La Consagración de los ángeles nos esperaba...bueno, puede que no nos esperase a nosotros al fin y al cabo. Solo somos peones, somos perfectamente sustituibles. Somos y seguiremoslo siendo. Eso nunca cambiará. Pero no se nos quitará de en medio hasta que no seamos un estorbo para la Iglesia. Y...¿quién sabe lo que pasará en el futuro? Todo puede pasar. Nada es imposible.
Continúo escribiendo. ¿Acaso me queda otra?
Ya vislumbrábamos de perfil la Catedral de San Pedro, aunque solo pudieramos ver claramente la cúpula de Miguel Ángel. Como casi toda Roma, la catedral había sido salvada a duras penas de la ira de Dios y sus inundaciones. Ahora era prácticamente una poderosa ciudad costera en la que se había vuelto a reafirmar la servidumbre a Dios. Las masas feligresas se estaban acercando a las gradas que habían sido montadas la noche anterior, armadas hasta los dientes de caramelos con forma de ángeles para los niños y banderitas de las diferentes órdenes para los mayores
La Consagración de los engels estaba próxima. No se veía a ninguno sobrevolando Roma, como debería ser habitualmente en la capital angélica. Estarían todos en el interior de la Catedral de San Pedro, supongo que preparandose para la gran ceremonia en la que se demostrarán que han acabado su instrucción en el mundo mortal después de ser enviados por el Señor. Es curioso, que en las Antiguas Escrituras apenas podemos leer alguna aparición de ángeles, y ahora, tenemos legiones volando sobre nosotros. Aunque claro, la era apocalíptica que esta viviendo la Europa del siglo XXVII supongo que justifica que tengamos que colaborar con ellos, al fin y al cabo, en el Apocalípsis dice que ellos librarán la última batalla. ¿Entonces que hago yo aquí?
A un lado podíamos ver el Castillo de Sant´Angelo y a otro el perfil de la Catedral de San Pedro, seguimos la calle sobre nuestras monturas y giramos a llamada Via della Conciliazione, totalmente intacta después del Segundo Diluvio, al igual que la Catedral de San Pedro que nos esperaba al final de la calle. Pero la catedral apenas se vislumbraba, las gradas habían sido montadas en una noche y tenía que haber el mayor público posible. Al final del la Via della Conciliazione los edificios de un lado y otro de la calle se bifurcaban con numerosas columnas en un arco, reencontrándose en la Catedral arropando así a la Plaza de San Pedro. En el cielo se encontraban las famosísimas plataformas volantes, medianas superficies que flotaban en el aire sin explicación lógica, otro milagro que indicaba que el Señor no nos había abandonado en esta hora tan aciaga. Allí, en cinco plataformas diferentes estaban organizados en pie los Sarielitas, que pacientes nos miraban desde el cielo. Estos engels se caracterizan por no tener alas y por tener una voz prodigiosa, su canto llega totalmente al alma del que escucha, pudiendo hacer creyente hasta el más escéptico. Por ello, su Orden, es conocida como el Coro. Las gradas estaban casi llena hasta los topes, y todas las miradas apuntaban hacia el trono blanco y dorado que se encontraba vacío en un balcón de la Catedral que daba hacia la plaza. Allí debería sentarse el máximo dirigente de la Iglesia, el Póntifex Máximus. La gente ya cantaban salmos de forma espontánea. Aquella felicidad colectiva era increíblemente enfermiza y contagiosa.
Aquella falsa felicidad...
Los Templarios ya se colocaban delante de la Catedral, mirando a la gente, formando una sólida línea de contención entre la multitud y las puertas del palacio. Se podían distinguir tres tipos de Templarios: los Templarios Negros (de estética oscura, que recuerdan a los Gabrielitas); los Templarios del firmamento Miguelita, con una armadura de hebillas doradas y mantos blancos; y la guardia del Pontifex, de metal forjado con colores realmente extraños, amarillo, rojo, azul y blanco, basado en una antigua guardia del Vaticano, la Guardia Suiza. No todo el pasado de Europa se perdió al fin y al cabo.
Dejamos las monturas con el resto de los caballos de los Templarios Negros, tenían un sitio reservado para ellas, por todos era sabido que el Negro Temple era una Orden completamente de caballería pesada de élite.
La línea de Templarios formaban una "U" dándole la espalda a la Catedral, dejando el hueco en la entrada del sagrado edificio por la que iban a salir los últimos engels llegados al mundo terrenal. Tomamos posición en la parte de la línea de nuestra Orden, la manera de consolidar la línea consistía en entrelazar los brazos en jarras con los compañeros de a izquierda y derecha. A mi izquierda estaba Ilse, que parecía aburrida con todo aquello, y a mi derecha estaba Amelia, y a su derecha, Duncant. Gorke se reuniría con los otros Armaturas en el balcón del Pontifex, pero aunque parece un privilegio exagerado, tampoco era para tanto, apenas se le vería, el trono estaba totalmente rodeado de Cardenales del Consistorio, y Armaturas reconocidos por la Iglesia. Lo más lógico es que en vez de Armaturas estuviera rodeado de los Grandes Maestres de Orden o algún Ab, pero casi ninguno solía asistir a estos evento debido a que les parecía solo absurdo aparecer por imagen, habiendo problemas y asuntos más importante por resolver. En conclusión: era una festividad mundana para el pueblo llano. Por ello, iban los Armaturas con sus compañías recientemente formadas que peregrinaban por primera vez en equipo a Roma.
La gente ya estaba sentada y murmuraban de excitación, en cualquier momento saldrían los ángeles por la puerta de la Catedral, la puerta a la que dábamos la espalda para contener a la masa si se lanzaban a los engels en pleno fervor religioso. El día era soleado como nunca había visto en mi vida.
De repente...todos los presentes enloquecieron y se levantaron de los asientos de las gradas escalonadas.
Un salmo poderoso se alzó desde las 5 plataformas volantes justo a la vez que el público enloquecía. Los sarielitas de cada plataforma cantaban a diferente escala, pero formaban una perfecta armonía de cantos agudos y graves que se fusionaban en uno solo. Sus voces se alzaban de forma poderosa acompañado de una instrumental que no se encontraba por ningún lado y que se escuchaba desde todas partes. No sabría decir lo que cantaban, pero era un himno de alegría, posiblemente en alguna lengua del norte, quizás en alemán . Estaba seguro de que no era latín.
"Milagroso"
Un escalofrío recorrió toda mi espalda. De repente, era la persona más creyente sobre la faz de la tierra. La gente señalaba algo que había detrás de nosotros. Una voz poderosa se alzó detrás nuestra, desde arriba.
-¡Su Excelencísimo Pontifex Máximus Petrus Secundus!
"¡Mierda! ¡No podré verle en esta postura!"
Como ya he dicho, eramos una fuerza de contención por si el público se abalanzaba hacia la Catedral, y tenía los brazos entrelazados en jarras con Ilse y Amelia. Solo podía ver cómo el público disfrutaba ese día que debería ser mío también. El Papa debería haber hecho presencia en el balcón y estaría saludando con la mano a sus seguidores.
De forma paulatina el coro hizo silencio. La voz de un niño, clara e infantil, sonó desde todas partes, casi como con eco. El público entró en una calma inusual al escuchar esa voz dulce, que debía ser del Pontifex.
-Queridos feligreses, habéis peregrinado desde todo tipo de tierras: desde lejanas y angostas donde pululan los herejes, hasta cercanas y cálidas, bajo la protección de la mano de la Iglesia. Pero habéis llegado hasta aquí...y debeis sentiros bienaventurados, pues vuestro duro camino os recompensa con ser testigos presenciales de que Dios Nuestro Señor no nos ha abandonado en esta época oscura causada por la osadía de la humanidad al querer soltar la mano que Él nos tendía. ¿Y cómo demuestra que la Alianza que acordó con Noé sigue intacta? Os lo diré...porque Él, aparte de reconduzirnos por el buen camino con el Segundo Diluvio, nos ayudó contra el Adversario...enviando a sus mensajeros. A los ángeles.
Silencio, el populacho estaba expectante, boquiabierto. Nunca un niño había causado tanta expectación. Giré la cabeza todo lo que pude para poder ver la escena que se desarrollaba tras de mí. Un niño estaba sobre el balcón de la Catedral de San Pedro. Vestía largos ropajes de lino blanco, demasiado sencillos para el cargo que ostentaba. Iba descalzo y sus hombros estaban recargados con unos cabellos dorados que caían libres con unos leves rizos. Tenía sobre sus brazos uno paño votivo. Su mirada azul, era extraordinariamente calmada, serena. Debía ser un hombre bendecido hasta la parte más recondita de su alma.
-Y Dios sigue enviando a su Legión Celestial.-continuó el Pontifex- Cada vez más numerosa y eficiente. Demos un caluroso recibimiento a los últimos ángeles que ha enviado el Padre Celestial. Y así seguirá siendo, hasta el fin de los días.
-Amén.-concluimos todos en la silenciosa Roma y el mundo quedó en un silencio casi ensordecedor.
Templarios de blanco abrieron las puertas de la Catedral de San Pedro. Los ángeles salieron cegados por el sol, se habían pasado toda un día encerrado en la Basílica orando... o eso creo. Sus blancas alas al salir al exterior se estiraron, desperazándoses. Lentamente volvieron a plegar sus alas, y se giraron al balcón para arrodillarse ante el Papa, que los miraba desde su alta posición con mirada intensa. Detrás de los engels había salido un Obispo con unos paños votivos, que serían entregados a los ángeles. Éstos estaban arrodillados sumisamente ante el altivo trono dorado y blanco.
Un Cardenal orondo y flácido de ojillos ambiciosos que se encontraba próximo al papa en el balcón manejaba un cacharro que milagrosamente amplificaba su voz para que todos pudiéramos escucharlo. Leyó el famosísimo Génesis Secunda de Fray Juda, en el que explicaba cómo Dios encargaba diferentes cometidos a sus arcángeles y estos enviaban después sus legiones a la Tierra, a combatir por los hombres que quedaban en el mundo después de los innumerables desastres del Segundo Diluvio.
-Vosotros, Miguelitas, ángeles del arcángel Miguel.-siguió el Papa después de escuchar la lectura de su cercano Cardenal- Vosotros, como bien sabéis en vuestra alma, tenéis el cometido de guiar desde las más pequeñas compañías, hasta poderosos ejércitos. Pero no debéis olvidar que Dios y la Iglesia guía vuestros pasos. Alzáos: Yaliel-pausa larga, el Papa lo bendijo con un movimiento de mano dibujando una cruz en el aire con el dedo índice y corazón mirando al cielo. A la vez que se le bendecía al ángel, el Obispo que se encontraba abajo les daba el paño votivo, escrito con versos de la Sagrada Biblia.-Rejiel-mismo procedimiento-.Sieirel...Jikel , Friael, Liariel y Kanpekiel. Alzáos os digo, pues ya podéis denominaros los que son como Dios.
Los Miguelitas se alzaron, ellos eran los líderes de los ángeles, y de muchos ejércitos humanos. Yo acabaría después de muchos años al servicio del anterior denominado Kanpekiel. Un ángel de mirada gélida, cabellos de oro largo y helada con expresión que decía que lo observaba todo. Pero ante todo, su postura era la de alguien decidido, diría que buscaba una confrontación de miradas con el Pontifex, el cuál estaba bastante ocupado en ese momento. Decidido, eso parecía...por algo eran los líderes, aunque yo nunca lo he reconocido a él como tal, ni siquiera cuando estuve bajo su mando...ni siquiera como aliado. Como mucho fue el enemigo de mi enemigo en algún momento. Pero no adelantemos acontecimientos. Un salmo se alzó desde las plataformas volantes de los Sarielitas.
"San Miguel Arcángel, defiéndenos
en la lucha, sé nuestro amparo
contra la perversidad y acechanzas
del demonio. Que Dios humille su soberbia.
Y tú Principe de la Milicia Celeste arroja al
infierno a Satanás y demas espiritus malignos
que vagan por el mundo para perdicion de
las almas.
Amén."
La Consagración continuaba.
-Vosotros, Gabrielitas, ángeles del arcángel Gabriel.-prosiguió el Papa- Vosotros, como bien sabéis en vuestra espada flamígera, tenéis el cometido de combatir y proteger desde las más pequeñas compañías, hasta poderosos ejércitos. Pero no debéis olvidar quienes son vuestros líderes, pero recordad que Dios os ha bendecido a vosotros con su Justa Ira, por lo que no debéis dudar ante el enemigo. Alzáos: Seriel, Furiel, Deniel, Aiel, Raifel y...-pausa larga, el Papa dudó, demasiado para el gusto de los creyentes. El último nombre pareció más bien una pregunta.- Miguel. Alzáos os digo, pues ya podéis denominaros los campeones del Señor.
Nadie dijo nada ante el nombre casi hereje del último gabrielita.
"¿Será un error? ¿Coincidencia? ¿Intencionado?"
Un nuevo salmo nació. Los presentes se animaron a acompañar a los Sarielitas en su canto. Nadie cabía en sí mismo de tanta felicidad.
