domingo, 19 de julio de 2009

Los Ángeles de la Muerte (VII)

Me acerqué a Galadriel despacio, pasando entre los niños rezando.
-¡Galadriel!¿Qué haces? Tus oraciones no van a detener el Inferno.-ni siquiera me miró. Malditos urielitas y su mutismo.
-No están solos.-me sobresaltó una voz por detrás.

Me giré y vi a un engel con un libro bastante grande. Inconfudiblemente estaba ante un Ramielita, conocedores de la Palabra de Dios.
-¿Cuál es tu nombre, ramielita?
-Zamiel.¿Quién es la engel que reza con los niños?
-Es nuestra urielita, Galadriel.
Sin hacerme ni caso se dirigió a Galadriel y le susurró:
-Galadriel, llegaste a tiempo. Y has traido ayuda a estas gente. Lo hiciste bien.-Galadriel se giró con el rostro devastado por las lágrimas, debido a la emoción de la oración donde estaba sumergida.
-Gracias.-dijo suavemente.
Me pusé entre los dos.
-¿Pero por qué nadie se da cuenta de que vamos a morir todos si no salimos de aquí?
-¿Cuál es tu nombre?
-Miguel.-al decirlo abrió muchos los ojos, y seguramente pensaría como todos: "menuda herejía de nombre"
-Bien, Miguel-hizo una pausa como si pensara: "si ese es tu verdadero nombre"- Mira el Inferno.


Lo miré. Parecía debilitado, y había perdido altura.
-¿Está desapareciendo?
-Sí y no. Esto que tenemos ante nosotros ni siquiera se le puede llamar Inferno. ¿Por qué? Pues porque aún está naciendo. Pero como todo nacimiento, hay un riesgo elevado de muerte si no se mantiene en buenas condiciones.
-¿Y ahora está en malas condiciones?
-Exacto.
-¿Por qué?
-Mira a tu alrededor. A tu alrededor ha habido sacrificio, lucha, y esperanza más allá de toda lógica. ¿Crees que el infierno se alimenta de eso?

Siempre había pensado que los ramielitas eran prescindibles, pero ahora veía, que el saber era también un arma, y de las poderosas.
Sin previo aviso, escuché un cuerno de guerra. Los Tentados volvían a la carga, desesperados por conseguir una victoria que habían saboreado. Y encima venían con los engendros que habían sobrevivido. Entonces, escuché un grito. Un grito alto, claro, y sentenciador, desde los muros de la ciudad. Alguien maltrecho ondeaba un estandarte desde una de las más altas torres derruidas, como haciendo señales al cielo con la bandera.

-¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus!! ¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus!!

La figura que gritaba a lo lejos parecía cansada, y señalaba al cielo como si de un profeta se tratase. ¿Qué era lo que gritaba?


-¿Qué dice?-le pregunté aprovechando la presencia del ramielita, preparando la espada para el combate, pues el enemigo volvía.
-Es latín. Un dicho conocido de los Templarios. "Protégenos bajo la sombra de tus alas, ángel"
-¿Y por qué no lucha él?-dije un poco fastidiado.
-No lo entiendes. Mira hacia donde apunta su estandarte.-Zamiel sonreía enigmáticamente.
-Ya lo he visto, apunta hacia el cielo y allí no hay...

Si, si había algo. Decenas de ángeles poblaban el cielo, y no ángeles cualquiera. !Eran la mayoría gabrielitas! ¡Una legión de Ángeles de la Muerte! Alzé la espada prendida en llamas y saludé a los engels ataviados de negro, justo como visten los gabrielitas.


-¡Ángeles de la Muerte...!
-¡...marchan a la cruzada!-respondieron los ángeles a mi grito, espadas flamígeras en mano acompañada de acrobacias de batalla en el aire.


Ni qué decir tiene de que el enemigo se batió en retirada, dando por perdida la batalla. Los engendros cayeron bajos las hojas de fuego de los Ángeles de la Muerte, y el Inferno inexplicablemente se desvanecía.


Los Ángeles de la Muerte caímos sobre los enemigos de Dios.



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Duncant se llevó el cuerpo de Amelia hacia el monasterio. Y yo me quedé rezando. Gorke se fue a lo más crudo de la batalla con la ametralladora. Antes de marcharse me soltó.

-Muchacho, reza. Pero rézale a Dios, al que hay dentro de ti. No al de la Iglesia.


Y eso hice. Mi primera oración fue para Amelia, y el resto vendría por detrás. Recé, a la misma vez que cientos de niños sin saberlo. Intenté subir una plegaria simple, pero sincera, al cielo. Y el cielo me respondió, bajando una pluma desde él. ¿Una pluma?
-No puede ser...-dije totalmente incrédulo atrapando la pluma que flotaba lentamente ante mis ojos.
Aún había esperanza. Contra todo el dolor que recorría mi cuerpo, me levanté y fui a las murallas. Para ello atravesé el campo de batalla, en el cuál ya estaba disminuyendo la violencia, pues la batalla estaba llegando a su fin. Durante el camino saqué un estandarte, clavado en el suelo, sujetado por el cadaver de un Templario. Corrí, saltando obstáculos y cuerpos de humanos y engendros por igual,. Las imágenes del lugar que recorría pasaban veloz a mi alrededor. Lo único que recuerdo de la carrera es al miquelita Kanpekiel de pie, con los ojos cerrados, sobre el cuerpo del engel oscuro. Llegué al muro, y subí las escaleras, sin cuidado alguno, llevando el estandarte angélico. Llegué a los más alto de la muralla, y vi que el enemigo se reagrupaba para atacar. Tenía que hacerles dudar, confundir al enemigo, para hacerles ganar tiempo a la ayuda que se avecinaba, para proteger a las personas indefensas que había fuera y dentro de la ciudad. Grité de forma triunfal, a pesar de que no teniamos fuerzas para seguir luchando y yo estaba a punto de desmayarme.

-¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus¡¡ ¡¡Sub umbra alarum tuarum angelus!!

Moví freneticamente el estandarte, buscando alguna compañía de engels por ahí. Tenía que haberla, una pluma había caído del cielo. Tenía que haber un engel cerca...¿uno?
Sin darme cuenta decenas de engels volaban a mi alredeor, por encima del muro. Alguien gritó.

-¡Ángeles de la Muerte...!
-¡...marchamos a la cruzada!-vitorearon todos los engels volaban por encima de mi cabeza.

Los Tentados, al quedarse paralizados por mi grito, no les había dado tiempo a matar a los reunidos fuera de la muralla, la mayoría niños. Pero los engels, se encargarían del enemigo...


Así que ya podía desmayarme.

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