lunes, 30 de mayo de 2011

Memorias de un Templario (XXXVII)

Los cascos de los poderosos corceles oscuros del Negro Temple se abrieron paso con furia a través de las adoquinadas calles de Florencia, escoltando un dorado carruaje en el que se encontraba el Obispo de Florencia. Las casas ardían, el pueblo salía a la calle armados y con fuego en la sangre hartos de ser manipulados y usados como simples juguetes, pidiendo justicia y exigiendo los valores que se suponía que tenía el gobierno y el amparo de la Madre Iglesia. La mayoría estaban armados con sus herramientas de trabajo, hoces, guadañas, antorchas y martillos, mientras que la Guardia Obispal (de vestiduras moradas) y los Templarios mantenían a raya a la muchedumbre con escudos y espadas-lanzas, formando un cuello de botella en la Via dei Conti, justo delante del la Basílica de San Lorenzo. El Armatura Caballero Templario Negro que iba en cabeza agitó un puño al líder de la Guardia Obispal, para que le abrieran paso. Éste, al ver el carruaje dorado de su señor Obispo, ordenó que la fila de lanzas se abriera, por lo que entraron fluidamente al interior del recinto de la Basílica. El carruaje estaba hecho una pena y se tambaleaba, incluso cuando acabó su nervioso trayecto. Del carruaje bajó un anciano decrépito pero aún con las fuerzas que le daba el odio. Iba lujosamente vestido con ropas obispales y fué recibido por la retaguardia de la guardia, Templarios Ramielitas. Los Templarios Negros le seguían custodiando a caballo entre los guardias frenéticos que se preparaban para detener la revolución. El capitán de la Guardia Obispal Alexandros, investido en las ropas y armaduras moradas de cuaquier guardia del Obispo, se retiró de la fila de lanzas y se acercó, acalorado y nervioso al Obispo Faustino Paissan di Firenze. Alexandros iba acompañado por el Armatura Ramielita de la ciudad.

-¡Su ilustrísima! ¿Cómo ha llegado hasta el palacio sano y salvo? Le dábamos por muerto en las afueras, de veras que está bendecido con la gracia de Dios.

El Obispo se limitó a mirarle con asco.

-Maldita sea Alexandros, si estoy vivo es gracias a estos jinetes oscuros- dijo señalando con el mismo asco a Gorke, no porque fuera Templario Negro, sino porque le odiaba personalmente.- no a vosotros maldita sea. ¡Mi propia guardia personal me da por muerto! Más os vale compensarme parando esta revuelta del Diablo.

-¡Por supuesto su ilustrísima!

-Deje de hacerme la pelota, capitán, y digame cómo va la revuelta.


-Han tomado la Vieja Piazza della Repúbblica, donde están montando una plaza fuerte. Por lo demás resisten a base de barricadas que inutilizaría la poca caballería que tenemos. Avanzaron hacia el Palacio Cardenalicio del Duomo, pero les masacramos y no lo han tomado. Además han descubierto que el Cardenal del Consistorio y de la Marca, Frederik Sciponna, ha desaparecido del palacio...dicen que por brujería.


-¡Blasfemias!


-Es lo que creen, su Ilustrísima, y por eso se han desviado hacia aquí. La revuelta está sofocada en el oeste de la ciudad, no pueden con la fortaleza del Palazzo Strozzi. Así que la revuelta se decide aquí, por lo que ellos creen que es el punto más débil. Nos superan claramente en número y no podremos detenerlos en las calles.

-No me interesan sus quejas ni sus excusas, Alexandros, no quiero que dejéis ni uno vivo.- le escupió desagradecido apartándolo con una mano raquítica.-¡Y me quedaré aquí para ver cómo lo hacéis! No quiero a ninguno de esos muertos de hambre mancillando la Basílica. Quiero que los Engel de la Basílica salgan a masacrar al ganado contaminado.

