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jueves, 5 de diciembre de 2013

Blanco y Negro. Luz y Oscuridad.

Bajo de la cubierta del Santa Bárbara, que marcha rumbo a la antigua España. Voy tambaleándome, junto con el futuro de todos, la espalda me pesa. Ahora entiendo lo que debía sentir ese pagano de Atlas, cuando tenía que sostener el peso del mundo. Mi espalda está a un problema de quebrarse y necesito dormir, pero para variar, no consigo descansar. Para ser honestos ni siquiera lo intento. Amelia me está esperando para dormir, me mira sin pestañear y sus ojos brillan con intensidad desde la oscuridad, mientras vela el sueño de Lois. Ha soltado las hachas, mal momento para empezar a dejar ese hábito. La que se avecina es grande. No, grande no.

Cósmica.

Con un suspiro iracundo se da cuenta que no me permito ni un descanso. Me tumbo junto a ella ella, sí, pero solo el cuerpo está allí. Ella se voltea tumbada sobre la cama improvisada, mira mis ojos cansados, con preocupación.

La miro con los ojos vidriosos pero no le digo nada, no quiero despertar a la niña. Nos miramos, sé lo que piensa.

 "Déjame compartir tu carga." Me dicen sus ojos suplicantes, pero en cuanto le sonrío tristemente bufa silenciosamente mientras sus ojos relampaguean en la oscuridad. "¡nadie te ha elegido mártir del mundo, ¿sabes? ¡Nadie te obliga a que te preocupes de esa manera! Eres humano, no puedes achacarte todos los problemas del mundo, nadie podrá juzgar tus actos. ¿Por qué te empeñas en coger la carga de todos? ¡Imbécil, que eres un imbécil! "

En silencio me sigue mirando, buscando una respuesta en mi mirada. Pero esta hueca, su pregunta resuena haciendo eco. Las ojeras surcan mi rostro, cada vez más envejecido por los problemas que por la edad. A pesar de que no le respondo, sabe que estoy rezando, pero no a Dios, ni al Demonio. No rezo a nadie, solo rezo en mi interior, son oraciones a nadie, solo a cualquiera que quiera saber que un día la humanidad existió una vez, y que intentó con todas sus fuerzas luchar contra el injusto destino.

Al menos uno lucharía.

Amelia sabe que estoy a punto de entrar en el sueño por puro cansancio. Una lágrima seca nace de mis ojos, que han perdido la luz. Ella se arrima e intenta velar mi sueño, como siempre, como una guerrera silenciosa. Para una vez que es silenciosa...

No es suficiente. No es suficiente. No estaremos preparados en dos lunas. No para sobrevivir a lo que se avecina.

Alguien una vez dijo: "si fallas al prepararte, te preparas para fallar"

¿Es eso lo que vamos a hacer? ¿A elegir cómo vamos a morir? ¿Debería ser un consuelo elegir cómo moriremos? ¿Tenemos alguna esperanza?

Los ángeles tienen a su campeón y tienen a la Iglesia Angélica bajo sus pies, con sus aberraciones llamadas proyecto Engel y Abel para tener la victoria. ¿La victoria sobre qué? ¿Qué ganan? ¿Un lugar en el paraíso? ¿La Tierra no es suficiente paraíso? ¿Acaso es una cárcel para ellos?

Pues esta cárcel es mi hogar.

Los demonios también tienen a su campeón campeando a sus anchas, pero en manos de unos extraños humanos. Y nosotros, imbéciles pero dulces humanos, lo estamos criando. Al hijo de...Lucifer. Aún me cuesta creerlo. ¿Cómo pude ser tan necio? Mi pretenciosa ambición al bajar a los Infiernos y rescatar a mis seres queridos injustamente torturados fue lo que provocó que todo esto pasara. Que Galadriel bajara, que Galadriel perdiera el hijo de Noxel, que en su lugar Lucifer lo sustituyera con su infame semilla y que si hijo naciera en la Tierra. ¿Y yo pensaba que con una triste nota evitaría todo esto? ¿Y pensar que haberle hecho caso a una simple nota hubiera evitado parte del Apocalípsis? Los libros de historia pondrán mi cara como el ser que permitió al hijo de Lucifer, un Anticristo con libre albedrío, venir al mundo de los humanos como futuro campeón de los Siete Infiernos. Eso si queda algo de nosotros...claro.

Pero tiene libre albedrío. Él está en nuestras manos desde que nació. Todo depende de la educación que reciba de Galadriel, que aprenda a controlar sus instintos y que pueda diferenciar entre el Bien y el Mal.

Menudas tonterías digo. El mundo no es blanco ni es negro. Es un montón de retales grises, como sus alas.

"¿El mundo no es blanco ni negro? ¿Estas seguro...Isaac?"

Ni siquiera me inmuto. He tenido las suficientes pesadillas como para reconocer cuando estoy en una. Él está aquí. Mejor dicho...Él está en mi.

-Te estaba esperando- le dije con una frialdad que podría haber congelado las puertas del Infierno- ¿Vienes a tentarme de nuevo?

Él río en su interior de lava y roca. Azael. El Ángel Caído que pudo dañar a Dios en una época que ningún mortal podría recordar no tenía nada que temer de un simple humano como yo. ¿Quién fue el necio que pensó que mi cuerpo sería la prisión perfecta para este demonio?

-No, Isaac. No vengo a intentarlo de nuevo. Cuanto más insisto en hacerte ver los grandes dones que te puedo otorgar a cambio de ceder tu voluntad más aumento tu determinación. Cabezonería, lo llamáis los humanos.

La voz era oscura como el mismísimo interior del lado oscuro de la luna. De aspecto vagamente humano, su cuerpo parece una burla deformada de la anatomía humana. Su piel parece estar hecha de la piedra del inicio de los tiempos: afilada, dura e impertérrita ante las erosiones de los milenios de existencia que lleva encima. Su tamaño es inmenso y cambia respecto al miedo que inspira al que lo ve. Ahora Azael era inmenso, pero no tan colosal como lo fue en otras pesadillas anteriores. Él sabe que me inspira terror y se deleita agitando sus alas de membrana. Intento que no se me refleje el miedo, pero es inútil. Su boca volvió a abrirse junto con el calor de todos los Infiernos.

-¿Qué quieres entonces, demonio?- lo miré cansado.

-Dijiste que el mundo no era ni blanco ni negro, Isaac. Que era un retal de tonos grises.

-Mis oraciones son para reflexionar, no para que las espíes.

El demonio fingió una dramática disculpa.
-No puedo estar más de acuerdo, pequeño humano, pero eres el único signo de pequeña inteligencia que puedo abordar desde mi prisión. En realidad, solo quiero ayudarte con tus dudas, como siempre he hecho.

Ya sabía de sobra que venía a tentarme para doblegar mi voluntad, pero era cierto que a veces nuestras conversaciones me ayudaba a sacar cosas en claro.

-¿Y estoy equivocado? ¿El mundo no es gris?

Azael carraspeó guturalmente.

- En cierto sentido, el mundo de los humanos si es así, gris. Pero te recuerdo que vuestra era por fin llega a su fin y la locura del gris se acabará. En el inicio de todas las cosas, solo hubo oscuridad y lo único que la enfrentaba era la luz. ¿Qué crees que pasará cuando llegue el final? Ahora que se acerca el Fin, todo volverá de donde vino, a la luz o a la oscuridad. El blanco o el negro. ¿Por qué crees que te insisto a que te decantes por mi bando cuanto antes?

-¿Y tu bando es el de Lucifer? ¿O tienes tus propios planes?

Azael se quedó extrañamente silencioso y se limitó a respirar profundamente en la oscuridad del velo.

-Los humanos en soledad no podréis hacer mucho contra lo que se avecina. Estáis entre el yunque y el martillo. Pero quizás si me dejaras volver, podríamos compartir el poder, proteger a los tuyos...derrotar a los ángeles.

-Tus palabras están vacías. Ya hemos hablado de esto.

Azael sonrió, levantó los brazos en señal de rendición.

-Está bien, está claro que no vamos a ninguna parte ¡Me rindo!-rió pesadamente- Y ahora que todo está zanjado, ¿por qué no lo celebramos con un inocente juego?

Su capa de sombras voló por la sala, y de donde existía la nada surgió del humo una mesa de roca naciente del suelo. Cuando las brumas se despejaron se vislumbró un elegante y gótico juego de ajedrez.

"Blancas y negras...Azael tiene hasta sentido de la ironía"

Lo miré curioso. Hasta entonces Azael no podía hacer esos trucos en mi interior. Quizás las últimas veces que le dejé salir parcialmente le haya dado un poco de poder. Tengo que tener más cuidado, puede que lo que ceda sea irrecuperable.

-No sé jugar al ajedrez- le respondí sin darle más importancia a su juego.

Justo cuando iba a salir su autoritaria voz sonó en mi cabeza.

-Ahora sí.

Sentí como si alguien abriera todos los recovecos de mi mente y los despejara, como si de una cerradura en mi mente se tratara, algo pegó un chasquido indicándome que se había abierto una puerta que antes me estaba vedada.

Me quedé congelado. No solo había aprendido a jugar al ajedrez, sino que además tenía en mi mente nociones tácticas muy buenas. La oscura risa de Azael se tornó paternal, como el de un familiar que sonríe ante la inocencia de su niño.

-Mi pobre humano, cuando decía que podía otorgarte grandes conocimientos en una milésima de segundo no lo decía en broma. ¿Y te sorprendes solo porque te otorgué la sapiencia de jugar al ajedrez? ¿Qué harías si te diera los secretos del Universo en la mano?

Me giré y avancé hasta el tablero. Sin ni siquiera sentarme hice una entrada tradicional. Peón del rey hacia el frente. Las blancas dominábamos el centro del tablero ahora. La partida acababa de empezar.

-Te diría que es como la manzana que le ofreció la serpiente a Eva. Un regalo maldito- y dicho esto me senté en una butaca de piedra que se alzó de la nada para recibir mi descanso.

Azael no avanzó ninguna de sus peones negros. Sacaba la caballería, amenazando a cualquiera que intentara avanzar.

-Solo los hipócritas humanos insultarían el regalo que les hizo su antepasado y además lo usaría. ¿Has pensado quizás que la manzana fuera el conocimiento que os trajo hasta donde estáis? Esa tecnología que la Iglesia intenta quitaros para que no podáis defenderos. Esa tecnología a la que te aferras porque es la única que puede protegeros contra seres ultraterrenales. ¿Un regalo maldito? ¿O una bendición a la que te aferras ahora?

