miércoles, 21 de octubre de 2009
Memorias de un Templario Negro (XII)
Pero Amelia no sabía lo que iba a pasar cuando dijo eso. Yo tampoco.
Sigo escribiendo, estábamos en el "Capa y Espada" ¿no?
De entre la jovial y alegre multitud de la taberna se fue aproximando Johan. Éste hombre, recién nombrado Templario Negro, al igual que todos nosotros, era realmente conocido por sus hermanos de armas, y por supuesto, eso nos incluía a nosotros. Pero no destacaba por ser un gran soldado o nada por el estilo, sino más bien porque…estaba majara. Pero Johan era tan extraño que mostraba una sorprendente lucidez en asuntos de religión y fe. Su aspecto, como siempre, dejaba mucho que desear. Era bajo, no tenía un cuerpo atlético, pero se mostraba jovial y fuerte si la situación lo requería. Su pelo era más o menos rizado, de un oscuro intenso que brillaba de lo grasiento que estaba. Realmente no puede decirse que su pelo fuera rizado. Tenía unas cejas espesas y una barba de tres días, y su piel era morena, signo de los trabajadores. Había algo que le caracterizaba, y eso es que sonreía ¡Siempre! Pero no era una sonrisa fraternal como la de Duncant, sino más bien nerviosa. Reía a carcajadas y parecía feliz con cualquier cosa. La verdad es que su aspecto me daba miedo.
Iba saludando a todos y todos le saludaban. Finalmente con tres jarras de cerveza llenas se acabó sentando en el sitio libre que había en nuestra mesa.
-¡Saludos hijos del Señor alabado sea Su nombre y bienaventurados hermanos míos!-le hubiera quedado bien el saludo si no fuera porque sus ojos parecían que iban a salir de sus órbitas y porque se había quedado sin aliento de lo rápido que lo había dicho. Además lo dijo con un tono que no me acababa de convencer de este saludo.
-Saludos Johan, te pediría que te sentaras con nosotros, pero veo que te has adelantado a mis ruegos-saludó Duncant con una sonrisa.
Johan le dio un fuerte golpe en la espalda que me dolió hasta a mí.
-¡Dios ha escuchado tus ruegos, pequeño!
-¿Qué te trae hasta aquí?-le pregunté
-¡Oh! Nada mi querido Isaac. Solo busco a mis compañeros de escuadra. ¿No os habrá tocado la 6ª compañía de Templarios Negros no?
-Pues…si
-¡Alabado sea el Señor!¡He aquí a mis compañeros¡-gritó mientras recogía nuestras cabezas y las juntaba para comenzar a besar nuestros cueros cabelludos-¡Habéis tenido suerte!¡Dios me ha enviado para protegeros y evitar vuestros males en la batalla!¡Seremos la mejor escuadra de Templarios Negros!
Parpadeé incrédulo.
-¿Dios te ha enviado a protegernos y salvarnos de nuestros males?- le cuestioné a Johan intentando buscar su rostro, debido a que tenía la cabeza aprisionada por sus brazos.
-Si. Creo que Dios está un poco chalado.- contestó muy serio.
Al decir esto último liberó nuestras cabezas y empezó a beber sus jarras de cerveza una detrás de otra. Luego continuó hablando:
-¡Y más nos vale ser buenos soldados, nos ha tocado ni más ni menos un armatura de dudosa reputación! Dicen que perdió todo un regimiento de Templarios Negros en una simple misión. ¡El mejor de toda la orden!
Amelia intervino esta vez.
-¿Quién es? ¿Cómo se llama ese armatura?
Johan pareció dudar.
-Gurk, no, Guork…No, espera ¿Gor? No, joder así no era. Esperad.
Más allá de toda lógica Johan se puso a rezar. Había cerrado los ojos y gesticulaba la boca, tal vez pidiendo a Dios ayuda para recordar el nombre del maldito armatura. La verdad preferiría que Johan se quedara rezando toda la noche. Cuando no rezaba era realmente una persona hiperactiva, tenía los ojos abiertos como un búho, y los movía continuamente. Además su sonrisa se graduaba irregularmente, a veces mostraba todos sus dientes malsanos, a veces no.
-¡Ya lo recuerdo! ¿Vas a beberte eso? ¿No, verdad?-Inmediatamente se apoderó de mi jarra, la más llena de la mesa, mientras yo me quedaba atónito pues creía que iba a escupir el maldito nombre.
Una vez acabada la jarra nos miró como si no nos conociera. Amelia volvió a preguntar.
-¿Y bien? ¿Recuerdas el nombre del armatura?
-¿Qué armatura?-juro que lo dijo totalmente perplejo.
-¡El de nuestra compañía garrulo!- Amelia expresaba toda mi impaciencia por algo que ya no sabía por qué era importante, después de todo, no era más que un nombre.
