jueves, 2 de julio de 2009

Los Ángeles de la Muerte (III)

Si había algún lugar en dónde yo, el gabrielita Miguel, me sintiera cómodo, ése lugar sería sin duda el campo de batalla. Con cada hereje que caía bajo mi hoja, sentía que purificaba mi alma, que hacía lo correcto, me hace sentir bien. La sangre de los herejes bañando mi cuerpo era una bendición, por muy mal que pueda sonar eso en boca de un engel del Señor. Di un giro de 180º mientras decapitaba a un fanático para mirar cómo estaban los Templarios. El único que parecía muerto era un muchacho de cabellos castaños y de ojos extraños. Estaba tirado boca abajo atravesado por una espada, y su sangre empapaba todo su rostro y cuerpo. Sus compañeros, también heridos, intentaban reanimarlo llamándolo por su nombre. Por un momento deseé ser un rafaelita para poder ayudarlos; pero no podía hacer nada, sólo conducir mi ira hacia las almas perdidas de los Tentados. ¿Ira? ¿Era este sentimiento la ira? Debía serlo, pero ¿los engels conocen este sentimiento? La Madre Iglesia dice que, al igual que otros muchos, éste es un sentimiento malo que lleva a la corrupción del alma...sin embargo, a mí la ira, me parecía más bien una fuente de energía que me animaba a seguir luchando, y a luchar mejor.

Sin previo aviso, los Herejes dejaron de atacarme, comenzaron a alejarse, de espaldas, mirándome, con una sonrisa que nada bueno auguraba ¿Qué demonios le pasaba a aquella gente? Un momento, los herejes, mientras se alejaban de espaldas, mientras me miraban, murmuraban algo.

-El Maestro nos reclama.



"¿Qué demonios?" pensé sin querer, y sin darme cuenta de la blasfemia que acababa de pensar.

Una voz en el interior de mi alma me sacó de mi ensimismamiento. Era Kanpekiel, que hablaba con su tono inquebrantable y sin mucha emoción desde algún lugar de la batalla.

-Victoria, hemos asegurado la ciudad. Los Tentados se retiran. Aunque...esto es muy extraño. Nos superan en número y armamento claramente ¿Realmente se rinden o...esperan a algo?



Me sentía cansado así que me apoyé en el espadón mientras pensaba dónde estaba mi compañía, buscándola entre las llamas. Escuché a los dos Templarios intentando mantener al caído consciente. Entonces me comuniqué por canal con el líder de la compañía, Kanpekiel.

-Kanpekiel, necesito a la rafaelita Alariel frente a la puerta del monasterio, es urgente.

Kanpekiel tardó un rato en responder, demasiado tiempo para mi gusto.

-De acuerdo, la ciudad está a salvo por el momento. Atenderemos a los heridos y reforzaremos la ciudad. La urielita Galadriel irá a la ciudad más cercana para buscar refuerzos que nos releven el cargo y poder asegurar la ciudad del todo. El resto nos reagruparemos frente la puerta del monasterio. Alariel va hacia allí.

"Alariel date prisa, hay una vida que te necesita" pensé mirando al Templario que se debatía entre la vida y la muerte.
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Yo, Isaac, estaba muriendo...
No podía dejar de delirar. La sangre salía a borbotones como podía de la espada hincada en mi cuerpo. Sabía que lo que veía eran alucinaciones, pero, eran tan reales... Desde que la espada atravesó mi cuerpo y caí vi nubes, nubes que viajaban a gran velocidad, escapando entre mis dedos, vi a mi madre ardiendo en la hoguera, vi al pater Lacroix flagelando mi brazo izquierdo cuando yo solo era un crío, vi hermanos de armas que se enfrentaban entre ellos con los ojos vendados sin saberlo, vi los horrores que habían pasado delante de mis ojos durante toda mi vida: guerras, hambres, fanatismo, miserias...y la única solución posible a todo aquello era la muerte. Y lloré, porque me iba de este mundo, sabiendo que me faltaban cosas por vivir, sentía mi alma incompleta, y la respuestas seguro que se encontraban en este mundo lleno de maldad.

Entonces abrí los ojos para ver por última vez a mis compañeros, a mis amigos, a Duncant y a Amelia. Sabía que me estaban hablando para mantenerme consciente. Entonces vi a un ángel, un ángel que estaba aterrizando en círculos por encima mía, y creí que venía a buscarme, para llevar mi alma al lugar al que correspondía. El ángel aterrizó a mi lado majestuosamente, con una sonrisa que solo podía significar algo bueno. Puso sus manos en mis mejillas, y el ángel me obligó a que la mirase, y yo no hice el mínimo esfuerzo en impedírselo. Cuando noté sus suaves manos en mi piel, las imágenes de mi mente cambiaron: vi el abrazo de mi madre entre los campos de arroz, vi al pater Bramhs bautizándome a pesar de mi condición de hereje, vi la mano de Amelia ofreciéndome su ayuda para levantarme cuando caí por el camino, vi la infinita comprensión de Duncant, vi ángeles volando como palomas de la paz sobre Roma AEterna...y entonces escuché la voz del ángel.

-Isaac, todo cura, todo cicatriza. Siempre hay buenos recuerdos. Siempre hay un motivo por el que luchar, y siempre puede haberlo.

Abrí otra vez los ojos y, entonces, comprendí...que estaba vivo.
Entonces comprendí...que el ángel que me dió la vida, le acababa de atravesar una lanza por la espalda. Y detrás de ella se escuchó una tenebrosa voz sacada de mis peores pesadillas.

-Será la última vida que sanes, Alariel.

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