"Oh. Dios, que entre todos los
ángeles elegiste al Arcangel Gabriel
para anunciar el misterio de tu
Encarnacion ; concédenos benignamente
que los que celebramos su festividad en
la tierra, experimentemos su patrocinio
en el cielo. Amén"
Continuaba.
-Vosotros, Urielitas, ángeles del arcángel Uriel.-prosiguió el Papa- Vosotros, como bien sabéis en vuestra mirada y alas pardas, tenéis el cometido de ser los cinco sentidos de Dios y de sus engels. A vosotros se os bendice con la comprensión de la naturaliza pero no debéis olvidar que la naturaleza le pertenece a Dios Nuestro Señor. Alzáos: Siel, Maeel, Reael, Awel, Ruel y Galadriel-a la vez que los nombrabas eran bendecidos y entregado los paños votivos- Alzáos os digo, pues ya podéis denominaros los Protectores del Camino.
"Oh. Dios que con inefable providencia
te dignas enviar a tus santos angeles para
nuestra guarda, accede a nuestros ruegos y
haz que seamos siempre defendidos por su proteccion
Señor, que nos confías a tus Angeles para que
nos guarden en todos nuestros caminos, concede
propicio que por interseción de tu glorioso Arcangel
San Uriel nos veamos libres de los peligros presentes
y asegurados contra toda adversidad.
Glorioso Arcángel San Uriel, poderoso en fortaleza
imploro tu continua custodia para alcanzar la victoria
sobre todo mal espiritual o temporal. Protector mío
concédeme la gracia que te solicito
si es conveniente para el bien de mi alma,
acompañame y guía todos mis pasos hasta alcanzar
la vida eterna. Amén."
-Vosotros, Rafelitas, ángeles del arcángel Rafael. Vosotros, como bien sabéis en vuestra manos sanadoras, tenéis el cometido de curar el mundo, sanar lo bueno y destruir lo malo. A vosotros se os bendice con la comprensión del misterio de la vida pero no debéis olvidar que el don dela vida le pertenece a Dios Nuestro Señor. Alzáos: Quiel, Jariel, RAeel, Serel, Tuerl y Alariel-a la vez que los nombrabas eran bendecidos y entregado los paños votivos- Alzáos os digo, pues ya podéis denominaros las Manos Sanadoras de Dios.
"Glorioso Arcangel San Rafael
medicina de Dios, que guiaste a Tobias
en su viaje para cobrar la deuda de Gabelo
le preparaste un feliz matrimonio y devolviste
la vista a su anciano padre, guíanos en el
camino de la salvacion, ayúdanos en las necesidades
haz felices nuestros hogares y danos la vision de
Dios en el Cielo.
Amen"
-Vosotros, Ramielitas, ángeles del arcángel Jeremiel. Vosotros, como bien conoceís en vuestra sabiduría, tenéis el don de poder conocerlo todo, la Catedral de Pensamientos está a vuestra disposición. A vosotros se os bendice con el don del conocimiento, pues, todo conocimiento es poder, pero no debéis olvidar que el don de la del sentido de todo lo que nos rodea le pertenece a Dios Nuestro Señor. Alzáos: Gaiel, Jiel, Kialel, Erel, Rerl y Ritel-a la vez que los nombrabas eran bendecidos y entregado los paños votivos- Alzáos os digo, pues ya podéis denominaros Preservadores del Conocimiento y Guardianes de las Palabras.
"Conocedor Arcangel Jeremiel
conocimiento de Dios, que todo prevées
poseedor de la Palabra
ayúdanos en las necesidades e ignorancia
y conduce su palabra hacia la batalla
la palabra escrita en el Cielo.
Amen"
El Papa decidió ya concluir.
-Demos gracias al Señor por otorgarnos más legiones de Engels. Aqui presentes. Ahora, os puedo llamar e investir como...-silencio, todos conteníamos la respiración, aunque a Amelia, que la tenía al lado en la fila de contención, no parecía muy emocionada, más bien bostezaba descaradamente- Engels del Señor.
Cuando el Papa dijo lo último comenzó la locura. La gente, enloquecida de felicidad, abandonaron sus asientos y se lanzaron como una ola histérica hacia los engels...y nosotros estábamos en medio. Ahora entiendo por qué eramos una línea de contención. Miré a Amelia, había dejado de bostezar de repente y tenía los ojos como platos, mirando lo que se nos avecinaba. A mi otro lado, Ilse parpadeaba, como si fuera a echar a correr de un momento a otro.
Uno de los Templarios de blanco gritó.
-¡Templarios!¡Mantened la posición!
"¿Es una broma? ¿Por qué parece esto una batalla?"
Nosotros seguíamos con los brazos entrelazados entre nosotros. No debía caer ninguno si no queríamos una brecha en las fuerzas de seguridad.
El choque fue brutal. La masa empujaba intentando llegar hasta los engels y nosotros los conteníamos con fuerda disciplinada. Alargaban los brazos entre nosotros, a punto de alcanzar las alas de los engels, que aún se encontraban bajo el balcón de la Basílica. Nuestra línea estaba a punto de romperse. Era algo extraño, como una batalla de felicidad. La gente seguía silbando, cantando salmos, sonriendo y ondeando banderitas. Mayormente se acercaban padres con niños subidos a los hombros.
Era la batalla más rara en la que había estado...porque esto lo consideré una batalla.
-¡Isaac! ¡Échame una mano, o se tirarán encima de los Engel! Aunque realmente, me da igual-me gritó Amelia.
-¿Pero qué dices? ¡Tengo mis propios problemas Amelia!-dije manteniendo a raya a una mujer oronda que quería una de las plumas de los Engel-¿Dónde esta Duncant?
-¡Está por aquí, los está manteniendo a raya!
Suspiré.
-Esto es peor que luchar contra los engendros ¿Dónde está el respeto a los Templarios?
Una sombra alada se presentó. La masa se volvió histérica de júbilo al acercarse un Gabrielita y una Urielita.
-Por favor-decía simplemente Galadriel a las gentes, que se quedaron pasmados. El Gabrielita, al que identifiqué como al que habían denomidado Miguel, se cruzaba de brazos.
Gracias a ellos tuvimos un respiro. Pero Amelia parecía mosqueada.
-Vaya rollo. Yo con toda mi mala leche no consigo nada, y este tío lo consigue con dos palabras.
-¡Amelia!-le increpé alarmado-¡Moderate, que es un Engel!
-Bah-me replicó tan pancha.
Galadriel y Miguel se retiraron, y la gente volvió a enloquecer. Un Armatura gritó con la voz potente propia de un guerrero experimentado.
-¡Contemplad a los Engels del Señor!
Los Engels echaron el vuelo al unísono, como si fueran uno. De repente la gente se volvió loca otra vez de júbilo, ondearon las banderas con más fuerza si cabe y corrían para recoger las pocas plumas que caían de los cielos. Tenían razones para desbordar felicidad: la ciudad del Vaticano estaba siendo sobrevolada por Engels.
lunes, 15 de marzo de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
La batalla en la que me mataron.
La batalla me pilló de improvisto.
Nada más escapar de la prisión por alta traición, nuestras tropas atacaron el asentamiento rebelde en el que me infiltré de forma casual y voluntaria. Mifumi (otra infiltrada en el bando rebelde que se oponía al gobernador, pero no de manera casual, como hice yo) hizo derribar de una explosión las cárceles en las que hace un momento estábamos encadenados Ayame y yo. Ella ya hacía tiempo que había escapado. Yo, como ya he dicho, estuve encadenado (otra vez) por alta traición al bando rebelde. A ella...supongo que porque veníamos juntos, y no querían arriesgarse por si ella también estaba en el meollo. Estoy seguro de que se alistó en el ejercito rebelde por su mejor amigo Meigyo, el orejas picudas (aquél al que intenté noquear nada más conocer, primero porque después de muchas malas experiencias no me caían bien los elfos, segundo porque apareció de improvisto en un momento de confusión, y tercero porque no sabía por qué tenía una relación tan cercana y amistosa con Ayame).
A lo que iba, de repente, nuestras tropas atacaron mientras nosotros salíamos en silencio del campamento enemigo. Eran esas criaturas que desarrollaba la sección Delta, a la que pertenezco. Esos biosoldados (bichos, que coño) llovían del cielo. Nunca los había visto. Los rebeldes salían de sus tiendas de campañas y se armaban, alertados por la emboscada, por el ataque sorpresa. Voceríos recorrían todo el campamento. El regimiento de caballería intentaban calmar sus monturas, pero éstas estaban encabritadas por la proximidad de muerte y misera que traía consigo la inminente batalla.
-¿Vas a recuperar tu arma?-quiso saber Mifumi, la que deseaba salir del campo de batalla.
Sonreí, menuda pregunta.
-Por supuesto.
-Pues date prisa.-me apremió duramente.
De repente mi cuerpo pesaba lo que se me antojaba toneladas.
"¿Pero qué...?
Mifumi también parecía arrastrarse hacia el suelo. Seguían lloviendo los biosoldados de nuestra organización.
-¿Qué pasa?-pregunté con un soberano esfuerzo. Una gran fuerza nos empujaba hacia el suelo, haciéndonos imposible correr, y si caminábamos, era con gran esfuerzo.
Mi compañera miró al cielo, a nuestras tropas.
-Controlan la gravedad.
-Y supongo que no van a diferenciar entre amigos y enemigos, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza. Con razón quería salir del campo de batalla. Esos biosoldados eran máquinas de matar, no eran verdaderos soldados. En realidad me dan asco, así las batallas no tenían ningún espíritu de lucha y supervivencia. Pero estaban al servicio de nuestro bando, así que no me debo quejar.
Fuí andando trabajosamente por la alta gravedad que creaban nuestros biosoldados. Los sorprendidos rebeldes con los que me cruzaba estaban demasiado ocupados combatiendo a la nueva amenaza que no se daban cuenta de que el acusado por alta traición andaba entre ellos. Llegué a dónde debía encontrarse mi rifle francotirador confiscado. Tuve un altercado con dos de esos hombres árboles que custodiaban el cuartel de la sección "Traición", pero apenas podían moverse por la alta gravedad. Ahí estaba, mi querido rifle. Una monada que siempre me había acompañado en todas mis misiones. La quería tanto (o más) como podía querer a cualquier mujer, y eso que las mujeres me gustan mucho, como sabría cualquiera que me conoce, no paro con las chicas (aunque me den calabazas, como Ayame). Mifumi me gritó desde fuera.
-Cógela y larguémonos.
Ella estaba luchando con los hombres árboles que algún día sirvieron a la Organización. Salí lo más rápido que pude. Mifumi lanzó un artefacto que acabó con los biosoldados, tenía las mangas plagada de ases.
-¡Vámonos!-apremió, no me moví.-¡Muévete!
-Me quedo, voy a mirar en la sección de "Investigación". Voy a sacar toda la información de estos rebeldes.
"Tengo que mirar si Ayame se ha largado de aquí, tendría que haberse ido con su mejor amigo tal y como le dije. Aunque espero que no esté ofreciendo resistencia´a nuestras tropas...o es posible que me vea obligado a acabar con ella, espero que sea sensata. De todas formas iré, si consigo información podré ganar méritos, ya casi huelo el ascenso."
El calor de una enorme llama me alcanzó en la espalda. Me dí la vuelta. Una enorme bola de fuego había alcanzado a Mifumi, que había tirado en dirección contraria a la mía. De repente me sentí furioso con aquellos que no querían la paz con el gobernador de la Organización que había traído la armonía y tranquilidad con su enorme poder. Vi al causante de que el cuerpo de mi compañera ardiese hasta el alma.
"¡Maldito seas, Mode!"
Ella ardía y corría desesperadamente envuelta en llamas. Sentí que debía acabar con su sufrimiento con un disparo. Pero no sabía si guardaba un as en la manga, no sé.... alguna granada con la que immolarse y causar graves daños. Nuestra causa está por encima del dolor. Me dí la vuelta y seguí mi camino. Deseé suerte a mi compañera que me había liberado. La necesitaría para salir de las llamas de Mode, el cambiaformas de fuego.
De repente podía correr libremente en mitad de la batalla, a la que casi era invisible. Mis enemigos estaban tan concetrados en el cielo que no se daban cuenta de mí. Los rebeldes casi estaban reducidos del todo. Las llamas comenzaban a consumir el campamento mientras algunos hacían magia para repeler a nuestros atacantes, en vano, claro. De repente me sentí poderoso por acabar con los que se oponían a la paz.
"Nada podrá con nosotros. Ni Mode, ni el amigo de Ayame...nadie"
Hablando del rey de Roma. Meigyo salía del cuartel de la sección de investigación, a dónde yo me dirigía para apropiarme de toda la documentación. Era una pena que todo ese trabajo cayera en el olvido. El elfo empuñaba una espada que desprendía frío antinatural.
"El frío de la muerte"
Abrió los ojos al ver al condenado por alta traición vagando por el campo de batalla como si nada.
-¿Qué haces?
