lunes, 16 de noviembre de 2009

Daniel Robles Ramos.


Mi nombre es Daniel Robles Ramos.
No sé por qué, pero necesito escribir mi historia, tal vez para desahogarme, o quizá para reorganizar mis ideas y comprender que hago en este autobús de mala muerte. Lo triste es que tengo que escribir en mi papel de fumar.
Ahora hemos parado en Sevilla, y casi todos los viajeros han salido del vehículo, muchos están mareados por el viaje.
El paisaje es muy diferente al de Madrid, me siento perdido, pero no me arrepiento de nada, porque pienso volver a recuperar lo perdido.


Nací en 1988 en Madrid. Supongo que tuve un padre y una madre biológicos, pero ellos son un misterio para mí. Lo primero que recuerdo vagamente es mi paso por orfanatos, comedores infantiles y toda esa mierda. Hasta que llegó el milagroso día en el que todo debería cambiar para bien, pues me adoptaron, y yo estaba encantando de salir de aquella vida monótona.
Mis nuevos padres era una pareja casada que vivía en Alcobendas; y ahora que lo pienso, eran bastante jóvenes para conseguir tan rápido mi adopción. La casa era todo un lujo, era evidente que tenían mucho dinero, pero lo que no me esperaba era que el chollo se acabara tan pronto. Durante unos años fui el hijo de esa insulsa pareja, porque por lo que parece, llegué a su hogar en mal momento. No paraban de gritar y discutir, no recuerdo qué demonios le pasaban pero debían de tener un problema de cojones. Mi supuesto padre se fue un día y no volvió, y mi madre no paraba de beber y meterse de todo. Para colmo, no recibía ninguna atención; encima mis cosas desaparecían sospechosamente y mi madre volvía con un dinero que también desaparecía, aunque no hace falta ser muy listo para saber en qué se lo gastaba. Lo cierto es que no sé cómo sobreviví a ese maldito hogar.

A los 15 me fui de casa y dejé los estudios, de todas formas no iba nada bien. Con todo el dinero que reuní me fui al centro de Madrid. Evidentemente al cabo del tiempo se me acabó, así que lo mejor que se me ocurrió fue mendigar en el metro. Mi línea preferida de metro era la 10, allí era donde conseguía más dinero, pero aun así era insuficiente.

¿Qué pasó? Pues que observando a los carteristas del metro, me dí cuenta de que ganaban bastante; así que probé a ver que tal se me daba. Resultó ser condenadamente difícil. Me pillaron una y otra vez, aunque nunca fueron detrás de mí ni me denunciaron, a lo mejor pensaban que con el susto me iba a dar por vencido. Tenía tantos fracasos y me quedaba tan poco dinero que me decidí por lo más rastrero, robar a un hombre de color cojo que siempre veía por allí. Tenía pinta de vagabundo pero sospechaba que algo de dinero debía de tener. Justo cuando iba a apoderarme de su cartera, el tío sin ni siquiera mirarme me apresó la mano y me golpeó con el bastón que usaba de apoyo. Intenté escaparme pero fue inútil, el hombre me arrastró hasta la calle. Me agarró del hombro y me estampó junto a la pared de un edificio al lado de la boca del metro. Me examinó de arriba a abajo antes de hablar.

-Supongo que creías que era la persona más indefensa que podías encontrar en toda la ciudad. Pues bien chaval, la has cagado.

Lo estaba pasando tan mal que el tipo tuvo que darse cuenta. Volvió a hablar con una sonrisa puesta.

-Si lo que querías era una cartera llena de dinero, no tenías más que pedírmela-me dijo sacando tres billeteras de unos bolsillos interiores de su chaqueta roída- Elige la que quieras.

No podía creer lo que me estaba pasando. Cogí la que parecía más abultada sin pensarlo.

-Debe ser usted muy rico-le dije estúpidamente.

Él se carcajeó delante de mí.

-No, es que soy muy bueno- me dijo enseñándome un poco de dinero…que resultó ser el poco que yo tenía en mi bolsillo antes de cruzarme con él.

Me quedé totalmente atontado, el tipo volvió a dirigirse a mí.

-Soy Eleazar ¿Y tú?
-Daniel.
-Bien Daniel, escúchame atentamente. Norma número 1: nunca subestimes a la víctima ¿de acuerdo?
-Si señor- dije tragando saliva.
-Bien, mañana, la segunda lección. Y no te cortes, intenta robarme cuando quieras. Cuando lo consigas, estarás preparado.


Al día siguiente le vi en el metro, venía cojeando con ayuda de su bastón. La otra mano la tenía también ocupada, llevaba un maletín raro, tenía pinta de pesar bastante.

-Norma nº 2: cuando vayas robar a la víctima, debes parecer una de ellas-me dijo a modo de saludo- Buenos días, Dani.
Hubo un silencio y le pregunté una duda que tenía sobre él.