Saqué el caballo, él su peón central. Saqué el alfil y amenacé a su caballo protegido. Una horda de peones oscuros comenzaron a custodiarlo.

-Entonces te diría que es un regalo peligroso. Una bendición para el humano que lo usa para el bien, y una maldición para los que lo usan para el mal.

Los peones oscuros avanzaron, contrarrestando el avance de los peones blancos. Pronto comenzaría la carnicería.

-Y vosotros...¿sois el bien, Isaac? Piénsalo bien. Solo sois un montón de mercenarios obligando a la humanidad a luchar, a resistir contra lo imposible, a cambio de dolor. ¿Le has preguntado a todos si ellos quieren luchar? ¿Por qué no mandar a los buenos al paraíso y los malvados al abismo? ¿Por qué tú y tu grupo de matones instigáis a la humanidad a que siga moribunda? Cuando ves a un ser querido que sufre, ¿no has deseado alguna vez que la paz del descanso eterno se le lleve para que deje su pena? ¿Por qué seguir sufriendo Isaac? Pensaba que querías la paz, pero insistes en obligar al mundo hacer la guerra, a sufrir, a que sigan vendiendo a sus hijos como carne de cañón, para nada...para lo inevitable. ¿Por qué no entregarse al descanso que se merece cada uno?

Me tomé mi tiempo pensar el siguiente movimiento.

-Porque el descanso que nos espera es el de los esclavos. El de aquellos que prefieren que les digan qué hacer o qué decir para ahorrarse la responsabilidad de decidir. Lo que tú dices sería negar el mayor regalo que nos concedieron. El regalo que todos vosotros ansiáis. El regalo que envidiáis y que os hace ser un grupo de seres poderosos, pero encadenados.

Los ojos de Azael relampaguearon. Sabía que le iban a dar donde más le dolía.

-No tenéis libre albedrío.

Y mi rey se enrocó suavemente, protegido de brillantes murallas blancas formadas por peones. Lo miré limpiamente.

-Nosotros elegimos luchar, y eso es lo que nos hace mejores que todas vuestras hordas. Aún tenemos una oportunidad. Aún tenemos esperanza.

El grito de Azael hizo retumbar la sima de mis pensamientos. Sus ojos se iluminaron y las puertas del infierno se abrieron en su mirada. Su aliento salía de su nariz envilecida, con un olor a azufre que hacía picar todo mi cuerpo. Azael volvió a mirarme, sus ojos se habían convertido en un foso de magma roja y amarilla.

-¡¿Crees que el Fin va a ser tan fácil como esta insulsa partida de ajedrez?! ¡Yo te mostraré cómo será realmente!

Su capa de sombras voló por encima del tablero y todas las piezas volvieron a su posición inicial.

"No, aquí hay algo raro...algo ha cambiado en el tablero"

Todas las piezas eran iguales. Miré las piezas negras de mi contrincante, todas eran la misma. La reina. Un ejército de reinas oscuras, formadas en pos de avanzar en todas direcciones devorando a todos los que se opusieran. Avanzando con celeridad, devorando sin piedad.

Por contra, miré mis piezas. Peones. Todas mis piezas eran peones. Peones lentos, peones que solo sabían avanzar hacia adelante, avanzando hacia la destrucción.

Azael seguía colérico, señalando el tablero.

-¡Esto, esto es lo que os espera a los humanos en el Fin! Una masacre. Solo avanzáis a vuestra destrucción. ¿Por qué no poner las cosas fáciles? Los peones no tienen nada que hacer contra un ejército de damas.

Mi tímida sonrisa se iluminó parcialmente. El brillo de la esperanza.

-No si todos los peones avanzamos juntos.

La partida empezó, y entonces intenté mover los siguientes peones...y no pude. Algo no me permitía levantarlos.

Azael lanzó un alarido infernal y entre lo que parecían rugidos pude percibir la risa más cruel que jamás pude llegar a escuchar.

-Sí, Isaac...si avanzáis todos juntos, si está unida, la humanidad puede tener una oportunidad. Pero dime una cosa.

"¿Lo estáis?"

Y ante la falta de mi respuesta, Azael se desvaneció en humo y me quedé a solas con mi tormento. No podía mover los peones porque todos ellos eran personas con su propio albedrío. Ellos decidían si avanzaban o no, no yo. Nada dependía de mi, nunca había sido así. Por una maldita vez odié que así fuera. La salvación estaba en manos de todos, pero bastaba con uno para condenarnos a todos. Tendría que confiar en mis semejantes y en su humanidad, como siempre había hecho, pero lo que viene ahora nadie lo ha enfrentado nunca. Una pregunta resuena en mi interior haciendo eco en mi alma descosida.


¿Estaremos unidos cuando venga lo peor?



domingo, 21 de octubre de 2012

Bajo la armadura

No hay un día en el que piense que todo ha sido dejado en mano del azar. Tampoco crea que Dios o Lucifer está determinando nuestros actos, pero...tengo la sensación de que todos nuestros actos van a cambiar el curso de...algo. ¿Del mundo? ¿De la humanidad? ¿De qué?

No hay más que echar un vistazo a las señales.

Antes era imposible ver un Engel; ahora convivo con ellos. Antes sufría pesadillas por el sufrimiento de mi madre en el infierno; ahora disfruto con el sueño de su presencia...por incómoda que sea al principio. Mi alma anteriormente no pesaba, ahora es como un lastre encadenado con un demonio. Antes me horrorizaría de todo de lo que estoy rodeado actualmente: engendros, una engel encinta de Lucifer, un Templario encerrando en su interior un demonio, un exorcismo en una iglesia...Dios, ¿acaso no son estas señales de que algo malo va a ocurrir?l

Dios mío...no es que cuestione tus maneras, pero ¿de veras sabes lo que haces?

El tiempo se acaba, ¿pero el tiempo de qué? No puedo evitar pensar que van cayendo granos de arena hacia algo que podría impedir pero que no veo.

Hay tan poco tiempo para tantas cosas: Error seguramente va de aquí y allá, apenas tengo tiempo para él e investigar el Proyecto Abel. No sé como reaccionar ante mis padres y parezco idiota ante ellos, quizás lo sea. Apenas tengo tiempo para dedicarle a Lois, la pobre debe sentirse abandonada a pesar de mis intentos de ser un buen padre para ella ¡Por todos los diablos! Si hasta olvidé decirle a Raquel que Noxel estaba vivo...¿En qué piensas, Isaac? Si es que ni te has detenido a pensar en tu propia boda.

Pero... ¿Por qué a pesar de acabar un problema, estos se multiplican como las cabeza de una Hidra? ¿por qué no puedo mirar para otro lado? ¿Por qué no puedo fingir que en secreto quiero salvarlos a todos, sin preocuparme de salvarme a mi mismo?

Quisiera dejarlo todo atrás. Quiero trabajar la tierra, no destruirla. Quiero dejar la espada por herramientas de arado. Quiero que de mis manos brote vida y no muerte. Quisiera acunar un niño entre mis brazos y cuidar de Lois hasta el fin de mis días. Quiero olvidar que después me espera el infierno y quiero compartir la vida con mi familia. Tengo una hija a la que apenas puedo dedicarle tiempo. Dios...me encantaría pasar tanto tiempo con Amelia y con Lois: los dos ángeles (quitando lo brusco de Amelia) que me ha dado la vida.

¿Por qué no puedo reconocer que no puedo dejarlo todo atrás? ¿Que no puedo mirar a otro lado? ¿Por qué no puedo dejar de intentar salvarlo todo? ¿Acaso es la gloria lo que busco, y no la salvación?

¿Gloria? No quiero ni pensar siquiera en lo bajo que podía haber caído hoy. Lois y ese hijo de Lucifer tienen una especie de conexión. No quiero que se acerque a ella, puede ser que sea él el causante de su muerte en las visiones. ¿Qué tan bajo puedo llegar a caer, pensando mal de un recién nacido? He estado a punto de matarlo...como un Herodes enloquecido que busca arrancar un mal que ni siquiera sabe si es certero.

Y pensar que estado punto de acabar con un recién nacido...los niños siempre han sido la esperanza de este mundo, y yo he pretendido acabar con uno. ¿Es que acaso no merece la esperanza de poder vivir al contrario de su naturaleza...como yo hice? Solo me reconforta el hecho de saber que Galadriel está viva gracias a mi mala acción. Lo que más temo de todo... es que no era un farol. Habría matado a ese niño si la madre hubiera muerto por capricho de Lucifer. Y juro que no respondo de mí si las visiones de Lois se cumplen y el niño tiene algo que ver con su profética muerte... mi niña...mi pobre niña... ¿no la hiciste sufrir bastante, Dios?

Bajo esta armadura de placas, cruz y acero se esconde un corazón con miedo.

Tengo miedo...mucho miedo...de mí mismo y de mi debilidad. Algún día tendré que aprender que todo el mundo muere, ...y que un día no estaré allí para evitarlo.


Y eso me aterroriza...

sábado, 31 de diciembre de 2011

¿Cobarde?




Supongo que a estas alturas de mi vida se me pueden acusar de muchas cosas,
y casi ninguna buena. Simplemente errores y diferente manera de pensar.

A lo largo de mi vida de neófito me han llamado muchas cosas: cabezón, alcornoque, miedoso, pasota, idiota, inútil...

Pero siempre había algo que nunca se le podía decir a un Templario Negro.
Lo que jamás se le podía llamar a un Caballero de la Muerte era "cobarde"

Si deseabas que toda la Oscura Orden te destrozara el cuerpo y el alma, solo tenías que acusar de cobarde a un Templario Negro.
Si lo hacías automáticamente los Jinetes del Arcángel Gabriel se levantan en pie de guerra para limpiar su honor y su justa ira.

¿Por qué no conviene decirle a un Templario Negro que es cobarde?
Cuando un Templario Negro viste por primera vez el negro, en ese momento muere para dedicar su alma a la causa de Dios. Por eso visten del color del luto. Ya están muertos. No tienen nada que perder, pues ni la vida les pertenece.
Cuando un Templario Negro ensilla un caballo, es para ser seguido por una horda de caballeros que van a traer la muerte a los Herejes y a Engendros salidos de las pesadillas más delirantes de Lucifer.
Cuando un Templario Negro grita "¡Dios lo quiere!" es que va a cumplir lo que se propone cueste lo que cueste.
Cuando los Templarios Negros aúllan sus salmos de guerra durante las cruzadas, es que sin duda se ganará la Cruzada o morirán en el intento.

