miércoles, 2 de marzo de 2011

Memorias de un Templario Negro (XXXVI)

Las cosas empezaban a ponerse complicadas. Hasta ahora nuestras vidas habían sido algo...simples. Pero estabamos a punto de meternos en algo mayor. Estábamos a punto de entrar en los planes de Dios...en su Gran Plan. Yo me encontraba camino a mi rendición a los ojos de mi madre Iglesia y mis amigos galopaban por Europa para encontrarme. Pero había gente, que tenía planes para nosotros. Y no era simplemente la Inquisición...eran otros, y eran de tan altas esferas que hasta ignorábamos su presencia.

Sigo escribiendo. Aunque a veces pienso que todo esto sería mejor que cayera en el olvido ¿no?

Abrí los ojos lentamente. Azul. Un cielo completamente azul.

-¿Dónde estoy?- dije dolorido.

Intenté levantarme, pero los riñones me dolían terriblemente. Seguí tumbado y me quedé descansando, tardaría un rato en levantarme. Toqué con las manos mi alrededor para intentar encontrar una pista de dónde estaba. Arena y más arena. De pronto era consciente del sonido de las olas. Estaba en una playa. Miré a los lados y me encontré con una tabla de madera, en la que estaba atada una espada envainada. Me costó reconocer mi espada.

-Algo huele muy mal.

Efectivamente, había un enorme charco a mi lado. No recordaba nada, pero supuse que había estado vomitando agua y bilis al llegar a la playa.

"Ah mierda...ya me acuerdo"

Recordé como el Leviatán derrumbó la galera de exclavos de la Iglesia y cómo Marcos se inmoló. El prisionero condenado a muerte, Brooks, había sido tirado de la embarcación por la tormenta. El resto nos hundimos junto con el barco. Me santigué por todos aquellos que habían muerto.

"¿Entonces por qué demonios sigo vivo?"

Me levanté gritando de dolor. La playa ni se inmutó, las olas seguían midiendo el tiempo.

-¿Y qué playa es esta?- empecé a hablar con nadie, me sentía demasiado solo.- Espero que no sea otra isla endemoniada.

Caminé hacia el agua, que aunque estaba salteada por los trozos de madera del naufragio, era absolutamente cristalina, transperente, liviana. El sol le daba unos reflejos de luz que relajaban la vista. Los pájaros autóctonos se escuchaban a mis espaldas, seguramente preparando sus nidos, y los montes cercanos se mecían junto a un viento fresco y suave. Aquello era un paisaje paradisíaco.

-¿Estoy...muerto? ¡Auh! Maldita...-un cangrejo me pinzó un dedo del pie.- No, definitivamente estoy vivo.

Besé la cruz de hierro de mi orden mientras se me dibujaba una sonrisa. Alcé los brazos y di vueltas mientras el sol me bañaba.

-¡¡Estoy vivo!! ¡¡Estoy vivo!!-grité mientras giraba hasta marearme y dejarme caer en la fina cama de arena. De pronto me di cuenta de que no podía parar de reírme.

Hasta que escuché otro grito a lo otro lado de la playa.

-¿Hay alguien ahí? ¡¿Hola?! ¡Escuché un grito! ¿Hay alguien?

Al fondo de la playa vi al crío Timmy, el que racionaba la comida en la galera, tenía la melena rubia totalmente despeinada y un enorme moratón en la cara. Sonreimos al vernos y corrimos. Saltamos, rodamos, brincamos, nos abrazamos, cogíamos tierra y la dejábamos caer de nuestras manos como si fuera oro e incluso besamos la arena a la par que gritábamos y nos reíamos.

-¡Estámos vivos! ¡Estámos vivos!

Nos quedamos toda la mañana tumbados en la arena, mientras el sol nos miraba con su cálido ojo.

-¿Crees que se habrá salvado alguien más?- le pregunté, ya manteniendo los pies en la tierra.
-No lo sé, señor.
-No me llames señor.- dije avergonzado.
-¿Cómo le llamo, señor?
-Llámame por mi nombre.
-Eso está hecho, señor Isaac.
-Sólo Isaac.- le di un capirotazo.
-¡Au! Jo...estoy acostumbrado a ser criado de alguien.
-Pues ya no. Ahora eres libre. Aunque...-miré alrededor.- en estas circunstancias eso supone un problema. ¿Dónde crees que estámos?
-No lo sé, el patrón dijo que debíamos estar cerca de las Polis de Graecus. Mi familia...o lo que queda de ella vive en una de ellas.
-¿Piensas que esto es Grecia?
-¿Grecia? Qué raro sois, con perdón, hace siglos que ya nadie la llama así. Pero podría serlo.
-Ya veo...