Me encogí de hombros y sonreí frunciendo el ceño como si no estuviéramos rodeados de fuego y muerte
-Sólo doy una vuelta. Mira, hagamos una cosa: yo tiró por ahí y tu sigues tu camino. No tenemos que pelearnos, ¿verdad?
El parecía enfurecerse.
-¿Qué haces aquí?-repitió empuñando cada vez más fuerte la espada.
-Solo hago mi trabajo. ¿Acaso no sabíais ya que era un traidor?-respondí con sorna.
Mostré mis dientes como un tiburón ante una presa. El caso, es que sabía que yo no tenía ninguna posibilidad contra él, pero el trabajo es el trabajo. Meigyo esgrimió la espada.
-No me dejas elección. Espero que Ayame lo entienda.
-Podíamos haberlo solucionado pacíficamente.-contesté metiendo una bala en la recámara del rifle.
"¡Ven aquí, orejas picudas!"
De repente se convirtió en un borrón veloz. No me sorprendió, una de sus habilidades era su supervelocidad, ya lo sabía. Yo era rápido disparando, pero no tanto. Disparé tres veces con sus correspondientes recargues antes de que me hiriera una pierna. Después me hizo un corte en el brazo.
"Está jugando conmigo"
-¡Puedes acabar conmigo, hazlo!
Seguí disparando a ese objetivo veloz, se volvió a acercar a mí.
"¡Te tengo!"
Disparé cuando lo tuve cerca pero...algo fallaba. El cañón del rifle se separó del arma lentamente.
"Ha cortado el cañón, será hijo de...La has cagado"
Noté el frío de su hoja en mi garganta.
-Ríndete.
Le lancé lo que quedaba de mi arma, lo bloqueó de un estocazo y aproveché su distracción para asestarle un tajo con la espada que tenía al cinto. Le dí, pero no fue un corte muy profundo.
Él sonrió. Le había herido, y eso no lo esperaba ni yo.
Volvió a correr de forma vertiginosa alrededor mía.
-¡Puedes acabar conmigo! ¡Vamos!- le dije ardiente de combate, en circunstancias normales cualquier soldado habría huido, pero...no iba con mi espíritu rechazar un combate.
Me hizo otro corte profundo en la otra pierna, no me quedó más remedio que caer de rodillas.
Estaba delante mía, yo arrodillado delante de él. Me miraba con altivez. Me había derrotado, me había desarmado, pero ni de coña me iba a dar por vencido.
"No va conmigo eso de rendirse"
-Ríndete.
Aún herido de piernas y brazo, intenté asestarle otro tajo. Me desarmó de la espada. Ahora sí que estaba indefenso, pero seguiría luchando.
-No me voy a rendir. -dije respirando trabajosamente.-Acaba conmigo.
El se encongió de hombros, triste.
-Espero que Ayame me perdone.
Suspiré.
"Ayame.."
Le miré a los ojos antes de que su espada acabase conmigo.
-Te perdonará.-dije con una sonrisa cínica.
Intenté aferrar su brazo para apartar el arma de mi pecho, fue un intento desesperado, y vano. Con la velocidad de un rayo, él apartó el brazo.De un movimiento rápido respondió a mi agresión, atravesó mi pecho con la espada de hielo. Pasó rozando mi corazón. Se me nubló la vista. Intenté golpearle. Fallé. Cerré los ojos.
Había muerto.
Nada más escapar de la prisión por alta traición, nuestras tropas atacaron el asentamiento rebelde en el que me infiltré de forma casual y voluntaria. Mifumi (otra infiltrada en el bando rebelde que se oponía al gobernador, pero no de manera casual, como hice yo) hizo derribar de una explosión las cárceles en las que hace un momento estábamos encadenados Ayame y yo. Ella ya hacía tiempo que había escapado. Yo, como ya he dicho, estuve encadenado (otra vez) por alta traición al bando rebelde. A ella...supongo que porque veníamos juntos, y no querían arriesgarse por si ella también estaba en el meollo. Estoy seguro de que se alistó en el ejercito rebelde por su mejor amigo Meigyo, el orejas picudas (aquél al que intenté noquear nada más conocer, primero porque después de muchas malas experiencias no me caían bien los elfos, segundo porque apareció de improvisto en un momento de confusión, y tercero porque no sabía por qué tenía una relación tan cercana y amistosa con Ayame).
A lo que iba, de repente, nuestras tropas atacaron mientras nosotros salíamos en silencio del campamento enemigo. Eran esas criaturas que desarrollaba la sección Delta, a la que pertenezco. Esos biosoldados (bichos, que coño) llovían del cielo. Nunca los había visto. Los rebeldes salían de sus tiendas de campañas y se armaban, alertados por la emboscada, por el ataque sorpresa. Voceríos recorrían todo el campamento. El regimiento de caballería intentaban calmar sus monturas, pero éstas estaban encabritadas por la proximidad de muerte y misera que traía consigo la inminente batalla.
-¿Vas a recuperar tu arma?-quiso saber Mifumi, la que deseaba salir del campo de batalla.
Sonreí, menuda pregunta.
-Por supuesto.
-Pues date prisa.-me apremió duramente.
De repente mi cuerpo pesaba lo que se me antojaba toneladas.
"¿Pero qué...?
Mifumi también parecía arrastrarse hacia el suelo. Seguían lloviendo los biosoldados de nuestra organización.
-¿Qué pasa?-pregunté con un soberano esfuerzo. Una gran fuerza nos empujaba hacia el suelo, haciéndonos imposible correr, y si caminábamos, era con gran esfuerzo.
Mi compañera miró al cielo, a nuestras tropas.
-Controlan la gravedad.
-Y supongo que no van a diferenciar entre amigos y enemigos, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza. Con razón quería salir del campo de batalla. Esos biosoldados eran máquinas de matar, no eran verdaderos soldados. En realidad me dan asco, así las batallas no tenían ningún espíritu de lucha y supervivencia. Pero estaban al servicio de nuestro bando, así que no me debo quejar.
Fuí andando trabajosamente por la alta gravedad que creaban nuestros biosoldados. Los sorprendidos rebeldes con los que me cruzaba estaban demasiado ocupados combatiendo a la nueva amenaza que no se daban cuenta de que el acusado por alta traición andaba entre ellos. Llegué a dónde debía encontrarse mi rifle francotirador confiscado. Tuve un altercado con dos de esos hombres árboles que custodiaban el cuartel de la sección "Traición", pero apenas podían moverse por la alta gravedad. Ahí estaba, mi querido rifle. Una monada que siempre me había acompañado en todas mis misiones. La quería tanto (o más) como podía querer a cualquier mujer, y eso que las mujeres me gustan mucho, como sabría cualquiera que me conoce, no paro con las chicas (aunque me den calabazas, como Ayame). Mifumi me gritó desde fuera.
-Cógela y larguémonos.
Ella estaba luchando con los hombres árboles que algún día sirvieron a la Organización. Salí lo más rápido que pude. Mifumi lanzó un artefacto que acabó con los biosoldados, tenía las mangas plagada de ases.
-¡Vámonos!-apremió, no me moví.-¡Muévete!
-Me quedo, voy a mirar en la sección de "Investigación". Voy a sacar toda la información de estos rebeldes.
"Tengo que mirar si Ayame se ha largado de aquí, tendría que haberse ido con su mejor amigo tal y como le dije. Aunque espero que no esté ofreciendo resistencia´a nuestras tropas...o es posible que me vea obligado a acabar con ella, espero que sea sensata. De todas formas iré, si consigo información podré ganar méritos, ya casi huelo el ascenso."
El calor de una enorme llama me alcanzó en la espalda. Me dí la vuelta. Una enorme bola de fuego había alcanzado a Mifumi, que había tirado en dirección contraria a la mía. De repente me sentí furioso con aquellos que no querían la paz con el gobernador de la Organización que había traído la armonía y tranquilidad con su enorme poder. Vi al causante de que el cuerpo de mi compañera ardiese hasta el alma.
"¡Maldito seas, Mode!"
Ella ardía y corría desesperadamente envuelta en llamas. Sentí que debía acabar con su sufrimiento con un disparo. Pero no sabía si guardaba un as en la manga, no sé.... alguna granada con la que immolarse y causar graves daños. Nuestra causa está por encima del dolor. Me dí la vuelta y seguí mi camino. Deseé suerte a mi compañera que me había liberado. La necesitaría para salir de las llamas de Mode, el cambiaformas de fuego.
De repente podía correr libremente en mitad de la batalla, a la que casi era invisible. Mis enemigos estaban tan concetrados en el cielo que no se daban cuenta de mí. Los rebeldes casi estaban reducidos del todo. Las llamas comenzaban a consumir el campamento mientras algunos hacían magia para repeler a nuestros atacantes, en vano, claro. De repente me sentí poderoso por acabar con los que se oponían a la paz.
"Nada podrá con nosotros. Ni Mode, ni el amigo de Ayame...nadie"
Hablando del rey de Roma. Meigyo salía del cuartel de la sección de investigación, a dónde yo me dirigía para apropiarme de toda la documentación. Era una pena que todo ese trabajo cayera en el olvido. El elfo empuñaba una espada que desprendía frío antinatural.
"El frío de la muerte"
Abrió los ojos al ver al condenado por alta traición vagando por el campo de batalla como si nada.
-¿Qué haces?
Me encogí de hombros y sonreí frunciendo el ceño como si no estuviéramos rodeados de fuego y muerte
-Sólo doy una vuelta. Mira, hagamos una cosa: yo tiró por ahí y tu sigues tu camino. No tenemos que pelearnos, ¿verdad?
El parecía enfurecerse.
-¿Qué haces aquí?-repitió empuñando cada vez más fuerte la espada.
-Solo hago mi trabajo. ¿Acaso no sabíais ya que era un traidor?-respondí con sorna.
Mostré mis dientes como un tiburón ante una presa. El caso, es que sabía que yo no tenía ninguna posibilidad contra él, pero el trabajo es el trabajo. Meigyo esgrimió la espada.
-No me dejas elección. Espero que Ayame lo entienda.
-Podíamos haberlo solucionado pacíficamente.-contesté metiendo una bala en la recámara del rifle.
"¡Ven aquí, orejas picudas!"
De repente se convirtió en un borrón veloz. No me sorprendió, una de sus habilidades era su supervelocidad, ya lo sabía. Yo era rápido disparando, pero no tanto. Disparé tres veces con sus correspondientes recargues antes de que me hiriera una pierna. Después me hizo un corte en el brazo.
"Está jugando conmigo"
-¡Puedes acabar conmigo, hazlo!
Seguí disparando a ese objetivo veloz, se volvió a acercar a mí.
"¡Te tengo!"
Disparé cuando lo tuve cerca pero...algo fallaba. El cañón del rifle se separó del arma lentamente.
"Ha cortado el cañón, será hijo de...La has cagado"
Noté el frío de su hoja en mi garganta.
-Ríndete.
Le lancé lo que quedaba de mi arma, lo bloqueó de un estocazo y aproveché su distracción para asestarle un tajo con la espada que tenía al cinto. Le dí, pero no fue un corte muy profundo.
Él sonrió. Le había herido, y eso no lo esperaba ni yo.
Volvió a correr de forma vertiginosa alrededor mía.
-¡Puedes acabar conmigo! ¡Vamos!- le dije ardiente de combate, en circunstancias normales cualquier soldado habría huido, pero...no iba con mi espíritu rechazar un combate.
Me hizo otro corte profundo en la otra pierna, no me quedó más remedio que caer de rodillas.
Estaba delante mía, yo arrodillado delante de él. Me miraba con altivez. Me había derrotado, me había desarmado, pero ni de coña me iba a dar por vencido.
"No va conmigo eso de rendirse"
-Ríndete.
Aún herido de piernas y brazo, intenté asestarle otro tajo. Me desarmó de la espada. Ahora sí que estaba indefenso, pero seguiría luchando.
-No me voy a rendir. -dije respirando trabajosamente.-Acaba conmigo.
El se encongió de hombros, triste.
-Espero que Ayame me perdone.
Suspiré.
"Ayame.."
Le miré a los ojos antes de que su espada acabase conmigo.
-Te perdonará.-dije con una sonrisa cínica.
Intenté aferrar su brazo para apartar el arma de mi pecho, fue un intento desesperado, y vano. Con la velocidad de un rayo, él apartó el brazo.De un movimiento rápido respondió a mi agresión, atravesó mi pecho con la espada de hielo. Pasó rozando mi corazón. Se me nubló la vista. Intenté golpearle. Fallé. Cerré los ojos.
Había muerto.
jueves, 21 de enero de 2010
Oración desde un mundo de pesadillas.
Nadie...
¿Es que nadie va a velar por nosotros? ¿Nadie velará por mí? ¿Ni siquiera los ángeles? Ángeles como astros, aparentemente cerca, realmente lejos. Estoy solo. ¿Quién me tenderá la mano en este momento de ceguera?¿Kanpekiel?¿Miguel? Já...lo siento Dios nuestro Señor, pero me río de tus ángeles ciegos. No será ninguno de tus enviados alados el que me apoyará en estos tiempos de oscuridad.
