lunes, 23 de mayo de 2011

Ostium ad Infernum (I)

Dios mío...no puedo creer que aún siga vivo.

¿Dios? ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

Mi nombre es Isaac, y es increíble que aún pueda (y quiera) seguir escribiendo. Si aún quedara algo de fe en mi alma le daría las gracias a Dios de seguir vivo, pero quedaría irónico teniendo en cuenta donde estoy. No voy a perder el tiempo y voy a tomar nota de las observaciones, pensamientos y vivencias que acabo de tener y seguiré teniendo a lo largo de mi viaje por este lugar por el que pocos se han aventurado: los senderos del infierno. Muchos conoceréis a muchos miembros de la Iglesia (o suicidas sin mucha esperanzas) que han dedicado sus vidas en ir recopilando vivencias junto a los Infernos o enfrentándose a prole del Señor de las Moscas; juntando información sobre sus movimientos y comportamientos así como ilustraciones adjuntadas de los Engendros Oníricos (algunas incluso llegué a estudiarlas en las bibliotecas del Negro Temple de Roma AEterna) Fueron documentos que llegué a valorar durante mi vida al servicio de la Madre Iglesia (y fuera de ella, ya que renegué). Porque en el combate, todo conocimiento sobre ti mismo y tu oponente, es fuerza y poder. Como aquellas personas que arriesgaron sus vidas a cambio de inmortalizar experiencias para advertir a los incautos yo intentaré hacer lo mismo (espero que con la misma profesionalidad) sobre algo sobre lo que se ha escrito poco: las 7 capas del Infierno.

¿Mis fuentes? Mi sangre derramada, cansancio, desesperación, sudor y lágrimas propias y las ajenas de mis compañeros. No estoy solo, sino habría enloquecido hace mucho. Nos encontramos allí mismo, en busca de un alma perdida que no debería encontrarse allí. Un buen amigo de la infancia que por circunstancias que ahora no relataré (si salgo de aquí, juro que escribiré mis memorias y adjuntaré este documento) acabó en la séptima capa del Infierno sin comerlo ni beberlo. Realmente no está muerto, pero su alma fue robada por una sierva del Tentador, Meckraelle, a la que espero encontrarme en las entrañas de su macabra mansión. Si supiera que hubiera muerto del todo, incluso su alma... quizás no me arriesgaría a bajar hasta aquí para rescatarle. De todas formas, es una promesa de amistad eterna y verdadera (forjada en una noche de cervezas en una posada, que cosa que ahora esa promesa me haya llevado al Infierno) lo que me mueve a llegar hasta aquí.

Sería extraño considerar esto un diario por los senderos del Infierno, pues aquí no hay noche y día, sino un crepúsculo permanente. No sabemos si han pasado días o solamente horas, pero desde luego, llevamos demasiado tiempo aquí.

Para empezar, la Puerta de los Infiernos son las conocidas Almenaras de Fuego que asolan la faz de la Tierra. Todo ser humano sabe de la existencia de esas torres de fuego que aparecieron en los desastres del Segundo Diluvio. Bailan sobre la Tierra y sobre la humanidad, dejando un rastro infame de tierras marcadas de muerte y pestilencia, normalmente rodeada de la prole del Señor de las Moscas. Como es lógico tuve que saber cómo entrar en los infiernos, pero tuvimos la suerte de que teníamos una gran fuente de información: el capitán y líder Petirrojo Gorke (mi ex-armatura al servicio de los Caballeros Templarios Negros). Por lo visto él ya había estado allí por un motivo similar al mío, sacar a un ser querido de sus hambrientas llamas, su esposa Casandra, cuya historia desconozco en detalles. Por lo visto tuvo un éxito parcial en su búsqueda. Gorke (amigo y siempre superior mío) nos habló de que esas torres de fuego comúnmente conocidas como Infernos eran las entradas que había en la Tierra al inframundo. El aire alrededor de esos tornados de fuego susurran los nombres de los que se acercan, a veces forman rostros cadavéricos que se alargan y deforman dando vueltas sobre sí mismos en eternos aullidos, pero cuando uno intenta atravesarlos...o es abrasado o entra impoluto. Nosotros entramos por el Inferno que danza sobre el Mediterráneo, próximo a las costas de Italia. Lo que comentan marineros que nos llevaron (y llevaron a Gorke en su momento) hasta el Inferno que baila sobre el mar Adriático, es que es el Infierno (o el propio Lucifer) el que considera si tu alma puede entrar o no. Entras o ardes, vives o mueres. Es a lo que uno se arriesga al atravesar los muros candentes.

Atravesamos sus puertas de fuego y para mi sorpresa, todos fuimos aceptados por el infierno, mis compañeros de infortunios: Amelia (ex Templaria, pero aún mi compañera de peligros) Josué, Jesús, Nicholae (los tres Petirrojos) y yo. Entré con una sensación de vértigo y vacío nevado de ceniza y de repente...despierto.

