sábado, 28 de agosto de 2010

Memorias de un Templario Negro (XXVIII)

Salí de Roma a galope tendido sobre un caballo gris que había comprado en las cuadras de la posada donde celebraban la Consagración a golpe de cervezas mis hermanos de armas. El posadero lo llamaba Agallas, pero supuse que intentaba engañarme, porque la verdad el caballo estaba algo raquítico, pero era el único que había. Decidí dejar a Humildad en el establo, para que mis compañeros no sospecharan de mi huida y ganar así un poco de tiempo si tenían intenciones de impedir mi marcha. Había llegado a tener un vínculo especial con Humildad, pero no iba a agotarlo o incluso matarlo en el largo viaje que me esperaba hacia el este.


"¿Qué estoy haciendo? ¿Yo, viajar hasta el Este sin rumbo? Sí...tengo una deuda con la Iglesia y la pagaré con gusto incluso con mi vida por haberme salvado, cuidado y criado. Pero...¿Qué gano yo?"

De repente negué contrariado. Mis pensamientos tomaron otro tono, como si hablara otra voz en mi cabeza. Pero no eran más que pensamientos.

"Isaac, eres un caballero Templario. ¿Por qué piensas en qué vas a ganar? Solo entrégate a la Causa. A esa causa mayor que Dios te ha asignado. Entrégate a proteger a los inocentes de la mano del Tentador, tienes que enfrentarte ya al mundo. No al mundo que conoces, sino al de afuera. A la muerte, a la miseria, al miedo y a comprender ese preciado tesoro que es la esperanza. Todo indica a que hagas este viaje...tus pesadillas te llevan hacia el este, la Madre Iglesia y la Inquisición te manda allí para que en acto de humildad muestres tus respetos a la que te ha cuidado y protegido del Tentador tanto tiempo. Es hora de dejar tus comodidades a bajo la protección de su ala. Ya no eres un polluelo, debes volar del nido y plantar cara a los que intentan acabar con los inocentes que no pueden contar con la protección que tú has tenido. Y cuando vuelvas no ocultes tus cicatrices, pero tampoco alardees de ellas. Habrás vuelto como un soldado de Dios, todo lo que hará que seas un verdadero Caballero Templario. Te habrás ganado el Cielo. Aunque...¿Qué es el Cielo para ti, Isaac?"

A veces mis pensamientos sonaban en tercera persona. Incluso a veces pensaba que Dios me hablaba. Pero puede que no sea más que una manía que tengo...o que sea eso a lo que llamamos escuchar al corazón.

"Y quien sabe...a lo mejor consigo que Dios rescate el alma de mi madre."


Convencido de emprender la marcha le di ánimos al caballo gris. Dejé mi armadura de Templario Negro en mi aposento de la posada. Este viaje tenía voto de pobreza y pensaba llevarlo lo más extremo que crea conveniente. Ropas sencillas con la capa de los Templarios Negros abrochada en justo bajo el hombro derecho por un broche con una cruz. Llevaba la capucha ocultando mi rostro, que me la puse al revés para no mostrar la cruz blanca que portaba en el hombro. No llevaba ni comida ni agua. Solo mi espada me valía. Y solo eso debía servir...pues ahora era un cruzado. Los guardias de la puerta blanca de Roma apartaron sus alabardas para dejar pasar al jinete negro. No miré atrás.



"Hasta pronto...compañeros"



Galopé como nunca lo había hecho. Estaba preparado para afrontar mi destino. No esperaba volver vivo, pero eso ya no importaba. Expiaría todo lo que manchaba mi alma. Era una suerte que en el siglo XXVII Roma fuera una ciudad con puerto (ironías de la vida). El río Tíber se había fusionado con el Mar Mediterráneo y formaban el actual Mare Nostrum. Fui a uno de los puertos occidentales de Roma con la esperanza de encontrar un barco. Era de noche y era fiesta...¿Qué tripulación se iba a molestar en llevarme ese día en su cubierta? Estaba todo desierto. Lo único que había era un mediano pesquero cuya tripulación parecía ultimar el barco para zarpar. Delante de él había un viejo barbudo canoso, que aún así parecía mantener una enorme fuerza y vigor de un joven. Estaba al lado de un enorme cabo del barco que lo sujetaba al puerto. Detuve secamente mi montura delante de él. Él ni se inmutó, estaba insultando a los que estaban en cubierta, por lo visto no lo estaban haciendo bien o lo suficientemente rápido. Sólo se percató de mi presencia cuando desmonté y e hice una leve reverencia de humildad ante él.