-Señor, sabéis tanto como yo que vuestra potestad hacia los Engels de la Basílica es limitada en este tipo de casos. No podrían involucrarse si no es con un permiso del Ab de su Orden...y no creo que tengamos tiempo para burocracia.

El Obispo se dirigió hacia

-Esos Engels deben lealtad a la Iglesia y en este caso ¡a mí! Maldita sea, consigue que los Ramielitas entren en batalla.

-Pero su ilustrisima...solo son bibliotecarios del Señor.

-¡Me da igual! Haz lo que sea, mata algunos de ellos si hace falta-grito furioso el Obispo.


Todos quedaron alarmados por las blasfemias del Obispo, pero lo achacaron a lo extremo de la situación. Alexandros pidió al Armatura Ramielita que se dispusiera a la tarea encomendada de traer los Engels a la batalla. Frente a la bocacalle de la Via dei Conti se veían cientos de antorchas y una gran muchedumbre furiosa.


-¡Ya vienen!- gritó el capitán de la guardia obispal en el frente.- ¡Formación de erizo! ¡Lanzas en ristre! No cedáis ni un sólo milímetro. ¡Y si lo hacen, que el precio sea alto en sangre! ¡Por la Matter Ecclesia!


-¡Por la Matter Ecclesia!-gritó la formación apuntando las lanzas hacia los campesinos hambrientos.

Los Templarios Negros se quedaron en la retaguardia, aún a caballo, esperando las instrucciones de su Armatura. Gorke se encontraba al lado del Obispo, pero no tenía ganas de preguntarle el por qué de aquella revuelta. Los Templarios Negros, realmente, solo esperaban la oportunidad para jugársela a ese tirano y hereje de Obispo. Después de todo, se la debían desde hacía meses. El Obispo abusó de su poder para especular, asesinar, usar y traicionar a quién fuera solo para conseguir la tecnología prohibida... y Gorke sabía que engañó y usó a sus templarios para hacer el trabajo sucio y herético. El Obispo no podía haber conseguido las armas de fuego sin los Templarios Negros, y ahora abusaba de su poder más que nunca. Quizás eso había provocado la revuelta popular. Debían volver a equilibrar la balanza, pensaba el Armatura. Además...yo creo que Gorke también tenía ganas de tocarle las narices al Obispo, por los viejos tiempos y no perder las costumbres, más que nada. Tenían que hacerlo rápido, era cuestión de tiempo que el Inquisidor Dante llegara a la ciudad y diera cuenta al Obispo de que eran unos desertores del Negro Temple. ¿Qué quería el Inquisidor Dante? Se preguntaba la compañía de caballeros oscuros. Era evidente que quería encerrarlos por desacato, pero... eso era solo una fachada, se tomaba muchas molestias para que no me encontraran. ¿Por qué? ¿Acaso quería que llegara a mi destino? ¿Por qué no me trasladaron ellos mismos, si estaban tan interesados? ¿Qué me aguardaría en la Tierra Santa y por qué quería que llegara hasta allí? Por aquél entonces...ninguna respuesta. Ahora...ahora conozco toda la verdad, la mía y la de todos mis compañeros. Por eso escribo todas estas líneas.


Pero por aquél entonces, compañeros estaban en Florencia, mientras que yo estaba en la península semihundida de Grecia. Aun separados en el espacio, nuestros caminos seguían unidos.


Y a pesar de tanta penurias, muerte, cansancio y persecución, nadie cejó de buscar su destino.

Los Templarios Negros tenían que moverse cuanto antes, si querían evitar una masacre contra el populacho. Los campesinos se abalanzaron hacia los guardias, implorando comida, agua y sobre todo...justicia. Pero al única respuesta que obtuvieron fué el frío acero de la Iglesia...ni lismosnas, ni bendiciones, ni oraciones, ni perdón ni consuelo. Sólo acero. Los Templarios Negros sintieron impotencia ante la masacre. Alejo atendió al desmayado Johann, Ilse se mordía el puño de la impotencia, Jacqueline miraba al suelo, Duncant se santiguaba, Jacob se mantenía impasible y Amelia afilaba sus armas. ¿Qué podían hacer, matar a los otros Templarios? Muchos de ellos también eran inocentes. Eran desertores, pero no traidores ni asesinos.

