miércoles, 16 de marzo de 2011

Memorias de un Templario Negro (XXXV)

Los traidores por desacato del Negro Temple, salieron de Siena a plena noche. Amelia se puso a horcajadas de su corcél y miró la ciudad nocturna que dejaban atrás. Gorke estaba en lo cierto, el posadero les había delatado, la posada ya estaba ardiendo.

- La Inquisición siempre de fiesta. ¿Tendrán alguna idea diferente a prenderle fuego a todo?
- No les pidas demasiado. Tienen demasiada fe como para pensar un poco.- le respondió Ilse con una sonrisa.

Gorke alzó una mano enguantada de negro, pidiendo silencio. Solo se escuchaban los cascos de sus propios caballos...¿o había algo más? Sí, se escuchaba algo más: ladridos.

-¡Mierda, otra vez los perros de guerra de la Inquisición! Y pensar que lo único que hemos hecho es desobedecer órdenes...

En algún lugar no tan lejano, se escuchaban a los entrenadores de los perros de guerra, que soltaban los correajes de sus bestias.

-¡Nos ganan terreno!- advirtió Ilse apremiando a su montura.

Y así era, si uno de los caballeros se diera la vuelta, vería movimiento entre los juncos, no los veían, pero estaban ahí.

-Mierda, mierda, mierda. -gritó Alejo , que ya podía ver a uno de esos perros enormes babeando con rabia, justo detrás de las coces de su caballo.

Uno de los caballos cayó con un relincho. Johann se precipitó con su caballo en medio del campo. En cuestión de segundos los perros de guerra se estaban dando un festín con la pata y la yugular de Mansedumbre, el corcél negro de batalla de Johann. El templario se incorporó rápido y desenvainó una daga, pero los perros se le echaron encima con un aullido desgarrador antes de que pudiera pestañear.

Gorke señaló a Duncant.

-¡Duncant, estás al mando de la compañía! Bordea el Fiume Arno hasta Florencia. Si no volvemos en cuestión de una hora, marchaos.

-Pero señor...
-¡Hazlo templario!
-¡Sí, mi Armatura!- respondió Duncant sin dudar.- ¡Compañía, marchen!

Con Gorke dió la vuelta a su caballo y sus caballeros maniobraron abriendo en abanico para darle paso. Le rechinaban los dientes cuanto más se acercaba al auxilio de Johann, la ira le quemaba el pecho con solo pensar que podía perder a otro más de los suyos. Además, todo esto lo hacían para rescatarme, no tenía sentido sacrificar hombres. Gorke entró cargando entre los juncos, los perros estaban echados sobre el caído.

-¡No vais a quitarme a más de los míos maldita sea!- Gorke besó todas las cruces que cargaban con peso sobre su cuello.- Ya no hay vuelta atrás....alea jacta est.- murmuró antes lanzarse al cuerpo a cuerpo.

Uno de los perros buscaba el cuello de Johann, y lo encontró. Le mordió con mandíbula de hierro, pero de repente, una sombra cayó a la carrera desde un caballo sobre las cuatro bestias de guerra. Con la fuerza de la caída Gorke clavó una daga en el cráneo a uno de los cánidos. Presto, el Armatura corrió hacia la bestia que le mordía el cuello a su soldado, en busca de la yugular. Con sus propias manos, Gorke agarró la boca y empezó a abrir la presa de colmillos del perro de guerra, pero los otros dos cánidos se abalanzaron sobre él. Gorke, con dos bestias de guerra hincando sus colmillos sobre él, no cejó en su empeño y liberó el cuello de su soldado rompiendo la mandíbula del perro con sus propias manos. Johann, presionando la fea herida de su cuello, entró en melee para liberar a su Armatura. Con una pesada biblia que llevaba siempre encima el antiguo Mónaco golpeó el cráneo de la bestia. Gorke tuvo la oportunidad de desembarazarse del otro, con el que acabó facilmente con su daga después de tirarle tierra a los ojos. La pelea sucia no era su especialidad, pero en este caso fue necesaria.
El Armatura cargó con su hombre hasta su caballo. Pero de repente fueron rodeados por un cerco de llamas, lo que espantó a la montura. Una figura penetró entre las llamas hasta los perseguidos, sin inmutarse. Una túnica de pliegues blancas y rojas ondeó entre el fuego, que le abría paso. Un hombre, de ojos azules imperturbables y cuyo rostro estaba desfigurado por una horrible cicatríz que le hacía siempre sonreír por un lado de su cara; acompañada de una horrible quemadura, miraba sereno a los dos soldados de Dios.