-Yo os saludo, pescador. ¿Podríais decirme hacia dónde va vuestro barco?- le dije desde dentro de la capucha oscura.

El anciano se quedó mudo, supongo que ante la reverencia y la espada al cinto.

-Oye...no quiero problema con los guardias, ya dije que no tengo licencia y que mi barco zarpa ya.

-No es eso...

-Tampoco tengo para sobornaros.

-No por Dios, alabado sea, escúcheme. Solo quiero un barco para viajar lejos de aquí.

El pescador expulsó un profundo suspiro de alivio y acabó en una sentida carcajada, escupiendo restos de pescado que conseguí esquivar por poco.

-Caray muchacho, que susto. Ya me veía arrestado. Pues...no sé. ¿Qué quieres que te diga? Esto sólo es un pesquero, no un barco para pasajeros.

-Mi nombre es Isaac y es urgente que me llevéis en vuestro barco. Conque me dejéis cercano al este, con poco que sea, será suficiente.

-Bien...Isaac, yo soy Earl, y este es mi barco.-señaló al pesquero por encima de su hombro que se mecía suavemente, la pintura horriblemente verde se estaba cayendo y dejaba ver la madera desnuda en muchas partes, era evidente que estaba en un estado lamentable, pero era lo único que había.- Supongo que podría dejarte venir. Pero también supongo que solo serías un lastre para mis muchachos, aparte de que tendríamos que compartir nuestro espacio contigo y nuestra comida. No es que no quiera compartirla, pero es que ya es bastante escasa, ¿sabe? La vida de un pescador es complicada, sobre todo en estos tiempos cada vez más oscuros en el que los Engendros Oníricos pululan más y más por nuestras aguas. A no ser... que estuvieras dispuestos a compensarnos. A pagarme...quiero decir.

-Lo siento, Earl. Me temo que no tengo nada para pagaros.

"Maldito voto de pobreza, acabo de empezar y ya me estás dando problemas"

El viejo marino carraspeó.

-Te creo muchacho. Parece que tienes buenas intenciones. Así que, aunque no pueda llevarte, puedo darte información. En este mismo puerto, hay una galera de guerra bajando el puerto. Han aprovechado la fiesta para poder sacar del Palacio de Justicia Inquisitorial a muchos criminales y delincuentes a trabajos forzados. La Inquisición ha hecho un buen trabajo reciclando a esos desgraciados en vez de torturarlos para nada.

Mientras explicaba subía al caballo gris de un salto.

-Dios te bendiga, Earl.- dije desde la oscuridad de mi capucha inclinando la cabeza a modo de despedida.

-Muy crudo tiene que ser para que decidas ir en una galera de guerra, muchacho. Espero que esa urgencia valga la pena.

-Y tanto...salvaré mi alma y pagaré mi deuda. ¡Ar!- grité chasqueando las riendas para dirigir al caballo puerto abajo.

El puerto estaba visiblemente desértico. Aunque no me preocupé mucho, no podía ser difícil encontrar una galera de guerra en un puerto de pescadores. El viento cambió de dirección acompañando una pestilencia agria y podrida. Agallas relichó claramente disgustado por el olor. Se paró y dejo de trotar, tirando hacia atrás, vuelta al centro de Roma, supongo que queriendo volver al establo de la Villa de la Fonte.

-Maldito caballo.- bajé del caballo por un lateral mientras el rumor de las olas aumentaba, estaba subiendo la marea. Me puse frente al caballo gris- Agallas...vaya una ironía. Hasta dónde puede llegar la necesidad de un posadero para librarse de un caballo que incluso se inventa su nombre. El título no hace al caballo, supongo.

Cogí la espada y le pegué en los cuartos traseros con la parte plana de la hoja.

