sábado, 14 de noviembre de 2009

La paciencia era lo último que me quedaba por perder.

"¿Se van a llevar el cuerpo?¿Por qué no se me ha informado?¿Va a hablar usted con los familiares de la víctima?"

¿Qué qué qué? En menuda mierda me estoy metiendo ya. ¿Qué coño le digo yo a este tio? En cualquier otra circunstancia le partia la cara, pero no creo que sea lo mejor en medio de comisaria.

Sigo sin saber que decirle, primero digo que sí, luego que no...por Dios parezco subnormal. No sé que coño como agente del CNI, lo más cerca que estuve de ser agente fue estar esposado en comisaria. ¿Por qué demonios no sé que decir?¿Por qué mierda no se me ocurre algo ingenioso?
¿Por qué cojones mi cerebro está vacío?

Gabriel sabría qué decir en este momento. Soy un cabrón, no paro de mandarle mensajes. Su movil apagado, estará hasta los cojones.

"Espere a mi superior" es lo único que digo, y la lío todavía más, el jefe de policía me echa mierda por todos lados, y yo me siento un mierda. Todas las opciones que se me ocurren no son nada burocráticas.
¿Por qué me utilizan?En serio ¿Acaso sirvo para algo?


Se me va la pinza, el tono del policía no me gusta un pelo...me recuerda al mamón ese que me esposó con tanta fuerza en el Retiro hará unos pares de años. Llevo 6 meses intentando ocultar lo gilipollas que soy ante mis compañeros de armas, apenas abro la boca, intento no meterme en sus cosas, y hago lo que se me ordena (por desgracia, solo lo que me ordenan) y es el tono de chulo del cabrón ese el que hace que se me caiga la máscara. He perdido lo único que me quedaba, la paciencia.

"¡El cuerpo no se mueve de aquí ostias!"

Por no contar el resto del griterío e insultos que propiné allí. Hacía tiempo que no gritaba en una comisaría.¡Coño! Quién me iba a decir que iba sentir nostalgia de aquello.

Tras todo este tiempo intentando ser el buen soldadito, siempre obediente, nada replicador, manteniendome quieto hasta cuando debería actuar...a tomar por culo. Me importa una mierda, he estado toda mi puta vida en un agujero, soy un tirado de la calle, no un investigador de la ostia. Si me quieren putear, que me lo hagan a mí. Si tienen algún problema conmigo...que me devuelvan a mi cajero, malditos bastardos.

Tras seis meses de silencio, he decidido ser como siempre he sido. He comprobado que todo este tiempo la he estado cagando, por mucho que callara y obedeciera. Ahora, hablaré, y voy a ser yo mismo, aunque mis compañeros no me reconozcan. Si voy a estar cagandola...voy a cagarla bien.


viernes, 13 de noviembre de 2009

Buenas noches para ti también...

"Sé que lo estás deseando" me dijo picaronamente escapándose el aliento vaporoso de sus labios. ¿Cómo lo hace?¿Cómo se mete en lo más profundo de mi corazón? Mi rostro es totalmente indescifrable, la misma cara de agotamiento. Mis palabras son escasas. Me arropo con todo tipo posturas y expresiones neutras, no digo nada, creo que mi ser interior es inexpugnable...hasta que llega ella y me desnuda el alma de un plumazo...y solo queda el temblar.

"Sé que lo estás deseando, arrójala, te he visto arrancárte la identificación".

Dudé...miré mi chapa, mi nombre, mi escuadra, mi Orden grabada en ella. Mi identidad, mi causa, mi razón de ser, todo lo que había sido. Al final sonrío, la arrojo al fuego. Nuestras identidades arden juntas, nuestro pasado se consume en el fuego y comenzamos a mirar hacia el futuro. Sentí un vacio en mi interior. He dejado la Orden, pero no sentí que todo por lo que he luchado se desvaneciera, como temía, sino que seguían ahí mis valores, mi causa, mis sueños, ellas dos, la pequeñaja y la muchacha. Ella saca una tercera identificación...yo me extraño, ella se explica.
"Es la chapa de Duncant..."
No sabía que la llevara consigo. La arrojó, ardió junto a las nuestras. Nuestras identidades ardían, para volver a renacer. Tres, siempre seremos tres.

Aunque ahora...éramos dos. Pero yo lo sentía cerca. Lo veía en cada sonrisa que me regalaba ella.
Estaba ahí, con nosotros, totalmente presente.
Y aunque seguíamos siendo dos, ahora me sentía como uno solo, ella se abrazaba a mí, y solo me queda el temblar. ¿Por qué?¿Por qué? No podemos, no debemos, la Orden no lo permite...¿La Orden?


¿La Orden que acababamos de dejar?

¡Haz algo!¡Di algo idiota!¿Por qué me bloquea de esta manera?

Miro el anillo de la Inquisición de mi mano, me lo quito discretamente y lo suelto por ahí. Me viene una idea absurda a la mente...¿o al corazón?

Un anillo...

Intento dormir.
Buenas noches para tí también...mi guerrera.

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http://historiasengris.blogspot.com/2009/11/buenas-noches.html?showComment=1258209072736#c1897537831458169048

Memorias de un Templario Negro (XX)

Como sangre cayendo sobre el pañuelo regalado por la amada cae la tinta sobre el pergamino, desangrando todo lo que he vivido, y lo que no podré vivir. Por fin han empezado a hacerme preguntas más allá de las palizas y la tortura, pero no he dicho nada, no es la primera vez que me pasa esto. Me han desencajado las extremidades; me han sumergido el rostro en agua helada intercalada con agua hirivendo, retirando mi rostro solo en el último momento antes de ahogarme; y me han marcado a fuego la piel sensible del cuello.
"¿Quienes son los herejes que se hacen llamar Petirrojos?" "¿A quién seguías?" "¿Quién ha seguido tu liderazgo y por qué?" "¿A qué demonio te has encomendado?" y otras tonterías. Mis respuestas en silencio eran replicadas por algún tipo de tortura a cuál más horrible e inhumana.

Que se olviden, no voy a decir nada, solo escribir. Y que quede claro, esto no es una confesión. Tengo muy claro para quién va esto.

Escribir...continúo.