Alexandros, capitán de la Guardia Obispal, se veía superado por la multitud enfurecida que no hacían más que gritarles:"asesinos" y "herejes". La formación se estaba rompiendo, pero Alexandro seguía combatiendo con su espada-lanza y parecía un torbellino de ropajes morados.

-¡No rompáis la formación! ¡Guardias del Obispo, no rompáis la formación!- gritaba mientras giraba la empuñadura de su espada-lanza, dibujando un arco amplio que empujaba a dos hombres y una mujer armados con hoces y guadañas. -¡Volved a la formación!

Alexandros vió cómo uno de sus hombres, en mitad del gentío, iba a atravesar a una campesina que se encontraba en el suelo. Lo detuvo antes de que la ejecutara.

-¡Soldado, matemos a los menos posibles! ¡Formad un muro de escudos y empujadlos! ¡No los matéis!

Pero ya era demasiado tarde, los soldados y el pueblo se habían mezclado rompiendo las formaciones. Las órdenes no llegaban, solo valía sobrevivir matando. La mitad de la muchedumbre yacía regando la ciudad, al igual que muchos soldados. Un hombre enorme y barbudo, armado con un mazo de guerra, presumiblemente un herrero, gritaba a los suyos a retirarse a la plaza. El pueblo empezó a huir. Alexandros empujaba a los prisioneros que habían hecho en dirección a sus casas en vez de ejecutarlos como le había ordenado el Obispo.

-Corred a vuestras casas antes de que me ordenen mataros. ¡Vamos!-gritaba el capitán de la guardia.- ¡Soldados, volved a formar!


La Guardia Obispal volvió a colocarse en posición y dieron cuenta de que la mitad de los suyos habían caído. Entonces vieron que el pueblo se replegaba y que una nueva oleada aparecía por las diferentes calles de la ciudad. Habían triplicado su número...ahora la Guardia Obispal tenía una desventaja de 4 a 1. Sin contar que estaban cansados y heridos. Alexandros volvió a la retaguardia para hablar con el Obispo, que se encontraba con Gorke, el cuál intentaba vanamente hacerle razonar que aquél derramamiento de sangre era innecesario.

-Su Ilustrísima, solicito permiso para replegarnos y fortificarnos en la Basílica a la espera de refuerzos. No podemos ganar esta batalla. Al menos no con los medios con los que disponemos.

El Obispo le pareció gracioso el comentario.

-¿Batalla? Con el ganado no se combate, Alexandros. Pero tranquilo, soy previsor y he traido esos medios que os harán un capitán victorioso en esta "batalla", como tú lo llamas.


El Obispo llamó a un siervo, que apareció en la calle y destapó la lona de una carreta que se encontraba en la calle: hileras y munición de rifles de fuego. Alexandros, como la mayoría de los allí presentes, no sabía qué eran aquellos cacharros de metal.

-Alexandros, esto serán los medios por los que ganarás la batalla y conseguirás tu ansiada paz. Dale esto a los mejores de tus hombres, diles que apunten a los campesinos y que aprieten los gatillos. Veréis cómo se irán tranquilamente a sus casas. Milagrosamente...-dijo ensoñador.


Alexandro pensaría que sería un remedio milagroso, porque no parecía entender que esa chatarra los haría huir por la masacre que desencadenaría. Repartió los rifles entre sus hombres y les dió las instrucciones básicas. Él se quedó con una pistola, aunque no sabía lo que podía hacer ese artefacto arcano. El populacho volvió a cargar desesperadamente y furioso. Alexandros apuntó con la recortada hacia ellos desde la formación. Pero no pasó nada, no se iban.