-Te lo diré…si me concedes este baile- Johan intentaba realizar un guiño, pero no conseguía hacerlo y cerraba los dos ojos a la vez.
Amelia arqueó una ceja.
-¿Qué tal mi cerveza?
-¡Te quieeeeero!-dijo agarrando la jarra de Amelia con ansia-¿Habéis oído los rumores de guerra? Dicen que Lisboa piensa volver a negarse a la Igle... ¡Gorke! Si…Gorke se llama el armatura.
Miró al cielo y le agradeció al Todopoderoso el poder recordar el nombre. Después miró a Duncant.
-Duncant ¿Me das tu cerveza?
-Creo que has bebido suficiente.
Johan le volvió a machacar la espalda a Duncant con un tortazo de compañero mientras se levantaba.
-¡Nunca es suficiente para mí! Me voy. Lo siento Amelia, otro día bailaré contigo. Sé que lo deseabas, de veras-ahora hacía morritos con la boca llena de espuma de cerveza.
-Ya…anda lárgate tarugo- Amelia, como todos nosotros, estaba deseando que se largara ya, aunque en realidad, Johan no era tan mal tipo.
Cuando se alejó nos volvimos hacia el fondo de nuestras jarras, callados. Un pesado silencio se abrió entre nosotros a pesar de la fiesta que se desencadenaba a nuestro alrededor. Nuestro final se aproximaba a pasos agigantados. Íbamos a ser enviados a la escuadra que realizaba las misiones más peligrosas y, francamente, la total aniquilación de la anterior promoción no nos acababa de alegrar el día. Era como si esperáramos nuestra muerte, una muerte próxima y cercana.
Al fin abrí la boca para acabar con el incómodo silencio.
-Bueno, entonces, por lo que he entendido de todo esto es que nos ha tocado el peor sargento de toda la Orden. Gorke. Perdió a toda su compañía en una simple misión. Y no una escuadra cualquiera, la 6ª compañía, la mejor de la orden. A la que vamos a ir a parar nosotros. ¿Qué opináis?
Nadie dijo nada durante unos largos segundos. Amelia clavó su daga en la mesa con fuerza.
-¡Ni hablar! Aunque ese tal Gorke mande a la ruina nuestra escuadra, si estamos juntos, superaremos cualquier estupidez suya.
-Entonces no nos queda otra-dijo Duncant.-Estaremos más unidos que nunca. ¿Estáis conmigo?
-¡Si!-dijimos al unísono.
Hicimos mal al en juzgar a quién todavía no conocíamos...
lunes, 19 de octubre de 2009
Memorias de un Templario Negro (XI)
“La empuñadura de mi espada es mi cruz
La hoja de mi espada es mi fe
La danza de mi espada es mi oración
Mi espada purificará al impuro
Mi espada liberará al pecador
La sangre vertida de mis enemigos es el castigo de los pecados
La sangre vertida de mis carnes es el perdón de mis pecados
Cuando cumpla en la obra de Dios, Él me liberará
Los caminos del Señor son inescrutables”
Bonitas palabras. Bonita mentira.
Y pensar que esas palabras me animaron a luchar y a seguir adelante. Ahora no son más que palabras vacías. Menos importantes que el grito que escuchamos tras ser investidos como Templarios Negros.
-¡Cerveza para todos!
Este grito anónimo, que cruzó el ambiente del “Capa y espada”, fue vitoreado por la muchedumbre. La posada estaba llena de recién nombrados Templarios Negros. Recuerdo que casi no conseguimos la mesa de siempre, la de al lado de la ventana. Noté muchas ausencias, y deseé que esas ausencias estuvieran en el seno de Dios. Nosotros, los de siempre, los tres, los inseparables, nos miramos con el mismo deseo en la mirada. Pusimos a la vez los colgantes crucifijos templarios en la mesa. Yo di la señal:
-Uno…dos… ¡tres!
A la de tres le dimos la vuelta a nuestras cruces de identificación. Mostré la mía en el centro de la mesa, y en ella estaba grabada:
Isaac
6ª Compañía de Templarios.
TEMPLARIO NEGRO
Después Duncant mostró la suya:
Duncant
6ª Compañía de Templarios.
TEMPLARIO NEGRO
Conteníamos la respiración, faltaba Amelia. Ella hizo prolongar el misterio no mostrando la otra cara de la cruz, pensando que era gracioso mientras imitaba el redoble de un tambor. Finalmente le dio la vuelta.
Amelia
6ª Compañía de Templarios
TEMPLARIO NEGRO
Finalmente, parecía que el Señor no quería separarnos. Tendría algo para nosotros. Así, nos colgamos nuestros colgantes en el cuello.
- Entonces... si estamos los tres en el mismo grupo, quiere decir que no nos separaremos nunca, ¿no? - pregunté
Por aquel entonces yo tenía dieciocho años, igual que Duncant e Isaac. Parecía que los tres habíamos ido a parar a la misma orden y a la misma compañía.