He matado inocentes. He matado culpables. He perdonado a mi enemigo. He protegido a mi amigo. He marchado a las Cruzadas. He sido torturado por herejes. He sido castigado por los mios y ni siquiera he rechistado. Me han mandado a morir a las arenas de la siempre en guerra Jerusalem. He sido torturado por la Inquisición. Los demonios me han chantajeado con las almas de mis amigos. He marchado sobre Roma para salvar a mi enemigo. He aceptado morir en miles de ocasiones a cambio de salvar a los demás. Me he desvivido para poder devolver la vida a quienes se la merecen y he marchado por siete capas del Infierno por ello. Llevo encerrado al Señor de Legión en mi interior. Y Dios Sabe qué más...

Podéis manchar mi nombre con las mentiras que os susurre el Diablo. Brujería, perversión, intento de asesinato, conspiración...

Pero si ésto es ser cobarde...que baje Dios y lo vea.

Pensándolo mejor, lo descubriré por mi cuenta.
Por supuesto al modo de los Templarios Negros: con mis hermanos y armado con valor.
Mi corazón aún late con la justicia de un Templario, aunque no me encadene su servidumbre.
Hay costumbres que es mejor no perder.
¡Muerte y Gloria!

lunes, 23 de mayo de 2011

Ostium ad Infernum (I)

Dios mío...no puedo creer que aún siga vivo.

¿Dios? ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

Mi nombre es Isaac, y es increíble que aún pueda (y quiera) seguir escribiendo. Si aún quedara algo de fe en mi alma le daría las gracias a Dios de seguir vivo, pero quedaría irónico teniendo en cuenta donde estoy. No voy a perder el tiempo y voy a tomar nota de las observaciones, pensamientos y vivencias que acabo de tener y seguiré teniendo a lo largo de mi viaje por este lugar por el que pocos se han aventurado: los senderos del infierno. Muchos conoceréis a muchos miembros de la Iglesia (o suicidas sin mucha esperanzas) que han dedicado sus vidas en ir recopilando vivencias junto a los Infernos o enfrentándose a prole del Señor de las Moscas; juntando información sobre sus movimientos y comportamientos así como ilustraciones adjuntadas de los Engendros Oníricos (algunas incluso llegué a estudiarlas en las bibliotecas del Negro Temple de Roma AEterna) Fueron documentos que llegué a valorar durante mi vida al servicio de la Madre Iglesia (y fuera de ella, ya que renegué). Porque en el combate, todo conocimiento sobre ti mismo y tu oponente, es fuerza y poder. Como aquellas personas que arriesgaron sus vidas a cambio de inmortalizar experiencias para advertir a los incautos yo intentaré hacer lo mismo (espero que con la misma profesionalidad) sobre algo sobre lo que se ha escrito poco: las 7 capas del Infierno.

¿Mis fuentes? Mi sangre derramada, cansancio, desesperación, sudor y lágrimas propias y las ajenas de mis compañeros. No estoy solo, sino habría enloquecido hace mucho. Nos encontramos allí mismo, en busca de un alma perdida que no debería encontrarse allí. Un buen amigo de la infancia que por circunstancias que ahora no relataré (si salgo de aquí, juro que escribiré mis memorias y adjuntaré este documento) acabó en la séptima capa del Infierno sin comerlo ni beberlo. Realmente no está muerto, pero su alma fue robada por una sierva del Tentador, Meckraelle, a la que espero encontrarme en las entrañas de su macabra mansión. Si supiera que hubiera muerto del todo, incluso su alma... quizás no me arriesgaría a bajar hasta aquí para rescatarle. De todas formas, es una promesa de amistad eterna y verdadera (forjada en una noche de cervezas en una posada, que cosa que ahora esa promesa me haya llevado al Infierno) lo que me mueve a llegar hasta aquí.

Sería extraño considerar esto un diario por los senderos del Infierno, pues aquí no hay noche y día, sino un crepúsculo permanente. No sabemos si han pasado días o solamente horas, pero desde luego, llevamos demasiado tiempo aquí.

Para empezar, la Puerta de los Infiernos son las conocidas Almenaras de Fuego que asolan la faz de la Tierra. Todo ser humano sabe de la existencia de esas torres de fuego que aparecieron en los desastres del Segundo Diluvio. Bailan sobre la Tierra y sobre la humanidad, dejando un rastro infame de tierras marcadas de muerte y pestilencia, normalmente rodeada de la prole del Señor de las Moscas. Como es lógico tuve que saber cómo entrar en los infiernos, pero tuvimos la suerte de que teníamos una gran fuente de información: el capitán y líder Petirrojo Gorke (mi ex-armatura al servicio de los Caballeros Templarios Negros). Por lo visto él ya había estado allí por un motivo similar al mío, sacar a un ser querido de sus hambrientas llamas, su esposa Casandra, cuya historia desconozco en detalles. Por lo visto tuvo un éxito parcial en su búsqueda. Gorke (amigo y siempre superior mío) nos habló de que esas torres de fuego comúnmente conocidas como Infernos eran las entradas que había en la Tierra al inframundo. El aire alrededor de esos tornados de fuego susurran los nombres de los que se acercan, a veces forman rostros cadavéricos que se alargan y deforman dando vueltas sobre sí mismos en eternos aullidos, pero cuando uno intenta atravesarlos...o es abrasado o entra impoluto. Nosotros entramos por el Inferno que danza sobre el Mediterráneo, próximo a las costas de Italia. Lo que comentan marineros que nos llevaron (y llevaron a Gorke en su momento) hasta el Inferno que baila sobre el mar Adriático, es que es el Infierno (o el propio Lucifer) el que considera si tu alma puede entrar o no. Entras o ardes, vives o mueres. Es a lo que uno se arriesga al atravesar los muros candentes.

Atravesamos sus puertas de fuego y para mi sorpresa, todos fuimos aceptados por el infierno, mis compañeros de infortunios: Amelia (ex Templaria, pero aún mi compañera de peligros) Josué, Jesús, Nicholae (los tres Petirrojos) y yo. Entré con una sensación de vértigo y vacío nevado de ceniza y de repente...despierto.

Un desierto helado, desolado e inhóspito. Lo primero que acierto a sentir es una ventisca que arrastra mi nombre.

"Isaac" dicen los vientos alargando mi nombre en un áspero susurro.

Para nada esperaba que el desierto pudiera estar helado. Cogí mis pertrechos y eché mano del abrigo. Mire a mi alrededor...mis compañeros no estaban conmigo.

­­– Maldita sea ¿y ahora qué?

Eché a andar. En el plano terreno se podían divisar estatuas. Hombres que se habían quedado congelados a plena carrera, por la postura de sus cuerpos pero, ¿de qué huían? No se les podía ver bien el rostro, pero sin duda apostaría a que sus expresiones son de agonía. Intento buscar una dirección a la que dirigirme, pero todo el terreno es muy parecido, desértico y congelado. Intento seguir el viento que arrastra mi nombre, pero de repente me doy cuenta de que el viento sopla a su capricho, desde todas direcciones. Decido andar por andar, es mejor que quedarse parado con ese frío y así es posible que me encuentre con alguno de mis compañeros.

Durante la caminata, escucho un crujido. Al principio no le di importancia, pensé que se había partido algo en el hielo. ¿Hielo? Miré al suelo rápidamente para cerciorarme de que seguía intacto. No. El suelo de hielo se estaba agrietando e iba creciendo a la par que aumentaba el crujido. No tuve más remedio que echar a correr con pánico controlado. El suelo por el que voy dejando rastro durante la carrera empieza a desmoronarse, mientras corro, veo unas horribles manos casi etéreas que salen de debajo del hielo violentamente. Intentan apresarme, y algunas las consiguen. Una mano fantasmagórica me agarra el pie, echo mano a la daga de mi bota y me deshago de ella. Sigo corriendo escupiendo vapor por la boca irrefrenablemente. Intento concentrarme en mi respiración, pero esas manos son mas rápidas y están en su terreno. Me aprisionan los brazos, me tiran hacia el suelo, me tumban entre gritos mientras que otras me agarran las piernas. Me empujan hacia el hielo y me aplastan sobre él. De pronto aparece una puerta, de la nada, solo una puerta con su marco. El marco tiene una forma puntiaguda en sus extremos superiores y unas curvas acabadas en puntas. La puerta doble se abre y salen manos etéreas empuñando agujas enormes seguidas de hilos, empiezan a coser sobre mi pecho mientras miro con impotencia como esas agujas entran y salen de mi piel. Empecé a forzar las manos que me ataban como las correas de las camillas que emplea la Inquisición. Gritos de pánico y dolor salieron de mi garganta. Logré zafarme de esas manos heladas, pero ya habían acabado conmigo. Me sangraba todo el pecho, cosida una cruz Templaria, estaba repleta de viñetas de toda una vida...la mía. Cual mosaico de una Iglesia contando su crónica. Arrastré los pies hasta la puerta dejando un rastro de sangre. Abrí la puerta. El paisaje era el mismo desierto helado, que me estaba tocando ya las narices.

- ¡Isaac!

Me giré escupiendo vaho y poniéndome el abrigo de nuevo. Me punzaba cada milímetro del pecho y derramaba cientos de hilillos de sangre. Respirar era una agonía. Josué, Nicholae, Jesús y Amelia se acercaron. Les miré con recelo. Ya habían jugado conmigo los demonios, esos podían no ser perfectamente mis verdaderos compañeros. Me levanté con esfuerzo y un murmullo de dolor, del que se cercioraron.

- ¿Qué pasa?- dijo Nicholae con expresión preocupada.

Josué, el más incauto de los tres petirrojos (los otros dos se podía decir que pensaban fríamente pero aún así eran valientes) me apartó el abrigo y el brazo con el que sujetaba la herida y se apartó como si hubiera abierto la caja de los mil males. Miró la herida con horror y curiosidad a la vez.

- Qué demonios...-maldijo mirando la cruz cosida, que estaba hecha por manos muy diestras, por manos del infierno, nada más y nada menos.

-Estoy bien.- dije poniéndome el abrigo.

-¡Joder!- maldijo, y luego dio cuenta del marco.-¿Y esa puerta?

- Ya la he examinado. No va a ninguna parte...

"Tik tik tik"

-¿Qué demonios es eso? Nunca mejor dicho.- se alarmó Jesús.

-Ese ruido no me gusta nada- aseguró Amelia.

Josué se quitó el rifle del hombro.

-¡Viene de abajo!