Tras la misión nos presentamos en la Basílica de San Lorenzo, en el "salón del trono" donde se encontraba sentado (y al parecer satisfecho) el Obispo Faustino, que entrelazaba los dedos de sus manos con los codos apoyados en los posabrazos orlados de ángeles. El Obispo Faustino se levantó y se pasó una mano por la canosa cabellera. Suspiró de forma sobreactuada, sobrecogido falsamente por el informe de la misión.
-Así que el señor Leonardo Marini, con el que tanto tiempo he confraternizado y convivido pacíficamente en Florencia, me traicionaba, ¡No a mí solo, sino también a la Madre Iglesia!, reuniendo arsenal prohibido y comercializarlo por toda europa en forma de fiestas paganas...-negó con la cabeza pausadamente de forma dramática, era un pésimo actor- Tiene lo que se merece, la muerte.
Gorke carraspeó, incómodo. Nosotros seguíamos en formación de descanso, piernas separadas, en equilibrio, manos a la espalda.
-Permiso para hablar, su eminencia.-el aludido le hizo un gesto con la mano, dando permiso.-Me cuesta creer que no supiérais nada de lo que se estaba cociendo aquí.
-¿Cómo es posible?¿Me acusáis de algo?-dijo sorprendido.
-Tenéis un cuartel repleto de Templarios, servicios de la Inquisición e incluso en vuestra basílica tenéis hijos de Jeremiel. Creo que vuestros agentes de la Inquisición detuvieron a los portugueses disidentes de la Iglesia, Danilo y Genoveva, porque vos lo decidisteis. Ellos siempre habían cruzado vuestras fronteras sin problemas con vuestro permiso, si no, ellos no habrían sido tan incautos. Vos sabíais todo lo que pasaba allí, no eran meras sospechas que nosotros debíamos confirmar como nos dijisteis cuando nos convocasteis. Eráis cómplice y ayudábais a Leonardo, pero le traicionasteis.
-¿Qué estáis diciendo?¿Y por qué se supone que hice todo eso?
-Bueno, os habéis quedado todo el arsenal que el hereje había reunido en vez de hacer de su palacio la mayor hoguera del mundo. ¿Tal vez pensáis utilizar lo que habéis requisado? Os habéis aprovechado del diádoco para conseguir armas de fuego ¿Quizás para la Iglesia?¿O vais a darle algún uso personal?
-¡Calumnias!
-Pienso presentar este informe ante el mando del Negro Temple.
Por fin el Obispo dejó de sobreactuar y hacerse el ofendido y mostró su verdadero rostro: una sonrisa de tiburón.
-Es la palabra del Obispo de la conglomeración de Florencia...contra la de unos herejes.
-¿Herejes?¡No me venga con tonterías!¡Ha puesto en peligro a mis hombres solo para su estúpido plan!
-¿Ve, Armatura Gorke? Yo también sé inventarme acusaciones-dijo conteniendo una risa-Si presenta ese informe ante su Orden, será la palabra de unos sucios soldados, contra la de un Obispo respetable. No querráis saber quién va a salir ganando en esta disputa, sobre todo si su Armatura ha tenido contactos con brujas ¿De acuerdo?
Los nudillos del Armatura estaban blancos. No podíamos hacer nada...al menos, burocráticamente hablando.
-De acuerdo. Pero le advierto que volverá a encontrarse en problemas, y entonces...nosotros no acudiremos en su ayuda.
El Obispo se burló de la advertencia.
-No necesito 9 andrajosos Templarios. Tengo a todo un regimiento conmigo.
Una poderosa llamada golpeó la puerta del despacho de la Basílica de San Lorenzo. Entró un Templario.
-Su eminencia, el ángel está aquí.
-Hágale pasar.

Un ángel entró en el despacho tímidamente. Ahora tenía dudas de si los ángeles eran asexuales o no, porque parecía una niña, muy joven, por cierto. Ni siquiera llevaba los paños votivos característicos. Un ángel de rasgos afilados por el viento y pelo recogido.
-Bienvenida a mi Basílica, Galadriel, hija de Uriel.- la urielita se arrodilló y besó la mano del Obispo, el tipo me ponía enfermo.- Hace unos pocos años que llegaste a la Tierra y me han dicho que vas de camino a Roma presta a tu Consagración, lo cuál celebro, pero necesito que lleves este correo al Negro Temple.

¿ Un correo al Negro Temple?¿Qué tramaba?
Se dirigió a la urielita, pero realmente nos hablaba a nosotros.

-Iba a dar buena cuenta de la actitud de los Templarios Negros, pero he cambiado de opinión y creo que su comportamiento, sobre todo el del Armatura, deja mucho que desear. Espero que el Negro Temple les meta en cintura tras esta crítica y, además, espero que con esto se den cuenta de que contra mí,- giró la cabeza hacia nosotros, aún en posición de descanso militar- no hay nada que hacer.
La urielita seguía arrodillada ¿Es que ese cabrón la iba a dejar arrodillada toda la vida?
-En seguida, su eminencia. El correo llegará tan rápido como sean capaces mis entrenadas alas.
-Estoy seguro...pero por si acaso...
El Obispo fue hacia las ventanas que había a la espalda del trono. Las abrió de par en par.
-Partid ahora mismo. No puedo confiar en que estos andrajosos no os ataquen.
"Maldito bastardo"
Galadriel no tuvo más remedio que obedecer. Se acercó a los ventanales del despacho y nos echó una mirada triste. Tal vez no quería ser portadora de malas noticias, y menos si afectaban a otros que no eran ella. Pero era su primer encargo a manos de la Iglesia, y no se podía permitir ningún fallo...al menos no antes de su Consagración. Alzó el vuelo sin dificultad y fue rumbo a Roma Aeterna, pasando antes por el Negro Temple.

Cuando salimos de Florencia, rumbo a Roma, llovía a cántaros. Si salimos con ganas y fuerzas a Florencia, volvíamos sin ellas. Cabalgábamos con un humor de perros, Jacob encima volvía sin su caballo: Templanza, caído en combate, que fue nuestra única baja. Iba detrás de Jacqueline, cabalgando a la grupa de Fraternidad. Los largos cabellos de Jacqueline le daban en la cara a Jacob, y él tenía un cabreo impresionante. No se quejó ¿Cómo se queja alguien que no tiene lengua?
Nuestras capas ya no flameaban con la fuerza del trote, sino que estaban empapadas, pegadas y frías en nuestras espaldas. Cuando escampó, de noche, hicimos una gran hoguera, y nos dispusimos a dormir, no teníamos ni ganas de emborracharnos esa noche, con eso lo digo todo.
Los chicos se quedaron dormidos en seguida y yo, como siempre, dormí con la daga envainada bajo la almohada improvisada. Las chicas: Ilse, Jacqueline y Amelia al contrario que nosotros, no parecían tener sueño. Parecía que recobraban el ánimo y la sonrisa.

Durante la fría noche escuché un grito femenino que me puso los pelos de punta.
-¡Que no!
-¿Qué pasa?-grité casi desenvainando la daga en el aire. Otra vez, al igual que en la Basílica, era Amelia la que me despertaba de un sobresalto.
-¡NADA! ¡TÚ A CALLAR!- me gritó con una mueca de...¿odio?
-Joder... vale -si en ese momento supiera lo que era la menstruación, pensaría que le estaba haciendo una visita a Amelia en ese momento...o quizás permanentemente. Volví a echarme de costado. Lo último que escuché fue a Amelia e Ilse intercambiando unas últimas palabras antes de echarse ellas a dormir.
- Gasfmprijalfdlakdj...
-¿Qué dices Amelia? - preguntó Ilse.
-Que es idiota - se cruzó de brazos - Buenas noches - se cubrió la cara con las mantas, enfurruñada.

¿Pero qué coño había hecho yo ahora?

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Para entender lo del final xD
http://historiasengris.blogspot.com/2009/10/noche-de-chicas.html

sábado, 7 de noviembre de 2009

Memorias de un Templario Negro (XIX)

Y así cargaron tres Templarios Negros a pleno galope en el Salón de baile del diádoco. Con una furia guerrera y una fe ciega. No hay peor enemigo que el que está ciego de fe. Aunque hay otras cosas que también ciegan...como el amor.