- Pues parece que sí – Duncant sonreía, siempre lo hacía.
Aun recuerdo el día en que juramos los votos para entrar en los Templarios Negros. Éramos un grupo de cincuenta jóvenes, todos colocados en línea recta y erguidos, esperando una orden que acatar. Yo estaba muy nerviosa, empezaban las pruebas: resistencia en carrera, resistencia en combate (que consistía en aguantar cuantos más golpes mejor)... y otra serie de cosas que cabría enumerar.
De esos cincuenta, pasamos medianamente vivos unos veinte, eso sí, no recuerdo cuanto tiempo estuvimos en la enfermería...
- Hagamos un juramento... - dijo Duncant una noche entre cervezas. Teníamos dieciséis años – Prometamos que, más allá de la Iglesia, más allá de cualquier orden... incluso más allá de Dios, nuestra amistad, nuestra alianza... jamás y pase lo que pase... se romperá..
-Digo más... ¡¡Machacaremos a todo aquel que trate de separarnos!! - respondí
- La empuñadura de mi espada es mi cruz... - comenzó a recitar Isaac levantando la jarra de cerveza.
- La hoja de mi espada es mi fe, la danza de mi espada es mi oración – concluimos los tres al unísono para después chocar las cervezas y apurarlas.
Desde aquella noche, nada logró separarnos, y sobre ángeles y demonios, sobre la propia Iglesia juro que nada lo hará.
...
¿Seguro...Amelia?
Memorias de un Templario Negro (X)
Continúo.
Al cabo de un par de días llegó el momento en que seríamos nombrados oficialmente Templarios Negros. Sin embargo aún faltaban unas horas y habíamos decidido reunirnos en la taberna, ya considerada nuestro refugio.
Entre en la taberna sólo, sería casi el mediodía. A esas horas estaba desierta y la familia de Kiara se dedicaba a la limpieza y disposición de las mesas. La madre de Kiara me saludó nada más entrar, y me señaló una mesa, la mesa de siempre. Allí estaba Amelia esperando mientras jugaba con su navaja con bastante buen aspecto después de los días anteriores.
-Ya era hora de que aparecieras ¿no?- me dijo mientras me sentaba, sin ni siquiera levantar la vista de la navaja.
-Lo siento, duermo mal por las noches-me disculpé.
-Ya…a mi también me pasa. A todos nos pasa.
-¿Dónde está Duncant?
Ella se limitó a encogerse de hombros. De repente unas manos ponían unas jarras en la mesa.
-Aquí tenéis, una para cada uno-no era voz de mujer- están por la mitad porque no creo que debáis llegar trompas a la ceremonia de investidura.
-¿Duncant?- pregunté
-El mismo.
-¿Qué haces sirviéndonos las cervezas? ¿Por qué no te has pedido una?
-Oh, tendréis que disculparme-dijo poniéndose una toalla en el hombro-pero aún estoy trabajando.
-¿Trabajando?-dijo Amelia levantando la vista.
-Ayudo en la taberna todo el tiempo que puedo-explicó- es lo menos que podía hacer.
Terminamos las cervezas y me di cuenta de que cada vez las soportaba mejor. Nos levantamos y nos dirigimos hacia la iglesia donde nos encofinaron cuando iniciamos el adiestramiento de los Templarios Negros. Era de noche, había luna llena y ya estaban los pocos compañeros formando filas. Había un ambiente agitado. Corrían rumores de guerra. Lisboa se había vuelto a negar a colaborar con los Engel y la Iglesia Angélica como ya había hecho hacía unos trescientos años. Se decía que posiblemente los Templarios tendrían que solucionar esta situación otra vez. Pero cuando vimos todos por el rabillo del ojo la impecable presencia del Gran Maestre en movimiento, todos, en un sonido sordo y violento nos encajamos en nuestras posiciones, rectos y firmes.
Nos condujeron por el pasadizo. Había una sala enorme repleta de verdaderas armaduras de Templarios Negros. Eran para nosotros.
Esas armaduras me resultaban realmente bellas. Totalmente oscura, con adornos de plata, orlada con una magnífica cruz blanca templaria.
Me deshice del peto de buen gusto. Me había protegido de lo físico, pero me traía a la memoria malos recuerdos. Todos estaban en movimiento. Amelia ya se había hecho con una armadura y Duncant aún buscaba. Conseguí una que parecía quedarme bien. Nos ayudamos entre nosotros a ponernos en condiciones las armaduras, había bromas y risas en el aire. Tanto tiempo con aquella panda de maloliente guerreros y guerreras nos había convertido en una piña, una gran familia. Estábamos realmente sincronizados.
Listos para, a partir de ahí, lucharíamos por lo que creíamos…o al menos los intentaríamos.
