venían con los engendros que habían sobrevivido. Entonces, escuché un grito. Un grito alto, claro, y sentenciador, desde los muros de la ciudad. Alguien maltrecho ondeaba un estandarte desde una de las más altas torres derruidas, como haciendo señales al cielo con la bandera.

-¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus!! ¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus!!

La figura que gritaba a lo lejos parecía cansada, y señalaba al cielo como si de un profeta se tratase. ¿Qué era lo que gritaba?


-¿Qué dice?-le pregunté aprovechando la presencia del ramielita, preparando la espada para el combate, pues el enemigo volvía.
-Es latín. Un dicho conocido de los Templarios. "Protégenos bajo la sombra de tus alas, ángel"
-¿Y por qué no lucha él?-dije un poco fastidiado.
-No lo entiendes. Mira hacia donde apunta su estandarte.-Zamiel sonreía enigmáticamente.
-Ya lo he visto, apunta hacia el cielo y allí no hay...

Si, si había algo. Decenas de ángeles poblaban el cielo, y no ángeles cualquiera. !Eran la mayoría gabrielitas! ¡Una legión de Ángeles de la Muerte! Alzé la espada prendida en llamas y saludé a los engels ataviados de negro, justo como visten los gabrielitas.


-¡Ángeles de la Muerte...!
-¡...marchan a la cruzada!-respondieron los ángeles a mi grito, espadas flamígeras en mano acompañada de acrobacias de batalla en el aire.


Ni qué decir tiene de que el enemigo se batió en retirada, dando por perdida la batalla. Los engendros cayeron bajos las hojas de fuego de los Ángeles de la Muerte, y el Inferno inexplicablemente se desvanecía.


Los Ángeles de la Muerte caímos sobre los enemigos de Dios.



_______________________________________



Duncant se llevó el cuerpo de Amelia hacia el monasterio. Y yo me quedé rezando. Gorke se fue a lo más crudo de la batalla con la ametralladora. Antes de marcharse me soltó.

-Muchacho, reza. Pero rézale a Dios, al que hay dentro de ti. No al de la Iglesia.


Y eso hice. Mi primera oración fue para Amelia, y el resto vendría por detrás. Recé, a la misma vez que cientos de niños sin saberlo. Intenté subir una plegaria simple, pero sincera, al cielo. Y el cielo me respondió, bajando una pluma desde él. ¿Una pluma?
-No puede ser...-dije totalmente incrédulo atrapando la pluma que flotaba lentamente ante mis ojos.
Aún había esperanza. Contra todo el dolor que recorría mi cuerpo, me levanté y fui a las murallas. Para ello atravesé el campo de batalla, en el cuál ya estaba disminuyendo la violencia, pues la batalla estaba llegando a su fin. Durante el camino saqué un estandarte, clavado en el suelo, sujetado por el cadaver de un Templario. Corrí, saltando obstáculos y cuerpos de humanos y engendros por igual,. Las imágenes del lugar que recorría pasaban veloz a mi alrededor. Lo único que recuerdo de la carrera es al miquelita Kanpekiel de pie, con los ojos cerrados, sobre el cuerpo del engel oscuro. Llegué al muro, y subí las escaleras, sin cuidado alguno, llevando el estandarte angélico. Llegué a los más alto de la muralla, y vi que el enemigo se reagrupaba para atacar. Tenía que hacerles dudar, confundir al enemigo, para hacerles ganar tiempo a la ayuda que se avecinaba, para proteger a las personas indefensas que había fuera y dentro de la ciudad. Grité de forma triunfal, a pesar de que no teniamos fuerzas para seguir luchando y yo estaba a punto de desmayarme.

-¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus¡¡ ¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus!!

Moví freneticamente el estandarte, buscando alguna compañía de engels por ahí. Tenía que haberla, una pluma había caído del cielo. Tenía que haber un engel cerca...¿uno?
Sin darme cuenta decenas de engels volaban a mi alredeor, por encima del muro. Alguien gritó.

-¡Ángeles de la Muerte...!
-¡...marchamos a la cruzada!-vitorearon todos los engels volaban por encima de mi cabeza.

Los Tentados, al quedarse paralizados por mi grito, no les había dado tiempo a matar a los reunidos fuera de la muralla, la mayoría niños. Pero los engels, se encargarían del enemigo...