Miramos al suelo...se podían ver sombras al otro lado del hielo, pequeñas sombras que avanzaban bajo nuestros pies. El ruido aumentó y se multiplicó...cada vez eran más y solo podíamos mirarlas andar bajo nosotros.

- ¿Qué diantres es eso? Son muchos y caminan bajo nosotros. Apartémonos de este suelo- dije sacando el cordobés temiendo que estuvieran carcomiendo el hielo para que cayésemos.

"Crack"

La parte del hielo que acabábamos de dejar fue rajada. Estábamos en posición y armados. Yo ya apuntaba con el rifle, como mis compañeros, Amelia esperaba con las hachas. Esperábamos un engendro, insectos, bichos carnívoros...lo que fuera. Pero para nada esperábamos lo que apareció bajo ese suelo helado. Una pequeña cabeza calva de bebé, trepó hasta la superficie con la elegancia de una araña, pues tenía ocho patas articuladas afiladas como cuchillas. Nos miró con una mirada vacía y una marca en la frente. El resto de esos bichos caminaban por debajo del hielo. Y entonces...cargaron contra nosotros.

El primero de ellos profirió un chillido agónico y potente, como si de un grito de guerra espeluznante se tratara. A nuestros pies el suelo se resquebrajaba ante los demonios que avanzaban por debajo del hielo. El grupo, respondió al primer chillido y avanzaron con elegancias de unas arañas del infierno. Hicimos una formación de abanico para recibirlos, intentando evitar que nos rodearan. Espadas y rifles en mano, aguardamos a que llegaran hasta nosotros. Los cuchillos oxidados que tenían por patas las cabezas de bebés arañaban y penetraban a veces el suelo. Cuando llegaron hasta nosotros, redujeron la marcha y entonces los pude ver de cerca. Nunca había visto nada parecido: cabezas calvas de bebés que nos miraban con ojos embutidos en una asquerosa película blanca y una marca en la frente; del cuello le salían las articulaciones que se bifurcaban en patas de araña en forma de cuchillas. Un escalofrío que no tenia nada que ver con el gélido lugar me recorrió la espalda, aferré el rifle con mayor fuerza. Entonces, atacaron. Se movían rápidos y se coordinaban como si de un enjambre se tratara. Un de ellos enfiló hacia mí presto a darme muerte, pero antes de llegar al cuerpo a cuerpo abrí fuego sobre la cabeza infantil. El cráneo estalló entre vísceras y gritos eternamente agónicos y avanzaron con violencia. Di un paso atrás y apunté al siguiente, entonces pasó algo que no me esperaba. El que iba justo detrás saltó unos cuantos metros cuchillas en ristres. No lo vi venir y eso casi me cuesta la vida. Cayó desde el cielo y con fuerza (¿o más bien con facilidad?) atravesó mi carne, justo debajo del hombro izquierdo. No podría describir ese dolor, aunque pasé semanas con él. Me habían atravesado con armas durante toda mi vida militar, pero nada se asemejaba a aquello. Parecía oxidada, y así era, pero cortaba cualquier cosa como si de mantequilla se tratara, incluso el hielo por el que se movía cedía ante esa hoja. Me clavó en el suelo y estuve a escasos centímetros de ese horror de demonio. Me deshice del rifle y a duras penas contuve un grito de dolor. Tenía tan cerca a esa cosa que tuve que separarla de mi con un cabezazo. Mi contrincante reculó con gracia y no tuvo más remedio que sacar su hoja del hielo y después de mi carne. Ahí fue cuando pude darme cuenta de las marcas de sus frentes. Esas cabezas infantes estaban marcadas con el estigma de aquellos que no habían sido bautizados, de aquellos que están fuera de los ojos de Dios. Me incorporé y con ansia acabé con mi adversario a golpe de daga. Muerto mi contrincante, los cuatro nos vimos rodeados de esas cosas cuyos ojos brillaban entre sus cuencas, pero era algo a lo que uno está ya acostumbrado. El combate continuó, ya no era momento de las armas de fuego, si no de las espadas. Uno de los demonios infantiles le trepaba por el cuerpo a Nicholae, que intentaba mantener la calma (toda la calma que se puede tener en un combate así) y deshacerse de esas cuchillas. Amelia reculaba, pero solo maniobraba para que sus enemigos saltaran hacia ella y poder así hacerlos trizas con las hachas. Josué parecía que era el único que se las apañaba junto con Jesús. Ya casi los habíamos reducido y Nicholae se deshizo de la bestia que subía hasta su cabeza, que acabo uniéndose a otros tres que le flanqueaban. Nicholae maldijo para sí mismo, pero se lo puso difícil, por no decir imposible, a sus enemigos. Corrí hasta mi rifle llevándome por delante a uno de los no bautizados de un tajo. Lo recogí a la carrera y me llevé la culata al hombro.

"Mierda, mierda, mierda. Contén la respiración, alinea la culata con la mira, apunta...¡dispara!"

Nicholae se enfrentaba encarnizadamente con otro de ellos, y cuando se le iba a acercar otro por detrás para darle un golpe fatal, cayó de un balazo. Acabó con su contrincante, miró hacia mí, buscando al tirador. Hizo cuenta de la baja enemiga que casi le cuesta la vida y me obsequió con un asentimiento que todos habíamos hecho alguna vez y que decía: "gracias, te debo una"

Pero nos debíamos tanto ya los unos a los otros, que ya solo nos limitábamos a cubrirnos las espaldas.

-Se retiran.- gritó Josué jubiloso.

Era cierto, quedaban pocos y se iban alejando lentamente, sin darnos la espalda hasta introducirse por el agujero de hielo por donde habían salido. Conteníamos la respiración, hasta que se nos escapó en forma de vaho. ¿Y ahora qué? ¿Habíamos pasado alguna especie de prueba? La puerta seguía delante.

-Creo que deberíamos descansar mientras la examinamos.- aconsejó Nicholae mientras se vendaba una herida y me señalaba.-Tú, ven aquí. Te vendaré esa herida.

Sumiso, me acerqué y me senté en el hielo. Mientras me vendaba miraba con ojos ausentes la puerta, mientras tiritaba y la barba se me acumulaba de gotas de nieve.

-El pecho también te lo tengo que vendar, deja de esconderlo.

Me resistí a que me quitaran el abrigo. Allí hacía un frío infernal. Pero acabé accediendo cuando notaba que perdía más sangre de la que me podía permitir.

-Vaya...es como si fuera el mosaico de la vida de alguien en una cruz templaria. Como si contara... ¿tu vida?- comentó más para sí mismo que para mí.

Mi respuesta fue un espasmo de frío. De repente sentía tener un protagonismo que no quería. Me levanté con la manta por encima y arrastré los pies hasta la puerta.

-Descansad y comer.- dije antes de levantarme.

Los petirrojos comieron con disgusto al descubrir que el primer bocado iba a ser más pescado. Masticaron el atún y charlaron entre ellos, parecían más animados que yo, sobre todo Josué.

"Ese muchacho...parece que busca el momento perfecto para demostrar su valía. Es imprudente. Es...¿joven? ¿Acaso yo ya no soy joven? Mierda, estoy sintiendo ya el peso de los años"

Amelia estaba al otro lado de la puerta. Yo abría desde el otro lado, con los ojos entornados por el cansancio y ese estado de...pasividad amargada que a veces me caracterizaba. No pensaba ni en lo que hacía, aquella puerta se abría y me desquiciaba ver el mismo paisaje helado. Probaba desde el otro lado y nada, el mismo panorama.

-A ver, esto tiene que tener alguna solución.- aseguró Amelia sin sentir el mismo frío que a mí me carcomía. Intentaba consolarme por no poder solucionar yo mismo el rompecabezas que se planteaba ante mi...si es que tenía alguna lógica. Me aparté y desenrosqué el tapón de la petaca a escondidas. Ella se acercó y me dio un apretón comprensivo (y doloroso ¡auh!) en el brazo.

-Deberías comer algo.

Sonreí, pero con desgana. Apenas la veía, tenía las pestañas cubierta de nieve.

-Estoy bien.- y le eché un trago a la petaca.

Ella me echó esa mirada de "no me toques las narices que la tenemos".

-Comeré cuando hayamos solucionado lo de la puerta.- respondí salvando la situación.

Arrastré los pies hasta la puerta y volví a abrirla. Nada...lo mismo. Ella se acercó, mirando el marco de la puerta, intentando leer algo. La vi al otro lado de la puerta, ahí en medio de la nada. Y la vi abrirla desde el otro lado. Sus cejas se arquearon.

-¡Hey! ¡Mirad esto!

Di la vuelta al marco en mitad de ese paraje helado y miré al interior de la puerta desde donde ella miraba. Mostraba un paisaje desértico...una ciudad moderna en ruinas, enormes escombros a un lado y un enorme tornado que lo presidía.

-Creo que esta era la solución. Había que abrir la puerta desde los dos lados.

-He aquí la segunda capa del Infierno.- murmuré para mi mismo sombrío.

Josué se acercó ya con todo el equipo.

-¿Y a qué esperamos? - y entró por la puerta.

-Este muchacho...- negó con la cabeza Jesús, Nicholae no dijo nada.

Entramos en la segunda capa. Segunda prueba.

Espero poder acabar este diario, espero porder volver algún día a la superficie... y espero volver a ver a mi hija algún día. Ojalá me perdone por haberla abandonado, aunque sé que está en buenas manos. Pero esto es algo que tengo que hacer...

Mañana seguiré escribiendo...mañana será otro día en el Infierno.

viernes, 6 de mayo de 2011

¿Hasta cuándo piensas aguantar...?

Dios...¿Es que nunca encontraremos el descanso? ¿Es que nuestra aparente victoria solo es un punto y aparte en mi vida?

Pensaba que tras nuestra vuelta de los infiernos, que tras sobrevivir a los delirios de Lucifer ya no volvería a tener nunca pesadillas con el castigo eterno. Pero no parece que haya cambiado mucho...

Mis pesadillas sí han cambiado...pero siguen sin ser tranquilizadoras.

Los lagos de azufre se abrieron ante mis pies, los niños sin bautizar se retiraron entre agonías y movimientos macabros; los coléricos se calmaron para darme paso, los traidores se apartaron sin apuñalarme al pasar por sus lados; la gula apaciguó su ansia y cerró los colmillos babeantes sin querer devorarme; los lujuriosos cesaron su macabra orgía eterna; mis amigos y mis padres no gritaban mi nombre con odio mientras eran desollados por los sádicos verdugos del infierno, ni me culpaban de su sufrimiento...