Ayer escuché gritos y una refriega estruendosa y por lo visto, sangrienta...un motín, una fuga, o gente muy desesperada intentando sacar a algún ser querido encerrado en este agujero. Si es así, espero que no haya sido por mí. Espero que no haya hecho ninguna estupidez para sacarme de aquí. No me extrañaría que hubiera sido así.
No hay nada que hacer, sé que en cuanto salga de aquí, veré el rostro de Dios.

Por eso debo darme prisa en seguir escribiendo...es lo único que me mantiene cuerdo entre paliza y paliza.

Continúo...

Sentí un gran alivio cuando vi a Duncant entrar a nuestro rescate, le seguían en una pequeña formación de cuña Johann y Jacob, tambíen a pleno galope. Los cascos de los caballos tronaron en la moqueta del suelo, las lámparas de araña temblaron como si un terremoto cogiera fuerzas a cada segundo que pasa.
Los guardias que nos encañonaban, por desgracia, no eran guardias porque sí. Demostraron frialdad y reflejos, pues dejaron de apuntarnos (que estabamos arrodillados, apresados) con rapidez y dispararon hacia los jinetes. Sin embargo, si ellos estaban entrenados, nosotros más aún. Amelia y yo de repente empujamos a dos de los tres guardias armados con tecnología justo al efectuar el ataque, errando los dos disparos. El tercer guardia dio en el blanco, en Templanza, caballo de Jacob, el deslenguado. Caballo y jinete cayeron en plena carrera sobre la alfombra de baile, quedándose atrás de la formación. Templanza no se levantó, Jacob sí...se levantó con una templanza (curioso ¿eh?) y rapidez insólita, y siguió cargando, desenvainando y alzando el espadón de la espalda a plena carrera. Los guardias se miraron y sus ojos comunicaron y transmitían pánico ante una carga que no podían rechazar aún ni con la tecnología que poseían. Intentaron huir...no lo consiguieron, fueron arrollados entre los cascos de los caballos de guerra y las espadas lanzas de Duncant y Johann.
Apenas quedaban guardias. La mayoría estaban fuera y todos fueron abatidos por la sorpresa y determinación de nuestro ataque. Los que quedaban dentro, huyeron. Johann a caballo gritaba como el loco que todos creíamos que era, dando caza a los herejes entre las mesas de la sala.

-¡Para ser un soldado, no necesitas una pistolita de mierda...solo tragarte el miedo y tener cojones, y a vosotros os faltan muchos!

Jacob gritaba guturalmente y hacía danzar el espadón con tanta destreza entre los chatarreros que parecía que manejaba una pluma...gritó dos veces de forma corta y seguida. Supongo que quería decir que estaba de acuerdo con Johann. Duncant hacía virar manejando diestramente las riendas a Generosidad en círculos en medio de la batalla (o más bien persecución, pues no ofrecían apenas resistencia) buscando posibles amenaza en retaguardia. Con esos cacharros podrían atacarte desde cuaquier parte. Al final pareció ver algo interesante.
-¡Amelia, Isaac!¡Allí!- dijo señalando.
Nosotros reducíamos a un tipo armado con un estoque. Mi binomio y yo hacíamos una táctica sencilla al estar los dos desarmados: yo esquivaba como podía el estoque entreteniéndolo (no se si entretener es la palabra más idónea) mientras Amelia lo reducía de un golpe por la retaguardia. Sólo uno un golpe.

Cuando terminamos miramos a Duncant. Señalaba a alguien que huía hacia el interior del palacio. Leonardo, Mecenas del fuego prohibido.
-¡A por él!- gritó Amelia emprendiendo una frenética carrera. Yo iba detrás. Pero alguien se nos adelantó en la carrera. Gorke apareció delante nuestra siendo el primero en encabezar la persecución. Leonardo se metió por un pasillo de arquitectura recargada. Gorke entró después, luego nosotros. El tipo corría como si le persiguiera el mismísimo demonio, aunque, en este caso, a lo mejor debería decir el mismísimo Dios. Vimos algo que se asomaba del costado izquierdo del chatarrero que aún corría.
-¡Cuerpo a tierra!-ordenó más que gritó Gorke, nosotros obedecimos de inmediato...el tipo disparó sin nisiquiera girar la cabeza, concentrado en la carrera. No nos dió, nos tiramos al suelo al momento en el que nuestra armatura dió la orden.

Nos levantamos en seguida y reanudamos la persecución. Había entrado en una enorme habitación, llena de enormes espejos artesanales. ¿Qué clase de lugar era aquél? Nos veíamos reflejados en multitud de espejos, y a su vez, se veían reflejados los reflejos...se veían una multitud de Isaacs, de Amelias, de Gorkes...y de Leonardos.
El Mecenas del Fuego Prohibido se giró y empezó a disparar a bocajarro. Gorke ya le había visto las intenciones.
-¡Rompan la formación!¡Maniobra evasiva!-dijo a la vez que nos empujaba a Amelia y a mí en diferentes direcciones del almacén de espejos. Nos alejamos y corrimos tanto como pudimos entre los disparos , que eran más desesperados que calculados. Los espejos se rompían por doquier, dejando caer sus fragmentos sobre el suelo estrepitosamente. Tras realizar lo que me pareció una multitud de disparos, huyó. Subió por unas enormes escaleras adornadas de angelotes de cerámica, que iban a un balcón.
Estaba atrapado. El chatarrero estaba acorralado en el balcón.
El desenvainar de la espada de Gorke rasgó el aire.

-Entrégate, Marini.- la voz del armatura sonó dura.



El tipo, desesperado apuntó a Gorke. Aunque acorralado, nos podía freír a los tres antes de que le tocáramos. ¿Qué podíamos hacer contra eso?Las armas heréticas eran extraordinarias...eran, perfectas. O eso pensaba.
Para nuestra desesperación Gorke andó despacio hacia el hereje, de frente al cañon que le amenazaba quitarle la vida de un plumazo. A pesar de estar armado, se puso nervioso.

-¡Maldito bastardo exclavo de la Iglesia!¡No te acerques!¿Te crees que tienes alguna posibilidad con esa mierda de espada?-Gorke no vaciló ni un segundo, siguió acercándose.-¡Como des un paso más te dispararé maldito cabrón!

Gorke se puso frente al cañón del arma, Amelia y yo conteníamos la respiración y nos acercabamos cautelosamente. Leonardo gritó.

-¡Tú lo has querido!

Y disparó...pero, no pasó nada. En vez de oirse el trueno que producía al disparar, se escuchó un chasquido. Gorke ni pestañeó.
-Al menos esta mierda de espada no necesita munición.

Creíamos que estaba solucionado, que lo habíamos apresado, que es entregaría y cantaría todo lo que supiera sobre esa revolución antiangélica europea. Sin embargo corrió hacia el borde del balcón y parecía amenazar con tirarse. No estaba muy alto, pero en el caso de que se hubiera tirado, sólo se hubiera roto seguro una pierna y además, Ilse y Alejo estaban abajo, habían reducido a los guardias y estaban allí asegurando la zona. Pero no amenazaba con tirarse. Estaba buscando algo en los bolsillos de su camisa extravagante de fiesta. Gritaba a la vez como un loco.