Un desierto helado, desolado e inhóspito. Lo primero que acierto a sentir es una ventisca que arrastra mi nombre.

"Isaac" dicen los vientos alargando mi nombre en un áspero susurro.

Para nada esperaba que el desierto pudiera estar helado. Cogí mis pertrechos y eché mano del abrigo. Mire a mi alrededor...mis compañeros no estaban conmigo.

­­– Maldita sea ¿y ahora qué?

Eché a andar. En el plano terreno se podían divisar estatuas. Hombres que se habían quedado congelados a plena carrera, por la postura de sus cuerpos pero, ¿de qué huían? No se les podía ver bien el rostro, pero sin duda apostaría a que sus expresiones son de agonía. Intento buscar una dirección a la que dirigirme, pero todo el terreno es muy parecido, desértico y congelado. Intento seguir el viento que arrastra mi nombre, pero de repente me doy cuenta de que el viento sopla a su capricho, desde todas direcciones. Decido andar por andar, es mejor que quedarse parado con ese frío y así es posible que me encuentre con alguno de mis compañeros.

Durante la caminata, escucho un crujido. Al principio no le di importancia, pensé que se había partido algo en el hielo. ¿Hielo? Miré al suelo rápidamente para cerciorarme de que seguía intacto. No. El suelo de hielo se estaba agrietando e iba creciendo a la par que aumentaba el crujido. No tuve más remedio que echar a correr con pánico controlado. El suelo por el que voy dejando rastro durante la carrera empieza a desmoronarse, mientras corro, veo unas horribles manos casi etéreas que salen de debajo del hielo violentamente. Intentan apresarme, y algunas las consiguen. Una mano fantasmagórica me agarra el pie, echo mano a la daga de mi bota y me deshago de ella. Sigo corriendo escupiendo vapor por la boca irrefrenablemente. Intento concentrarme en mi respiración, pero esas manos son mas rápidas y están en su terreno. Me aprisionan los brazos, me tiran hacia el suelo, me tumban entre gritos mientras que otras me agarran las piernas. Me empujan hacia el hielo y me aplastan sobre él. De pronto aparece una puerta, de la nada, solo una puerta con su marco. El marco tiene una forma puntiaguda en sus extremos superiores y unas curvas acabadas en puntas. La puerta doble se abre y salen manos etéreas empuñando agujas enormes seguidas de hilos, empiezan a coser sobre mi pecho mientras miro con impotencia como esas agujas entran y salen de mi piel. Empecé a forzar las manos que me ataban como las correas de las camillas que emplea la Inquisición. Gritos de pánico y dolor salieron de mi garganta. Logré zafarme de esas manos heladas, pero ya habían acabado conmigo. Me sangraba todo el pecho, cosida una cruz Templaria, estaba repleta de viñetas de toda una vida...la mía. Cual mosaico de una Iglesia contando su crónica. Arrastré los pies hasta la puerta dejando un rastro de sangre. Abrí la puerta. El paisaje era el mismo desierto helado, que me estaba tocando ya las narices.

- ¡Isaac!

Me giré escupiendo vaho y poniéndome el abrigo de nuevo. Me punzaba cada milímetro del pecho y derramaba cientos de hilillos de sangre. Respirar era una agonía. Josué, Nicholae, Jesús y Amelia se acercaron. Les miré con recelo. Ya habían jugado conmigo los demonios, esos podían no ser perfectamente mis verdaderos compañeros. Me levanté con esfuerzo y un murmullo de dolor, del que se cercioraron.

- ¿Qué pasa?- dijo Nicholae con expresión preocupada.

Josué, el más incauto de los tres petirrojos (los otros dos se podía decir que pensaban fríamente pero aún así eran valientes) me apartó el abrigo y el brazo con el que sujetaba la herida y se apartó como si hubiera abierto la caja de los mil males. Miró la herida con horror y curiosidad a la vez.

- Qué demonios...-maldijo mirando la cruz cosida, que estaba hecha por manos muy diestras, por manos del infierno, nada más y nada menos.

-Estoy bien.- dije poniéndome el abrigo.

-¡Joder!- maldijo, y luego dio cuenta del marco.-¿Y esa puerta?

- Ya la he examinado. No va a ninguna parte...

"Tik tik tik"

-¿Qué demonios es eso? Nunca mejor dicho.- se alarmó Jesús.

-Ese ruido no me gusta nada- aseguró Amelia.

Josué se quitó el rifle del hombro.

-¡Viene de abajo!

Miramos al suelo...se podían ver sombras al otro lado del hielo, pequeñas sombras que avanzaban bajo nuestros pies. El ruido aumentó y se multiplicó...cada vez eran más y solo podíamos mirarlas andar bajo nosotros.