-¡Corre a tu maldito establo! Agallas...-dije con una burla casi silenciosa.- Total, no creo que me dejen llevarlo en la embarcación. -volví a olfatear el aire, cada vez estaba más cargado de esa peste.- Supongo que me conducirá a la galera.

Efectivamente, así era. La galera de guerra no tardó en aparecer. Una fila de mugrientos personajes desfilaban en fila india hacia el interior de la embarcación, encadenados de brazos y piernas entre ellos. Dos Inquisidores de túnicas rojas los vigilaban, espadas al cinto. Un enorme hombretón, de ancha espalda y un poco bizco, armado con un látigo, estaba dando una bolsa de dinero a uno de los Inquisidores. El Prelado tomó la bolsa con una muesca de asco, pero la aceptó igualmente. Los Inquisidores se dieron la vuelta y montaron dos elegantes corceles negros, hicieron una señal al cielo sin ni siquiera mirarlo. Hubo un poderoso estallido batir de alas, desde el tejado de una lonja. Dos ángeles vestidos de armaduras de cuero negro alzaron el vuelo tras la señal del Inquisidor.

"Así que eso era los que mantenía a los presos tranquilos y sumisos...dos Ángeles de la Muerte, ni más ni menos".

Otro hombre, rapado pero con una fina trenza, junto con un muchacho rubillo, estaban rapando a todos los presos.

-¡Por la Virgen de Guadalupe! Estos piojos son casi tan grandes como un puñetero engendro de esos. Timmy, pasame una cuchilla más afilada, con esta solo podría cortarles el pelo a golpes y no quiero quedarme a ver como salta una de esas pulgas a mi trenza.- dijo el de la trenza tirando una navaja a un cubo, el niño al que se dirigía corrió a buscarle una navaja en condiciones, por lo que fue recompensado por una sacudida cariñosa en la cabeza.- Bien, ahora busca el tambor y déjalo cerca del fogón, pero no mucho, ¡vamos!

-Sí, señor.- dijo el tal Timmy enérgico corriendo hacia su próximo cometido.

Cuando se alejaron los Inquisidores me acerqué al hombre de la trenza, que seguía afeitando a los rehenes mientras canturreaba muy débilmente una canción aparentemente pueblerina.

-"Tengo una novia que vale, más que la fuente de Roma, ¡ole!"

-Perdona...-interrumpí con gusto esa horrible cancioncilla.-¿Quién está al mando de esta galera?

-¡Ostia puta!- parecía afectado, miró nerviosamente a todos, como creyendo que se había montado un motín mientras trabajaba. Cuando comprobó que no pasaba nada, me miró de arriba abajo.- Que susto mas dao jodío. Eh, sí. Perdona. Soy Juan ¿Qué queríais?

"Vaya, un hombre muy castizo que sabe ser educado cuando se lo propone"

-¿A dónde va esta galera?

-Euh...se dirige a Chipre. Allí nos reunimos con las otras galeras que están recorriendo toda la costa Europea vaciando en parte los calabozos de la Inquisición.

-¿Una milicia?

-Eso parece. Aunque no la mejor- dijo señalando a los sucios exclavos que parecían ignorar lo que decía Juan.- Solo matarían a alguien con la peste que echan estos desgraciaos. Pero bueno, no son los únicos. Por lo que tengo entendido la Iglesia también está pidiendo a algunas personas que le devuelvan los favores que ellos le han otorgado. Pero como yo no soy uno de ellos, pues viva la Pepa. No sé que está pasando en el oriente, pero sea lo que sea es jodido.

"Ya...ahora entiendo por qué vino ese el Prelado Herman a buscarme a la posada, a cobrarse mi deuda"

-¿Por qué no mandar los Templarios a las tierras sagradas?

-¿Invocar otra Cruzada? No sé...las cosas están difíciles por aquí como para deshacerse de tantos Templarios, por no hablar de los Ángeles. Benditos sean.-se santiguó con presteza.

-Bien...vuestro destino me viene perfecto. Quiero entrar en la galera.

Juan casi se atraganta.

-¿Cómo? Supongo que le pagarás al patrón.

-Sí, pero con la fuerza de mis brazos. Remaré como uno más.

-Ummm, no sé no sé. ¡Patrón, aquí tenemos una "buena boya"!