-¡Ese bastardo de Faustino me ha traicionado!¡Es un puto demonio y se las da de Obispo!¡Es un puto Judas!¡Se quiere apropiar de mi trabajo!¡Se quedará el arsenal tecnológico que he reunido gracias a él!¡Sí, vuestro querido obispo para el que trabajáis lo sabía todo!¡Él era mi cómplice y juró apoyarme contra la Iglesia!¡Se ha vuelto a cambiar de bando el muy cerdo!-comenzó a reirse con un matiz de locura, encontró una pequeña pieza de latón y la metió en la pistola.-Pero yo no diré nada a la Iglesia, ni a la Inquisición, porque...los muertos no hablan.

Y se voló la tapa de los sesos con la última bala que le quedaba. Una bala que guardaba en su ropa, quizas para "silenciarse" en caso de desesperacion.

La misión había fracasado...al menos en parte.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Memorias de un Templario Negro (XVIII)

Y menudas fiestas montábamos los Templarios Negros cuando se trataba de escarmentar herejes, éramos tan superiores a los pequeños grupos herejes dentro de la Iglesia que nos permitíamos un lujoso humor de batalla. Al menos, en el primer año de servicio, después, todo se torció.
Nuestro vínculo era tan fuerte, después de todo lo que habíamos pasado juntos en el Negro Temple, que nos movíamos y actuábamos como uno solo.
Juntos éramos casi invencibles.
Casi...

Si lo fuéramos, esto no habría acabado así.
El aceite del quinqué se ha consumido, pero he conseguido que me dieran un gran cirio ramielita,
con un alfa en la parte de arriba de la enorme vela, y un omega en la base...una llama derritiendo la cera hasta llegar a su omega, a su final...que propio. No podía haber pedido una vela mejor. Ya está empezando a consumirse el alfa, tendré que seguir escribiendo.
Amelia y yo conseguimos entrar en la fiesta del supuesto chatarrero y diádoco Leonardo Marini en Florencia. Al entrar nos dieron una especies de yelmos que solo cubrían el rostro. Máscaras lo llamaban. Cuando llegamos al gran salón nos sentimos extasiados por tanto lujo y espacio. El salón estaba lleno de mueres y hombres anónimos ocultos tras sus máscaras y trajes y vestidos extravagantes y recargados. Enmascarados quizás, por ser un baile, o quizás para ocultar su identidad a la hora de delinquir ante las propias narices de la Madre Iglesia.
Esa gente parecía sacada de una época dorada, de tiempos mejores, si es que eso había existido alguna vez en nuestro caótico mundo. Cientos de velas alumbraban en arañas de oro colgadas en el techo, imágenes y pinturas de paisajes lejanos y retratos hermosos se exponían en las barrocas paredes. Esculturas de blanco mármol mostraban su desnudez y belleza sin ningún tipo de pudor. Alfombras cargadas de adornos reconfortaban el baile de los invitados bajo un techo sostenido por columnas immaculadas.

Resumiendo: un lujo innecesario que insultaba a Dios y a todos los que se morían de hambre.
-¿Y ahora qué?-interrogué a mi binomi, que tampoco sabía cómo moverse o qué hacer ante tal insólito lugar.

Ella estaba extasiada mirando el ambiente del gran baile. Había una gran orquesta tocando desde un gran balcón que daba al interior del salón donde los invitados daban vueltas en parejas a bajo del dominio del compás ternario de algo llamado vals. Música instrumental...otra herejía.
Yo tenía miedo de la redada que pudieramos hacer allí. Amelia no parecía preocuparse nada, le brillaban los ojos y una sonrisa eterna se había apoderado de su rostro. Parecía una niña.
-¿Qué hacemos ahora?-volví a repetirle suavemente, esta vez en el oído.

Ella me tomó de la mano y tiró de mí hasta donde se encontraban los bailarines. Intenté resistirme, se supone que debíamos pasar desapercibido.
-¿Qué haces Amelia? Se supone que debemos infiltrarnos sin que sospechen- le susurré asperamente mientras me dejaba tirar por ella.
-Y eso es lo que hacemos idiota, la mayoría de la gente está bailando, y además, mientras damos vueltas no nos escuchará nadie ¿Sabes bailar?
-¡Claro que no!
-Entonces dejate llevar, yo te llevo.
-Ni de coña. Prefiero intentarlo yo.

Empezamos a movernos torpemente, pero conforme pasaban los compases íbamos cogiendole el tranquillo a los balanceos y vueltas del baile. En cuestión de tiempo, ya íbamos dando vueltas por el salón, y sobre nosotros mismos. Era el momento de hablar sobre el siguiente paso:
-¿Y ahora qué? Ya estamos más que integrados.
-Ahora toca esperar.
-¿Esperar a qué?
-Se supone que esta fiesta es una tapadera. Aquí se va a vender tecnología prohibida, así que algunos de los invitados tendrán que ausentarse, tenemos que vigilar el movimiento de todos. Además, el anfitrión ni siquiera ha aparecido.
-El anfitrión...Leonardo. Entonces daremos la señal de entrada.
-Si.-asintió con la cabeza y después fruncio el ceño.-Como vuelvas a pisarme, te machaco.

Seguimos dando vueltas hasta que pareció que el que bailaba era el salón y no nosotros. Los invitados aplaudieron a una figura que había entrado, totalmente enmascarado.
-Saludos mis huéspedes, espero que todo esté a vuestro gusto y comodidad. Disfrutad de mis estancias y contemplad todo lo que pude rescatar de un mundo antiguo y próspero. He recogido, recuperado y reconstruido las mayores obras de arte y modo de vida de la península Itálica de un período desconocido llamado Renacimiento y mundo moderno, surgido aquí. He protegido esto, de manos de la ignorante Iglesia, que quería quemar todo estos grandes descubrimientos de un tiempo en el que no la necesitábamos y éramos felices. Disfrutad y comed. Dejáos llevar por vuestros instintos. Hoy Dios no está aquí.

Después de todo esto llegó otra vez la normalidad de la fiesta. Bueno..."normalidad". Amelia y yo nos reúnimos en una estatua...¿de hielo? Aquel lugar me ponía los pelos de punta. Nos fijamos en que algunas parejas se marchaban discretamente por donde se había ido el anfitrión. Decidimos seguirlos y espiar su conversación, pero se encerraron en un despacho. Se abrió la puerta y salieron, un sirviente nos miraba.
-Pasen por favor.
-¿Nosotros?

El sirviente arqueó una ceja.
-¿Acaso no quieren el fuego que les ofrece el gran Prometeo?
Nos miramos. Nuestas caras eran un auténtico poema.
-Esto...Si, claro.-dije.