Dios...¿Qué demonios quieres de mí?¿Por qué no me dejas en paz? ¿Por qué me incluiste en tu tablero de ajedrez? ¿Por qué me obligaste estar a rango de peón? ¡Me resigno a ser pieza comida por tu adversario!
¡Quiero saberlo!¿Acaso tienes un plan para mí?¿O todo es fruto de mi torpeza? Fué culpa mía todo lo que nos pasa ahora pero...lo que todo fue fruto de mi buena fe, de mi creencia en tu Iglesia...¡¡En tu maldita Ilgesia!. Llegó a límites insospechados, incluso a no luchar por mis amigos. ¿Por qué me vendaste los ojos de esa manera?
¿Por qué empezó todo esto?
¿Por qué me haces esto?¿Por qué demonios tus hombres se llevan a mis seres queridos a las tinieblas?¿Por qué no bajas de tu nube y me lo explicas?¿Por que haces que Amelia sufra bajo las garras de tu Iglesia? ¿Por qué no buscas al Oráculo tu también y la pones bajo tu "poderosa" protección?
Soy incapaz de cuidarla...
¿Acaso es así como me agradeces tantos años manchandome las manos con la sangre de los herejes y de los inocentes?
¿Por qué permites que la alma de Duncant no llegue a tu Reino? ¿Te diviertes viéndome retorcerme de dolor como un insecto bajo tu lupa al sol?
¡¡Sí, fue mi culpa que perdiera la vida!!¿Pero acaso no es la tuya que su alma no llegue al sitio al que le corresponde?
¡¿Acaso esta no es tu Voluntad?!
Tenía fe...¿y ahora qué? Ahora solo soy un deshecho humano. ¿Cuanto puede soportar un mortal?¿Por qué no llevan mi peso tus enviados ángeles?¿Por qué un triste humano para tu enorme carga?
Me ofrecen deshacer el camino hecho a cambio de entregar a ella...¿Qué harás si la entrego? ¿Sentirás perdida la partida? Yo hacía tiempo que jugaba sabiendo que no podía continuar. No era mi fe en tu Iglesia lo que me hacía continuar. Era la fe que me daban mis amigos. La fe en ellos. Ellos son los más cerca que estado de la divinidad. Los ángeles no les llegan ni a la suela de las botas.
¿Quieres que entregue mi vida?¡La entregaría gustoso con tal de corregir mis errores! ¿Quieres que negocie con demonios sobre el destino del mundo?¡No hay negociación que valga! ¡Duncant no lo querría! ¡Es mi fe en él la que haya hecho que no haya sucumbido al camino fácil, no mi fe en Ti! ¡¿Acaso no es ese tu cometido salvarlo?!
¡¿Que más puede un hombre hacer?!
¿Que consigo con todo esto?¡Actúa!¡Vamos! ¿Tanto tiempo en tu trono te olvidaste de lo que es esta vida?
La fuerza de mis hombros no es suficiente para mantener el mundo...
¡De acuerdo!¡Lucharé!¡Seguiré sufriendo por tu culpa!¡Más te vale que ese maldito Reino de los Cielos sea bueno para montar tal carnaval de odio y miseria!
¡Pero te lo advierto! ¡Lucharé a mi manera! ¡Y no te gustará! Escucharé a los Demonios. Hablaré con ellos, intentaré comprenderlos. Averiguaré sus profundos deseos. Puede que incluso llegue a ofrecerles lo único que poseo: mi triste vida.
Un peón cuando llega al final del camino, puede convertirse en una pieza poderosa. Continuar...
¡Les voy a pegar una patada en el culo a esos demonios de los demonios!
-Les voy a pegar una patada en el culo a esos demonios de los demonios...-me pareció oirme a mí mismo, seguía dormido.
De repente escuché una respuesta a mis innumerables preguntas. ¡Una respuesta! ¿Dios?
-Tranquilo - no era Dios, parecía Amelia como desde al otro lado de mis pesadillas- Yo cuidaré de ti.
De repente me sentí estúpido. ¿Por qué le hablaba a Dios, si tenía a alguien mejor a mi lado?
Empecé a agitarme. En las pesadillas confundes realidad con ficción. Noté un suave y tierno contacto en mis labios.
Entonces todas mis dudas se disiparon. Mis pesadillas huyeron espantadas. Supe quién me iba a velar en mi camino. Supe quién me iba a tender la mano en esta caída. Como siempre, Amelia.
¿Para qué confiar en alguien que dice que te quiere y vela por ti, cuando tienes alguien que te lo demuestra?
Hacía poco tiempo que había descubierto...lo que realmente sentía por ella. Pero algo en el fondo y subsconciente de mi alma me lo decía a gritos, pero yo no sabía que era. Creía que simplemente le tenía miedo.
No soñé después de esto. Tampoco volví a tener pesadillas esa noche.
Al despertar a la mañana siguiente, olvidé todo lo que pasó, no sé si fue real o ficción. ¿Quién recuerda la mayoría de sus sueños al despertar?
¿Es que nadie va a velar por nosotros? ¿Nadie velará por mí? ¿Ni siquiera los ángeles? Ángeles como astros, aparentemente cerca, realmente lejos. Estoy solo. ¿Quién me tenderá la mano en este momento de ceguera?¿Kanpekiel?¿Miguel? Já...lo siento Dios nuestro Señor, pero me río de tus ángeles ciegos. No será ninguno de tus enviados alados el que me apoyará en estos tiempos de oscuridad.
Dios...¿Qué demonios quieres de mí?¿Por qué no me dejas en paz? ¿Por qué me incluiste en tu tablero de ajedrez? ¿Por qué me obligaste estar a rango de peón? ¡Me resigno a ser pieza comida por tu adversario!
¡Quiero saberlo!¿Acaso tienes un plan para mí?¿O todo es fruto de mi torpeza? Fué culpa mía todo lo que nos pasa ahora pero...lo que todo fue fruto de mi buena fe, de mi creencia en tu Iglesia...¡¡En tu maldita Ilgesia!. Llegó a límites insospechados, incluso a no luchar por mis amigos. ¿Por qué me vendaste los ojos de esa manera?
¿Por qué empezó todo esto?
¿Por qué me haces esto?¿Por qué demonios tus hombres se llevan a mis seres queridos a las tinieblas?¿Por qué no bajas de tu nube y me lo explicas?¿Por que haces que Amelia sufra bajo las garras de tu Iglesia? ¿Por qué no buscas al Oráculo tu también y la pones bajo tu "poderosa" protección?
Soy incapaz de cuidarla...
¿Acaso es así como me agradeces tantos años manchandome las manos con la sangre de los herejes y de los inocentes?
¿Por qué permites que la alma de Duncant no llegue a tu Reino? ¿Te diviertes viéndome retorcerme de dolor como un insecto bajo tu lupa al sol?
¡¡Sí, fue mi culpa que perdiera la vida!!¿Pero acaso no es la tuya que su alma no llegue al sitio al que le corresponde?
¡¿Acaso esta no es tu Voluntad?!
Tenía fe...¿y ahora qué? Ahora solo soy un deshecho humano. ¿Cuanto puede soportar un mortal?¿Por qué no llevan mi peso tus enviados ángeles?¿Por qué un triste humano para tu enorme carga?
Me ofrecen deshacer el camino hecho a cambio de entregar a ella...¿Qué harás si la entrego? ¿Sentirás perdida la partida? Yo hacía tiempo que jugaba sabiendo que no podía continuar. No era mi fe en tu Iglesia lo que me hacía continuar. Era la fe que me daban mis amigos. La fe en ellos. Ellos son los más cerca que estado de la divinidad. Los ángeles no les llegan ni a la suela de las botas.
¿Quieres que entregue mi vida?¡La entregaría gustoso con tal de corregir mis errores! ¿Quieres que negocie con demonios sobre el destino del mundo?¡No hay negociación que valga! ¡Duncant no lo querría! ¡Es mi fe en él la que haya hecho que no haya sucumbido al camino fácil, no mi fe en Ti! ¡¿Acaso no es ese tu cometido salvarlo?!
¡¿Que más puede un hombre hacer?!
¿Que consigo con todo esto?¡Actúa!¡Vamos! ¿Tanto tiempo en tu trono te olvidaste de lo que es esta vida?
La fuerza de mis hombros no es suficiente para mantener el mundo...
¡De acuerdo!¡Lucharé!¡Seguiré sufriendo por tu culpa!¡Más te vale que ese maldito Reino de los Cielos sea bueno para montar tal carnaval de odio y miseria!
¡Pero te lo advierto! ¡Lucharé a mi manera! ¡Y no te gustará! Escucharé a los Demonios. Hablaré con ellos, intentaré comprenderlos. Averiguaré sus profundos deseos. Puede que incluso llegue a ofrecerles lo único que poseo: mi triste vida.
Un peón cuando llega al final del camino, puede convertirse en una pieza poderosa. Continuar...
¡Les voy a pegar una patada en el culo a esos demonios de los demonios!
-Les voy a pegar una patada en el culo a esos demonios de los demonios...-me pareció oirme a mí mismo, seguía dormido.
De repente escuché una respuesta a mis innumerables preguntas. ¡Una respuesta! ¿Dios?
-Tranquilo - no era Dios, parecía Amelia como desde al otro lado de mis pesadillas- Yo cuidaré de ti.
De repente me sentí estúpido. ¿Por qué le hablaba a Dios, si tenía a alguien mejor a mi lado?
Empecé a agitarme. En las pesadillas confundes realidad con ficción. Noté un suave y tierno contacto en mis labios.
Entonces todas mis dudas se disiparon. Mis pesadillas huyeron espantadas. Supe quién me iba a velar en mi camino. Supe quién me iba a tender la mano en esta caída. Como siempre, Amelia.
¿Para qué confiar en alguien que dice que te quiere y vela por ti, cuando tienes alguien que te lo demuestra?
Hacía poco tiempo que había descubierto...lo que realmente sentía por ella. Pero algo en el fondo y subsconciente de mi alma me lo decía a gritos, pero yo no sabía que era. Creía que simplemente le tenía miedo.
No soñé después de esto. Tampoco volví a tener pesadillas esa noche.
Al despertar a la mañana siguiente, olvidé todo lo que pasó, no sé si fue real o ficción. ¿Quién recuerda la mayoría de sus sueños al despertar?
jueves, 14 de enero de 2010
Memorias de un Templario Negro (XXIV)
Claro que Roma nos esperaba. A nosotros y a cientos y cientos de personas. Aunque eso en realidad era quedarse corto.
Sigo escribiendo.
Llegábamos desde el norte siguiendo el curso del río Tíber y nos pusimos en el camino, haciendo cola con todo el atasco que se formó de carretas (ya sean lujosas o destartaladas), familias enteras andando, madres en burro y niños en mano, grupos de peregrinos a pie, Templarios poniendo orden entre algunos rateros que se aprovechaban de las multitudes. Había niños por todas partes, la tasa de natalidad en Europa del siglo XXVII es altísima. Los niños fueron los que sacaron adelante el mundo, y sigue siendo así. Los niños correaban con palos de madera entre las carretas y las gentes que se impacientaban en el atasco. Simulaban que estaban en batalla y eran poderosos guerreros de Dios. Los adultos eran enormes engendros que había que destruir, incluso algunos peregrinos se metieron en el juego, haciendo muecas y gruñidos feroces de demonios del Señor de las Moscas. Cuando nos vieron organizados con las capas oscuras sobre nuestros poderosos corceles se asustaron los seis pequeños.
-Rai, cuidado, jinetes siniestros.-decía uno de los sucios pequeñajos a otro mas pequeño, que le pegó con su palo, los demás al oir esto casi echaron a correr.
-¡No son jinetes siniestros lelo! Son Templarios, llevan una cosa blanca rara en las armaduras. Los jinetes sinestros no llevan ese tipo de adornos.-replicó el aludido.
Esa cosa blanca supongo que sería la cruz templaria. Sólo los Templarios Negros llevan cruces blancas plasmadas. EL otro pequeño al escuchar esto se relajó bastante. Todos los niños temían a los jinetes siniestros, ningún niño en su sano juicio querría irse con ellos a la hora de pagar el Diezmo de la Iglesia. Como yo en su tiempo. Los niños volvieron a sonreir y a continuar su juego de ser grandes guerreros.
-¡Por fin han llegado los refuerzos!¡Ya era hora, soldado!-me decía uno de ellos con la cara sucia y un pequeño corte que aún sangraba en la mejilla después de haberse tirado por el suelo en la refriega imaginaria. Yo me limité a quedarme pasmado, cuando dijo "soldado" hasta casi me cuadré por puro instinto.
Gorke miraba ausentemente con ojos vidriosos a los niños, como si se acordara de algo.
-Kassandra...-dijo inaudiblemente para sí, después agitó la cabeza como si intentara espabilar, masajeándose el ceño.-Necesito alcohol...-yo lo escuché todo, pero no dije nada.