- ¿Qué diantres es eso? Son muchos y caminan bajo nosotros. Apartémonos de este suelo- dije sacando el cordobés temiendo que estuvieran carcomiendo el hielo para que cayésemos.

"Crack"

La parte del hielo que acabábamos de dejar fue rajada. Estábamos en posición y armados. Yo ya apuntaba con el rifle, como mis compañeros, Amelia esperaba con las hachas. Esperábamos un engendro, insectos, bichos carnívoros...lo que fuera. Pero para nada esperábamos lo que apareció bajo ese suelo helado. Una pequeña cabeza calva de bebé, trepó hasta la superficie con la elegancia de una araña, pues tenía ocho patas articuladas afiladas como cuchillas. Nos miró con una mirada vacía y una marca en la frente. El resto de esos bichos caminaban por debajo del hielo. Y entonces...cargaron contra nosotros.

El primero de ellos profirió un chillido agónico y potente, como si de un grito de guerra espeluznante se tratara. A nuestros pies el suelo se resquebrajaba ante los demonios que avanzaban por debajo del hielo. El grupo, respondió al primer chillido y avanzaron con elegancias de unas arañas del infierno. Hicimos una formación de abanico para recibirlos, intentando evitar que nos rodearan. Espadas y rifles en mano, aguardamos a que llegaran hasta nosotros. Los cuchillos oxidados que tenían por patas las cabezas de bebés arañaban y penetraban a veces el suelo. Cuando llegaron hasta nosotros, redujeron la marcha y entonces los pude ver de cerca. Nunca había visto nada parecido: cabezas calvas de bebés que nos miraban con ojos embutidos en una asquerosa película blanca y una marca en la frente; del cuello le salían las articulaciones que se bifurcaban en patas de araña en forma de cuchillas. Un escalofrío que no tenia nada que ver con el gélido lugar me recorrió la espalda, aferré el rifle con mayor fuerza. Entonces, atacaron. Se movían rápidos y se coordinaban como si de un enjambre se tratara. Un de ellos enfiló hacia mí presto a darme muerte, pero antes de llegar al cuerpo a cuerpo abrí fuego sobre la cabeza infantil. El cráneo estalló entre vísceras y gritos eternamente agónicos y avanzaron con violencia. Di un paso atrás y apunté al siguiente, entonces pasó algo que no me esperaba. El que iba justo detrás saltó unos cuantos metros cuchillas en ristres. No lo vi venir y eso casi me cuesta la vida. Cayó desde el cielo y con fuerza (¿o más bien con facilidad?) atravesó mi carne, justo debajo del hombro izquierdo. No podría describir ese dolor, aunque pasé semanas con él. Me habían atravesado con armas durante toda mi vida militar, pero nada se asemejaba a aquello. Parecía oxidada, y así era, pero cortaba cualquier cosa como si de mantequilla se tratara, incluso el hielo por el que se movía cedía ante esa hoja. Me clavó en el suelo y estuve a escasos centímetros de ese horror de demonio. Me deshice del rifle y a duras penas contuve un grito de dolor. Tenía tan cerca a esa cosa que tuve que separarla de mi con un cabezazo. Mi contrincante reculó con gracia y no tuvo más remedio que sacar su hoja del hielo y después de mi carne. Ahí fue cuando pude darme cuenta de las marcas de sus frentes. Esas cabezas infantes estaban marcadas con el estigma de aquellos que no habían sido bautizados, de aquellos que están fuera de los ojos de Dios. Me incorporé y con ansia acabé con mi adversario a golpe de daga. Muerto mi contrincante, los cuatro nos vimos rodeados de esas cosas cuyos ojos brillaban entre sus cuencas, pero era algo a lo que uno está ya acostumbrado. El combate continuó, ya no era momento de las armas de fuego, si no de las espadas. Uno de los demonios infantiles le trepaba por el cuerpo a Nicholae, que intentaba mantener la calma (toda la calma que se puede tener en un combate así) y deshacerse de esas cuchillas. Amelia reculaba, pero solo maniobraba para que sus enemigos saltaran hacia ella y poder así hacerlos trizas con las hachas. Josué parecía que era el único que se las apañaba junto con Jesús. Ya casi los habíamos reducido y Nicholae se deshizo de la bestia que subía hasta su cabeza, que acabo uniéndose a otros tres que le flanqueaban. Nicholae maldijo para sí mismo, pero se lo puso difícil, por no decir imposible, a sus enemigos. Corrí hasta mi rifle llevándome por delante a uno de los no bautizados de un tajo. Lo recogí a la carrera y me llevé la culata al hombro.

"Mierda, mierda, mierda. Contén la respiración, alinea la culata con la mira, apunta...¡dispara!"