De repente, mis pesadillas eran diferentes. Me convertí parte de ella. Todos ellos, demonios, condenados, cadenas y fuego abrasador, se abrieron como un mar rojo de sangre mostrándome el camino yermo y poblado de crucificados que ansiaban la bendición de una muerte que nunca llegaba. Ese camino conducía al interior de mi alma.

Allí, en el centro de todo y de nada, me hallaba solo en un espacio vacío. Desnudo, insignificante, con la cruz de mi antigua orden cosida al pecho, desangrando mis vivencias por las costuras y derramadas sobre la piel. En esa negrura me veía encadenado. Encadenado por las dudas, el miedo, la confusión, la pérdida, la muerte y el dolor. Eran cadenas que ya conocía, pero había otras dos cadenas que me apresaban dolorosamente las muñecas. Eran dos brazos enormes, caóticos, aparentemente piedra y uñas oxidadas, tan viejo como la tierra y tan astuto como un demonio. Su rostro sádico sonreía detrás de mi y me apresaba dolorosamente. Él había despertado hace poco, pero lo confiné en el fondo de mi alma...de momento. ¿Cuánto iba a poder durar aquello?
A mis espaldas, Azael seguía apresándome con agonía y ansia. Su rostro parecía disfrutar de todo, incluso de lo malo. Atravesó el espacio de mi alma, el alma que quería conquistar para sí...¿nuestra alma? Me susurraba siseante, como una serpiente tentadora.

-Es cuestión de tiempo que reclame tu alma, pequeño mortal- comenzó a decir el demonio conteniendo un gorgoteo gutural que se suponía que era una risa cavernosa- Pero tu carcasa mortal puede comérsela Cerberus...para otra cosa no sirve- concluyó divertido por su idea.


-Te mantuve a raya una vez, puedo volver a hacerlo- contestaba yo impasible y cabizbajo, dejándome sujetar por sus cadenas débilmente


-Oh, cierto. Una vez fuiste un estúpido por salvarle la vida a un ser que entregó a tu hija a tus enemigos. Una vez, fuiste un estúpido al perdonar a los seres que te trataron con asco y desdén por simplemente ser mortal. Una vez, fuiste un estúpido por no odiarlos y matarlos cuando sus cuellos estuvieron bajo tu espada. Una vez fuiste estúpido...y por eso sigues siendo un mortal.


-Sea fe o estupidez, te mantuve a raya.


-¿Fe o estupidez?- rió oscuramente Azael a mis espaldas, notando su aliento de azufre en mis oídos, yo seguía colgando de sus cadenas penosamente-¿En qué se diferencian?


-No conseguirás nada por ese camino, demonio.


-He vuelto a la vida muchas veces de esta manera, ¿qué te hace pensar que tú eres especial? Además, ya volví a la vida una vez tras tu muerte, por eso estoy aquí. Dime, Isaac ¿piensas vivir eternamente?- preguntó divertido y curioso.


La cadena de la duda me apretó en el cuello. Azael prosiguió.

-Cuando tú mueras, yo volveré a caminar sobre la tierra otra vez. Cuando tú mueras, reclamaré mi trono de cráneos y lideraré a la tercera legión del abismo sobre vuestro mundo. Cuando tus hijos nazcan mi esencia estará en ellos. Hagas lo que hagas, yo siempre estaré contigo, sintiendo lo que sientes, viendo lo que ves, esperando eternamente a un flaqueo tuyo para resquebrajar tu voluntad y arrebatártelo todo. Todo.


-¡Basta!

-Pero puedo ofrecerte mi poder voluntariamente...solo tienes que dejarte llevar por tu rencor más oscuro.


-¡Cállate!- le pedí alzando el rostro, pero no podía verle, seguía sujetándome las muñecas con cadenas, detrás de mí.


-Yo puedo salvar a tu hija de una muerte segura y brutal. Con mi poder podrías ayudar a los oprimidos y a aliviar su sufrimiento. Podríamos vengarnos de los ángeles, esos seres celosos de la humanidad porque creen que ellos son los verdaderos hijos de Dios. Alzaríamos de nuevo a la humanidad que tú tanto admiras. Haría que Duncant no te odiara por mancillar a su hermana mientras él se pudría en el infierno. Haría que tus padres se sintieran orgullosos de ti y no pensar que su hijo es solo un proscrito bandido. Puedo hacer que Amelia no te abandone tras no poder impedir tú la muerte de tu hija...


-¡Olvídame!- comenzaba a tirar de las cadenas, implorando que se callara.


-Has visto que desde que estoy en tu alma despierto, el infierno te obedece, te respeta...y sobre todo, te teme. Si me dejas volver a la vida voluntariamente, si me liberas de tu maldita prisión, podría darte todo ese poder y más.

-Mientes...

-No me costaría nada, mortal. Y tengo mucho que ganar. Y tú nada que perder.

-Puedo perderlo absolutamente todo.

-Lo que tú posees es algo insignificante comparado al poder de un demonio. Todo es más grande de lo que crees. ¿No sientes miedo al saber que para el universo no eres más que una diminuta partícula de un ácaro? Incluso podemos llegar a creer que a aquél a quién llamamos Dios no es más que una fuerza inferior a otra mayor...que ni soñaríamos a imaginar. Tan presente y tan oculta a la vez. Alguien que decide por todos nosotros.

-Yo puedo elegir.

-Claro que puedes elegir...ese fue el maldito regalo que os dio Dios. El libre albedrío. Pero Isaac, piensa en lo que te ofrezco. Te ofrezco poder y la solución a todos tus problemas de forma voluntaria. No deberías pensar en mí como tu enemigo, sino en alguien que fue un incomprendido como tú hace miles de años y que quiere cambiar las cosas.

-Los demonios traicionasteis una vez...los traidores vuelven a caer en su pecado siempre.

-¿Y acaso tú no traicionaste a tu Orden? ¿No eras acaso un Templario antes, y por no compartir las maneras e ideas desertaste para cambiar el mundo? Isaac, conocer las cosas tal y como son y cambiar de opinión no es traicionar ¡Es abrir los ojos a la verdad! No somos tan diferentes tú y yo, Isaac. ¿Cómo crees que se forman los grandes demonios? ¿Cómo crees que se llega a ser dios? Cualquiera puede llegar a serlo si sabe jugar sus cartas, ¿crees que Dios siempre fue Todopoderoso? Él empezó desde abajo y con sus intrigas se hizo con el cosmos. Tú has dado los primeros pasos y puedes continuarlos hasta el final...o querer seguir siendo un estúpido mortal por estúpida ignorancia.

-Yo...yo...-dudé, aquello fue tentador, lo que se me ofrecía era la posibilidad de cambiar el mundo a mejor...¿pero acaso no todos los que caen lo hacen por eso, y al final lo que hacen es más daño?- Aparta este cáliz de corrupción de mí, demonio.

Sus dientes, que eran todo colmillos se afilaron y abrió la boca como un tiburón.

-¡Maldito mortal, te estoy ofreciendo la posibilidad de poder convertirte en el mismo Dios!

-Uno no entiende lo que es eso si no se ha sacrificado, si no ha luchado por los demás, si no ha renunciado a su pan de cada día para dar de comer a los hambrientos. No has comprendido nada, Azael...el infierno me demostró que la divinidad no son las potestades que poseéis, sino tener el valor de saber perdonar y de sacrificarte por los demás. Tú buscaste el camino fácil, el de la traición, y simplemente creaste más dolor.

-¿El camino fácil, mortal?- contestó furioso- ¡¿Crees que fue fácil que Aza y yo discutiéramos con 
Dios en el principio de vuestros tiempos?! ¡¿Crees que fue fácil nuestra caída y encierro en las Montañas de la Oscuridad?! ¡¿Fue fácil acaso estar encadenado todo este tiempo, intentando volver a ser libre del todo una y otra vez?! ¿Es ese el maldito perdón que promueves? Pues que sepas que Dios no está dispuesto a perdonar como tú. Estoy harto de ser libre de forma parcial. Durante mis pequeñas libertades enseñé a las mujeres maquillarse, a ocultar su naturalidad, hasta me reproduje con tu especie con la esperanza de dejar una pizca de mi esencia. Quiero sacar todo mi poder, como antaño, bajo el mando supremo de aquél que nos hizo abrir los ojos, de Lucifer, iluminado por la naturaleza del Adversario. Quiero volver a ver la luz y gobernar lo que nos pertenece por derecho...¿o acaso Terra no era un regalo de Dios? Quiero dejar de estar encadenado sobre mi trono puntiagudo, en ese desierto oscuro esperando el Juicio Final.-acercó su rostro a mi oído y siseó espeluznante-. Tú eres el último obstáculo que me queda para unirme al Gran Juicio Final.

-Entonces seré el obstáculo más difícil que tengas- le aseguré al contemplar levemente sus verdaderas intenciones.

Azael, furioso, alzó su mano para golpearme con sus garras de piedra...pero se contuvo. Aunque él me encadenara a mi, el alma me seguía perteneciendo. Lo único que podía hacer allí era tentarme. 

Nada más.

-Como desees, mortal. Pero acuérdate de mí cuando llegue todas las cosas malas que te he vaticinado. Y entonces te arrepentirás y desearás morir...y ten por seguro que yo estaré allí.

¿Acaso ese es el sentido de mi vida? ¿Acaso mi vida solo iba a servir para volver a revivir a un gran demonio?

En cualquier caso, pienso ser el guardián que impida su vuelta al mundo. Pero...¿qué más puede un hombre hacer?


Malditas pesadillas...


"¿Hasta cuándo piensas aguantar...¿Isaac?"

martes, 7 de diciembre de 2010

Un final, un nuevo comienzo.

Allí estaba. Con esa mirada de siempre que nunca lograré descifrar su significado. Como si rebosara alegría, pero a la vez la contuviera, esa expresión tan infantil, como si fingiera que estaba enfadada...y eso era, solo un fingir. Andó sobre la fina hierba tímidamente, con los hombros encogidos. Se acercó sin hacer ruido, casi con vergüenza. La pequeña me miró desde abajo, desde su mundo. La miré...y no pude contener una sonrisa. El corazón me latía con celeridad. ¿Cuántas veces había soñado con esto? ¿Cuántas veces había deseado volver? Aunque lo supiera, no serían las suficientes.


¿Quién me iba a decir que la iba a querer como si fuera mi propia hija?

-Ya estoy de vuelta, Lois.- le aseguré poniéndole una mano en su cabeza.