El hombretón bizco se acercó, aparentemente impaciente, estaba jugueteando con el látigo mientras miraba a los presos.

-¿Qué dices, Juan? ¿Una buena boya? ¿Éste hombre?- dijo analizandome.

-Sí patrón.

-Bien, veamos. Soy Luan y dirijo esta embarcación. Supongo que quieres que te paguemos a cambio de remar, ¿no?

-No señor. Solo que me alimentéis en el viaje.

-Vaya...en ese caso me sales rentable. Por favor, quítate la capucha, señor...

-Isaac.- dije a la par que me quitaba la capucha y mostraba mi rostro.

-¡Pero si solo es un muchacho! ¡Solo llevo hombres en la galera!

-Creo que estoy en mejor forma física que esos prisioneros, señor Luan.-dije agachando la cabeza.

-Bien, en ese caso. Permíteme mirar si eso es cierto.

El patrón empezó a palpar mis brazos, casi con mano experta en detectar la fuerza de los músculos. Emitió un silbido agudo, impresionado.

-Vaya...no me mentías. Está fuerte y fibroso. Un cuerpo atlético. ¿Quién demonios eres, muchacho?

-Solo un peregrino.

-Bien, no haré preguntas. Te llevaré, pero...esa espada tuya. No puedes meterla. No puedo fiarme de que un desconocido entre con una espada en una galera de prisioneros.

-Lo siento...pero la necesito.-agaché la cabeza, sumiso.

-Entonces no podré llevarte.

-Entraré, me lo habéis dicho. ¡Ni siquiera voy a cobraros!-hice amago de dar un paso para entrar en la galera.

-Téndré que quitartela por la fuerza.-apresó la vaina con presteza y con la otra mano cortó los correajes del cinto. Se llevó la espada, pero la apresé en el aire. Quedamos en fuerzas enfrentadas agarrando los dos la vaina. Juan estaba poniéndose nervioso ante el forcejeo.

-¡No podéis quitármela!

-¡Solo es una espada! ¡No puedo arriesgarme a que la lleves en una galera llena de criminales! ¡En tu destino encontrarás otra!

-¡Es más que una mísera espada!

"Representa lo único a lo que me puedo aferrar ahora"

-No me dejas elección muchacho. Si no quieres soltarla enfréntate a la mano dura a la que someto a mis galeotes, maldito vagabundo.

Diestramente mi contrincante me golpeó con el látigo, que me pasó por encima del hombro derecho y me rajó la espalda ampliamente. Luan gritó totalmente rabioso por mi actitud aparentemente infantil e inmadura, ya que ni vacilé a la hora de apartarme de la trayectoria de su látigo.

-¿Por qué eres tan zoquete? ¡Solo es un trozo de metal! ¡Puedes conseguir otra en tu destino!- me dió otro azote, pero yo segúia sin soltarla.

-¡Es mi espada! ¡Y entraré con ella!

"Bendecida por el Negro Temple y con la sangre del caído"

-¿Y qué demonios significa esa espada como para encararte conmigo? ¡Sueltala y dejaré de darte latigazos! ¡Haznos un favor a los dos!- otro latigazo, se me saltaron las lágrimas.

En vez de mermar mis fuerzas, aumentó mi determinación, di un tirón y desenvainé un poco más allá del gavilán, pero no saqué la hoja, mostrando solo parte de la hoja desnuda. De un empujón le puse la parte de la hoja en el cuello. Luan solo tenía detrás el mar.


-¡Es más que una espada! ¡La empuñadura de mi espada es mi cruz!. ¡La hoja de mi espada es mi fe!. ¡La danza de mi espada es mi oración! - le grité rabioso con las lágrimas saltadas

-¡La Virgen!...con un Templario Negro nos hemos io a pará.- dijo Juan santigüándose.

-¿Un...Templario?- dijo Luan tembloroso.


-No me separaréis de ella por muchos latigazos que me deis. - dije más sosegado envainando lo que había sacado de la hoja.- Pero tenéis mi palabra de Caballero Templario que no usaré mi espada en vuestra contra a menos que no me dejéis elección.