Nicholae se enfrentaba encarnizadamente con otro de ellos, y cuando se le iba a acercar otro por detrás para darle un golpe fatal, cayó de un balazo. Acabó con su contrincante, miró hacia mí, buscando al tirador. Hizo cuenta de la baja enemiga que casi le cuesta la vida y me obsequió con un asentimiento que todos habíamos hecho alguna vez y que decía: "gracias, te debo una"

Pero nos debíamos tanto ya los unos a los otros, que ya solo nos limitábamos a cubrirnos las espaldas.

-Se retiran.- gritó Josué jubiloso.

Era cierto, quedaban pocos y se iban alejando lentamente, sin darnos la espalda hasta introducirse por el agujero de hielo por donde habían salido. Conteníamos la respiración, hasta que se nos escapó en forma de vaho. ¿Y ahora qué? ¿Habíamos pasado alguna especie de prueba? La puerta seguía delante.

-Creo que deberíamos descansar mientras la examinamos.- aconsejó Nicholae mientras se vendaba una herida y me señalaba.-Tú, ven aquí. Te vendaré esa herida.

Sumiso, me acerqué y me senté en el hielo. Mientras me vendaba miraba con ojos ausentes la puerta, mientras tiritaba y la barba se me acumulaba de gotas de nieve.

-El pecho también te lo tengo que vendar, deja de esconderlo.

Me resistí a que me quitaran el abrigo. Allí hacía un frío infernal. Pero acabé accediendo cuando notaba que perdía más sangre de la que me podía permitir.

-Vaya...es como si fuera el mosaico de la vida de alguien en una cruz templaria. Como si contara... ¿tu vida?- comentó más para sí mismo que para mí.

Mi respuesta fue un espasmo de frío. De repente sentía tener un protagonismo que no quería. Me levanté con la manta por encima y arrastré los pies hasta la puerta.

-Descansad y comer.- dije antes de levantarme.

Los petirrojos comieron con disgusto al descubrir que el primer bocado iba a ser más pescado. Masticaron el atún y charlaron entre ellos, parecían más animados que yo, sobre todo Josué.

"Ese muchacho...parece que busca el momento perfecto para demostrar su valía. Es imprudente. Es...¿joven? ¿Acaso yo ya no soy joven? Mierda, estoy sintiendo ya el peso de los años"

Amelia estaba al otro lado de la puerta. Yo abría desde el otro lado, con los ojos entornados por el cansancio y ese estado de...pasividad amargada que a veces me caracterizaba. No pensaba ni en lo que hacía, aquella puerta se abría y me desquiciaba ver el mismo paisaje helado. Probaba desde el otro lado y nada, el mismo panorama.

-A ver, esto tiene que tener alguna solución.- aseguró Amelia sin sentir el mismo frío que a mí me carcomía. Intentaba consolarme por no poder solucionar yo mismo el rompecabezas que se planteaba ante mi...si es que tenía alguna lógica. Me aparté y desenrosqué el tapón de la petaca a escondidas. Ella se acercó y me dio un apretón comprensivo (y doloroso ¡auh!) en el brazo.

-Deberías comer algo.

Sonreí, pero con desgana. Apenas la veía, tenía las pestañas cubierta de nieve.

-Estoy bien.- y le eché un trago a la petaca.

Ella me echó esa mirada de "no me toques las narices que la tenemos".

-Comeré cuando hayamos solucionado lo de la puerta.- respondí salvando la situación.

Arrastré los pies hasta la puerta y volví a abrirla. Nada...lo mismo. Ella se acercó, mirando el marco de la puerta, intentando leer algo. La vi al otro lado de la puerta, ahí en medio de la nada. Y la vi abrirla desde el otro lado. Sus cejas se arquearon.

-¡Hey! ¡Mirad esto!

Di la vuelta al marco en mitad de ese paraje helado y miré al interior de la puerta desde donde ella miraba. Mostraba un paisaje desértico...una ciudad moderna en ruinas, enormes escombros a un lado y un enorme tornado que lo presidía.

-Creo que esta era la solución. Había que abrir la puerta desde los dos lados.

-He aquí la segunda capa del Infierno.- murmuré para mi mismo sombrío.

Josué se acercó ya con todo el equipo.

-¿Y a qué esperamos? - y entró por la puerta.

-Este muchacho...- negó con la cabeza Jesús, Nicholae no dijo nada.

Entramos en la segunda capa. Segunda prueba.

Espero poder acabar este diario, espero porder volver algún día a la superficie... y espero volver a ver a mi hija algún día. Ojalá me perdone por haberla abandonado, aunque sé que está en buenas manos. Pero esto es algo que tengo que hacer...

Mañana seguiré escribiendo...mañana será otro día en el Infierno.

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