Entramos en el despacho, allí estaba el supuesto Leonardo Marini, aún enmascarado, mirando un enorme mapa de Europa colgado al fondo de la sala. Estaba marcando zonas concretas en el continente. Estaban marcadas Florencia, Zurich, algún reino de Iberia, y finalmente zonas circundantes a Praga. Ahora estaba marcando Córdoba. Sin girarse preguntó.
-¿Quiénes sois?
-Isa...¡Aich!-comencé, pero me detuvo un pellizco en el brazo.
-Danilo y Genoveva.-alzó la voz Amelia.

Leonardo se giró, ceño fruncido.
-¿Qué sector?
Vuelta a mirarnos. ¿Qué demonios pasaba allí?
-Venimos de...-comencé a decir recordando a la par nuestras identidades falsas.-Lisboa.
Ahora sí que estaba impresionado. Aplaudió pausadamente con sus manos enguantadas.
-La verdad es que no sé de qué me sorprendo. Lisboa fue totalmente arrasada por la Iglesia cuando se declaró ciudad libre como Gran Bretaña. La Iglesia se sintió tan ofendida la arrasó con un fuego purificador, dijeron, pero la verdad es que sospecho que utilizaron tecnología. Es normal que queráis más armas y seáis los primeros en realizar la gran revolución atea en Europa, vuestra sed de venganza debe ser...insaciable. La verdad es que tengo muchas esperanzas en Iberia de que la Revolución salga bien. Tenemos el apoyo de la Liga Humanitas, el NAM de las islas británicas y la gran chatarrería de Córdoba, sin embargo, esa maldita Orden, los que se hacen llamar Petirrojos, dicen que no actuarán contra la Iglesia, dicen que la humanidad tiene enemigos más importantes...malditos bastardos. Aun así, prácticamente creo que tenemos casi asegurada la parte occidental del continente.

Maldita sea, era cierto, Lisboa preparaba vengarse de la Iglesia Angélica y tenía ya escondido un gran arsenal. Para colmo se estaban comunicando una Revolución antiangélica por todo el continente sin que nadie se enterara ¿Cómo lo hacían?¿Cuál sería la fecha clave?

-Entonces...¿Qué deseáis? He de decir que tengo una superproducción de subfusiles cordobeses.
¿Qué demonios era eso?
-Leonardo...-comencé a decir.
-¿Leonardo?-dijo él entre asustado y nervioso.-¡Espias de la Iglesia!¡Guardias!

Después de esa misión nos explicaron que ningún invitado sabía la verdadera identidad del anfitrión, sólo el arzobispo Faustino conocía la fiesta y quién la organizaba. Leonardo era conocido por sus socios y colaboradores como Prometeo, un antiguo dios pagano que según me dijeron robó el fuego prohibido y se lo dió a los mortales. Una blasfemia, por supuesto. Al decir su verdadero nombre me había delatado.
Dos armarios con patas entraron en ese momento. Amelia noqueó a uno con una patada en sus partes nobles. Yo simplemente me limité a esquivarlo. Corrimos por el pasillo por el que habíamos venido. Corrimos más rapido cuando escuchamos una pequeña explosión y un jarrón que había a nuestro lado explotó en mil pedazos inexplicablemente.
-¡Mierda!-gritó mi binomio-¡Qué coño ha sido eso!
-¡Corre!- le apremié entre jadeos.


Corrimos como si nos persiguiera el mismísimo Señor de las Moscas. Llegamos al gran salón y corrimos entre los bailarines, la música seguía.

Otra explosión. Esta vez algo pasó silbando por mi lado.
-¡Detrás de las estatuas!
Nos ocultamos detrás de la base de una enorme estatua de mármol. La música cesó y la gente huía. La sala de baile era un auténtico caos, una marea humana.
-¿Con qué mierda nos están disparando?-dije histérico, parapetado en la base de la estatua, que se estaba cayendo a cachos debido a los proyectiles. Nos llovía encima las piezas amputadas. Amelia se asomó entre las piernas de la estatua, que representaba un tipo desnudo.
-Ha dejado de disparar, pero aquí vienen esos armarios que tienen por guardias. Vienen armados con tubos de metal que dispara fuego o Dios sabe qué coño son esas cosas.

Ella me abrazó, y por primera vez no me importó. Íbamos a morir.

-Siento haber sido el causante de tu muerte. Eres una de las únicas personas a las que quiero en este mundo, te tengo un cariño horrible-le dije a modo de disculpa.-Ni siquiera vamos a sobrevivir a la primera misión.
-Si vamos a morir...Isaac, quiero que sepas que te...-una sombra apareció entre nosotros y la interrumpió.

Apareció el tipejo al que esquivé en el despacho gruñendo. No duró ni un segundo en pie. Amelia ya le había metido una ostia que lo dejó seco nada más asomarse.
-¡¡¿Cómo cojones se te ocurre interrumpirme en este momento?!!-le gritó al guardia noqueado, a la par que le pegaba unos leves puntapies al cuerpo inerte.
No los vi llegar, de repente nos rodearon y nos encañonaron con esos cilindros de metal que escupían truenos y te mataban. Nos hicieron arodillar. El salón de baile estaba abandonado a causa de los disparos y el silencio lo inundaba todo, excepto el crujir de las armas. Los guardia nos encañonaban en silencio. Se escuchaba el inconfundible sonido de una batalla en el exterior. Leonardo se acercó a Amelia y a mí hecho una furia.
-¡Hay más con ellos! ¿Qué demonios? ¡¿Cómo demonios han entrado y atravesado mis fuerzas armadas?!-dicho esto me agarro violentamente del cabello y alzó mi rostro-¿Qué sois?¿Templarios?¿Cuántos sois?
-Nueve...-contesté con un hilo de voz. Él me abofeteó.
-¡Y una mierda! Nueve sucios Templarios no podrían haber atravesado mis defensas a pesar de haber mareado a mis guardias aquí dentro.
-No...quizás nueve Templarios normales no. Pero quizá sí Templarios Negros.

Un caballo embistió por la entrada, machacando la madera y sacando las hojas del quicio. Tres caballos con sus respectivos jinetes gritaron al gran salón en plena carga espadas-lanzas en ristre.

-¡¡Por la Madre Iglesia!!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Memorias de un Templario Negro (XVII)

La cabeza me da vueltas. He perdido completamente la noción del tiempo y creo que hace días que no nos dan de comer. Al no querer quedarme dormido mi cuerpo se ha rebelado y me he desmayado súbitamente, derramando parte del tintero. Por suerte, apenas ha manchado nada de las hojas, sería desagradable perder todo lo escrito hasta ahora.

Seguiré...escribiendo.