-Señor…
-No me llames señor, no estamos en el ejército.
-Eleazar, si es tan bueno robando ¿Qué hace aquí, todos los días en el metro?
Se echó a reír.
-Te equivocas, yo esto lo dejé hace mucho, lo de ayer fue solo un regalo para ti. ¿Has comido bien?
-Si, gracias a usted. (¡Coño! ¡Yo dando las gracias!)
-Bien.
-¿Adonde va?
-A la Gran Vía. ¿Me acompañas?
La verdad es que quería irme con él.
-Por supuesto- le dije con entusiasmo.

Allí en la Gran Vía hablamos, y él me enseñó lo que llevaba en el maletín.
-¡Ahí va! ¿Qué es eso?-le pregunté muy intrigado.
-¿No sabes lo qué es?
-No.
-Se llama saxofón.
-¿Y para qué sirve?
Se levantó, puso la maleta abierta del instrumento en el suelo para las posibles monedas, y comenzó a tocar.
-Qué música más rara- le dije cuando acabó el repertorio.
-Esa música rara, muchacho, es Jazz. La mejor de todas.


El tiempo pasó, y el viejo Eleazar se convirtió para mí en la persona más importante del mundo. La única pega era que no aprobaba mi manera de ganarme la vida. Aún así, me apoyó, y a veces, me ayudó distrayendo a los transeúntes de Madrid mientras les arrebataba las carteras, aunque eso sólo pasaba cuando no estaba en el metro. Un día me puso una condición mientras comíamos unos bocadillos en el Retiro.

-Al menos, roba a alguien que le sobre el dinero. De esas personas que derrochan el dinero en lujos. Ya sabes lo que dicen: “quien roba a un ladrón, cien años de perdón.”-estaba claro que el término ladrón no se refería a un ladrón literalmente.

Mientras hablaba le robé, para probarme a mí mismo. Y lo conseguí, ni se dio cuenta. Para mi sorpresa lo que saqué de su bolsillo era una medalla bastante rara.
-¿Qué es esto?-le pregunté pasmado
Él abrió mucho los ojos de la sorpresa, no sé si porque el alumno le había desbancado o porque había sacado la medalla.
-Eso…me lo dieron en el Ejército de Tierra español como mérito al servicio y al valor. Solo me lo dieron para que no me quejara por mi pierna.
El se limitó a palmear su pierna mala a lo que yo respondí con un asentimiento de cabeza.
-Pero recibiste una gran condecoración, es un honor recibir una medalla ¿no?-le interrogué al ver que negaba con la cabeza.
-Si te digo la verdad, prefiero mi pierna.

No solo conocí a este hombre en mi vida. También conocí a Luis. Un muchacho 4 años mayor que yo. Era despreocupado y todo un veterano del “arte” del carterismo. Lo primero que me dijo era que yo tenía estilo “mangando cosas”. No sabía a qué se refería exactamente. Finalmente nos convertimos en una especie de socios.

Pasaron 3 años así y digo así porque a partir de aquí todo cambió.
Un día, la “cosecha” había sido prácticamente escasa. Sólo un paquete de tabaco, un mechero, unos clínex y 5 €. Tras eso, decidí irme a dormir, porque no tenía un buen día, pero desgraciadamente un vagabundo me había quitado el cajero en el que dormía. No me extrañaba, eran ya las 3 y media de la madrugada. Decidí visitar a Eleazar, que supuse que estaría en el Retiro tocando su tema favorito (Round Midnight) sin más iluminación de las farolas. No escuché nada allí, pero no es que fuera raro, a veces había guardias o la gente se quejaba. Pero no era por eso. Cuando llegué a su banco, Eleazar estaba enzarzado con un grupo de tipos que daban miedo. Indudablemente eran 4 unos tíos de gimnasio y todos rapados. Uno de los cabezas rapadas le gritaba a Eleazar mientras yo me dirigía aún hacia allí a toda prisa.

-¡¿Qué te pasa negro de mierda?! ¡¿No me oyes?!-le agarró de la ropa y lo zarandeó-¡Que te vayas a tu país con los monos! A lo único que venís a nuestro país es a robar y a ensuciar España.
Le arrancó el instrumento de las manos y comenzó a pegarle una paliza brutal. Entonces algo estalló dentro de mí. Fui a por esos cabrones. Al primero le estampé un puñetazo en el ojo, y al segundo le intenté romper algún hueso de la pierna a patadas. Cuando se recuperaron de mi ataque sorpresa me tocó a mí la paliza. Dos de ellos me sujetaron mientras los otros dos me dejaban para el arrastre. Nunca había sentido tanto dolor físico en mi vida. El que parecía el líder sacó una enorme navaja y me la puso delante de los ojos.
-Así que eres un héroe ¿no? Pues mira a quién has salvado, gilipollas.
Ese cabrón apuñaló a Eleazar 13 veces delante de mí mientras los otros dos me sujetaban, aunque yo no tenía fuerzas para nada apenas sólo podía respirar. Cuando paró se acercó a mí navaja en mano. Para mi sorpresa no me hizo nada, solo limpió la empuñadura del arma y me la puso en la mano.
-A ver como convences a la pasma de que no fuiste tú, héroe.
El cabrón se creía muy listo, pero lo que no se imaginaban era que segundos después esa navaja estaba clavada en su cuello. Solo tuve fuerzas para matar a ese hijo de puta. Los otros huyeron. Me acerqué a mi mentor agonizante pero antes le pegué una patada al cadáver del facha, cuyo cuello sangraba a borbotones.
-Eleazar, no te muevas, buscaré ayuda- sabía que eso no iba a funcionar a tiempo pero tenía que intentarlo.
-Me lo merecía. Tienen razón no he hecho más que robar y estorbar a tu país- dijo el moribundo.
-¡¿Cómo demonios puedes decir eso?!¡Has servido al país más que esos gilipollas! Estuviste en el ejército, y el robar no tiene nada que ver con el país de donde vienes, sino de la pobreza que nos embarga. Yo he robado mucho más que tú y no soy extranjero…no tiene nada que ver.
-Gracias, sabía que lo entenderías Daniel. Adiós muchacho-dijo con su último suspiro.
-Adiós, viejo- no sé si me escuchó, no se me entendía mucho por el llanto.