Ella me estampó un abrazo a traición, como siempre, sin avisar. Contuve el dolor de las heridas y dejé caer las espadas para recibir el abrazo. Lois restregó su rostro en mí, negando.

-No volváis a iros nunca más, ni mamá ni tú.- fué lo único que acerté a oir. De repente, apartó su cara para mirarme seriamente, como si temiera alguna mala noticia.- ¿Y mamá?

-Está en el carro.- le di un golpecito en la espalda para animarla a acercarse a saludar. Ella echó a correr.

Galadriel había echado a correr hace un buen rato hacia las tiendas del campamento. Me pareció verla entrar en la tienda de Gorke.

Los petirrojos saludaban a los recién llegados. Me fijé en la figura encapuchada de Kanpekiel, que hablaba con un tono extraño.

-Mi nombre es Alejandro...-estaba explicándole a todos.

"Ni muerto te vas a librar..."

Me acerqué y con violencia le eché atrás la capucha. Su rostro quedó al descubierto y a los petirrojos se les cambió la cara al reconocerlo. Nunca había leído tanto odio en tanta gente junta y armada. Tampoco oí tantas armas de fuego cargarse a la vez tan rápido. Uno de ellos se acercó mascando algo.

-¿Tú no eras el pollo que entregó a la cría?- preguntó amenazante. El resto asintió con la cabeza, crujiendo nudillos.

-Todo vuestro.- dije para salir de la escenca y seguir mi camino.-Supongo que tendré que informar al superior.- fuí cojeando hasta la tienda. Suspiré antes de entrar.



Aparté la lona y entré en la tienda. Gorke estaba en un enorme escritorio lleno de mapas, hojas, tinta y alguna pluma. A su lado en el suelo, estaba Galadriel histérica al lado de Noxel, que estaba en el suelo, inconsciente.

-Déjalo Galadriel, aún le quedará un rato para despertar...he tenido que sacudirle bien para que no se escapara.- le aseguró Gorke sin apartar la vista de los documentos que tenía en la mesa. La urielita no cejó en su empeño y seguía llamando al inconsciente.

-Ehh...-comencé a decir, no sabía lo que había pasado pero me lo imaginaba. Hice el saludo militar profano, mano a la frente y pies juntos.- Se presenta el soldado Isaac, señor.

Gorke levantó la mirada y se levantó con una sonrisa bajo el mostacho. Me tendió el brazo y nos saludamos de forma fraternal. Estrechando el brazo, no la mano.

-Por fin alguien que se presenta como se debe.- dijo él contento echando una mirada a Galadriel

-Ya es dificil perder la costumbre.

-¿Cuántos habéis vuelto?- preguntó más serio

-Todos.

-Todos y...

-Y más... de los previstos.

-¿Qué? ¿Cuántos?-preguntó un poco incrédulo.

-Tres más.

-Vaya...-dijo tras una larga pausa-.Eres bueno, chico. Vayamos a verlos.-dijo saliendo, me apresuré para alcanzarle.

-Bueno...hay algo más que tendría que decirle...



Pero no hizo falta. Gorke ya había visto a Kanpekiel. Aunque sin alas...seguía teniendo la misma apariencia. Se acercó a él, dejando poco espacio. Gorke se mantuvo ergido, inamovible.


-Donde está mi rifle.- murmuró sin quitarle los ojos de encima al traidor.

-Aquí señor.-le alcancé el arma.

Metió una bala en la recámara y se acercó. Los soldados curiosos abrieron paso a su lider, escoltandole hasta Kanpekiel.

-Dime por qué has vuelto y por qué demonios no debería matarte.

El caído, ahora mortal, agachó la cabeza, pero no la vista.

"No está arrepentido, pero...¿nos respeta?"

-Solo...quiero redimirme.- fue lo único que dijo para defenderse.

-Quiero que mañana estés fuera de este campamento. Puedes quedarte esta noche, no más. Es una oferta muy generosa. Si mañana sigues aquí, les diré a mis chicos que tiren a matar. ¿Me he explicado?

Parecía que Kanpekiel esperaba algo más de comprensión o perdón. Es cierto que le salvé la vida en el Infierno, pero aunque nuestras intenciones no sean malas...no quiere decir que seamos unos santos.

-Sí.-dijo el ex-miquelita tras una larga pausa.

-Muy bien.

El líder petirrojo pasó de largo sin mirarlo siquiera y se dirigió al carro, con los supervivientes que aún descansaban en él. La muchedumbre se despejó y Kanpekiel se quedó de pie mirándo su entorno mientras volvía a ponerse la capucha. Lois volvió de las carretas y se agarró a mis ropas. Galadriel había salido para ver lo que pasaba. Me agaché para hablarle a la pequeña.

-Lois, ven conmigo.- le tendí la mano, que apretó tiernamente.

La llevé de la mano un rato por el claro. La solté para acercarme a la figura encapuchada de Kanpekiel, lo cogí de la nuca y violentamente lo empujé hasta la niña. Le pateé la articulación de la pierna para ponerlo de rodillas delante de ella y entonces...mostré su rostro ante sus ojos.

"Espero que me perdones, Lois"

La mirada del caído y de la niña se cruzaron. Él la miraba desde el suelo y ella desde arriba. Lois abrió los ojos con pánico, como si hubiese descubierto el monstruo de debajo de la cama existía en realidad y no una pesadilla que se guarda en el fondo de un baúl. Y en parte, así era, nadie le había causado tanto daño, y ella había sufrido mucho en su vida. Lois retrocedió lentamente sin dar la espalda, pero Galadriel estaba detrás y la tomó dulcemente de los hombros para que no escapara. Ella también creía que debía enfrentarse a su demonio.

Tomé de los pelos a Kanpekiel, que se dejó hacer, sumiso. Le alcé la cabeza, llevando su oído hasta mis labios.

-¿No querías redimirte? Pues esta es tu oportunidad.- le bajé su cabeza, quecasi se hunde bajo los pies de la niña.

-Yo...yo...no sé que decir.

-Empieza con sentir todo el daño que le has hecho.- miré a Lois y le hice un gesto con la cabeza, para tranquilizarla, pero seguía inquieta.

-Lo siento...

Volví a alzarle la cabeza y a amenazarle al oído.

-Tendrás que esmerarte un poco más. -le obligué a que mirara a Lois aún de rodillas.

"Suplíca maldito. Suplica perdón a la niña indefensa a la que dañaste...por la que casi perdemos la vida todos"

-¡Lo siento! Yo...yo...yo no sabía que aquello iba a suceder así, no sabía que sufrirías. No sé cómo pedir perdón. Lo siento.

Lois seguí recelosa con las manos de Galadriel apoyadas en sus hombros detrás de ella. Miró a Galadriel, que y con la mirada le dió a entender que se iba a soltar. Se acercó al ex-miquelita, aún arrodillo frente a ella.

-Te perdono-respondió con la boca pequeña.- Pero no perdono el daño que le has hecho a mi papá y a mi mamá.

Dicho esto, se fué corriendo y nadie se lo impidió. Levanté al preso cogido del pelo y lo empujé.

-Ya puedes largarte.

Galadriel se quedó de pie, con las alas un poco inquietas. Me miraba un poco triste. Era normal, ¿cómo había acabado todo así? Hace tanto tiempo de cuando nos conocimos...apenas yo me reconozco. Ni siquiera en el reflejo me identifico. Los años no pasan en vano y el sufrimiento es expereciencia.

Sentía que había vivido tanto en tan poco tiempo... También sentía que en mi vida se empezaba a escribir mi final. Presentí que vivía el principio de un final incierto...un final en el que se había empezado a derramar tinta.

Le devolví la mirada a Galadriel. Fue una mirada cansada y triste.

-Tenía que hacerlo.- me disculpé.

-Lo entiendo.- dijo el engel asintiendo con la cabeza.

-Perdóname.- eché a andar a la caravana de carros.

Allí estaban todos los que habíamos traído del mismísimo Infierno. Dormían aparentemente y no sé cómo podían hacerlo...llevaban durmiendo en el purgatorio tanto tiempo...

Miré el rostro de mis padres, descansando apaciblementes. Mis padres, perdidos allá tanto tiempo.

"¿Se acordarán de mí? ¿Me reconocerán? ¿Tendrán historias de mi infancia para contarme? ¿O todo fue sufrimiento?"

De repente sentí una duda dolorosa en el pecho.

"Se...¿se sentirán orgullosos de mí?"

De repente, la figura del Pater Brahms abrió los ojos. Estoy seguro que me vió, pero no dijo nada. Yo, con una punzada en el estómago, me fuí de la escena rápidamente, temeroso. Rechazando aquél encuentro que tanto ansié en toda mi vida.

Un soldado atendió al recién levantado. Pero éste no quería atenciones, solo respuestas.

-¿Quién es ese hombre...?- preguntó al guardia que le asistía.

-Eh... no le he visto, señor. No lo sé.

-Es extraño, juraría que...

Escuché el familiar sonido de mis p isadas por la hierba, alejándose.

"Por favor, sentíos orgullosos de mí"

lunes, 16 de agosto de 2010

A las puertas del Infierno.

El vaivén del barco cesó. Ahora sentía cómo ya no era balanceado por las manos espumosas del mar, sino que todo estaba prácticamente en calma...demasiado en calma. Las sirenas, de rostros absorvidos y cadavéricos nos observaron desde las rocas, abriéndonos paso casi a regañadientes, contenidas. Las olas de la anterior tormenta nos habían hecho avanzar camino incluso unas jornadas.

"Alguien se impacienta"

Era la hora de prepararse.

Espada, dagas, botas, armadura, brazales, cordobés, desintegrador...¿raciones?

Un golpe seco escucho delante mía.

- Las raciones -dice Amelia haciendo revista de la comida- Catorce jornadas de comida: pescado, pescado, pescado, pescado, pescado, pescado...hey, el domingo tenemos carne.

- ¿El día del Señor?-respondí irónico, ella siguió inspeccionando la comida, más bien el pescado.

- Casi mejor no saber lo que vamos a comer.- se tapó la nariz y cerró la bolsa de las provisiones.

-Bueno, vamos a comer allí abajo, que ya es algo.

Silencio.

-Amelia...¿Quién va a estar al mando?

-¿Al mando? Pues no sé, teoricamente lo llevas tú.

-Teóricamente...entonces, ¿deberías acatar mis órdenes?

-Teóricamente.- señaló con énfasis arqueando una ceja, oliéndose mis intenciones.

-Vale...entonces...-comencé mientras intentaba aclarar mis ideas, ella acercó su rostro al mío.

-No pienso quedarme en el barco. Voy a ir contigo.