Minutos después estábamos todos en un lujoso comedor. El decani de la Basílica estaba sentado en la parte estrecha de la mesa rectangular, presidiendo la cena. Era un hombre bastante mayor, pelo y barba blanca, líneas de expresión marcadas y ojos hundidos. Comía con los cubiertos sin mirar ni siquiera lo que se metía en la boca, mirándonos inquisitivamente. El decani parecía el típico viejo amargado.
Finalmente me dí cuenta que el único armatura que había allí era el nuestro, Gorke, que estaba sentado en el extremo opuesto al decani. Parecía bastante aburrido con todo eso de la educación y el protocolo, ese rollo formal parecía que no iba con él, aun así mantenía la compostura. Ilse estaba a mi derecha y Alejo a mi izquierda, que parecía muy familiarizado con los cubiertos, tal vez por la experiencia con los instrumentos sanitarios. Al lado de éste estaba Johan, que observaba todo atentamente, y al otro lado de la mesa, en frente nuestra de derecha a izquierda estaban Duncant, Jacqueline, Jacob y Amelia. Duncant tenía una expresión neutra, Jacqueline sonreía mucho, quizá demasiado; Jacob mostraba dificultades para comer sin lengua, y Amelia ya había terminado, había tragado como una bestia, por lo que se aburría esperando al resto. El decani parecía querer decir algo, terminó de masticar lentamente, tosió violentamente y habló dirigiéndose a Gorke.
-Armatura…-dijo el viejo con una pausa para que el aludido dijera su nombre.
-Gorke- completó prestando atención.
-Por fin conozco a unos de los famosos Templarios Negros
-Si, señor. Eso somos.
-Siempre me he preguntado qué son esas cruces negras que lleváis plasmadas en las placas de armadura, y los colgantes con la misma forma de cruz que lleváis los Templarios Negros. Nunca había visto nada semejante.Los Templarios no suelen llevar cruces colgadas, sino figuras angélicas.
El Decani de la Basílica de San Lorenzo parecía que no le gustaban nada los cambios. Gorke soltó un suspiro sin disimular como pensando que aquello no era nada importante.

-A la Orden se les proporcionó una antigua y enorme iglesia cerca de Roma, un lugar donde establecer la orden, aunque la iglesia que les dejaron estaba bastante arruinada. Cuando la reformaban con sus propias manos descubrieron que la iglesia perteneció a la orden prediluviana conocida como Los Pobres Soldados De Cristo, o Templarios, como la orden actual, solo que aquellos creían en Cristo como Hijo de Dios, y no como profeta. Es más, lo adoraban como al Mismísimo. Los desastres del Segundo Diluvio les dio a conocer una biblioteca bastante oculta bajo tierra, probablemente ni siquiera la conocían los europeos de los últimos mil años. En la biblioteca oculta encontraron mosaicos de resplandecientes soldados de negro con majestuosas cruces en sus petos, enfrentándose a los Herejes. Y así, por algún tipo de recuerdo y honor, la orden emuló las vestimentas oscuras de estos antiguos guerreros y sus cruces blancas y viceversa. Los métodos de adiestramiento son como una dura guerra, los resultados son buenos. No quiero decir con esto que el fin justifica los medios.

El Decani parecía más enfadado.

-¿Templarios de antes del Segundo Diluvio? ¿Jesucristo Hijo de Dios? ¿Imitar órdenes religiosas que no son de la Iglesia Angélica? ¿Templarios que cumplen igual que Engels? ¡Todo esto son blasfemias!
Gorke se levantó. Y fue acusando de lo mismo al Decani.
-Fue la Iglesia Angélica la que se basó en estos antiguos sacerdotes guerreros. Los Templarios imitamos en todo lo que pueden a los Engel, aunque lo ocultemo, algo que no deberíamos hacer, pues podemos hacer frente a la prole del Señor de las Moscas nosotros. Y no siempre podremos confiar en que nos salvarán los Engels. Vámonos, aquí perdemos el tiempo y tenemos asuntos que zanjar para mañana.
Nos levantamos a la vez, con ganas de estirar las piernas dejando en mal lugar a nuestro anfitrión pues nadie había terminado de comer, excepto Amelia.
-Armatura Gorke, no espere ser Templario mucho tiempo con esa actitud-dijo el viejo con resentimiento.
Gorke se giró sonriendo y se empezó a tantear un bigote que crecía fuerte.
-Créame, cada vez me hago más a la idea de eso.
El viejo sonrió cruelmente.
-No lo digo por esto, lo digo por...ya sabe, sus relacion con aquella bruja, y alguna que otras tragedias de las que no sale limpio.

A Gorke se le borró la sonrisa y se puso enormemente serio, llevándose la mano a las cadenas de sus antiguos soldados de escuadra fallecidos.
-¡Compañía! ¡Marchen!-nos gritó Gorke furioso, y nosotros salimos de la Basílica a paso ligero.
Fuimos a una taberna para preparar los planes de la misión que nos esperaba, pero no me enteré de nada, me tocó montar guardia para ver si alguien escuchaba la conversación, así que los miraba desde otra mesa como cuchicheaban el plan. La noche pasó sin incidentes, hasta que se me contó el plan en el callejón de atrás de la taberna.

-¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?-no podía creer lo que me estaba contando Amelia.
-Pues eso, que tenemos que casarnos.
-Pero, pero, pero… ¿Por qué? ¡¿Qué tiene que ver eso con la misión?!-grité
-Tenemos que casarnos para entrar como pareja en la fiesta del chatarrero.
-…
Salió Duncant riéndose, asomando la cabeza por la puerta de la posada que daba al callejón.
- ¿Ya?-dijo sin contener una risita.
- Si- contestó ella muy feliz- ¡Míralo! ¡Todavía está temblando! ¡Todos los tíos son iguales! ¡Con su miedo a la responsabilidad!¡Era broma idiota! No nos casaremos, solo lo aparentaremos. Tu nombre es Danilo y el mío Genoveva, somos una pareja noble de la antigua Lisboa, nos casamos en Iberia y estamos perdidamente enamorados. Venimos en nombre de nuestros padres a la famosa fiesta del Diadoco “angélico” Leonardo Marini.

Yo seguía sudando hasta que comprendí.

-¿Así que ese es el plan para averiguar si hay tecnología prohibida en el feudo?-pregunté.
-¡Si, tarugo! ¿Qué te creías?-parecía un poco enfadada.
-Uf, casi me lo pierdo-soltó Duncant soltando un suspiro alegre.

Al día siguiente ya llegábamos al palacio del supuesto fiel Diádoco a la Iglesia. Hacía un día espléndido, y parecía que iba a hacer buen tiempo durante todo el día. Amelia y yo llegamos nerviosos al recinto del palacio, y ella me agarraba del brazo. Lo raro es que yo estaba más nervioso de estar cerca de ella que de la probable posibilidad de que la misión fracasara. La miré, y estaba totalmente metida en el papel de recién casada.
-Oye, lo haces muy bien- le solté sin aviso débilmente.
-¿El qué?-me respondió sin dejar de sonreír mirando a la lejanía.
-Tu papel de enamorada. No seas modesta- le decía mirando al frente.

No la veía pero percibí que su actitud cambió ligeramente.

-Si, es que…-comenzó lentamente y progresivamente comenzó a hablar aturullada-¡Soy muy buena actriz! ¿Nunca te lo había dicho? De pequeña me gustaba mucho imitar a los juglares.
-Ya estamos llegando a la entrada, veo al guardia, disimula- lo que escuché justo después era como ella suspiraba ásperamente mientras se pegaba un cocotazo con su mano libre en la cabeza.

El guardia que vigilaba las grandes puertas de cristal que daban al palacio nos salió al paso y yo le dí los pergaminos que nos permitían entrar, con los nombres de la identidad que acabábamos de robar. Finalmente entramos en los dominios del presunto chatarrero.