- Disculpad que me entrometa en este intento de huída. Me presentaré, soy el Prelado Inquisitorial Dante.

Gorke no hizo nada, se llevó lentamanete las manos detrás y separó un poco las piernas, como signo de que no temía al recién llegado. Además, intentaba ocultar el cuerpo de Johann, que estaba detrás suya.

-Vaya...vuestra mirada está inundada de sacrifico y valor. Vos debéis de ser Gorke.

-Lo soy.

-Os daré una última advertencia, señor Gorke. Dejad al chico en paz...¿Isaac lo llamáis? Aunque en realidad su nombre es lo que menos importa, pues puede tener muchos. Él nos pertenece y es mucho más valioso para nosotros, os lo aseguro.

-¿Qué quiere la Inquisición de él?

-¿La Inquisición?- Dante soltó algo parecido a una risa-. Esto está por encima de la Inquisición, mucho más alto y trascendente que una simple organización mortal. No se quiere nada de él en sí, pero sí algo que él guarda.

-¿Algo que él guarda? No comprendo. ¿Algo que robó?

-Es algo más complicado. Es algo que lleva consigo siempre, en su interior. Ya dije demasiado. Sólo olvidáos de él.

-Perdéis el tiempo, no me olvidaré de ninguno de los míos.

-Bien, en ese caso, por Orden de la Santa Inquisición, debo deteneros por doble desacato a la Matter Ecclesia.

-Me mataréis antes. Opondré resistencia.- le advirtió Gorke pensando en hacer ganar tiempo a los suyos.

-Entonces le haría un favor a vuestro superior. Y hacerle favor a un cerdo pecador no me agrada.

-¿Cómo decís?- Gorke arqueó una ceja, intrigado.

-Luois de Lyon, Decani de tu Orden, me pidió que le hiciera un favor algo personal. Me pidió que os asesinara, pero yo solo cumplo órdenes de Dios. Y me pagó mucho por vuestra cabeza...una lástima que yo no lo aceptara

-Maldito bastardo...sólo él podía ser tan mezquino. No ha cambiado nada.- respondió con rencor.

-¿Me permitís un comentario, Armatura Gorke?

-Hablad.

-Los motivos de Louis para querer veros muerto son muy...personales. Aunque vos ya lo sabréis.
-Así es. ¿Cumpliréis su capricho?

-No os mataré, de todas formas. Aparte de que me repugna ese pecador, os respeto, Gorke. Destacásteis en la Segunda Cruzada. Sois un héroe de guerra.


- En la guerra nunca hay héroes.

-Sabía que diríais algo parecido, lo que hace que os admire un poco. Cuando acabó la cruzada podríais tener ejércitos enteros marchando bajo vuestra sombra, sin embargo, os conformáis con liderar a ocho soldados y un cargo discreto y humilde. ¿Tenéis miedo a que les ocurra lo mismo que a los otros que estuvieron bajo vuestro liderazgo?

Gorke se echó la mano instintivamente a las cadenas de su cuello. Pero no dijo nada. Ni siquiera pestañeó.

-Estáis a tiempo de dejar vuestra absurda empresa de buscar a Isaac ahora, y así no recibir ninguna condena ni tortura por haber huído de vuestros deberes como soldados de Dios.

-El muchacho...está sufriendo, ¿verdad?