Le cerré los ojos. Saqué el paquete de cigarrillos que robé ese día, y con manos temblorosas y ensangrentadas, me fumé uno. No sería el último. No tardaría en escuchar las sirenas de la policía.
A mis 18 años fui fichado por la policía y encarcelado por doble homicidio. Supuestamente según el fiscal yo maté a Eleazar cuando se resistió a darme su dinero, y entonces los fachas vinieron a ayudarle y durante la pelea, yo maté a uno de ellos. La verdad es que sólo maté a uno, pero no me arrepiento. Además, quién iba a creer a un delincuente como yo.
Cinco años de cárcel, y no fueron más porque las pruebas no fueron totalmente concluyentes. No contaré mi experiencia en ese agujero donde caen los fallos de la sociedad llamado cárcel.
Cuando salí a mis 23 años intenté reformarme e intentar trabajar, menudo gilipollas. ¿Quién me iba a dar empleo sin estudios, una ficha policial, y encarcelamiento por doble homicidio?
Un día me reencontré con Luis, mi colega del metro. Nos pusimos al día, y por lo visto, un mes después de mi encarcelamiento él estuvo obligado a hacer servicios en beneficio de la comunidad cuando le pillaron robando. Me sorprendió cuando me dijo que había dejado de robar, pero me di cuenta que fue para peor, ahora vendía droga, era un puto camello. No sabía que hacer, así que estuve un tiempo trapicheando, vendía piezas de coches robadas y otras cosas de mecánica y timos. Al final le pedí a Luis que me diera un poco de esa mierda que vendía para conseguir dinero y salir de aquél agujero. Vendí a todo tipo de perdedores, pero lo que no me esperaba era que mi primera clienta fuera una joven universitaria. Se llamaba Laura, y estudiaba literatura. Era lo último que podía esperar de mi primer cliente: una chica joven, guapa y que estudiaba en la universidad. Yo ni siquiera me saqué el graduado en E.S.O.


Laura era muy simpática y siempre estaba de buen humor vestida con su sonrisa. Siempre que venía le pedía que lo dejara, que yo solo vendía esa mierda a los que ya no les quedaba nada en la vida. Y ella tenía mucho ganado. Por lo visto, su adicción a la heroína venía de un exnovio capullo que la llevó por el mal camino. Siempre que venía yo nunca le vendía nada, le decía que lo que yo ofrecía no era para ella.
Yo me preocupaba mucho por ella. La verdad es que al principio me extrañaba que viniera a verme todos los días, porque siempre se iba con las manos vacías. La verdad era mucho más sencilla: yo quería verla a ella, y ella quería verme a mí. Cada vez pasábamos más tiempo junto, hablábamos mucho y nos caiamos bien. Me encantaba su sonrisa. Un día me contó su sueño de ser escritora conocer mundo. Aquello me parecía imposible.
Cada vez me daba cuenta de que estaba peor. A pesar de que yo no le daba nada, ella conseguía la droga en otra parte. Cada día tenía peor cara, y estaba demacrada. Le pedí que lo dejara, y ella con esfuerzo dijo que lo haría. Todo fue bien hasta que se hizo notar su síndrome de abstinencia. Ella me pedía que le pasara unos gramos, primero llorando, después a gritos, y al día siguiente pidiéndome perdón y minutos despues insultandome. La situación era insostenible. Un día que llovía como nunca vino empapada a pedirme otra vez que le pasara aquella maldita droga. Así que, a pesar de que la quería le dí un ultimátum allí, los dos empapados bajo la lluvia.
-Laura, aquí está lo que quieres-le dije enseñando la bolsa de plástico-Tendrás que elegir entre yo, y esta cosa que te destroza la vida.
Estuve una eternidad allí de pie sin decir nada, viendo cómo Laura se retorcía de dolor. Me arrebató la bolsa y se fue corriendo gritando.
-¡Lo siento¡ No puedo soportarlo más.

Al día siguiente estaba en coma.


Y me fui, seguí huyendo de los problemas. Vagabundeando por dondequiera que fuera...hasta que llegue a Ronda. Allí voy a purgar mi alma en perfecto silencio y sumisión. A ver que mierda me pasa. Espero que algo tranquilo.

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