Claro, yo que iba a decir. No hablo ni cuando lo tengo que hacer.
Los niños nos rodearon y estaban manoseando todo el equipo nuestro, pero lo que más querían tocar eran nuestras espadas al cinto.
-¿Cómo te has hecho eso, soldado?-dijo Alejo apeándose de su caballo dirigiéndose hacia el muchacho que presentaba un corte en la mejilla. Se encaminó hacia a él mientras se recogía su melena cobriza en una coleta y sacaba a continuación su equipo. Empezó a echarle un ungüento rojo en la herida mientras el chiquillo le contaba su proeza.
-¡Soy Max el Valiente! Me hice esto al intentar cubrir la retirada de mis compañeros de engendros espantosos.-señaló a unos peregrinos que iban delante, que se partían la caja de risa escuchando a Max.
-Vaya-Alejo silbó totalmente impresionado.- Es la peor herida que he visto en mi vida, tuviste que ser muy valiente.
-Eso dicen.-el niño pareció satisfecho con el comentario.-¡Ay!¡Esa cosa escuece!
-Listo. No te toques la herida.
Amelia e Ilse se peleaban a gritos con otros de los niños. Al parecer, los niños creían que ellas eran las que cocinaban, limpiaban y servían a la compañía.
-¡¿Pero cómo se te ocurre?! ¡Ni que tuviera cara de criada!-a Ilse le daba igual si hablaba con un niño como con un adulto, la pelea era la pelea y todo valía.
-Pero si somos más fuertes que toda esta panda de tarugos juntos.- señaló Amelia a nosostros. No dijimos nada, no queríamos comprobar si lo que había dicho era cierto.
-No se...mi mamá es la que hace todas esas cosas, no mi papá.-dijo el niño escusándose, Amelia tomó las rienda de la discusión.
-Pues dile a tu papá que es un vago y que ayude a tu mamá en casa. Que las mujeres podemos y valemos igual que esa panda de taraos que dicen llamarse tíos.
-¿Entonces sois Templarios también?-la idea no le entraba en la cabeza al niño, su mente era totalmente arquetípica y antigua, seguramente porque el unico modelo de mujer que conocía era su madre.
-Pues sí. Y somos las mejores de la compañía-Ilse agitó un puño al mocoso (por lo visto, se le olvidó que los niños están por encima de los adultos en la jerarquía de la Iglesia Angélica). Jacqueline no quería meterse.
La verdad es que no era tan raro ver mujeres en la Orden. ¿Por qué no? Podían ser ágiles, flexibles y fuertes. ¿Qué desventaja podía suponer tener mujeres en el frente? Evidentemente iban por su propia voluntad. Los Templarios Negros se habían dado cuenta de esto y allí todos tenían las mismas posibilidades y estaba totalmente equilibrado. Aunque claro, esto supuso un pequeño problema dentro de filas. Los hombres y las mujeres no son de piedra, y tanto tiempo conviviendo en ese estado en el cuartel y a punto de perder la vida en cualquier momento, pues...crea sus roces. El Negro Temple no quería que hubiera distracciones ni prioridades de unos sobre otros además no sería la primera vez que alguna se queda embarazada. Ante todo, estábamos al servicio de Dios. No podíamos relacionarnos de forma amorosa con otro integrante de la Orden. Si lo haces, más te vale que no te pillen.
La caravana comenzó a moverse, por lo visto los puestos habían sido colocados ya por la ancha, larga y sinuosa calle que iba en paralelo al Tíber, lo que había permitido ir avanzando en la cola. Los casas eran bastante modestas, pero la muralla a la que nos acercábamos era altísma. Una fría y altísima muralla blanca estaba frente a nosotros, que ya mismo entraríamos por la Primera Puerta de San Pedro. Se dice que San Pedro es el guardián humano de las puertas del Reino de los Cielos en la tierra, que es Roma. Los guardianes de la Segunda Puerta del verdadero Reino de los Cielos son el Arcángel Gabriel y el Arcángel Samael.
A lo que iba, que me ando por las ramas. Comenzamos a seguir el camino. Dunant se dirigió a los pequeños, que parecían disgustados al no poder continuar su juego y seguir la marcha.
-¿Os importaria escoltarnos? Os necesitaremos para llegar sanos y salvos a la ciudad.
Los niños se organizaron en seguida sorprendentemente bien. Ya tenían sus palos desenvainados y nos rodeaban andando a paso militar.
Cuando pasamos el portón, el bullicio de vida nos deslumbró a todos. La gente andaba despacio, gritando para hacerse oír entre el gentío. Las familias se cogían de las manos desde el mas alto hasta el más pequeño para no perderse entre la multitud. En los puestos los mercaderes gritaban sus productos y su buena calidad. Lo más vendido eran banderitas de las diferentes órdenes angélicas y mazapán con jengibre con forma de ángeles, los cuales los niños preferían el que tenía forma de gabrielita, y las niñas las figuras que representaban a un ramielita. El suelo estaba perfectamente adosado de adoquines de piedra, las casas eran marrones con adornos de madera y tejas rojas. Los edificios por el contrario eran altos, blancos inmaculados, con ventanas de arco, por las que se asomaban gente que cantaban salmos, colgaban sus banderas, otros tiraban pétalos a los caminantes, y los niños se limitaban a saludar a los que eran hormiguitas para ellos.
Los increiblemente altos eran los edificios pertenecientes a la Iglesia, que hasta podían formar puentes en forma de acueducto desde lo más alto de uno a otro, haciendo acueductos que pasaban por encima de las cabezas de los ciudadanos. Figuras estában desde lo más altos, magníficas estatuas de ángeles con las palmas de las manos mirando al cielo, como si comprobaran si estaba lloviendo.
Todo esto lo podíamos ver porque íbamos montados a caballo, y andábamos por encima de un mar de gente conducida por un estrecho acueducto. En una calle más estrecha perpendicular a la principal, se podía vislumbrar el Tíber, y al otro lado de la orilla, casi se podía ver la base del Firmamento Miquelita. Dios, no se le veía la altura del edificio, se perdía en las nubes y seguramente llegaba al verdadero firmamento. Era lo más próximo al Cielo, había unos pocos ángeles volando alrededor de la base del firmamento, como si fueran abejas trabajando alrededor de su colmena.
En pocas palabras...estaba alucinando.
Idiota. Si supiera en ese momento todo lo que sé ahora sobre la Iglesia, me habrían dado arcadas tanta falsa felicidad.
De repente, nuestra escolta de niños se disolvió al llegar otro niño de entre la multitud.
-¡Rai, Rai!¿Qué haceis?
-¿No te has enterado?¡Somos Templarios!
-Buaf. Vaya rollo. Juguemos a ser ángeles.-la proposición del recién llegado fue recibida por vítores por los niños.
-¡Me pido ser el Miquelita!-dijo uno y echó a "volar".
-¡De eso nada!¡La última vez nos mandaste a una misión suicida! Mi madre me castigó tres días por mancharme tanto de barro.
El resto se peleaba por ser el Gabrielita. Se perdieron en la multitud. Una vez más, nos dejaban por debajo de los ángeles. Gorke ya hacía tiempo que estaba intentando hacernos mejores que ellos. Lo teníamos dificil, para qué engañarnos.
Salimos de la calle principal y seguimos por otra perpendicular hacia el Sur, donde ya se veía el ala norte de la Catedral de San Pedro. En este giro había mas gentío de lo que cabía imaginar, pero era fácil que se nos abriera el paso, con las pintas que llevábamos era normal. Se escuchaba a una hombre de barba cuidada y bien acicalado gritar por encima del gentío encima de un escenario improvisado, que solo murmuraba, porque estaban escuchando atentamente lo que este decía.. Al parecer se trataba de un debate teológico con otro señor totalmente mugriento, una especie de profeta vagabundo que también se alzaba en otro escenario improvisado. La gente escuchaba atentamente al vagabundo.
-Os digo que todos los que mueren en esta vida de forma prematura es porque el Señor les da un trato preferente, porque son personas puras y dignas que merecen ser salvadas de este mundo impío y estar lo más antes posible en el seno del Señor nuestro Dios.
Su contrincante verbal, un señor como ya he dicho con una barba cuidada y aseado con unas vestimentas rojas, replicó a la teoría del vagabundo que decía ser un mensajero de Dios.
-Y yo, Rufius, futuro Obispo, os digo, borracho insolente, que eso son solo las escusas de los débiles para calmar sus conciencias y su dolor-el público parecía abuchearle medianamente ante este comentario a lo que éste reacciono a calmar los ánimos con gestos de sus manos-. Y tengo pruebas irrefutables. Os lo demostraré con un ejemplo. El Póntifex Máximus Petrus Secundus lleva dirigiendo a la Iglesia desde hace trescientos años. Si tenemos en cuenta de que es el hombre más puro y digno de Dios en la Tierra, según la teoría de este vagabundo el Señor le habría llamado a su Reino hace mucho tiempo y nos habría dejado hace mucho. ¿Por qué sigue aquí en la Tierra el Pontifex? Porque el Señor solo quiere a los dignos en la Tierra y elimina a los débiles y sucios de su querido mundo. Por eso los Cardenales y los Obispos cuentan con largas vidas, y el Pontifex claramente es inmortal. ¡Porque son sus elegidos!
Una parte del público allí reunido aplaudió y vitoreó esta respuesta al tal Rufius. Se notaba que esta parte eran todos eruditos y futuros funcionarios de la Iglesia. Un grito furioso que provenía del público interrumpió los aplausos.
-¡Basta!
Todos nos giramos, yo también, ya que noté el grito muy cercano. Era...¿Duncant? Lo era, pero...estaba diferente. No sonreía y sus largos cabellos casi rubios estaban sobre su rostro, ocultando una mueca feroz. Se apeó del caballo y sus pasos hacia el que decía ser futuro Obispo se hicieron pesados y el traqueteo de su armadura no tranquilizaba nada el ambiente. Duncant señaló con rabia contenida al funcionario de la Iglesia.
-¡No voy a tolerar tal deshonra a nuestros muertos!¿Cómo os atrevéis a afirmar que los dejan este mundo de forma prematura y violenta son indignos de Dios?¿Me decís que los seres queridos que he perdido de esta manera no eran buenas personas y por eso murieron brutalmente y sin sentido?¿Acaso tuvisteis la humilde honra de conocer a mi madre?¿A mi hermano pequeño quizás?¡¿A Kiara?!
El populacho también parecía muy afectado por lo dicho en el debate. ¿Quién no había perdido a un ser querido de forma violenta y cruel en esta edad oscura? No ayudaba nada que te dijeran que eran indignos y que se merecían tal muerte. El silencio se hizo pesado. Todos esperábamos que se lanzaran a por Duncant. Pero se escuchó otro grito del público, uno potente y grave.
-¡¿Acaso conocisteis a Kasandra?!-escupió Gorke totalmente ergido e indignado sobre su poderso corcél de guerra.
La gente se envalontonó al ver a semejantes soldados haciendo frente al funcionario de la Iglesia en vez de protegerlo. Se sumaron a nombrar a sus seres queridos y a señalar acusadoramente al "hombre de Dios".
-¡¿Acaso conocisteis a mi hija Rein, muerta por tuberculosis?!-decía una madre afectada
-¡¿Y a mi tío Estrair, calcinado por proteger su hogar?!-decía un hombre corpulento.
-¡¿Y a mi esposa Catalina, violada y asesinada por herejes?!-decía otro en llantos al recordar tal espantoso recuerdo.
-¡¿Quién demonios os creéis para juzgar quien es digno y quien no para Dios?!
-¡Seguro que no tenéis familia!¡Bastardo!
-¡No sabéis nada del pueblo y de lo que sufrimos!¡Vuelva a su Iglesia!
Duncant agarró del cuello de la camisa al funcionario Rufius furioso, casi hiperventilando, ojos llorosos y voz desgarrada. De un tirón aproximó su rostro con suyo.
-¡No sabéis nada de mí! ¡No sabéis nada del mundo! ¡No sabéis nada de estas humildes gentes! ¡¿Cómo demonios vais a conocer a Dios?! ¡Tu Dios está atrapado en una encuadernación lujosa!¡Tu Dios solo son palabras atrapadas en papel! ¡Buscadlo fuera de estas murallas, y entonces puede que os escuchemos!-dicho esto tiró de su presa y lo arrojó fuera de la tarima para que fuera abucheado y deshonrado por la audiencia. El público aplaudió a nuestro compañero, se había atrevido a decir lo que todos pensábamos y había hecho que todo el mundo se hiciera valiente para decir lo que pensaba, aunque fuera solo ante un triste funcionario de la Iglesia.
Bajó del escenario totalmente abatido. Subió a Generosidad y se disculpó con Gorke por su acción. Gorke se limitó a seguir aplaudiendo con una sonrisa, mostrando que estaba totalmente
de acuerdo con lo que acababa de hacer.
Volvimos a emprender el camino. La Basílica de San Pedro estaba justo delante, las gradas acababan de ser montadas y la gente corría a coger asiento. La Consagración de los ángeles estaba a punto de empezar.