-¿Isaac? Oh, por supuesto que está sufriendo, pero forma parte del proceso. Tenemos que avivar las llamas que esconde en su interior.

-Mi respuesta es un no, entonces. No le dejaré en la estacada.

Dante levantó la palma de la mano enguantada. Gorke atisbó un brillo en su brazo, comprendiendo que lo que veía era un implante mecánico. Dante cerró el puño de hierro y a las espaldas de Gorke las llamas se abrieron, dándole una vía de escape.

-En ese caso, Gorke, seguiremos jugando al ratón y al gato. Pero os advierto, que no habrá una segunda oportunidad. Si os vuelvo a atrapar, será para llevaros a las celdas de la Inquisición.

Detrás de las llamas escuchaba Templarios formar para continuar la persecución del resto de la compañía.

Gorke apretó los puños hasta que brotó la sangre, debía darse prisa. Salió por la abertura ofrecida por su propio perseguidor y se subió con Johann en su caballo. Debía darse prisa y reunirse con los suyos.


Dante se quedó mirando el trote del caballo de Gorke, sombrío. Con un movimiento de brazos descendente, las llamas le obedecieron y se apagaron hasta dejar humo y ceniza.

-No sois el único que lo buscáis...

-Señor...- dijo un guardia Inquisitorial que apareció a su lado.- Un comunicado para su eminencia por parte de su compañero el Prelado Herman de Nuremberg.

-No me llaméis eminencia, nunca más. -respondió Dante asqueado.- Hablad.

-Dice que la galera de exclavos donde iba el sujeto para el proyecto sacrum
oblatĭo ha naufragado en el Mediterráneo por algún tipo de demonio marino.

Dante carraspeó profundamente meditando sobre el tema

- Dios tiene otros planes para él...pues que así sea.

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En otra parte de la antigua y arrasada Toscana, Duncant conducía a los Templarios Negros (aunque ya no debería llamarlos así, al menos en este momento que describo) en paralelo al río Arno. La enorme ciudad ebullía de actividad...mucha gente salía, gritaba, corrían despavoridos y otros entraban con odio armados por las puertas secundarias de la ciudad. ¿Aquello era una revolución?

En la puerta principal de la ciudad amurallada, escoltado por Templarios Ramielitas de armaduras de roble y túnicas azules y armados con espadas-lanzas, había una diligencia lujosa. Duncant decidió llevar al resto de su compañía allí y hacerse una idea de lo que ocurría. Los Templarios se pusieron lanzas al frente ante los recién llegados. El Armatura ramielita les gritó.

-¡Alto, quien va!

Duncant alzó la mano en signo de dialogar.

-Somos Templarios Negros, Capítulo de de caballería de Élite de la Orden Templaria Gabrielita.

Al oír esas palabras, un individuo de ojeras oscuras, encorvado, con las vestiduras moradas propias de un obispo, salió del carruaje.

- Por la gracia bendita de Dios, por fin han llegado refuerzos. Caballería pesada nada menos. Dejadles pasar.- dijo el Obispo después de santigüarse.

A los jinetes negros les cambió la cara a desagrado. Amelia se acercó a Duncant y habló en susurros.

-Ese cabrón nos la jugó la última vez, ¿no?
-Sí...es el Obispo de Florencia. Faustino Paissan. Escuchemos lo que dice, para pasar inadvertidos.

-Ahora mismo le inflo los morros...
-Nada de hostias Amelia, debemos ser discretos. Eso también va por vosotros- dijo dirigiéndose al resto de la compañía, en cuyos rostros se dibujaba el rencor.

El obispo se dirigió a los Templarios Negros.

-¡La ciudad se ha vuelto loca! De repente se sublevaron contra nosotros, contra mí, contra la madre Iglesia y contra Dios si me apuran. ¡Herejes todos! ¡Y sobre todo frente al Estado Pontificio! Una buena carga de caballería sobre los sublevados y correran a sus casas. Y cuando lo hagan, haré que caiga el fuego de Dios sobre sus cabezas...ya lo creo. Malditos campesinos.