Allí ibamos a montar una verdadera fiesta al modo de los Templarios Negros.

jueves, 29 de octubre de 2009

Memorias de un Templario Negro (XVI)

Aquel patio de arena. Mi infierno personal. Una llama que corroe mi alma con la culpa. Un asesinato frío e inconsciente. Y yo era el asesino.



Los siguientes días fueron iguales. Trotábamos al sol con furia, pero el telón de fondo fue reemplazado por extensos campos de arroz con multitud de campesinos trabajando. Me recordó vagamente al hogar que suponía que había tenido. Los niños ayudaban a sus mayores, mientras cantaban y segaban, dando gracias al Señor por un día más de vida en este efímero mundo.
En el horizonte fue creciendo una silueta de muchas personas corriendo, así que estuvimos atentos. Eran muchos y corrían en sentido contrario a nosotros, iban armados y vestidos de blanco y algo de armadura. Ilse, que iba muy adelantada a nosotros nos indicó que no había peligro. Las siluetas resultaron ser Templarios. Gorke levantó la espada y les hizo un saludo, al que los Templarios respondieron. Nos cruzamos y nadie miró a atrás. Apresuré a Humildad para ponerme a la altura del sargento.
-Señor-le dije para llamar su atención, pero no me escuchaba por encima del estruendo de los caballos, así que grité más.- ¡Señor!
Ahora sí me escucho, me miro e hizo un gesto con la cabeza para que procediese a hablar.
-¿Quiénes eran?-le pregunté y él no sabia a quiénes me refería. Finalmente cayó en la cuenta.
-¡Ah¡¿Esos?¿No lo sabes muchacho?-me dijo un poco atónito-Son Templarios.
-Ya…pero si no son Templarios Negros… ¿Qué son?
-No estás aquí para hacer preguntas-cuando lo iba a dejar siguió hablando-Son Templarios del Firmamento Miguelita.
-¿En serio? ¡¿Esos han estado en el Firmamento de Roma AEterna?!-dije mostrando mi envidia, sin embargo Gorke rió.
-Solo lo protegen y luchan para ellos, no creo que vivan en el Firmamento-hizo una pausa-Los Templarios son hombres que luchan por proteger a la humanidad de…bueno, tú sabes de quien. Están instalados en los Firmamentos de los Engel y en monasterios angélicos. Todo eso está muy bien pero… ¿Realmente los Engel necesitan Templarios para proteger sus fantásticos Firmamentos? Los Templarios Negros no son una orden cualquiera de Templarios, es una orden de caballería pesada y además de élite a pie, muchacho. Claro, nosotros somos tan Templarios como otro cualquiera. Sin embargo, a nosotros se nos encomiendan tareas mucho más explícitas, a parte de marchar a las Cruzadas cuando se proclamen como todo buen Templario.
Aquella explicación se me antojó un poco complicada para lo simple que era en realidad. Ilse, la exploradora, volvía a horcajadas de Castidad agitando su brazo, después de haberse adelantado hace un buen rato del grupo para avistar los terrenos.
-¡Nos acercamos a Florencia!-gritó con fuerza, aún bastante lejos de nosotros.
-¿Cuánto nos queda?-le replicó Gorke.
-¡Para el cenit del astro rey habremos llegado!-respondió Ilse.


Efectivamente, para antes de mediodía ya estábamos viendo la ciudad costera de Florencia, rodeada de una conglomeración de ciudades. El edificio central, el más imponente y majestuoso era un gran monasterio angélico, aunque más bien parecía una fortaleza. La basílica-fortaleza era constantemente acosada por el mar Mediterráneo, y por supuesto, también las aldeas y campos alrededor de la Basílica eran amenazadas Las órdenes eran presentarnos ante el Arzobispo Faustino de Umbría, que era la persona que nos reclamaba para este asunto, y luego ya se vería lo que haríamos. Entramos en el camino en dirección a las puertas de la iglesia atravesando las casas y mercados de la próspera ciudad, mientras las gentes de a pie se apartaban, quizás confundiéndonos con esos que llaman los Jinetes Siniestros. El camino, cuanto más nos aproximábamos a la Basílica, más asfaltado se hacía, y era custodiado por unas enormes estatuas de Ángeles eruditos, que eran representados leyendo libros o mostrando su contenido (un alfa en la página izquierda y un omega en la derecha) a los traunsentes. Junto a las puertas dos enormes Templarios embutidos en completas armaduras y ropones oscuros bloquearon nuestra cabalgata con sus espadas-lanzas, protegiéndose a su vez por enormes escudos cuadrados. El de la derecha se apartó su yelmo y dijo con una voz grave:
-Santo y seña.
Gorke se aproximó y dijo claramente.
-Non nobis domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam.*
Los soldados se apartaron a la vez con si fueran una misma persona.
-Sed bienvenidos a la Basílica de San Lorenzo.
La Basílica de San Lorenzo era una de las maravillas que aún se conservaban de la vieja Europa. Se ignora la existencia e historia de San Lorenzo por parte de la Iglesia Angélica, pero no se le cambió el nombre a la basílica por si acaso era un santo favorito de Dios, y más nos vale no provocar Su ira, al menos otra vez no. Cuando entramos, no pude ver mucho hasta que mis ojos se adaptaran a la poca luz que habitaba allí dentro. Entramos en la parte antigua de la basílica, una planta de cruz latina con tres naves sostenidas por pilares cuadrangulares con florados en su parte superior. La leve luz entraba por numerosos ventanales que reposaban encima de los pilares. Caminamos haciendo eco de nuestros pasos. Mientras cruzábamos la planta entre los bancos un anciano ataviado en las ropas características de un Mónaco, venía hacia nosotros bastante risueño.
-Ave Templarium, hagan el favor de seguirme, el arzobispo Faustino les espera.

¿El arzobispo en persona esperaba una compañía de nueve Templarios? Debía ser muy importante el asunto para que el dirigente del conglomerado de ciudades de Florencia nos prestase tanta atención. Seguimos al Mónaco, por una disimulada puerta de una de las capillas laterales, de ahí salimos de la verdadera iglesia y entramos en la parte de la fortaleza angélica. El ambiente era gris y sin color, bastante monótono, con paredes adornadas de mosaicos que parecían contar una historia, posiblemente la de la Basílica. Subimos unas estrechas caleras de caracol y nos topamos con una puerta de doble hoja con pesados pomos. Al atravesarla había un pasillo ancho con muchas puertas, nos dirigimos a la puerta del fondo que llevaba a un gran salón abovedado que comunicaba con otro salón gemelo que disponía de una enorme biblioteca. Había mucho movimiento allí, pero no acaba de ver que pasaba y ¡De repente vi un ángel!¡Un Engel!¡Yo!¡Un sucio y maloliente humano! Me sentía tan dichoso en aquel momento que es irónico que mucho tiempo después me acabaría incluso hartándome de verlos, de escucharles y de acompañarlos. Iba cargado de libros de un lado de la biblioteca a otro. Durante uno de sus viajes se paró, y parecía darse cuenta de que le observaba se giró y me miró. Yo giré la cabeza disimulando pero la curiosidad me pudo y miré otra vez, y descubrí que estaba sonriéndome. ¡Aquello tenían que ser 10 años de buena suerte por lo menos! Aunque no sé por qué se me antojaba que era una niña…siempre creí que los ángeles eran asexuales. Alguien me dio un codazo, y obviamente, era Amelia.
-¿Quieres prestar atención?-dijo, yluego añadio más bajo-No es más que un pollo.