Sigo escribiendo.
Llegábamos desde el norte siguiendo el curso del río Tíber y nos pusimos en el camino, haciendo cola con todo el atasco que se formó de carretas (ya sean lujosas o destartaladas), familias enteras andando, madres en burro y niños en mano, grupos de peregrinos a pie, Templarios poniendo orden entre algunos rateros que se aprovechaban de las multitudes. Había niños por todas partes, la tasa de natalidad en Europa del siglo XXVII es altísima. Los niños fueron los que sacaron adelante el mundo, y sigue siendo así. Los niños correaban con palos de madera entre las carretas y las gentes que se impacientaban en el atasco. Simulaban que estaban en batalla y eran poderosos guerreros de Dios. Los adultos eran enormes engendros que había que destruir, incluso algunos peregrinos se metieron en el juego, haciendo muecas y gruñidos feroces de demonios del Señor de las Moscas. Cuando nos vieron organizados con las capas oscuras sobre nuestros poderosos corceles se asustaron los seis pequeños.
-Rai, cuidado, jinetes siniestros.-decía uno de los sucios pequeñajos a otro mas pequeño, que le pegó con su palo, los demás al oir esto casi echaron a correr.
-¡No son jinetes siniestros lelo! Son Templarios, llevan una cosa blanca rara en las armaduras. Los jinetes sinestros no llevan ese tipo de adornos.-replicó el aludido.
Esa cosa blanca supongo que sería la cruz templaria. Sólo los Templarios Negros llevan cruces blancas plasmadas. EL otro pequeño al escuchar esto se relajó bastante. Todos los niños temían a los jinetes siniestros, ningún niño en su sano juicio querría irse con ellos a la hora de pagar el Diezmo de la Iglesia. Como yo en su tiempo. Los niños volvieron a sonreir y a continuar su juego de ser grandes guerreros.
-¡Por fin han llegado los refuerzos!¡Ya era hora, soldado!-me decía uno de ellos con la cara sucia y un pequeño corte que aún sangraba en la mejilla después de haberse tirado por el suelo en la refriega imaginaria. Yo me limité a quedarme pasmado, cuando dijo "soldado" hasta casi me cuadré por puro instinto.
Gorke miraba ausentemente con ojos vidriosos a los niños, como si se acordara de algo.
-Kassandra...-dijo inaudiblemente para sí, después agitó la cabeza como si intentara espabilar, masajeándose el ceño.-Necesito alcohol...-yo lo escuché todo, pero no dije nada.
Claro, yo que iba a decir. No hablo ni cuando lo tengo que hacer.
Los niños nos rodearon y estaban manoseando todo el equipo nuestro, pero lo que más querían tocar eran nuestras espadas al cinto.
-¿Cómo te has hecho eso, soldado?-dijo Alejo apeándose de su caballo dirigiéndose hacia el muchacho que presentaba un corte en la mejilla. Se encaminó hacia a él mientras se recogía su melena cobriza en una coleta y sacaba a continuación su equipo. Empezó a echarle un ungüento rojo en la herida mientras el chiquillo le contaba su proeza.
-¡Soy Max el Valiente! Me hice esto al intentar cubrir la retirada de mis compañeros de engendros espantosos.-señaló a unos peregrinos que iban delante, que se partían la caja de risa escuchando a Max.
-Vaya-Alejo silbó totalmente impresionado.- Es la peor herida que he visto en mi vida, tuviste que ser muy valiente.
-Eso dicen.-el niño pareció satisfecho con el comentario.-¡Ay!¡Esa cosa escuece!
-Listo. No te toques la herida.
Amelia e Ilse se peleaban a gritos con otros de los niños. Al parecer, los niños creían que ellas eran las que cocinaban, limpiaban y servían a la compañía.
-¡¿Pero cómo se te ocurre?! ¡Ni que tuviera cara de criada!-a Ilse le daba igual si hablaba con un niño como con un adulto, la pelea era la pelea y todo valía.
-Pero si somos más fuertes que toda esta panda de tarugos juntos.- señaló Amelia a nosostros. No dijimos nada, no queríamos comprobar si lo que había dicho era cierto.
-No se...mi mamá es la que hace todas esas cosas, no mi papá.-dijo el niño escusándose, Amelia tomó las rienda de la discusión.
-Pues dile a tu papá que es un vago y que ayude a tu mamá en casa. Que las mujeres podemos y valemos igual que esa panda de taraos que dicen llamarse tíos.
-¿Entonces sois Templarios también?-la idea no le entraba en la cabeza al niño, su mente era totalmente arquetípica y antigua, seguramente porque el unico modelo de mujer que conocía era su madre.
-Pues sí. Y somos las mejores de la compañía-Ilse agitó un puño al mocoso (por lo visto, se le olvidó que los niños están por encima de los adultos en la jerarquía de la Iglesia Angélica). Jacqueline no quería meterse.
La verdad es que no era tan raro ver mujeres en la Orden. ¿Por qué no? Podían ser ágiles, flexibles y fuertes. ¿Qué desventaja podía suponer tener mujeres en el frente? Evidentemente iban por su propia voluntad. Los Templarios Negros se habían dado cuenta de esto y allí todos tenían las mismas posibilidades y estaba totalmente equilibrado. Aunque claro, esto supuso un pequeño problema dentro de filas. Los hombres y las mujeres no son de piedra, y tanto tiempo conviviendo en ese estado en el cuartel y a punto de perder la vida en cualquier momento, pues...crea sus roces. El Negro Temple no quería que hubiera distracciones ni prioridades de unos sobre otros además no sería la primera vez que alguna se queda embarazada. Ante todo, estábamos al servicio de Dios. No podíamos relacionarnos de forma amorosa con otro integrante de la Orden. Si lo haces, más te vale que no te pillen.
La caravana comenzó a moverse, por lo visto los puestos habían sido colocados ya por la ancha, larga y sinuosa calle que iba en paralelo al Tíber, lo que había permitido ir avanzando en la cola. Los casas eran bastante modestas, pero la muralla a la que nos acercábamos era altísma. Una fría y altísima muralla blanca estaba frente a nosotros, que ya mismo entraríamos por la Primera Puerta de San Pedro. Se dice que San Pedro es el guardián humano de las puertas del Reino de los Cielos en la tierra, que es Roma. Los guardianes de la Segunda Puerta del verdadero Reino de los Cielos son el Arcángel Gabriel y el Arcángel Samael.
A lo que iba, que me ando por las ramas. Comenzamos a seguir el camino. Dunant se dirigió a los pequeños, que parecían disgustados al no poder continuar su juego y seguir la marcha.
-¿Os importaria escoltarnos? Os necesitaremos para llegar sanos y salvos a la ciudad.
Los niños se organizaron en seguida sorprendentemente bien. Ya tenían sus palos desenvainados y nos rodeaban andando a paso militar.
Cuando pasamos el portón, el bullicio de vida nos deslumbró a todos. La gente andaba despacio, gritando para hacerse oír entre el gentío. Las familias se cogían de las manos desde el mas alto hasta el más pequeño para no perderse entre la multitud. En los puestos los mercaderes gritaban sus productos y su buena calidad. Lo más vendido eran banderitas de las diferentes órdenes angélicas y mazapán con jengibre con forma de ángeles, los cuales los niños preferían el que tenía forma de gabrielita, y las niñas las figuras que representaban a un ramielita. El suelo estaba perfectamente adosado de adoquines de piedra, las casas eran marrones con adornos de madera y tejas rojas. Los edificios por el contrario eran altos, blancos inmaculados, con ventanas de arco, por las que se asomaban gente que cantaban salmos, colgaban sus banderas, otros tiraban pétalos a los caminantes, y los niños se limitaban a saludar a los que eran hormiguitas para ellos.
Los increiblemente altos eran los edificios pertenecientes a la Iglesia, que hasta podían formar puentes en forma de acueducto desde lo más alto de uno a otro, haciendo acueductos que pasaban por encima de las cabezas de los ciudadanos. Figuras estában desde lo más altos, magníficas estatuas de ángeles con las palmas de las manos mirando al cielo, como si comprobaran si estaba lloviendo.
Todo esto lo podíamos ver porque íbamos montados a caballo, y andábamos por encima de un mar de gente conducida por un estrecho acueducto. En una calle más estrecha perpendicular a la principal, se podía vislumbrar el Tíber, y al otro lado de la orilla, casi se podía ver la base del Firmamento Miquelita. Dios, no se le veía la altura del edificio, se perdía en las nubes y seguramente llegaba al verdadero firmamento. Era lo más próximo al Cielo, había unos pocos ángeles volando alrededor de la base del firmamento, como si fueran abejas trabajando alrededor de su colmena.
En pocas palabras...estaba alucinando.
Idiota. Si supiera en ese momento todo lo que sé ahora sobre la Iglesia, me habrían dado arcadas tanta falsa felicidad.
De repente, nuestra escolta de niños se disolvió al llegar otro niño de entre la multitud.
-¡Rai, Rai!¿Qué haceis?
-¿No te has enterado?¡Somos Templarios!
-Buaf. Vaya rollo. Juguemos a ser ángeles.-la proposición del recién llegado fue recibida por vítores por los niños.
-¡Me pido ser el Miquelita!-dijo uno y echó a "volar".
-¡De eso nada!¡La última vez nos mandaste a una misión suicida! Mi madre me castigó tres días por mancharme tanto de barro.
El resto se peleaba por ser el Gabrielita. Se perdieron en la multitud. Una vez más, nos dejaban por debajo de los ángeles. Gorke ya hacía tiempo que estaba intentando hacernos mejores que ellos. Lo teníamos dificil, para qué engañarnos.
Salimos de la calle principal y seguimos por otra perpendicular hacia el Sur, donde ya se veía el ala norte de la Catedral de San Pedro. En este giro había mas gentío de lo que cabía imaginar, pero era fácil que se nos abriera el paso, con las pintas que llevábamos era normal. Se escuchaba a una hombre de barba cuidada y bien acicalado gritar por encima del gentío encima de un escenario improvisado, que solo murmuraba, porque estaban escuchando atentamente lo que este decía.. Al parecer se trataba de un debate teológico con otro señor totalmente mugriento, una especie de profeta vagabundo que también se alzaba en otro escenario improvisado. La gente escuchaba atentamente al vagabundo.
-Os digo que todos los que mueren en esta vida de forma prematura es porque el Señor les da un trato preferente, porque son personas puras y dignas que merecen ser salvadas de este mundo impío y estar lo más antes posible en el seno del Señor nuestro Dios.
Su contrincante verbal, un señor como ya he dicho con una barba cuidada y aseado con unas vestimentas rojas, replicó a la teoría del vagabundo que decía ser un mensajero de Dios.
-Y yo, Rufius, futuro Obispo, os digo, borracho insolente, que eso son solo las escusas de los débiles para calmar sus conciencias y su dolor-el público parecía abuchearle medianamente ante este comentario a lo que éste reacciono a calmar los ánimos con gestos de sus manos-. Y tengo pruebas irrefutables. Os lo demostraré con un ejemplo. El Póntifex Máximus Petrus Secundus lleva dirigiendo a la Iglesia desde hace trescientos años. Si tenemos en cuenta de que es el hombre más puro y digno de Dios en la Tierra, según la teoría de este vagabundo el Señor le habría llamado a su Reino hace mucho tiempo y nos habría dejado hace mucho. ¿Por qué sigue aquí en la Tierra el Pontifex? Porque el Señor solo quiere a los dignos en la Tierra y elimina a los débiles y sucios de su querido mundo. Por eso los Cardenales y los Obispos cuentan con largas vidas, y el Pontifex claramente es inmortal. ¡Porque son sus elegidos!
Una parte del público allí reunido aplaudió y vitoreó esta respuesta al tal Rufius. Se notaba que esta parte eran todos eruditos y futuros funcionarios de la Iglesia. Un grito furioso que provenía del público interrumpió los aplausos.
-¡Basta!
Todos nos giramos, yo también, ya que noté el grito muy cercano. Era...¿Duncant? Lo era, pero...estaba diferente. No sonreía y sus largos cabellos casi rubios estaban sobre su rostro, ocultando una mueca feroz. Se apeó del caballo y sus pasos hacia el que decía ser futuro Obispo se hicieron pesados y el traqueteo de su armadura no tranquilizaba nada el ambiente. Duncant señaló con rabia contenida al funcionario de la Iglesia.
-¡No voy a tolerar tal deshonra a nuestros muertos!¿Cómo os atrevéis a afirmar que los dejan este mundo de forma prematura y violenta son indignos de Dios?¿Me decís que los seres queridos que he perdido de esta manera no eran buenas personas y por eso murieron brutalmente y sin sentido?¿Acaso tuvisteis la humilde honra de conocer a mi madre?¿A mi hermano pequeño quizás?¡¿A Kiara?!
El populacho también parecía muy afectado por lo dicho en el debate. ¿Quién no había perdido a un ser querido de forma violenta y cruel en esta edad oscura? No ayudaba nada que te dijeran que eran indignos y que se merecían tal muerte. El silencio se hizo pesado. Todos esperábamos que se lanzaran a por Duncant. Pero se escuchó otro grito del público, uno potente y grave.