-Bien...bien...-dijo Luan, que se había puesto blanco.- Tomo vuestra palabra. Juan...llama al niño y que le den un puesto junto al fogón. No hace falta que le corten el pelo ni que lo encadeneis al banco.

-¡A su ordene patrón! ¡Timmy!

El niño apareció en seguida.

-Lleva a este hombre al banco próximo al fogón. Y por supuesto puede llevar su espada...faltaría más debido a su identidad. Ponlo en la posición en la que menos esfuerzo tenga que hacer.

-No...iré como los demás. Solo llevaré mi espada, pero quiero ir encadenado para que el señor Luan esté tranquilo...-dije con un poco de rencor.-Nada de privilegios. Cortadme el pelo.

-No hace falta señor caballero...-empezó a decir el patrón claramente aturdido por el giro de acontecimientos.

-He tomado una decisión. Viajaré como uno más.

-¿Pero...por qué? Podría ir cómodo...siempre es un honor servir a un mandatario de la Iglesia. ¿Por qué quiere pasarlo como esta chusma?

Suspiré.

-Por voto de humildad...tómeselo como una penitencia. Además...me ha azotado con un látigo, no creo que sea peor que eso. Perdón por lo de antes, solo quería mantener en secreto mi...identidad.

-No le dirá nada a la Iglesia ...¿verdad?- suplicó.

-Lléveme a Chipre.

-Sí...Isaac.

Luan salió como diría Juan: "cagando leches"

Juan se encargó de cortarme el pelo, junto a Timmy, el niño rubillo. Me lo dejaron casi rapado.
-¡Listo! Ya está usté rapao.

-Bien...

"Cuando vuelva...espero que mi pelo sea largo y abundante. Testigo de todo lo que voy a vivir"

-¿Estáis seguro de que quiere venir? Si yo fuera usté me quedaría en Roma.

De repente se escuchó una voz femenina que gritaba como una posesa desde el interior del puerto.

-¡Isaac! ¡Dónde estás maldito tarugo! ¡Deja de hacer el idiota y vuelve!

"Mierda, Amelia. ¿Cómo ha podido deducir que llegué hasta aquí?

Ahora se escuchó una masculina. Duncant.

-Estoy seguro de que está aquí. He seguido las pistas del caballo que según el posadero, le ha vendido. Llegó hasta aquí. Sin duda. ¡Isaac!

Juan me miró.
-Creo que alguien le busca. Deben estar cerca. Si corre hacia el mercado los encontrará.

-No...yo ya elegí mi camino. Adiós Amelia, adiós Duncant. Adios compañeros-dije para mis adentros para entrar en la galera.

Entré golpeado por un terrible olor. Los galeotes ya estaban sentados y preparados. En la arrumbada de la galera había un tipo tocando el tambor, marcando un ritmo, andante y constante. Me sentí raro con el pelo rapado, no es que lo tuviera muy largo antes, pero...era raro.

"A partir de ahora lo dejaré crecer, como el que tiene Duncant"

Me encadenaron en mi banco, y el viaje empezó. Fuera de la galera pude escuchar a Amelia y a Duncant. Sus gritos llegaron ahogados, pero llegaron. Habían llegado al final del puerto.

-¡Este pelo es el de Isaac!- gritaba Amelia exasperada.

-¡Ahí va una galera!- observó Duncant.

-No es posible...¿Será tan estúpido como para meterse ahí?

-Todo parece indicar que sí...pero, ¿Por qué?¿Qué busca? ¿A dónde va? ¿Por qué huir sin decir nada?

-¡Isaaaaaaaac! ¡Isaaaaaaaaaaaaaac!- empezó a gritar Amelia

-¡Isaac!- gritó ahora Duncant, cada vez se escuchaba más débil, la galera estaba saliendo del puerto.

-¡Isaac, si estás en esa puñetera galera, ya estás saltando inmediatamente! ¡Isaaaac!

Una lágrima se me escapó, por el tono de desesperación de mis amigos. Ignoré sus gritos y empecé a remar junto a los prisioneros al ritmo del tambor.

-¡Aur! ¡Aur! ¡Aur!- gritábamos a cada golpe de remo.

"Algún día os lo contaré...lo juro."

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