-¡Pueblo de Florencia, retiraos a vuestras casas ahora y no se tomarán represalias contra vosotros y atenderemos a vuestros ruegos!- exclamó sin dejar de apuntar a un muchacho con la pistola.
¿Por qué demonios no se íban? Quizás pensó que el artefacto no fuera tan milagroso como decía el Obispo. De repente se acordó de que tenía que apretar el gatillo para conseguir la paz. ¿Tan sencillo...? Y entonces, apretó el gatillo.
No se lo esperó, un trueno escapó del metal que empuñaba y vió a un muchacho caer con la frente perforada. Sus hombres quedaron sobrecogidos por la explosión, pero le imitaron. Decenas de truenos escapaban de los rifles y pistolas de los guardias del obispo desde detrás de la muralla de escudos. Con horror, Alexandros vió cómo la vida de decenas de hombres y mujeres se escapaban en un suspiro. Tantas vidas desperciciadas en tan poco tiempo. Todos estaban impresionados, tanto los guardias, como los rebeldes. El pueblo se quedó inmóvil por el pánico. Alexandros estaba pálido. ¿El obispo les había dado armas de fuego? ¿Aquello eran armas prohibidas? Debía parar aquella masacre.

-¡Guardias del Obispo! ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!

Los guardias volvieron a disparar...embriagados del poder que acababan de experimentar. Sus hombres volvían a abrir fuego fusilando a unas veintiséis personas. ¿Quién diablos había inventado semejante aberración? ¿A qué mente retorcida se le había ocurrido crear o imaginar inventos que sólo servían para matar? ¿Aquellas armas eran del antiguo mundo moderno? Ahora entendía por qué el mundo antiguo debía ser exterminado. Apenas escaparon los rebelde de vuelta a la plaza de la Repúbblica, cuando Alexandros abandonó la fila buscando furioso al Obispo.


-¡¿Qué demonios le habéis dado a mis hombres?! ¿Qué clase de honor es protegeros de una gente indefensa con armas de fuego a distancia? ¡En menos de 3 minutos habían matado a 60 personas!- su voz bajó considerablemente, abatido.- Me dijísteis que se retirarían si usábamos esta chatarra...y lo único que he visto es como un trueno atravesaba el cráneo de un muchacho...

-Y se retiraron, ¿cierto, Alexandro?- dijo el Obispo complacido.

-¡¿Pero a qué precio?!-gritó histérico y dolido por el horror que acababa de contemplar.- ¡Estas armas están prohibidas por el mismísimo Todopoderoso! Habéis cometido una falta ante Dios, y yo condenado mi alma y mis principios.- le apuntó con la pistola con manos temblorosas.

-¿Vais a matarme, Alexandros? No seríais capaz. Os conozco como si fuera vuestro padre. Si os hubiera dicho qué hacían las armas de fuego, seguramente me hubiérais traicionado. Tú eres el que ha ordenado fusilar a cientos de personas, no yo. Tú mataste a ese muchacho que se quería rebelar contra la creación de Dios. Tú... y solo tú, has decidido obedecerme. Y ahora vuelve a la fila.

-Otra vez no...-Alexandros empezó a delirar con pánico al ver cómo sus hombres comenzaban a abusar de sus armas de fuego y empezaban a disparar al aire en signo de victoria.- ¡Otra vez no! ¡Dios haz que pare!-gritó Alexandros apuntándose la sién con la pistola.- ¡Nos veremos en el Infierno!


Y así, el Capitán de la Guardia, Alexandros, se suicidó al ver el horror que había desencadenado todo en lo que había creído.


Gorke se mantuvo aparte, pero no pudo evitar que la sangre del suicida le manchara el rostro.


-Esto ha ido demasiado lejos...Obispo.- susurró el Armatura ensangrentado.- Vamos a detener esta locura ahora mismo.

Y lo hicieron.

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