-¡¿Acaso conocisteis a Kasandra?!-escupió Gorke totalmente ergido e indignado sobre su poderso corcél de guerra.
La gente se envalontonó al ver a semejantes soldados haciendo frente al funcionario de la Iglesia en vez de protegerlo. Se sumaron a nombrar a sus seres queridos y a señalar acusadoramente al "hombre de Dios".
-¡¿Acaso conocisteis a mi hija Rein, muerta por tuberculosis?!-decía una madre afectada
-¡¿Y a mi tío Estrair, calcinado por proteger su hogar?!-decía un hombre corpulento.
-¡¿Y a mi esposa Catalina, violada y asesinada por herejes?!-decía otro en llantos al recordar tal espantoso recuerdo.
-¡¿Quién demonios os creéis para juzgar quien es digno y quien no para Dios?!
-¡Seguro que no tenéis familia!¡Bastardo!
-¡No sabéis nada del pueblo y de lo que sufrimos!¡Vuelva a su Iglesia!
Duncant agarró del cuello de la camisa al funcionario Rufius furioso, casi hiperventilando, ojos llorosos y voz desgarrada. De un tirón aproximó su rostro con suyo.
-¡No sabéis nada de mí! ¡No sabéis nada del mundo! ¡No sabéis nada de estas humildes gentes! ¡¿Cómo demonios vais a conocer a Dios?! ¡Tu Dios está atrapado en una encuadernación lujosa!¡Tu Dios solo son palabras atrapadas en papel! ¡Buscadlo fuera de estas murallas, y entonces puede que os escuchemos!-dicho esto tiró de su presa y lo arrojó fuera de la tarima para que fuera abucheado y deshonrado por la audiencia. El público aplaudió a nuestro compañero, se había atrevido a decir lo que todos pensábamos y había hecho que todo el mundo se hiciera valiente para decir lo que pensaba, aunque fuera solo ante un triste funcionario de la Iglesia.
Bajó del escenario totalmente abatido. Subió a Generosidad y se disculpó con Gorke por su acción. Gorke se limitó a seguir aplaudiendo con una sonrisa, mostrando que estaba totalmente
de acuerdo con lo que acababa de hacer.
Volvimos a emprender el camino. La Basílica de San Pedro estaba justo delante, las gradas acababan de ser montadas y la gente corría a coger asiento. La Consagración de los ángeles estaba a punto de empezar.
Memorias de un Templario Negro (XXIII)
Con ángeles soñaba. Ahora los miro con hastío.
La gente cambia ¿no? Aunque la Iglesia siempre ha sido igual. Ya sea la cristiana anterior al Segundo Diluvio o la angélica salvadora. Deberían saber que la verdad se encuentra en cada uno de nosotros, en nuestra propia interpretación, no en la palabra literal.
Pero que sabré yo, solo soy un cadáver que no ha empezado a descomponerse aún.
Como Duncant me dijo antes de echarse a dormir aquel día, cada uno ve Roma dependiendo de la fe en la Iglesia que tenga su alma. Es cierto, he de decir que existen y ha existido siempre dos Roma en una: la libertadora y esperanzadora vista por los ojos del ciego creyente, y la opresiva cárcel vista por los escépticos y herejes.
Yo vería las dos.
Sigo escribiendo.
Me desperté bruscamente, con una sensación de vértigo en el estómago. Ya casi salía el sol, era cuestión de un par de horas. Solo había que esperar un poco para que esa mañana comenzase. Nunca había visto Roma, ni siquiera había peregrinado allí el día de los Niños, fiesta en la que el Papa bendice a las nuevas generaciones personalmente, ya que ellos eran la esperanza del mundo. Yo ya contaba ese día con 19 años, así que ya era un poco tarde para que el Pontifex me bendiciera como niño. Además, la fiesta ya había pasado, ahora se acercaba la Consagración o bautismo de los últimos ángeles llegados a la tierra. Sentía un poco de vergüenza servir a la Iglesia y no haber pregrinado a su ciudad más sagrada e importante, la ciudad eterna, la cuna de la esperanza de los hombres del siglo XXVII.
Me asomé por el ventanuco del barracón donde dormíamos. Aún no amanecía, debían faltar unas horas. Clavé los ojos en el horizonte desértico, una estepa marrón y áspera, no podría haber mejor lugar para situar un cuartel de caballería pesada. Solo esperaba a un rayo de sol para despertar a mis compañeros y salir casi corriendo a Roma. Qué ganas tenía de verla. No podía esperar, así que me fuí adelantando a despertar a mis compañeros aunque les quedaran como una hora de sueño. Decidí por empezar por Duncant, si intentase despertar a otro primero, seguro que me obsequiaban con un buen gancho o un buen corte. Muchos, como yo, dormíamos con una daga bajo la almohada y podíamos llegar a ser mortales si no se nos despertaba adecuadamente.
-¡Duncant, Duncant!¡Ya casi es de día!¡Vamos!¡Levántate!-la emoción me pudo y mi voz salió bastante alta.
Duncant se dió la vuelta en su destrozada cama murmurando a la par.
-Quiero dormir un poco más...-su frase acabó en una respiración profunda. Decidí cambiar de objetivo.
-Amelia-aquí susurré, no quería llevarme un guantazo.-Levanta. Solo tenemos un día de permiso en Roma y hay que aprovecharlo...
Ella me contestó con un pie puesto todavía en el mundo de los sueños.
-Un día en ese agujero no tiene ni punto de comparación con cinco minutos más durmiendo.-dicho esto se tapó la cara con la almohada.
Pero no se iban a deshacer de mí tan facilmente. Empecé a saltar en sus camas. Ese día estaba radiante de felicidad, incluso podía relacionarme con los demás sin problemas de timidez. Siempre había escuchado que para un creyente la primera peregrinación a Roma Aeterna era mágica.
Seguía saltando sobre la cama de Duncant, que botaba con mis impulsos.
-Isaac por el amor de Dios vuelvete a dormir...quedará como una hora para que amanezca.-me suplicaba mi compañero, pero hice oidos sordos. Mis saltos pasaron a la cama de Amelia. Pero ella no iba a tener tanta compasión conmigo como Duncant. Mientras saltaba cerca suya se defendió de mis sacudidas verbalmente, todavía no estaba despierta del todo, así que puse más empeño en dar mas sacudidas.
-Nadie diría que eres un Templario viéndote saltar sobre mi cama como si fueras un chiquillo al que van a llevar a la feria.
No surtió efecto, normalmente ese comentario me habría rebajado muchísimos los ánimos, pero la fe que se me apoderó de mí en esos momentos era gloriosamente ciega. Así que pasó a la acción. Me hizo una llave apresando mis piernas con las suyas y me tiró de su cama. Fue un buen coscorrón.
La puerta se abrió de golpe. Ilse apareció del otro lado de la camareta donde dormían Johan, Alejo y ella. Entró con la espada desenvainada en una clara posición de lo que conocemos como defensa castellana. Presentaba un aspecto somnoliento y estaba casi desvestida. Johan y Alejo iban detrás protegiendo su retaguardia con sus respectivas espadas.
-¡Quién ataca!¿Dónde está el enemigo?¡¿Quién forma tanto jaleo?!
Duncant y Amelia empezaron a desperezarse mientras me señalaban. Mi timidez volvió enseguida. Los cabellos pelirrojos y largos de Ilse no estaban recogidos en su habitual larga trenza, sino que era una maraña de telarañas rojizas sobre su rostro.
-¡Pero si queda una hora para que amanezca! ¡¿Que haces tan temprano montando follón Isaac?! De verdad que los más jóvenes no tenéis respeto por nada. ¡Mierda! Ahora me has hecho sentirme vieja-me agarró de la oreja y me arrastró hasta la calle de un empujón.-¡A hacer ruido a otra parte!
Un grito anónimo se escuchó fuera.
-¡Callarse joder!
-¡No me callo!-Ilse tenía un pequeño defecto, y es que no podía callarse una vez empezaba, sobre todo si eran discusiones.
Otro Templario se escuchó gritando en la madrugada.
-¡Dormíos ostias!-así de delicados eran los Templarios Negros, pero se les perdonan estas pequeñas blasfemias y herejias ya que lo que sufren en combate es mucho.
-¡Mañana marcho a las Tierras Marcadas!¡Callaos!
-¡Una mierda!¡Tú lo que tienes es una resaca que no te aguantas!-Ilse haciendo amigos.
-¡Él no lo sé, pero yo sí!¡Silencio!-decía otro.
Omitiré el resto. Todos se callaron cuando amaneció. Nadie se enteró de que el que originó el follón fui yo. Menos mal.
Cuando amaneció despertó el cuartel. A la mañana ya éramos todos amigos. Así era el ciclo del cuartel, podíamos matarnos entre nosotros en una taberna y al día siguiente en campaña ya éramos hermanos de sangre. La unión de la Orden era...peculiar, pero sólida.
Con el sol rozándonos la cara en la destartalada cuadra, empezamos a ensillar ausentes y metódicamente los caballos. Se suponía que la marcha a Roma era como un regalo. ¿Por qué era el único emocionado?
¿Era por la juventud? No, Amelia tenía casi la misma edad que yo y tenía un gran cabreo encima. Duncant tendría un par de años más que Amelia, y el resto un años más que Duncant. Menudo lío. El caso es que todos éramos jóvenes, su poca ilusión debía ser por otra cosa.
El camino a Roma fue tranquilo, con un sol cálido, nada abrasador. Pocas veces se ve al astro rey después del desastre que se desencadenó en el mundo, pero así tenía que ser, ese día se celebraba la Consagración. Gorke iba en cabeza, discutía con Johann de tácticas de caballería, hablaban sobre las ventajas y desventajas de la formación en cuña para penetrar las defensas del enemigo. Amelia estaba desayunando durante el camino, total, iba a caballo, no tenía que hacer gran esfuerzo. Alejo estaba ausente, revisando equipo. Jacob iba atrás, brazos en cruz, ojos cerrados y mirada al sol, como si añorase algo, como si la luz del sol le trayera buenos recuerdos, ya que en su rostro se dibujaba una media sonrisa. Duncant y Jacqueline hablaban animadamente, pero él llevaba el hilo de la conversación ya que relataba una pequeña escapada y aventura que tuvo con Kiara en los entrenamientos cuando se conocieron. La francesa reía con ganas y el brillo de sus ojos la delataban. Su gran interés por las pequeñas anécdotas amorosas de Duncant con Kiara eran incuestionable.
-Ella debía ser una magnífica muchacha.-terminó diciendo ella con admiración.-Lamento no poder haberla conocido.-se puso cabizbaja, lo decía de corazón, ella admiraba a Kiara sin nisiquiera haberla conocido. No hacía falta, solo necesitaba el testimonio de Duncant.
Él miró hacia otro lado. Sé lo que estaba pensando, era un libro abierto: "No la conocerás porque yo la maté". Se llevó la mano al brazo, buscando algo.
Y yo...bueno, Ilse me echaba la bronca por haberlos despertado a todos de esa manera y yo no sabía donde meter la cabeza.
La ciudad eterna ya se veía al fondo. Enormes y blancos e immaculados edificios. Banderas de las órdenes angelicales que orlaban sus ventanas. Algunos rascaban el cielo, otros eran tímidamente bajos. Pero solo uno se perdía en las nubes: el firmamento miquelita. Las numerosas caravanas y puestos de mercadillos se saturaban en la entrada de Roma, en un cuello de botella espeluznante. Roma seguía latiendo desde hace mucho, y siempre lo hará. Eternamente.
Y solo tenía un día para aprovechar la instancia allí. La hora de la Consagración se aproximaba. Me acordé del ángel Galadriel. Nosotros íbamos a participar en su consagración.
La ciudad eterna nos esperaba.
La gente cambia ¿no? Aunque la Iglesia siempre ha sido igual. Ya sea la cristiana anterior al Segundo Diluvio o la angélica salvadora. Deberían saber que la verdad se encuentra en cada uno de nosotros, en nuestra propia interpretación, no en la palabra literal.
Pero que sabré yo, solo soy un cadáver que no ha empezado a descomponerse aún.
Como Duncant me dijo antes de echarse a dormir aquel día, cada uno ve Roma dependiendo de la fe en la Iglesia que tenga su alma. Es cierto, he de decir que existen y ha existido siempre dos Roma en una: la libertadora y esperanzadora vista por los ojos del ciego creyente, y la opresiva cárcel vista por los escépticos y herejes.
Yo vería las dos.
Sigo escribiendo.