El Mónaco nos estaba presentando ya al Arzobispo Faustino, desenvainamos las espadas a la vez, hincamos la rodilla derecha en la fría piedra y clavamos ligeramente las puntas de las armas en el suelo casi besando las empuñaduras de nuestras espadas y dijimos a la vez.
-Por y para la Iglesia Angélica ¡Siempre!


El arzobispo Faustino sonrió satisfecho y acarició nuestras sumisas cabezas con su mano y dijo con voz ronca:
-Eso es lo que espera Dios de todos nosotros.
El Arzobispo se apartó y se sentó en un sillón que en realidad me parecía más un trono y comenzó a tamborilear con sus dedos en los posabrazos con forma de ángeles.

-Bien, sin rodeos. Ya sabéis que os he hecho venir a desmantelar un refugio de tecnología prediluviana en un palacio cerca de aquí. El palacio pertenece a un Diadoco llamado Leonardo Marini, creo que ya os lo hice saber. Os preguntaréis que cómo es que no utilizo mis propios Templarios, la razón es bien sencilla. Este Diacono es fiel a la Iglesia, o al menos eso aparenta, y está muy en contacto con mi persona y familiarizado con mis tropas. Además, realmente no tenemos pruebas contra él, sólo rumores obtenidos por la investigación de la Inquisición.

El arzobispo comenzó a toser, hizo una leve pausa y prosiguió.

-Quiero que averigüéis que ocurre dentro del palacio, que no se sepa que os he enviado yo. Es casi seguro que hay tecnología prediluviana, que arda la chatarrería hasta los cimientos.

Gorke se movía incómodo. Finalmente, habló.
-¿Se me permite hablar, señor?
-Proceda, por favor-dijo el arzobispo Faustino con un asentimiento de cabeza.
-Somos Templarios, no espías.
-Si, si. Ya se lo que me va a decir-intervino rápidamente- Veréis, si se confirman nuestras sospechas y allí reside lo prohibido, se debe arrancar de raíz ya mismo. De un día para otro puede que ya no estén las pruebas para acusar al Diadoco. Créeme, si Leonardo no nos pagara el Diezmo, ni nos hubiera ayudado a menudo, hace tiempo que hubiéramos acabado este asunto con o sin pruebas, siendo culpable o no.
-Aún así no hemos sido entrenados para ser espías, señor.
El arzobispo rió.
-Veo que te preocupas por los tuyos, bien, bien. Veamos, pasado mañana sabemos que va a celebrar una fiesta, a la que están invitados otros diadocos de Italia, e incluso de otras partes de Europa. Hace poco arrestamos a un tal Danilo y Genoveva, una pareja noble profana que se dirigía hacia Florencia con motivo de la reunión convocada por Leonardo, debido a que no quería mostrar a los guardias sus pertenencias antes de entrar a la ciudad. Venían desde lejos, de Iberia o Portugal. El caso pasó a la Inquisición y encontraron mucho dinero entre sus posesiones. Tanto como para poder comprar un par de ciudades. Tras unos breves interrogatorios confesaron que iban a comprar armamento prohibido en la supuesta fiesta del diadoco Leonardo. Pero, en confianza, la Inquisición puede hacer confesar a alguien hasta las acusaciones más falsas. Yo os daré los pergaminos de nobleza de los dos diadocos arrestados, ahí están los sellos de familia que os deben permitir la entrada. No creo que tengáis problema, pues no creo que Leonardo haya visto en persona a esta pareja. Paseaos por el palacio y si no hay nada sospechoso bien y si lo hay…¡Estarían traficando con el fuego prohibido delante de nuestras narices!Supongo que saréis lo que hacer. Esta noche podréis dormir en la Basílica. Cenaréis temprano, en compañía del decani y algunos armaturas. Si esto sale bien, bueno…puede que haya ascensos para alguien. Podéis retiraros.

Ese alguien seguramente era él, lo veía en sus ojos.
El anciano Mónaco nos guió a las habitaciones donde pasaríamos la noche para que dejáramos los equipos. Una habitación para cada uno. Una para mí solo, aquello era para mí un lujazo. Como quedaban unas horas para la cena, me quité el peto y me tiré en la cama, estaba muy cansado. La habitación era iluminada por la luz que entraba por un ventanuco demasiado pequeño, por donde ni siquiera podría salir una persona. Me quedé dormido con los últimos escasos rayos de sol de ese día. Fue complicado hacerlo, la colcha picaba mucho.
No dormí mucho. Mientras lo hacía me sentía amenazado, observado. Me erguí de cintura para arriba de repente empuñando mi daga, la cual guardaba siempre debajo de la almohada sobre la que dormía en viajes. Detuve la trayectoria del arma justo antes de clavarla en una silueta oscura recortada por la luz lunar que entraba por la pequeña ventana. La figura se encontraba sentada en el lado izquierdo de mi cama. Respiré descompasadamente por el susto, y aunque no veía muy bien quien era, sentí su familiar presencia.
-¿Es que te has propuesto matarme a sustos Amelia? ¿Cómo has entrado?-dije echándome otra vez en la cama recuperando el ritmo respiratorio.
- Estaba abierto. El decani de la Basílica nos reclama a la mesa para la cena-dijo ausente y preocupada.
-¿Qué te ocurre? ¿Te pasa algo?
-Tu brazo…

Me levanté de un salto y busqué los paños bendecidos y escritos con oraciones para enrollar y tapar totalmente mi brazo izquierdo, como siempre hacía antes de colocarme la placa de armadura aunque nunca lo había hecho delante de alguien.

-¿Qué te pasó?-dijo algo angustiada.
-Nada, no me pasó nada, era algo que me merecía y ya está-comencé a enrollar más rápido las vendas.
-Pero…todas esas cicatrices son horribles. Parecen hechas por un intenso odio irracional-se levantó y me miró a los ojos, estaba claro que estaba triste. La luna bañaba sus castaños cabellos y vestía un traje blanco. Si no fuera por el hecho de que no tenía alas, juraría que allí mismo había un ángel. Parecía frágil y delicada, muy femenina, nunca la había visto así. Creo que fue la primera vez que pensé en ella como mujer. Sentí sus ojos clavados en mí y no lo soporté.
-Tuve una infancia difícil, como cualquier niño de este mundo.-balbuceé.

Nos quedamos en silencio, y su respuesta fue un sentido y profundo abrazo en la oscuridad.

-Te comprendo-me susurró débilmente al oído.

Y yo se lo agradecía de corazón.

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*En latín, frase inicial del salmo 115(113B), que es usado por la orden del Temple como lema y que significa “No a nosotros, sino para la gloria de Tu nombre.”