Avanzamos hacia el altar, hacia el profeta Jesucristo crucificado del altar que nos miraba a todos como si supiera el destino de cada uno de nosotros. Fuéramos a donde fuéramos, nos seguía con la mirada. Una mirada triste…como nuestros destinos. Muy importante debía ser ese profeta para estar en todas las iglesias de la antigua Europa prediluviana. Desenvainé la espada, en la que se reflejaba la luz que atravesaba las vidrieras de la Iglesia-fortaleza, y clavé su punta en el suelo. Hinqué la rodilla derecha en el suelo y agaché la cabeza de forma sumisa besando la empuñadura de mi espada, ante el Gran Maestre (Decani). Alzó los brazos, levantó su rasurada cabeza y la luz de la luna que atravesaba el tragaluz del techo de la Iglesia le bañó. De repente gritó hasta quedarse sin aire:
-¡Las empuñaduras de vuestras espada serán vuestra cruz! ¡Las hojas de vuestras espadas serán vuestra fe! ¡La danza de vuestras espadas serán vuestras oraciones!
Todos los presentes arrodillados besando las empuñaduras de sus espadas respondieron en coro cada uno para sí mismos.
-La empuñadura de mi espada es mi cruz. La hoja de mi espada es mi fe. La danza de mi espada es mi oración.El Gran Maestre volvió a alzar la voz tan fuerte que las vidrieras resonaron como si fueran a estallar.
-¡Vuestras espadas purificarán al impuro!¡Vuestras espadas liberarán al pecador!
Respondimos igual, en murmullos crecientes interiores.
-Mi espada purificará al impuro. Mi espada liberará al pecador.
El Gran Maestre respiró profundamente y soltó aire con otro alzamiento de voz.
-¡La sangre vertida de nuestros enemigos es el castigo de los pecados!¡La sangre vertida de vuestras carnes es el perdón de vuestros pecados!
Contestamos.
-La sangre vertida de mis enemigos es el castigo de los pecados. La sangre vertida de mis carnes es el perdón de mis pecados.
Silencio. El Maestre sudaba y tenía una sonrisa extraña en la cara.
-¡Cuando cumplais en la obra de Dios, Él os liberará!¡Los caminos del Señor son inescrutables!Respondimos sumisos, mirando siempre al suelo.
-Cuando cumpla en la obra de Dios, Él me liberará. Los caminos del Señor son inescrutables.
Contenimos el aliento esperando las palabras del líder.El Maestre nos tocó con su espléndida espada en los hombros, como ceremonia de investidura. Cuando terminó dijo:
-Levantaos...Templarios Negros.
¡Por fin! Nada más decir eso nos levantamos gritando como un solo hombre como si quisieramos que nos escucharan en el Reino de los Cielos.
-¡¡¡No para nosotros, sino para la gloria de Tu Nombre!!!
Ingénuos...
Memorias de un Templario Negro (IX)
Preguntas y más preguntas. Nunca respuestas. Siempre ha sido así, y siempre lo será. La humedad está estropeando el papel, pero aún me queda tinta de sobra. El escribir se ha convertido en algo automático. Los pobres hombres con los que estoy en este agujero me miran asombrados y otros recelosos escribir. Viva la Iglesia y su analfabetismo generalizado ¿no? Continúo escribiendo.
Finalmente nos reunimos al cabo de un par de horas frente al “Capa y espada”. Duncant había insistido en que debía una explicación a la familia de Kiara.
-Te esperamos fuera- le dije antes de que Duncant soltara un suspiro y entrase.
Amelia ya estaba sentada en un enorme barril al lado de la puerta de la posada jugando con su navaja ausentemente. La miré ausente. Finalmente apoyé mi mano en su hombro para que saliera de su ensimismamiento.
-Hey ¿estás bien?-le susurré.
Ella me miró como si no supiera quien era, finalmente me obsequió con una sonrisa fatigada, pero una sonrisa al fin y al cabo.
-Si, gracias.
Me senté a su lado en el enorme barril vacío pegando un salto.
-Venga, no te vengas abajo tú también. Si no, seré el más fuerte de los tres.
Ella ahora sonrió con ganas.
-Más quisieras tarugo-dicho esto me lanzó un puñetazo, por decirlo de alguna manera, cariñoso, que me hizo perder mi plaza en el barril, quedándome sentado en el suelo, para después ofrecerme su ayuda para levantarme, tal y como el día en que la conocí.
-Pero tú tranquilo-prosiguió-que no te haré daño.
Se abrió la puerta de la posada, saliendo una mujer y Duncant. Por lo que se parecía esa mujer a Kiara debía ser su madre. Supongo que habrían salido porque el bullicio de la posada no les permitía hablar en condiciones. Nosotros continuamos sentados en el barril bajo las sombras. Fue la mujer la que comenzó a hablar con voz temblorosa a causa del dolor y la emoción:
-Escucha Duncant, cuando Kiara decidió alistarse en los Templarios Negros sabíamos que esto, si no sucedía ahora, ocurriría más tarde. Aquí, o en las lejanas Tierras Marcadas. Claro que me duele perder a mi querida hija, pero más que tú me pidas perdón, yo te doy las gracias por haber hecho sonreír a mi niña como nunca antes lo había hecho. Somos una familia cristiana devota, y sabemos que ella lo querría así si ese era el destino que le impuso Dios, alabado sea Su nombre.