Me desperté bruscamente, con una sensación de vértigo en el estómago. Ya casi salía el sol, era cuestión de un par de horas. Solo había que esperar un poco para que esa mañana comenzase. Nunca había visto Roma, ni siquiera había peregrinado allí el día de los Niños, fiesta en la que el Papa bendice a las nuevas generaciones personalmente, ya que ellos eran la esperanza del mundo. Yo ya contaba ese día con 19 años, así que ya era un poco tarde para que el Pontifex me bendiciera como niño. Además, la fiesta ya había pasado, ahora se acercaba la Consagración o bautismo de los últimos ángeles llegados a la tierra. Sentía un poco de vergüenza servir a la Iglesia y no haber pregrinado a su ciudad más sagrada e importante, la ciudad eterna, la cuna de la esperanza de los hombres del siglo XXVII.
Me asomé por el ventanuco del barracón donde dormíamos. Aún no amanecía, debían faltar unas horas. Clavé los ojos en el horizonte desértico, una estepa marrón y áspera, no podría haber mejor lugar para situar un cuartel de caballería pesada. Solo esperaba a un rayo de sol para despertar a mis compañeros y salir casi corriendo a Roma. Qué ganas tenía de verla. No podía esperar, así que me fuí adelantando a despertar a mis compañeros aunque les quedaran como una hora de sueño. Decidí por empezar por Duncant, si intentase despertar a otro primero, seguro que me obsequiaban con un buen gancho o un buen corte. Muchos, como yo, dormíamos con una daga bajo la almohada y podíamos llegar a ser mortales si no se nos despertaba adecuadamente.
-¡Duncant, Duncant!¡Ya casi es de día!¡Vamos!¡Levántate!-la emoción me pudo y mi voz salió bastante alta.
Duncant se dió la vuelta en su destrozada cama murmurando a la par.
-Quiero dormir un poco más...-su frase acabó en una respiración profunda. Decidí cambiar de objetivo.
-Amelia-aquí susurré, no quería llevarme un guantazo.-Levanta. Solo tenemos un día de permiso en Roma y hay que aprovecharlo...
Ella me contestó con un pie puesto todavía en el mundo de los sueños.
-Un día en ese agujero no tiene ni punto de comparación con cinco minutos más durmiendo.-dicho esto se tapó la cara con la almohada.
Pero no se iban a deshacer de mí tan facilmente. Empecé a saltar en sus camas. Ese día estaba radiante de felicidad, incluso podía relacionarme con los demás sin problemas de timidez. Siempre había escuchado que para un creyente la primera peregrinación a Roma Aeterna era mágica.
Seguía saltando sobre la cama de Duncant, que botaba con mis impulsos.
-Isaac por el amor de Dios vuelvete a dormir...quedará como una hora para que amanezca.-me suplicaba mi compañero, pero hice oidos sordos. Mis saltos pasaron a la cama de Amelia. Pero ella no iba a tener tanta compasión conmigo como Duncant. Mientras saltaba cerca suya se defendió de mis sacudidas verbalmente, todavía no estaba despierta del todo, así que puse más empeño en dar mas sacudidas.
-Nadie diría que eres un Templario viéndote saltar sobre mi cama como si fueras un chiquillo al que van a llevar a la feria.
No surtió efecto, normalmente ese comentario me habría rebajado muchísimos los ánimos, pero la fe que se me apoderó de mí en esos momentos era gloriosamente ciega. Así que pasó a la acción. Me hizo una llave apresando mis piernas con las suyas y me tiró de su cama. Fue un buen coscorrón.
La puerta se abrió de golpe. Ilse apareció del otro lado de la camareta donde dormían Johan, Alejo y ella. Entró con la espada desenvainada en una clara posición de lo que conocemos como defensa castellana. Presentaba un aspecto somnoliento y estaba casi desvestida. Johan y Alejo iban detrás protegiendo su retaguardia con sus respectivas espadas.
-¡Quién ataca!¿Dónde está el enemigo?¡¿Quién forma tanto jaleo?!
Duncant y Amelia empezaron a desperezarse mientras me señalaban. Mi timidez volvió enseguida. Los cabellos pelirrojos y largos de Ilse no estaban recogidos en su habitual larga trenza, sino que era una maraña de telarañas rojizas sobre su rostro.
-¡Pero si queda una hora para que amanezca! ¡¿Que haces tan temprano montando follón Isaac?! De verdad que los más jóvenes no tenéis respeto por nada. ¡Mierda! Ahora me has hecho sentirme vieja-me agarró de la oreja y me arrastró hasta la calle de un empujón.-¡A hacer ruido a otra parte!
Un grito anónimo se escuchó fuera.
-¡Callarse joder!
-¡No me callo!-Ilse tenía un pequeño defecto, y es que no podía callarse una vez empezaba, sobre todo si eran discusiones.
Otro Templario se escuchó gritando en la madrugada.
-¡Dormíos ostias!-así de delicados eran los Templarios Negros, pero se les perdonan estas pequeñas blasfemias y herejias ya que lo que sufren en combate es mucho.
-¡Mañana marcho a las Tierras Marcadas!¡Callaos!
-¡Una mierda!¡Tú lo que tienes es una resaca que no te aguantas!-Ilse haciendo amigos.
-¡Él no lo sé, pero yo sí!¡Silencio!-decía otro.
Omitiré el resto. Todos se callaron cuando amaneció. Nadie se enteró de que el que originó el follón fui yo. Menos mal.
Cuando amaneció despertó el cuartel. A la mañana ya éramos todos amigos. Así era el ciclo del cuartel, podíamos matarnos entre nosotros en una taberna y al día siguiente en campaña ya éramos hermanos de sangre. La unión de la Orden era...peculiar, pero sólida.
Con el sol rozándonos la cara en la destartalada cuadra, empezamos a ensillar ausentes y metódicamente los caballos. Se suponía que la marcha a Roma era como un regalo. ¿Por qué era el único emocionado?
¿Era por la juventud? No, Amelia tenía casi la misma edad que yo y tenía un gran cabreo encima. Duncant tendría un par de años más que Amelia, y el resto un años más que Duncant. Menudo lío. El caso es que todos éramos jóvenes, su poca ilusión debía ser por otra cosa.
El camino a Roma fue tranquilo, con un sol cálido, nada abrasador. Pocas veces se ve al astro rey después del desastre que se desencadenó en el mundo, pero así tenía que ser, ese día se celebraba la Consagración. Gorke iba en cabeza, discutía con Johann de tácticas de caballería, hablaban sobre las ventajas y desventajas de la formación en cuña para penetrar las defensas del enemigo. Amelia estaba desayunando durante el camino, total, iba a caballo, no tenía que hacer gran esfuerzo. Alejo estaba ausente, revisando equipo. Jacob iba atrás, brazos en cruz, ojos cerrados y mirada al sol, como si añorase algo, como si la luz del sol le trayera buenos recuerdos, ya que en su rostro se dibujaba una media sonrisa. Duncant y Jacqueline hablaban animadamente, pero él llevaba el hilo de la conversación ya que relataba una pequeña escapada y aventura que tuvo con Kiara en los entrenamientos cuando se conocieron. La francesa reía con ganas y el brillo de sus ojos la delataban. Su gran interés por las pequeñas anécdotas amorosas de Duncant con Kiara eran incuestionable.
-Ella debía ser una magnífica muchacha.-terminó diciendo ella con admiración.-Lamento no poder haberla conocido.-se puso cabizbaja, lo decía de corazón, ella admiraba a Kiara sin nisiquiera haberla conocido. No hacía falta, solo necesitaba el testimonio de Duncant.
Él miró hacia otro lado. Sé lo que estaba pensando, era un libro abierto: "No la conocerás porque yo la maté". Se llevó la mano al brazo, buscando algo.
Y yo...bueno, Ilse me echaba la bronca por haberlos despertado a todos de esa manera y yo no sabía donde meter la cabeza.
La ciudad eterna ya se veía al fondo. Enormes y blancos e immaculados edificios. Banderas de las órdenes angelicales que orlaban sus ventanas. Algunos rascaban el cielo, otros eran tímidamente bajos. Pero solo uno se perdía en las nubes: el firmamento miquelita. Las numerosas caravanas y puestos de mercadillos se saturaban en la entrada de Roma, en un cuello de botella espeluznante. Roma seguía latiendo desde hace mucho, y siempre lo hará. Eternamente.
Y solo tenía un día para aprovechar la instancia allí. La hora de la Consagración se aproximaba. Me acordé del ángel Galadriel. Nosotros íbamos a participar en su consagración.
La ciudad eterna nos esperaba.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Notas de hielo y cristal.
Las lágrimas del cielo se estrellaban contra el cristal, se derramaban, renegadas caían lentamente atravesadas por la luz ámbar de los luceros urbanos. El viento se ondulaba en una danza invisible bailando al mi alrededor, absorbiéndome los latidos del corazón. Pero el ritmo sigue siempre constante, mi pie marcando el tiempo sobre el pedal...el tempo, diría mi eterno amigo de madera en una de esas noches de soledad. El aire gélido baila a mi alrededor, me roza la piel en caricias muertas y me roba la vida en susurros ululantes. Comienzo a rozar las blancas teclas...suenan claras, frías, constantes y crecientes en tensión. El frío ululante e indignado pretende robarme la atención, me atraviesan como cuchillas el alma, como cientos de amores rotos. Me recorren cada y uno de mis carnes hasta salir por las yemas de mis dedos. Intento mantener el coloquio de gestos con el piano. No...no quiere hacerme daño, el aire gélido que comienza a brotar de mis dedos se congela en mis yemas, me regala un sonido que nunca jamás había salido de mí. Notas frágiles, tímidas que ganan más fuerza que la anterior y volviendo a ser recogidas tiernamente. Esas notas de hielo y cristal. La lluvia comienza a repiquetear más alegremente en la noche, ya no se siente sola en su música. La acompaño al piano en su percusión caótica. La acompaño en florituras cálidas arpegiadas. Sigue lloviendo, mis notas también llueven, hacia arriba, hacia abajo, olas de sentimiento sin destino. El agua del cielo lo purifica todo, lava el alma, enfría, cala hasta el alma y la purifica. Llueve sobre enamorados no reconocidos, sobre solitarios, alegra al precavido y fastidia al perezoso, saca lo mejor de nosotros y lo peor. Ahora también llueve mis notas no escuchadas por otra persona, aún así existen, aunque nadie me crea. Crece la tensión, es el crescendo de la lluvia. Un descenso atropellado. Silencio. Vuelta al murmurar de la música. Pregunta de las graves y oscuras, respuestas de las finas y agudas. Murmullo decreciente, se pierde en la oscuridad, solo es un susurro.
Silencio.
El frío de mis dedos se ha evaporado. Mi música se fué con él.
Mi piano, eterno cascarrabias, tenía que tener siempre la última palabra.
-La lluvia la provocaste tú.
Silencio.
El frío de mis dedos se ha evaporado. Mi música se fué con él.
Mi piano, eterno cascarrabias, tenía que tener siempre la última palabra.
-La lluvia la provocaste tú.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Es fácil.
Si la suerte está de mi lado debería ser fácil. Entro con "Sako", mi mercancía, hacemos que no den un duro por Yumi, es fácil, lo único que tiene que hacer esa bruja es no hacer nada. Doy lo que tengo por ella, la rescato, vuelvo. Antes de saquen a Ayame al escenario escapará, se transformará en su forma alternativa haciendo que los grilletes se le queden grandes. Es fácil. Saliremos los tres y huiremos hasta nuestro asentamiento. El noble tendrá que cumplir su parte del trato. Ellas volverán al hogar de arriba y yo...bueno, eso no importa.
No creo que a nadie le importe. Ayame me odia y Yumi creo que no le caigo demasiado bien, para ser franco, ni lo he intentado, me dan escalofrios las brujas. Y por si quedaba alguna duda de que a Ayame me odiaba más allá de las tortas que me pega cuando la abrazo mientras duerme, he empezado a mantener las distancias con ella, mostrarme frío e incluso borde. Es fácil. Si me pegaba cuando me acercaba demasiado a ella ahora que me muestro indiferente y borde no sentirá ninguna pena si nos separamos. Hasta ahí todo claro, nadie me echará en falta. Ella está a salvo, que se lo merece porque de verdad me importa, aunque siempre la esté cagando ya que soy la torpeza viviente. Yo seguiré mi misión suicida. Es fácil.
...
Ayame...¿me acaba de abrazar?
Mierda. Se suponía que me odiaba. Se suponía que esto iba a ser fácil...
No creo que a nadie le importe. Ayame me odia y Yumi creo que no le caigo demasiado bien, para ser franco, ni lo he intentado, me dan escalofrios las brujas. Y por si quedaba alguna duda de que a Ayame me odiaba más allá de las tortas que me pega cuando la abrazo mientras duerme, he empezado a mantener las distancias con ella, mostrarme frío e incluso borde. Es fácil. Si me pegaba cuando me acercaba demasiado a ella ahora que me muestro indiferente y borde no sentirá ninguna pena si nos separamos. Hasta ahí todo claro, nadie me echará en falta. Ella está a salvo, que se lo merece porque de verdad me importa, aunque siempre la esté cagando ya que soy la torpeza viviente. Yo seguiré mi misión suicida. Es fácil.
...
Ayame...¿me acaba de abrazar?
Mierda. Se suponía que me odiaba. Se suponía que esto iba a ser fácil...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)