Así que ya podía desmayarme.

viernes, 10 de julio de 2009

Los Ángeles de la Muerte (VI)

Volamos a toda velocidad, escuchando como rugíamos con el viento que nos chocaba en el rostro. El Inferno se hacía tan grande a medida que nos acercábamos, la sensación que sentía al verlo, una sensación de sentirse insignificante, se hacía abrumadora. Yo, el gabrielita Miguel, dejé de mirar el objetivo y comencé a mirar la tierra, bajo mis pies, donde se estaban reorganizando los herejes fuera de la ciudad, y alababan al inferno y daban gracias a su tenebroso Señor de formas macabras. Desconcertado me di cuenta de que empujaban a un gran grupo de personas dirección al gran tornado de fuego. Me fijé y horriblemente me di cuenta de que eran civiles de Zurich, pero eran unos prisioneros de guerra algo extraños. ¡Allí solo había niños! Aquellos desgraciados iban a ofrecer niños inocentes al Inferno, pues los herejes gritaban:

-"Oh, Señor de las Tinieblas, conocedor del verdadero camino, que compartes tu poder con los mortales que lo desean, haciendo de los débiles personas de valor, te ofrecemos la sangre de los niños inocentes para que les salves de la ceguera de la falsa Iglesia, siervos del falso Dios. Por favor Señor Tenebroso, sálvalos y muéstrales el verdadero poder de un Dios."

Intenté contactar con el miquelita de mi compañía, pero me fue imposible, algo mantenía ocupada toda su atención en ese momento y no contestó. Entonces probé con Galadriel.
-Galadriel, necesitamos que rescaten a los niños de la ciudad.¡Van a ser sacrificados!
-¿Qué?-fue la histérica respuesta de la interlocutora.
-Vamos nosotros, no te preocupes.
-¡No, vosotros encargaros del Inferno, sacaré a los Santos de allí!
-No llegues tarde.
-No lo haré. Llegaré a la ciudad en cuestión de segundos.
-¿Ya traes los refuerzos de la Iglesia Angélica?
-Esto...no exactamente.


Miré hacia a mi compañero Raifel, y asentimos mutuamente con la cabeza y acto seguido como un ángel y su sombra ascendimos al cielo y nos introducimos en las nubes para no ser vistos, y así pasaron de largo los primeras libélulas contaminantes: las hembras exploradoras. No debíamos luchar contra ellas, pues de ellas se podían ocupar los engels de la ciudad, incluso los humanos; pero nosotros, los Ángeles de la Muerte, íbamos a enfrentarnos al grueso del enjambre, a los peores demonios. Esperamos dentro de las nubes, y rezamos antes de entrar en combate, mirando lo que asomaba de Inferno por encima de las nubes, tragándoselo todo, haciendo arder hasta el mismísimo cielo. Raifel terminó de rezar antes que yo e interrumpió mi oración.
-Las hembras exploradoras ya habrán pasado de largo, ahora irán a buscar presas que inutilizar para las obreras. Es la hora.

Con un gesto de la cabeza la di a entender que estaba de acuerdo. Las espadas flamígeras prendieron en nuestras manos y rasgamos el cielo cayendo hacia el suelo a través de las nubes. Los engendros ni siquiera sospechaban que iban a caerles dos engels desde el cielo que creían dominado. Al terminar la nube entramos en otra compuesta totalmente de engendros de mayor tamaño, a ser posible, que volaban con fuerza, arrastrando todo lo que podían a su paso. Sin embargo, los engels del Arcángel Gabriel, nos abrimos paso, y comenzamos a segar entre aquella marea que intentaba arrastrarnos a la desesperación y la muerte. Yo y Raifel lanzábamos efectivos mandobles de fuego a diestro y siniestro, acabando con todo demonio que intentaba enfrentarse a nosotros o pasar de largo. La marea fue contenida, ahora solo tocaba resistir. Raifel y yo no parábamos de gritar. Atravesé a dos de una asestada, me giré y abrí otro en canal dejando bañarme con sus vísceras y desechos. Giré de forma habil la espada con sucesivos movimientos de muñeca, manteniendo la espada como un ventilador de fuego, y las 4 libélulas a las que me enfrentaba retrocedieron chillonas en el aire. Grité a mi compañero sin perder de vista a las libélulas que tenía encima.