Pensé en lo poco que sabía de política...no recordaba nada de la situación de las ciudades de por allí. Pero si no tenían buenas relaciones con la Iglesia, íbamos a tener un buen problema.

-¿De dónde eres? Siempre tuve curiosidad, porque parecía que no érais como el resto de prisioneros desde el principio. Además érais el único que parecía aceptar su situación, y el que intentaba consagrar su comida. El patrón, aunque intentaba trataros como uno más era evidente que os favorecía...eso es que sois alguien importante.
-No, no. Nada más lejos. Sólo que tu amo es demasiado temeroso. No sabría decirte de dónde soy, podría...podría decirse que soy de todas y de ninguna parte.
-¿Un vagabundo?
-No...no- reí. - Un soldado.
-¡Yo siempre quise ser un soldado! ¡Viajar por todo el mundo, combatir a los malos!- cogió un palo de la playa y finjió luchar con un malvado villano.- Y sobre todo liberar a los oprimidos.

Sonreí ante la ingenuidad de Timmy, pero cuánto debía tener ¿9 años?

-¿De verdad crees que ser soldado es eso?
-No...no lo sé. En casa siempre vivíamos con miedo, los malos siempren andaban por las calles, a todas horas marchando. La gente desaparecía y nadie decía nada. Lo peor eran los gritos por las noches y los silencios que venían después. Siempre se hablaba a oscuras de revolución, de salir a las calles a regar la ciudad con sangre, a luchar por nuestras vidas y acabar con el miedo. Nadie quería explicarme qué pasaba. Si nosotros hubieramos tenido soldados, quizás no habríamos tenido tanto miedo y todo hubiera salido bien.

Miré el cielo mientras reflexionaba antes de responder. La arena estaba perdiendo calor.

-También eran soldados los que os oprimían. ¿No lo pensaste?
-Pues...
-Solo somos peones. Obedecemos a la mano que está por encima de nosotros. Matamos por ella, morimos por ella. Y ni siquiera nos preguntamos por qué lo hacemos. Yo doy gracias de que esa mano que me maneja es la de Dios y sepa que mi causa es la única justa.
-¿Eres un Templario?
-Así es.
-Yo quise alguna vez vivir en los territorios de la Iglesia. Allí dicen que los ángeles se ven constantemente...pero en mi hogar, fuera de allí, no llega la mano de Dios.

Ese comentario me hizo dudar. "¿La mano de Dios es selectiva? ¿Por qué?"

-Siempre quise ver Roma, o Spira.
-Roma es preciosa.- sonreí plácidamente escuchando como subía la marea.
-¿Estuviste en Roma? ¿Cómo es?

Me recordó tanto a mi unos meses atrás.

-Los edificios son altísimos, se alzan en alabanza al cielo. Blancos inmaculados, orlados de estandartes de miles de colores. Las gentes humildes pueblan sus calles y sus ángeles surcan los cielos. Y sobre todo, quizás lo mejor es la plaza de Roma, con una enorme fuente donde críos como tú se bañan y juegan.

Sí...esa misma plaza donde muchísimos años después dirigiría una gran batalla. Pero aún queda para eso.

-No quiero volver a casa...si es que de donde vengo se le puede llamar hogar.
-Si dices que eres de por aquí lo más probable es que nos pille de paso. ¿No quiere volver a ver a tu madre?
-No tengo madre. Vivía con mi abuela y mi tío.
-Podríamos hacerle una visita. Me viene de camino a mi destino.

Timmy se alzó para quedarse sentado, yo seguí tumbado. Su expresión cambió, se hizo totalmente seria y señaló al mar.

-¿Eso es un cuerpo?

Corrimos hacia la orilla, había un cuerpo flotando entre las aguas y las tablas de madera.


Era Juan Olivera, el granadino.

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