El razonamiento de la madre de Kiara hizo que Duncant pudiera liberarse en gran parte de sus remordimientos.
La madre de Kiara comenzó a llorar abrazando a Duncant.
Después de aquello entramos a la posada para pasar la noche. No teníamos ganas de hablar, pero tampoco queríamos estar solos. Que raro se nos hizo que viniera la madre de Kiara a traernos las cervezas, en vez de su alegre hija. El ambiente estaba cargado de nostalgia. A mi no me trajo cerveza, pues sabía que yo no bebía. Se cuentan con los dedos de una mano las personas que van a tabernas y no beben ni un agota de alcohol.
Aquel día decidí hacer una excepción. No quería quedarme a solas con mis pensamientos. Así que me acerqué a la barra, al lado de un tipo que se me antojaba familiar.
-Una jarra de cerveza fría.
El tipo de mi lado me miró, descubriendo su pelo canoso, una barba descuidada y unos ojos hundidos. Comenzó a reírse por lo bajo.
-Te dije que acabarías bebiendo muchacho. Ahora sí que creo que eres un Templario.
Yo le miré acordándome de él finalmente por la manera descontrolada en la que bebía.
-Ya, sabe demasiado- le dije enojado.
-Es la experiencia muchacho. Hazle caso a un superior, muchacho. Volveremos a vernos, de eso no me cabe duda.
Todo aquello sí que me dejó intrigado.
Empecé a beber, ya bajo la compañía de mis amigos. Dispuesto a acabar con aquella jarra y con las que fueran.
Sería mi primera cerveza. Pero no la última.
Memorias de un Templario Negro (VIII)
¿Cómo se puede sentir uno al acabar con la vida de un ser amado? A lo largo de mi vida siempre había pensado que nunca sería capaz de sacrificarme por alguien, que sería muy dificil. Sin embargo, cuando pasó lo que más temía...fue terriblemente fácil entregar mi vida.
Por eso estoy aquí. Escribiendo desde las sombras sin más luz que una vela.
Continúo escribiendo ¿Qué otra cosa me queda ya?
Kiara, que Dios te guarde.
Duncant no paraba de zarandear el cuerpo de Kiara desconsoladamente entre sus brazos susurrándole a alguien que no le escuchaba palabras de amor. Más tarde desistió, miró a su alrededor como si todo fuera irreal. Acto seguido se agarró la cabeza con las manos violentamente y salió corriendo del cuartel como alma lleva el Diablo. Tuve que hacer un sobreesfuerzo para levantarme y correr tras él.
Había salido y había girado hacia la izquierda, hacia el puente del río. Cosa rara porque ninguna de las veces que habíamos ido juntos habíamos tirado por ese camino, solo sé que había un puente que cruzaba el río y más abajo…el lago.
Temiéndome lo peor corrí tras él.
Fue fácil alcanzarle, Duncant andaba bastante rápido pero muy torpemente, trastrabillando, jadeando de cansancio y dolor. Y ahí lo encontré como me imaginaba, en el lago. Andando sin prisa pero sin pausa con su armadura y su yelmo hacia las profundidades del lago para llegar a formar parte de él durante toda la eternidad. Me lancé a por él quitándome el peto y el yelmo. Duncant andaba hundiéndose en el lago tan igual como una persona anda por tierra mientras un “Perdóname” desgarraba el aire. Cuando el agua le llegaba por la cintura le alcancé por la espalda, agarrándole por las axilas. Él se volvió hacia mí hecho una furia:
-¡No¡!Déjame¡!Suéltame Isaac¡
-¡No te voy a soltar Duncant, ha sido un accidente¡
Él se lamentaba dolorosamente.
-¡No lo entiendes¡!Toda mi vida he intentado hacer lo correcto y ayudar a los demás según los dictámenes de mi fe¡!Y una vez tras otra he perdido gente a la que he querido con todo mi ser y alma¡!Lo que nunca esperaba era que fuera yo el que acabase con un ser amado¡ Dime Isaac ¡¿Qué puedo esperar de mí como persona?! ¡Dejándome vivir implicaría que le volviera a hacer daño a alguien al que amo! ¡Mañana podrías ser tú¡!O Amelia¡ ¡O Dios sabe quién¡ Kiara nunca me perdonará.
-Kiara te ha perdonado, eres tú el que debes perdonarte. No eres un asesino, eres una víctima. Lo que Kiara no te perdonaría es que tras ella morir dejándote vivir, tú te quitaras la vida.