Asentí con la cabeza apesadumbrado.

-No vamos a morir allí abajo, Isaac. ¿Sabes por qué? Porque tienes una promesa que cumplir, porque nos casaremos. Vamos a sacarlo de allí...

-Lo sacaremos a patadas.

-Sí...me gusta esa idea.-dijo animada aparentemente.

Suspiré, me miré las manos.

-Ni siquiera tenemos anillos.

-No.

-Pero...no los necesitamos.



Después de un largo silencio, titubeos y dudas, la besé. Y cuando lo hice salí con los pertrechos a la cubierta, con paso ligero y sin mirar atrás. Mientras subía la escalera la escuché gritandome desde el interior del camarote.

-¡Isaac! ¡¿Acaso me tienes más miedo que al propio Infierno?!



"Pues casi casi" pensé mientras se me dibujaba una sonrisa, pero no abrí la boca.

Arriba me esperaba el capitán, estaban mis compañeros en posición de descanso, armados hasta los dientes. Me despedí del capitán, había sido un honor ser su huesped en su barco, aunque no le dije nada, solo le di las gracias y nos estrechamos el brazo con el signo de hermandad que caracterizaba a los que luchan junto a los petirrojos. El bote estaba preparado,.

-¡Bajad el bote!

Las cuerdas de los cabos se soltaron suavemente y cuando menos lo esperé, se depositó en el mar.

-Este es el momento de rajaros.- dije lo bastante alto para que me escucharon todos, de repente alguien bajó de entre las cuerdas, con destreza, cayendo en el bote, Nicholae.
-Pues hazlo tú.- dijo con una sonrisa.

"Que luego no digan que no les di la oportunidad. Que así sea."
-En marcha.
-¡Cortad las cuerdas!-gritaron de arriba.

El bote se soltó y quedó al merced del mar. O más bien del remolino que formaban las aguas alrededor del Inferno, el mar danzaba alrededor de la enorme columna de fuego como una adoración y un suplicio. Solo tuvimos que dejarnos llevar. El bote comenzó a ir lento, hasta quedarse delante de la columna de fuego, era cuestión de tiempo que nos absorviera, así que había que comenzar la prueba. Quiénes de nosotros iba a ser aceptado por el infierno y quién arderá en él. Nos pusimos de pie frente a la columna mientras girábamos sobre ella mientras nos azotaba un viento agresivo candente.
-Es la hora.-dije cerrando los ojos, enfrentandome al aliento del fuego.

"Es el momento, Infierno...¡Acepta mi alma, no puedes rechazarla, Señor de las Moscas, es mi destino, es una promesa lo que te ata a que me abras tus puertas!"

Introduje mi mano en la pared de fuego. Ningún dolor.

-¿A qué esperamos?- dijo Josué saltando de cabeza al interior.
"¡Idiota, no sabemos si nos acepta a todos!"
-Insensato.- mascullé entre dientes saltando detrás de él.

El resto cayeron después. Entramos en una ventolera de ceniza....


Acabábamos de cruzar las puertas del Infierno.

jueves, 15 de julio de 2010

¡Casémonos!

Allí estaba, hablando con Josué. Mantenían una agradable charla y yo me había unido sin pedir permiso en la conversación, aunque no participara. Risas. Se hace el silencio. Josué me mira a los ojos y comprende algo que ni siquiera tenia intención de transmitir.
- Eh, bueno, creo que os dejo solos.- dijo mientras me lanzaba un mirada de apoyo que no sabría definir.
- Gracias...-dije en un susurro tan débil que casi se hubiera hecho pasar por pensamiento.
Amelia se sentó en la hierba del campamento y me miro expectante. Me senté a su lado y la miré. Parecía tan cansada...tan triste.
"Argg, mierda. Ya me vale"
-¿Estás preparada para cuando nos marchemos?- solté de pronto para acabar con mi silencio.
"¿No se te ocurre otro tema de conversación, Isaac?"
- Sí. Lo tengo todo preparado - dice ella intentando restarle importancia a lo quemada que estaba de todo con una sonrisa.
- Me refería a psicológicamente también.
- Que se preparen ellos.- dijo riendo casi sin ganas.

"Una respuesta típica de ella. No has cambiado nada en estos 13 años. Bueno, quizá algo sí"
- Aún tengo que cumplir una promesa...-dije para mi mismo elevando cada vez más el tono- Te prometí, el día antes que íbamos a asaltar Roma que...esta noche...que...- empecé a ponerme nervioso y comenzaron a trabarse mis palabras.
- Iba a ser especial. -terminó ella dando cuenta de que lo recordaba.
- Sí...y no hago más que hablar de ángeles, de demonios, de los infiernos...de estar de aquí y allá haciendo planes...
- Pues sí. - dijo riendo intentando restarle importancia.
- Lo siento.
"Solo quiero que esto salga bien...No quiero que todo acabe allí abajo. Será la última vez que todos estemos juntos. No quiero morir. No quiero que muera. Tengo tantas cosas por vivir. Y yo quiero...yo quiero... Espera, esta noche aún puede ser especial"
De repente comencé a hacer lista de todo lo que había vivido.
- Amelia, ¿Cuántos años han pasado desde que nos conocimos?
- No sé, muchos. ¿Diez?- dijo con un bufido sacudiendo la mano haciendo ademán de ser muchos.
- Yo te lo diré...trece años. En los trece años que nos conocemos hemos pasado de todo juntos siempre bajo la Orden. Nos enseñaron a movernos, a luchar, a defendernos entre nosotros y a atacar...
"Pero nadie me enseñó lo que tú me has demostrado"
- Pero nadie nos enseñó lo que era amar.- concluí.
- Bueno, ¿para qué iban a enseñarnos eso? Nadie puede enseñar lo que es amar.
- Pues...tú lo hiciste.
"A mi me enseñaste, aunque no sepa expresarlo, joder"
Ella no pudo reprimir esta vez una sonrisa sincera, era la primera sincera que me había mostrado en toda la conversación. Empecé a arrancar hierba y a mirar en el suelo de forma inconsciente.
"Arggg, mierda mierda mierda. Tengo tantas cosas que hacer antes de morir allí abajo, tantas cosas y solo una noche...esta noche que te prometí, Amelia."
-Arg...-empecé a arrancar más hierba, más rápido y de forma más retorcida.
"¡Dilo!"
-¡Casémonos!
Silencio. Ella dejó de mirar hacia el campamento y ladeó su cabeza con los ojos abiertos como platos. Reprimió una risita de la sorpresa y se le atragantó. Acercó su rostro.
- ¿Cómo?
- ¡Casemonos! ¡Ahora!
- ¿Ahora? -preguntó divertida y sorprendida a la vez.
- Eh... sí, bueno... no importa. No debía haber dicho nada.- me levanté- Jeje, solo fue una estupidez, olvidalo, jeje...-le di la espalda y eché a andar.
Una mano sujetó la mía, me paró y me hizo girarme. Me quedé frente a ella. Parecía un poquito más seria ahora. Me esgrimió un dedo índice de aclaración.
- Isaac, sí, me casaré contigo...pero no ahora. Solo hay una boda para toda la vida, y...no quiero que sea en una noche improvisada. No quiero casarme y...quedarme viuda. Quiero que sea cuando volvamos para prometer así que volverás. Así volveremos para cumplir nuestra palabra.

Se acercó a mi. No dejó ningún espacio vital entre nosotros. Yo no sabía ni a dónde conducir la mirada. Ella lanzó su brazo a mi pierna derecha y por un momento creí que me iba a hacer una llave. Me dobló de cintura para abajo hacia atrás, en una especie de paso de tango en el que ella adoptaba la posición del hombre. Me besó. Cuando abrimos los ojos (y cuando notaba que me llegaba toda la sangre al cerebro de la postura) me soltó bruscamente y caí de espalda en la hierba. Me quedé tumbado escuchando sus pasos sobre la hierba alejarse . Sonreí al cielo y a las constelaciones que me miraban cómplices.

"¿Estoy...prometido?"

martes, 8 de junio de 2010

¿Mamá?

Realmente extraño. Por mucho que me dijeran de niño que te olvidara, que eras una asesina y una hereje, que tu único lugar es el infierno y que solo adorabas al Señor de las Moscas, nunca pude borrarte. Aunque te apartaron a una edad muy temprana para mí y te quemaron como a una bruja, te recuerdo como simplemente como una madre que protegía al fruto de su vientre. Y aunque creí todas esas cosas malas que dijeron de tí, mamá, el tiempo y la experiencia han luchado a tu favor y te recuerdo tal y como eras. Por mucho tiempo que haya pasado aún sigo descubriendo cosas que hicistes por mí. Gorke me habló de alguno de los secretos de la Iglesia, ¿sabes, mamá? Sí, esa Iglesia a la que no me querías entregar, incluso manchándote las manos de sangre para conseguirlo. ¿Sabes lo que me dijo, mamá? Habló sobre unos jinetes oscuros, los que conocemos como jinetes siniestros. Aquellos jinetes que marcaron nuestra persecución eterna, cuando llegaron a nuestro hogar e intentaron arrancarme de tus brazos. Yo pensaba que lo que querían era darme un glorioso trabajo al servicio de Dios y de su Iglesia...¿pero sabes que es lo que querían? Creo que tu siempre lo supiste, que sospechabas. Querían convertirme en lo que no era, querían divinizarme sin saber siquiera lo que significaba ser mortal, querían despojarme de mi vida terrenal. Creo que ya sabes de lo que hablo mamá...Gorke me habló sobre el Proyecto Engel. Toda mi vida engañado sobre ellos y sobre tí. Aunque esté separado en el tiempo de tí, mamá, cada día averiguo cosas que ayudan a completar este puzle de engaños y mentiras. Cada día comprendo lo mucho que me querías, que el hecho de que no siguieses a la Iglesia no te convertía en inhumana...cada día te conozco más aunque no sepa donde te encuentras, aunque antes de ser quemada me dijiste que estarías en mayor gloria siendo parte de mí, tu hijo, y de mis hechos, que en un Cielo con un Dios que solo te hizo sufrir. ¿Qué habría pasado si hubieras sido tan ciega como yo? Quizás ahora sería como ellos, tendría alas y todas las potestades que me otorgase Dios, con la que podría solucionar mi vida y tú estarías viva aunque no existirías en mi recuerdo. Pero he comprendido muchas cosas. Es cierto que los miré desde abajo, que me arrodillé ante ellos sintiéndome insignificante. Me trataron como un peón y yo avancé según sus órdenes con la cabeza gacha. Algunos me trataron símplemente de "humano" y yo me avergonzaba de serlo. Siempre he sentido la impotencia de no poder hacer tener ningún poder ante esta batalla de titanes...pero todo lo que estoy averiguando sobre tí de forma indirecta me están corrigiendo de mi error. Porque...ahora estoy orgulloso de ser humano. ¿Sabes, mamá? Estoy orgulloso de que nosotros podamos permanecer unidos más allá de nuestras diferencias, de que seamos naturales, de que los lazos que nos unen son superiores a la fe de esos semidioses, de repente ya no siento lástima de nosotros, sino que compadezco a esos ciegos ángeles que no saben ni por lo que luchan. Claro que luchan por nosotros, pero si les despojáramos de sus potestades...¿seguirían luchando por nosotros? ¿O huirían? El mortal ahora me parece digno de gloria, por su amistad, porque cuando somos leales entre amigos, no pueden con nosotros, por su capacidad de aguantar el sufrimiento diario, el esfuerzo, la lucha ciega y desesperada, porque aunque Dios no nos haya dado poderes, nos abrimos paso con nuestras propias manos, con nuestro propio fuego, porque realmente somos los que sufrimos por ser meros mortales, porque cuando marchamos a la batalla, sabemos que solo contamos con nuestro valor y nuestro miedo y no con poderes divinos. Porque cuando marchamos a batalla no esperamos que Dios nos salve. ¿Acaso el ser humano no tiene nada de divino? ¿Ni siquiera una pizca de Dios?