-¡Nos están rodeando!-grité mientras una de las libélulas se mataba contra el ventilador de fuego que tenía por espada.
-Es lógico, estan aprovechando su superioridad numérica. Ahora intentarán aislarnos.-Raifel esquivó una garra mortal con una batida de alas.
-¡Vámonos! ¡Ya hemos aguantado demasiado! ¡Nos matarán!-grité histéricamente retrocediendo ante los cientos y cientos de insectos gigantes.
-¡Eso es lo de menos Miguel!¡No podemos permitir que lleguen a la ciudad!¡Además son monstruos, no saben lo que hacen, no tienen inteligencia!-al decir eso vi horrorizado cómo Raifel vomitaba sangre. Un agijón enorme había salido de entre las nubes por donde habíamos caído sobre nuestros enemigos y había atravesado todo el pecho del gabrielita. Entonces comprendimos que aquellos demonios tenian una inteligencia colectiva fría y calculadora. Y nos convertimos en los cazadores cazados. Me acerqué a sacarle aquél agijón del cuerpo...pero era terriblemente enorme, ese agijón no pertenecía a una libélula contaminante, o al menos, no a una normal. Raifel me hacía señas para que me retirara.

-¡Huye!-consiguió decir escupiendo sangre-¡Yo me encargo de la Reina!

La Reina...

Ataqué a la Reina del enjambre mientras se regodeaba removiendo el enorme agijón en su presa, mientras lo hacía, sus crías comenzaron a chillar ensordecedoramente y me atacaron con más odio y furia si cabe. Pero fue peor, la Reina retiró su agijón y dejo caer el cuerpo inerte del engel. No pude evitar mirar a Raifel caer con las alas totalmente sueltas y dejadas, esos segundos de distracción casi hacen que me matara la Reina, que arremetió contra mí. El agión fue lanzado contra mí, pero lo esquivé gracias a la agilidad de David, y lancé un mandoble al agijón que tenía junto a mí. La hoja de la espada rebotó contra la capa quitinosa de la bestia, que chilló como si quisiera reirse malévolamente de su pobre contrincante. Entonces...huí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Volé y volé, pero tenía a los demonios encima, y no era contrincante en el cielo con la Reina Contaminante, cuando yo necesitaba 4 batidas de ala, ella necestiaba tan solo una poderosa de sus alas translúcidas. Estaba encima, notaba su sombra, su oscuridad sobre mí. La baba de la Reina caía sobre mí, podía matarme, pero prefería cansarme para divertirse. Sin poder a llegar a imaginármelo, se paró en seco y la sombra de desesperación que se cernía sobre mí desapareció acompañado de un grito triunfal, de Raifel.


-¡¡Gabriel, mírame!!¡¡Voy a caer en combate, pues he sido señalado por tí, Arcángel de la Muerte!!¡¡Pero juré que antes caerían tus enemigos!!


¡Imposible, Raifel aún seguía con vida! Pero...si lo había visto caer por la herida mortal de la Reina. Sin embargo contra todo pronóstico ahora estaba sobre ella, con un agujero del que manaba sangre violentamente, y su piel se mostraba totalmente diferente: presentaba un tinte verde pálido, y en vez de piel parecía que estaba formado por dura corteza, recubierto de ramas como alambres de espino. El cielo se había oscurecido, los nubarrones y el humo de la guerra habían acosado al sol impidiendo traer su luz al mundo, pero la espada de Raifel rugía llamas en todo su esplendor, iluminando de fuego y llamas la escena. Raifel, cabalgando sobre la enorme libélula, acosado por sus crías, que se mataban contra su mortal piel, clavó la espada en los ojos de la libélula, que comenzó a desprender fluidos ácidos de sus heridas. La Reina chillona como mil diablillas y arpías, se giró ante el supuesto engel muerto. Raifel le señaló con la espada flamígera aún en llamas, aunque su enemiga ya no podía verle.

-¡No vas a decidir cuando voy a morir, Señor de las Moscas! ¡No tú, ni tus sometidos ni esclavos! ¡Solo Dios! ¡Solo Dios me dirá cuando he de retirarme!-la ferviente energía de Raifel comenzó a disminuir notoriamente.-Ya me toca marchar...¡Sígueme!¡Sígueme hasta el Inferno!¡Si de verdad me odias con todo tu ser y quieres vengarte, ven a por mí! ¡Mátame Reina de la Contaminación!