Él comenzó a sollozar mientras le sacaba suavemente del lago hasta depositarlo en la orilla, consolándole durante lo que pareció una eternidad.
Mientras Duncant se sumía en un inquieto sueño entre mis brazos, el cielo parecía que comenzaba a llorar el suceso. Contaba las gotas que caían en mis manos limpiándome la sangre seca.
Gota...gota…gota.
…gota.
…”craak”
¿Qué había sido ese ruido?
-¡Amelia! Por Dios que susto.- por mi tono de voz parecía enfadado, pero en realidad me alegraba de verla viva. Estaba pálida como una muerta y llevaba la espada desenvainada llena de sangre.
-Me dijeron que dos Templarios Negros habían huido hacia el sur, al no veros supe que erais vosotros.
Aquello parecía tener lógica.
-Pero…podríamos haber sido uno de los caídos.
El mero hecho de pensar aquello hizo que su cara mostrara una mueca de dolor.
-Nunca-dijo ausente-Nosotros estaremos juntos siempre…
Cogió una rama bastante gruesa del suelo y la partió con violencia.
-…y nadie nos va a separar.
Comenzó a andar ausentemente alrededor nuestra de una manera que me asustaba. Su mirada se perdió en su espada llena de sangre. Sin previo aviso se derrumbó aullando de angustia.
Aquello me pilló desprevenido. Deje a Duncant bajo el amparo de un árbol mientras se agitaba en sueños farfullando. Amelia se encontraba de rodillas frente al lago y bajo la lluvia, ahora lloraba amargamente.
Lentamente me fui acercando a ella, no quería asustar a una persona angustiada con una espada desenvainada. Me puse en frente de ella para que me viera acercarme. Cuando la alcancé me arrodille ante ella, para ponerme a su altura. No le dije nada, esperé a que hablase ella misma mientras le quitaba los mechones de pelo que ocultaban su rostro. Hubo un silencio bastante largo, pero el sonido de la lluvia hizo que se acortara.
-Estaba preparada para este día-balbuceó con una barbilla temblorosa-Me había preparado mental y físicamente para lo peor. Siempre había creído que era fuerte, que si quería nada podría conmigo ni con nada de lo que yo quiera y ame. Pero al ver la sangre, mi espada atravesando a alguien y los aullidos…no pude evitar recordar aquella noche…-calló de inmediato.
-¿Si?-le invité a que continuará.
-…que tuve una pesadilla muy real, cuando tenía diez años. Eso es todo-se volvió bruscamente-¿Y Duncant?
Deseé no tener que darle explicaciones sobre aquello. Por lo visto alguien escuchó mis plegarias, y lo hizo Duncant desde los sueños. Él se agitaba en un sueño inquieto mientras gritaba:
-¡No, Kiara! No…Mátame, mátame…antes…antes… de que yo vuelva a hacerlo.
Para hablar así en sueños, la pesadilla debía ser muy, pero que muy real.
Amelia no hizo más preguntas…
¿Para qué preguntar? Nos comprendíamos más con el silencio y una mirada.
Memorias de un Templario Negro (VII)
Me vence el sueño...no puedo más. Pero voy a continuar escribiendo, cuando esto acabe tendré tiempo para dormir...eternamente.
Y por fin había llegado.
Había llegado el día…
El día en que nos convertiríamos en verdaderos Templarios Negros.
El día en que nos convertiríamos en verdaderos soldados por la causa de Dios.
¿Por la causa de Dios o la de la Iglesia? Es una duda que llevaría conmigo durante mucho tiempo.
Allí estábamos los tres, delante del cuartel, equipados y dispuestos a llegar hasta el final. Nos miramos en silencio mientras el sol se desperezaba. Tras escuchar el lejano canto matinal de un gallo, asentimos con la cabeza entre nosotros y comenzamos a dirigirnos con paso firme hacia el patio de arena.
Nos pusimos firmes en línea todos los aspirantes. Nos vendaron los ojos, y unas manos invisibles me guiaron hasta un lugar totalmente aleatorio del patio de arena. Cuando todo quedó en silencio y organizado se escuchó la potente y firme voz del Gran Maestre de los Templarios Negros:
-¡Si queréis ser verdaderos Templarios Negros debéis tener una fe ciega en vuestros superiores y en Dios, anteponer el deber a la conciencia y los sentimientos y enfrentaros a lo desconocido que se interponga en el camino de Dios. Sea humano, engendro o hermano! ¡¿Queréis ser Templarios Negros?!
-¡Si¡-respondimos al unísono.
-¡¿Queréis servir a Dios, alabado sea su Nombre?¡
-¡Si¡-rugimos como un solo hombre.
-¡¿Queréis combatir al Señor de las Tinieblas, morir gloriosamente y ganaros el honor de estar en el Reino de los Cielos?¡
-¡Si!-enloquecimos.
-Entonces ¡Matar o morir! ¡Ataque al frente!