No me entregaron a la Iglesia, no me convirtieron en ángel, no les dejaste. Siempre me he sentido humillado de ser un simple mortal. Pero ahora comprendo que me diste un gran regalo, mamá. Perdóname que te haya comprendido tan tarde. Gracias por regalarme el don de ser como soy.

Estoy orgulloso de ser humano. Así lo sentías y así lo quisiste ¿verdad, mamá?

domingo, 2 de mayo de 2010

Otras vidas que se apagan.

No sé cómo lo hago...que siempre acabo mirando el fuego con la mirada perdida. Los cuerpos de unos compañeros a los que me gustaría haber conocido se consumen en sus tumbas de fuego, al pie de los estandartes de los petirrojos, envueltos en llamas. Se han marchado todos, Gorke sigue allí, de pie, piernas separadas y manos hacia la espalda, en clara posición de descanso militar ante sus hombres. Aunque muertos, esos muchachos seguían siendo sus hombres.
¿Por qué fuimos a Roma? Yo tengo claro por qué fuí. Mentiría si dijera que mi prioridad para evitar que mataran al papa fuera mantener el orden en la humanidad. No...todo esto fue por odio hacia el cardenal Frederik y el traidor Kanpekiel. ¿Por qué iba a dejar que me humillaran otra vez? ¿Acaso no es eso lo que dice la última frase del grabado de mi espalda? No nos humillareis nunca más.


¿Nunca más...?


Estoy harto de que me golpeen, y comienzo a temer el día en el que no llegue a levantarme y poner la otra mejilla.

Quedas vengada, Lois...

"No...no te mientas a ti mismo. Ella no quería ser vengada, ella no quería esto para nosotros ni para nadie. Te has vengado a tí mismo. Otra vez pensando en ti, siempre haciendo parecer que lo haces por los demás. Hoy ha muerto gente, por tu culpa, porque quisieron seguirte."

Estos pensamientos son míos, pero suenan con la voz de Meckraelle. Si no fuera por el hecho de que no puede entrar en mi mente ya, diría que es ella.


Pero esto sigue sin cuadrar. ¿Por qué Meckraelle sigue apareciendo en mi vida? O como ha dicho ella: ¿Por qué no dejo de meterme en sus asuntos?
¿Soy yo el que les estropea los asuntos a los demonios? No lo creo. Se enfada, indignada conmigo, dice que les incordio...¿Por qué? Nunca les he ganado ninguna partida, ni verbal ni física.
Si Meckraelle era la encargada de acabar con el Papa, es posible que el Cardenal sea un demonio. Entonces...los que vieron como se iba a desarrollar la guerra entre cielo e infierno, ¿era el bando demoníaco? ¿Todo lo que sufrimos para nada...?
Lo peor de todo, es que parece, o no se le nota la barriga de embarazada, o ya ha dado a luz los hijos de Miguel.

Y lo más importante...¿Por qué no me ha matado?¿Qué ha actuado a mi favor? ¿Qué es lo que me ha protegido de ella y de su infierno?

Estoy seguro de que ha sido algo...o alguien, pero más seguro estoy de que no ha sido Dios.

Alguien me abraza por la espalda y apoya su mentón en mi hombro derecho. No veo quién es, pero no se me ocurre otra que sea Amelia. Es ella.

- Hola... - me saludó suavemente al oído.
- ¿Qué tal?- le pregunté abatido.
- Contigo.
- Hasta la próxima.
- ¿Hasta la próxima?- dijo divertida.
- Hasta la próxima. - volví a responder pensando en el infierno.
Miramos el fuego, ella movía inquieta su cabeza en mi hombro. Giraba el cuello para mirarme de perfil.
- Tú puedes. -dijo.
- ¿Yo puedo?
- ¡Claro!
- ¿El qué? - pregunté intrigado.
- ¡Esto! -echó un dedo a la comisura de mis labios y lo ensanchó haciendo la mueca de una media sonrisa, cuando soltó mis labios se quedaron como los dejó, sonriendo. -¿Ves, no es tan dificil? Puedes hacerlo, por muy sieso que seas, Isaac.
Seguí sonriendo, con la mirada perdida en el fuego del funeral.
- ¿Los conocías?
- Solo a uno.
- ¿Quien era?
- Se llamaba Mikail. Era italiano, estaba como un cencerro.
- Bueno, todos los que estamos aquí estamos igual.
- No, pero lo suyo fue más allá. A la hora de abrir la brecha, se quedó para asegurarse de que la mecha de los explosivos prendía.
- ...Bueno, un poco loco sí que estaba.
- Sí. Pero lo hizo por nosotros.
- De eso no me cabe duda.

Silencio. Miré a Gorke, seguía unos metros más allá. No parecía haberse fijado en nuestra presencia, seguía serio frente las llamas. No se iría hasta que se consumieran. Intenté sentir la respiración de Amelia, parecía encontrarse bien.

- Has cumplido tu promesa.
- ¿Cuál? -me dijo un poco sorprendida, que no sabía si era que se había olvidado o que quería que yo me acordase de mi parte del trato.
- Has vuelto sana y salva.
- ¡Pues claro! Lo que falta es que cumplas tu parte ahora.

Recordé el momento en el que le dije que si volvíamos sanos y salvos de esta misión suicida, ella y yo tendríamos una noche para nosotros, lejos de ángeles, de demonios, de la Iglesia, del cielo y del infierno. Solo nosotros. Le dije eso por ella (aunque también por mí), que había sufrido a mi costa todo este tiempo agotada de conspiraciones, mentiras, muerte y dolor. Pero claro, para que llegara esa noche tenía que llegar sana y salva.

- Mañana... Será nuestro día. Celebraremos lo que haya que celebrar. Si es que hay algo.
- ¡Claro que sí!
- ¿El qué?
- Celebremos que estamos vivos, a lo mejor no podemos hacerlo cuando vayamos al infierno a por Duncant.
- Me parece una buena idea.- volví a sonreir, ella movía su cabeza inquieta en mi hombro.
- Isaac, ¿puedo dormir esta noche contigo?
Hice como que lo pensaba, pero lo tenía claro.
- Por supuesto que sí. Esta noche...y siempre.
Creo que sonrió.
- Estaré en la tienda, ¿vienes?
- Me quedaré un rato más. -dije mirando a Gorke.

Gorke se fué cuando se apagaron los últimos restos de sus hombres caídos. Yo me fuí justo después de él. Las vidas de aquellos soldados anónimos que han muerto por nosotros se han apagado, junto a las llamas. Y aunque mi fe no era muy sólida, pedí a Dios que los acogiera con la justa gloria que se merecían.
Cuando llegué a la tienda Amelia ya dormía. Le quité las hachas y las sustituí por unos momentos por mis manos. Me eché junto a ella, observando su profunda respiración y de repente sentí que todo había merecido la pena.

El mundo y la humanidad continuaba su curso normal gracias a nosotros. Y mientras eso sea así, yo podré hacer mi vida normal junto a ella.

domingo, 18 de abril de 2010

¿Qué harás cuando todo acabe?

Por lo que más quieras...Dios, no me cansaré de decirte que me lances un rayo para acabar antes. Estamos en Roma, queremos evitar que reine el caos en la humanidad, nos hemos preparado para evitar que asesinen al Papa concienzudamente. Pocos enemigos podrían hacernos frente. Pero de ninguna de las maneras me esperaba que fueran a jugar tan sucio. ¿Por qué?
¿Por qué en vez de luchar a sangre, acero y fuego, estoy luchando por separarme otra vez de mi mejor amigo? ¿Por qué en vez de acallar los gritos de los moribundos, estoy intentando no escuchar a los amigos perdidos pidiendome que me quede con ellos? ¿Por qué en vez rechazar mi muerte violenta en batalla, estoy rechazando una vida junto a ella? ¿Por qué en vez de ver no querer ver como mueren mis compañeros, estoy queriendo no ver a mi hija ya crecida? ¿Por qué en vez de lamentar la pérdida de mis compañeros en batalla, estoy lamentando no poder estar con el hijo que nunca tuve?

Podría hacerle frente al más grande y terrible de los engendros y batallas...pero no a esto. Si lo hago, es porque tengo que hacerlo, no puedo dejar llevarme de esta manera. Además, ¿para qué quiero una realidad falsa, cuando puedo conseguirlo de verdad? No será fácil, eso lo sé. Es mas, estoy seguro de que moriré intentándolo.

"¿Qué harás cuando todo acabe, Isaac?"

Ah, cuando todo acabe. ¿Será eso posible? Sangrar junto a los Petirrojos, o no hacerlo. Crear un mundo mejor para los que tienen que venir. Quien sabe, quizás colgar la espada envainada en la pared de una casa de campo, donde trabajaría la tierra. Amelia estaría allí, si quisiera, con un anillo al dedo, quizás haciendo unos patuquitos o con un niño en brazos. También estaría Duncant, contándoles a nuestros hijos, con Lois, claro está, todo lo que habíamos vivido.


Quizás es mucho soñar. Pero...¿Qué me queda, sino eso?