¡¡Mátame!!

Gritado esto me miró antes de echar a volar, y utilizó el canal abierto por el miquelita.

-Márchate, Miguel.-cuando echó a volar, lo hizo hacia el Inferno, siempre girando con desesperación y yo...fui detrás a impedírselo, pero antes le perseguía toda una legión enviada desde el mismísimo infierno, nunca me podría alcanzarlo a tiempo. Se detuvo frente al Inferno, azotado por un gran viento candente, mirando las paredes móviles de fuego mientras los engendros se dirigían hacia él, totalmente loco o...¿Iluminado? Metió la mano dentro del fuego del enorme tornado de fuego, como si probara la temperatura de un lago. La sacó totalmente calzinada, riéndose histéricamente, dirigiendose a un enorme rostro endiablado que me pareció ver dentro del Inferno...aún me pregunto si fué una alucinación esa cara sádica que me pareció ver dibujada en la pared de fuego. Raifel susurraba al fuego, como discutiendo con alguien. Lo único que pude escuhar de Raifel en ese último instante fue:

-Nunca poseerás mi alma, Tentador.

Y penetró en el humo del Inferno, con calma, como si fuera un estanque de agua tibia. Entró justo antes de que la Reina le tuviera a su merced, la cuál penetró en el fuego sin ver a dónde se dirigía. Quise perseguir a Raifel al mismísimo fuego del infierno pero de repente, mis alas dejaron de servirme y comencé a caer. Escuché una voz dentro de mí...no era el canal, no era algo que se escuchara en realidad, sino algo que se sentía.

-"Miguel, esta no es tu hora. Yo, Arcángel de la Muerte, te recuerdo que tienes una tarea en la tierra encomendada. El Príncipe de los Ángeles, el Arcángel Miguel, me pidió uno de mis guerreros para...alguien, especial. Quizás sepas quien es ya. Deja marchar el alma de Raifel, ha superado su prueba, su alma es libre, seguir luchando no haría más que mancillar su sacrificio. Y ahora, vuelve a la tarea que se te encomendó."



Al sentir la última sílaba de aquél mensaje, mis alas respondieron, y renovadas, recuperé el vuelo. Me retiré, hacia la ciudad mientras se reagrupaban los engendros, confusos al no encontrar a su Reina Contaminante. Mientras me dirigía a la fortaleza en llamas, vi a la urielita Galadriel vaciando su carcaj sobre los Tentados que aprisionaban a los niños del asentamiento. Era una verdadera muestra de destreza y valentía. Los Herejes estaban totalmente desmoralizados y se retiraban, quizás con la esperanza de volver a contraatacar, y hasta que no se despejó aquello de maldad no, posó los pies descalzos Galadriel sobre la tierra, rodeada de niños, de rostros llorosos.



-No temáis, soy un engel del Señor, y no permitiré que sus criaturas más queridas sean tocadas por el Príncipe de las Tinieblas.

Desplegó las hermosas alas propias de un urielita, y los niños se apretujaron contra ella, y ella cerró suavemente las alas, como una madre que protege a sus crías bajo las alas de la crueldad del mundo. Aterricé frente ella.

-¡Galadriel, largémonos de aquí, esta ciudad va a arder como el mismísimo infierno, nunca mejor dicho!-grité echando una mirada al inferno, que ya se podía notar su avance.

Galadriel asintió y se giró para llevar a los niños a la ciudad, pero una niña, vestida con un vestido destrozado blanco, salió de entre sus alas. Quise irme y dejar atrás a la niña rezagada, la muerte de mi compañero gabrielita me estaba afectando más de lo que me gustaría admitir. Galadriel paró, y volvió, como una madre comprensiva, hacia la niña rezagada. Cuando se acercó a ella, se agachó para ponerse a su altura.

-Hey, vamos a casa.

La niña miraba el Inferno acercarse despacio hacia donde estaba ella, con la mirada perdida.

-¿A casa?-dijo ausente y sin fuerzas.-No. Aquí no hay hogar para nadie. El mundo no es más que un tablero de ajedrez entre Dios y el Demonio.-giró el rostro hacia Galadriel, un rostro azotado por las lágrimas y el insomnio.-Estoy cansada de huir, nunca he tenido casa ni la voy a tener ahora. Me quedo.