-Antes esperaremos a nuestro Armatura, tiene que estar al llegar.- respondió Duncant solemne para ganar tiempo para su líder.

Hacía media hora que lo esperaban...media hora más y tendrían que huir sin él.

-Oh...claro, ¿y quién es si puede saberse? Se hace de rogar si todavía no ha llegado.- dijo el Obispo Faustino claramente nervioso, retorciendo sus anillos.

-Su nombre...es...- empezó Duncant nervioso sin saber si debía inventarse un nombre o decir la verdad.

-Armatura Gorke, señor Obispo.- dijo Gorke desmontando detrás de ellos. Dejó el cuerpo de Johann en el suelo del campamento improvisado, Alejo instintivamente sacaba su equipo médico para reanimarlo, y lo consiguió a base de hacerle oler menta.

Al Obispo le cambió la cara al oír al recién llegado.

-¿Gorke?

-Os suena mi nombre, claro que sí. Le suena porque usó a mi compañía de mala manera para enriquecerse a costa de traiciones y de explotar a su pueblo.

-¿Cómo osáis? ¿No escarmentásteis de la última vez que me insultásteis en mi propia casa?

-Si las verdades os insultan, monseñor, debe ser que sois un mentiroso.

-¡Pero bueno...! ¡Pediré que os excomulguen!

-Tranquilícese, venimos a ayudaros, acabaremos con los sublevados. Para eso seguimos a la Iglesia.

El grupo abrió mucho los ojos, incrédulos ante las palabras de Gorke. ¿Se habría acobardado de repente? El caso es que el Obispo ya no parecía enfadado. Se tranquilizaron pensando que el Obispo no sabía que eran fugitivos.

-¿De verdad? En ese caso...no pediré que os excomulguen -dijo entre receloso y esperanzado.

-Al fin y al cabo servimos a la Iglesia. Vuestra ciudad no caerá Obispo Faustino.

-Gracias, Gorke. Esto es lo que debísteis hacer siempre, obedecer sin hacer preguntas.

-Claro, monseñor, lo que vos digáis. ¡Compañía, marchamos a batalla! Florencia no caerá ante el pueblo.

Saleron todos del campamento y montaron los corceles y los prepararon para la guerra. Amelia parecía dudar.

-Oíd, a mi no me importa pegarme con engendros y cabronazos, pero esto es una sublevación...No sé que moscarrón te habrá picado, Gorke, pero espero que haya un jodido plan detrás de esto. Porque esto no es luchar contra engendros...

-Exacto, son campesinos. ¿Dónde está ahí la muerte y la gloria? Por no hablar del honor. No entiendo nada- alegó Ilse.

-No sería una batalla, sino una masacre. No sé si quiero servir a esta Iglesia. ¿Y por qué de repente cumplimos órdenes de ese cerdo?- continuaba Amelia, apoyado con asentimientos de cabeza por parte de sus compañeros.

Gorke sonrió. Le gustaba su compañía más de lo que pensaba. Había esperado esa reacción de ellos. Su sonrisa se ensanchó con su mostacho.

- ¿Os lo habéis creído? Vaya, debería considerarme un buen actor. No vamos a ayudar a ese cabrón de Faustino. Ya nos usó una vez y esta vez se la vamos a jugar nosotros. Vamos a entrar y vamos a luchar junto al populacho, vamos a defender a esos extorsionados campesinos de ese tirano. Vamos a ponérselo difícil de paso a los que nos persiguen, facilitándonos el rescate de Isaac. Hoy Florencia debe caer.

Los Templarios Negros entraron en la ciudad en llamas en busca de las barricadas. Los ocho caballeros desenvainaron sus espadas al unísono.

- Hoy Florencia caerá.- dijeron a la vez con contundencia y decisión.

Y así empezó la sublevación de Florencia. Era un 6 de Marzo, Anno Domini 2647

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