¿Ataque al frente? ¿A que nos enfrentábamos?
Inconscientemente puse la espada en posición de defensa pero aquello era inútil, no podía ver a qué me enfrentaba. Así que puse la espada en ristre por si algo me atacaba. Escuché un grito de batalla enfrente de mí y cada vez se escuchaba más y más próxima. Pero aquello era absurdo, no era posible que nos enfrentáramos contra personas con estas espadas tan afiladas, podríamos matar a alguno de nuestros compañeros inconscientemente.
El grito de batalla que se oía enfrente mía cesó violentamente notando una fuerte presión en mi espada en ristre. El grito de batalla ahora era de dolor angustioso. No pude remediar quitarme la venda de los ojos. ¿Qué se había clavado en mi espada?
O…
¿Quién?
No podía ser…un muchacho pecoso con los ojos vendados estaba atravesado por mi espada. ¡Pero si yo no había hecho nada! Seguramente el desgraciado muchacho cargó contra mí atravesándose irremediablemente en mi espada.
La situación era surrealista, no solo nos habían hecho luchar a ciegas, sino que además nos pusieron de contrincantes a nuestros hermanos de armas. Todo para comprobar la fe ciega que poseíamos y de lo que éramos capaces en las peores situaciones.
Caí de rodillas en la arena, viendo retorcerse de dolor a mi contrincante. Me arrastré hasta él suplicándole perdón, gritándole indulgencia. Él solo se limitaba a mirarme acusadoramente sin pestañear. Horriblemente descubrí que esos ojos ya no veían. Le bajé los párpados para que dejara de mirarme de esa manera. La barbilla comenzó a temblarme, no era consciente de la caótica batalla que se desenvolvía a mí alrededor. Una batalla en la que no luchaban soldados ni guerreros ni enemigos, sino amigos, compañeros, hermanos, amantes…
Mis manos estaban llenas de sangre y ahí fue cuando realmente me di cuenta de que le había arrebatado la vida a alguien.
Grité histéricamente durante el resto de la prueba arrodillado frente a mi víctima, cogiendo fuertemente puñados de arena con sangre, dejando que resbalase entre mis dedos.
Pero eso no fue lo peor, lo mío no fue nada comparado con lo de Duncant. Él mismo fue el escriba de su pesadilla.
La arena parecía sujetar mis pies dándome equilibrio y mientras continuaba mis rezos me puse en guardia. Escuché algo avanzar por mi izquierda y mi primer movimiento fue de esquive. Por muy poco, fuera quien fuese... era rápido, muy rápido.
Lancé mi primer fondo y me pivoteó por un lateral.
Las vendas de los ojos estaban prietas pero de repente se oscureció la claridad que penetraba a través de ellas y supe que tenía a mi enemigo demasiado cerca, así que lancé otro ataque más corto, impactando de lleno.
Sentí la sangre cubriéndome las manos y salpicándome la cara a la vez que un leve quejido llegaba a mis oídos. Me quité las vendas y deseé morir.
Kiara... se encontraba entre mis brazos con mi acero atravesando su pecho.
- No... no... ¿por qué? - le acaricié el rostro temeroso y aparte las vendas de su rostro
- Duncant – ella me sonrió, una sonrisa dulce cargada de perdón que me arrebató el alma.
- Yo... lo siento, Kiara... - las palabras no querían aflorar, igual que el llanto
- Te quiero
- Y yo a ti, más que a mi alma... mi princesa de ojos dulces... - salió de mis labios como un leve susurro tras el cual su cuerpo se destensó - ¿Por qué a ella?... ¡¿Por qué a ella?! - finalmente grité. No podía comprenderlo. ¿Por qué razón tenía que llevársela? ¿No tenía suficiente con mi madre y mi hermano? Me quedé ahí, inmóvil, abrazándola como si nunca lo hubiera hecho y susurrándole que la amaba repetidas veces, hasta que una mano se posó sobre mi hombro.
- Enhorabuena, Duncant, eres un Templario Negro – era la voz del Maestre
- ¡¿Enhorabuena?! ¿Es así como Dios prueba nuestra fe, arrebatándonos lo que más queremos? ¿Es así? - la ira con la que me había levantado para hablarle se desvaneció devolviéndome debilidad y volví a caer de rodillas, para apartar unos mechones de su cabello y besarla en la frente.
- Así lo ha elegido el Señor."
-Enhorabuena, Isaac. Eres un Templario Negro.
Sólo me limité a mirarle atónito. Al ver que no decía nada se fue al siguiente desgraciado que mató a uno de sus compañeros para darle la enhorabuena.
Memorias de un Templario Negro (VI)
Esa noche no acababa ahí. Aún quedaba. Nada relevante ni interesante, pero aún así lo escribiré, pues conforme escribo me sumerjo en mi memoria y encuentro cosas que olvidé y que no debería, pues esos recuerdos y experiencias me han hecho tal y como soy ahora.