Sentí como Galadriel me miraba como diciendo que la llevara a la fuerza si fuera necesario, que no iba a dejar a nadie allí. Ella se dió media vuelta con el resto de los niños bajo sus alas y yo fuí a llevarme a esa niña a rastras a lugar seguro, si era necesario. Ninguno de los niños se movió esta vez.

-Nos quedamos, este es nuestro hogar.-dijo uno de ellos dando a entender el pensamiento de los niños.

Me quedé estupefacto.

-¡¿Pero cómo vais a enfrentaros a los Tentados, Engendros y...a un Inferno?!-estaba fuera de mí.

No hubo respuesta. La niña de blanco, azotada por el viento, con toda calma, cayó arrodillada, e entrelazó sus manos. Otro niño se arrodilló, después otro, después, cientos.

Cientos de niños estaban arrodillados, alzando sus más inocentes y puras oraciones a Dios, frente a un Inferno que amenazaba lentamente con borrarlos de la faz de la tierra. No tenían miedo, no necesitaba mirarlos, desprendían una calma que asustaría a cualquiera. Me acerqué a Galadriel.

-¡Galadriel, larguémonos, ya!
Si me escuchó, me ignoró totalmente. Se arrodilló, junto a los niños e intentó protegerlos del azote del vientos desplegando sus alas, antes de comenzar a rezar. Galadriel dijo algo casi imperceptible, una oración para sí misma y para Dios.
-Ahora comprendo por qué en ellos está el Reino de los Cielos. Corazones puros, que perdonan al que les hace daño, pues son eternamente comprensivos sin quererlo; corazones que no conocen la avaricia, conocedores del amor creador, inquebrantables ante la injusticia; corazones calmados cuando protegen lo que importa de verdad. Almas inocentes...hasta que se hacen mayores y este terrible mundo les moldea.

Suyos es el Reino de los Cielos...
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Aquel abrazo entre toda aquella locura se hizo eterno y a la vez breve.
-¡Gorke!¡Estás vivo!-grité.
-Pues claro que estoy vivo mu...Isaac. Ya habrá explicaciones, ahora tenemos que encargarnos de la limpieza.
-Si, señor.
Gorke miró enderredor, como si echara en falta a mucha gente.
-¿Y los muchachos?
-Quedamos en pie Duncant, Amelia y yo. Nos hemos quedado aislados al caer algunos de los pilares del monasterio de la entrada.
-Bien, vamos-Gorke echó a correr pero le detuve.
-¡¿Pero qué haces?!¡Los engendros pululan por toda esa zona!-me quedé tonto cuando Gorke comenzó a sonreir.
-Ya. Pero lo que ellos no esperan es que yo tenga...esto.-dijo sonriente con un cacharro de esos que disparaba fuego. Toda una herejía en sus manos.-Corre, yo te cubro.
Dicho esto, Gorke utilizó la tecnología prohibida, unos cañones giraron de ella, escupiendo proyectiles de fuego y hacían caer a los Engendros como lo que eran...insectos. Aquello era una guerra entre herejes, pero al menos, uno de los bandos, estaba de nuestra parte. Y nuestro líder de nuestra antigua compañía de Templarios Negros, estaba en ese bando, por lo que no debía ser malo.
Llegué hasta mis compañeros. Amelia había caído en combate, Duncant protegía su cuerpo hecho toda una furia.
-¡¡Atrás!!¡¡Atrás!!
El torbellino de fuego que había traído Gorke en sus manos acabó con todos aquellos monstruos. El arma de fuego hacía un ruido ensordecedor escupiendo proyectiles, aún así, le escuchamos gritar:
-¡¡Duncant, sácala de aquí!!¡¡Sácala!!
Duncant podría preguntarse cómo había llegado Gorke, alguien a quién creíamos desaparecido, o incluso muerto, hasta nosotros. Podría haberse quedado paralizado por la sorpresa y el miedo. Pero no lo hizo...
Hizo lo que tenía que hacer.

Mi herida empeoraba por segundos, mi espada estaba mellada, y no estaba en condiciones de combatir. Caí de rodillas, ojos sin lágrimas. Y...no sé por qué, pero comencé a rezar.