Como ya dije, esa noche no acababa ahí.
Amelia no aguantaba mucho la cerveza, así que no pudo con ella y a los pocos minutos empezó a farfullar borracha rodeándome con su brazo.
-Isaac, cuando te conocí, creía que eras otro de esos memos fanáticos de la Iglesia. Ah, y también un soso. Y un poco idiota. Y…
-Ya vale ¿no?-Amelia, aún no queriendo, me sacaba de mis casillas. Pero al menos ya no me pegaba codazos.
-Shhh…calla, que todavía no he acabado-me dijo tapándome la boca, mientras ella cabeceaba debido al efecto del alcohol- Quería decir, que, finalmente, eres un tío de puta madre.
Tras decir esto, su cabeza acabó encontrando mi hombro profiriendo sonorosos ronquidos.
-Que profundo-acerté a decir apartando mi jarra de cerveza intacta después de ver lo que le había hecho a mi binomio.
Estuve disfrutando de la música, del baile de los muchachos mientras la respiración de Amelia se hacía cada vez más profunda. Se escucharon aplausos, la canción había finalizado y Duncant se acercaba la mesa con una jarra de cerveza y una sonrisa de oreja a oreja. Cuando nos vio, parecía de piedra, acto seguido comenzó a negar con la cabeza soltando una carcajada al ver nuestra pose en la mesa.
-¿Qué ocurre?- le dije imaginando lo que se le pasaba por la cabeza.
-Naaada.
-La cerveza pudo con ella.
-Claaaro- dijo estirándose.
Silencio.
La mirada de Duncant acabó perdiéndose en mi jarra de cerveza intacta.
-¿No bebes?
-¿Para qué? ¿Para acabar como ésta?-agité el hombro en el que estaba apoyada Amelia, y ésta empezó a decir cosas indescifrables, agarrando mi brazo y restregando su cara contra mi hombro, tal vez creyendo que era su almohada.
Duncant se partía. Esa noche estaba radiante.
-Pero vamos hombre, es una fiesta.
-¿Por eso bebes?
-Claro, no hay nada mejor para celebrar algo que una buena jarra de cerveza fría.
-Pero si está malísima-protesté levantándome y dejando a Amelia en las manos de la gravedad dándose así un buen coscorrón. Acto seguido fui a la barra a por otra cosa que beber.
Esperé en la barra al lado de un tipo bastante melancólico y taciturno, contrastando bastante con el ambiente de la fiesta. El tipo debía llevar unas 4 jarras de cervezas bebidas pero se mostraba bastante sobrio. Aquello me sorprendió mucho ya que Amelia no pudo ni con una entera, y eso que era muy cabezota. Además él no parecía beber para celebrar algo.
-¿Por qué bebes?-le solté fijándome en su escaso pelo, casi rapado y su descuidada barba. Debía tener unos 30 años.
Él se giró lentamente, me miró y me sorprendió con unos oscuros hundidos ojos oscuros profundos, que me decían que había llorado desconsoladamente. Al fin, cuando comprendió que me dirigía a él, me respondió:
-Para olvidar-me soltó malhumorado.
Aquella respuesta me desconcertó.
-Yo creía que la gente solo bebía cuando era feliz. Al menos eso me han dicho.-repliqué
-Supongo que cualquier excusa es buena para beber-dijo volviéndose a la barra dejando al descubierto un emblema en sus ropas que conocía bastante bien.
-¡Eres un Templario Negro!-dije sin poder contener mi sorpresa-Yo también.
Él volvió la cabeza.
-¿Tú? Si no debes tener ni 14 primaveras.
-Bueno…no exactamente-respondí algo avergonzado- pero ya solo me queda una prueba y entonces lo seré.
Él parecía no escucharme. Jugueteaba con unos colgantes de crucifijos templarios. Me acerqué y pude ver que tenían nombres grabados en los colgantes, y también el nombre de me imagino un regimiento. Por lo visto eran chapas de identificación.
-¿Quiénes son?- le dije señalando uno de los nombres que había grabado en una de las cruces.
-Mis camaradas-dijo
-¿Y donde están?
-Muertos-estaba cansándose de mi interrogatorio.
Se produjo un denso silencio.
-¿No bebes?- me dijo.
-¿Yo? ¡Que va! No bebo ni pensaré hacerlo.
Él se permitió una sonrisa malévola.
-Se nota que no eres aún un templario negro. Tranquilo, tarde o temprano acabarás bebiendo tanto como yo.
¡Qué razón tenía!
-¡Eso nunca!- respondí ofendido.
Él giró su cabeza, dando por finalizada la conversación.
Gorke...
La fiesta, gracias a Dios, acabó sin incidentes, algo fuera de lo normal. Debíamos irnos a dormir. Mañana nos esperaba la gran prueba que nos convertiría en verdaderos Templarios Negros. Aunque por desgracia, algunos no lo conseguirían…