martes, 8 de junio de 2010

Memorias de un Templario Negro (XXVI)

¿Y qué es lo que significaba una festividad religiosa? Pues por aquél entonces sentir como Dios removía mi espíritu y fortalecía mi fe. Y mi fe se endureció con el mensaje de esperanza que dejaban los ángeles a lo largo de su vuelo sobre Roma Aeterna. No sé si mis hermanos de armas: Alejo, Ilse, Jacob, Johann, Jacqueline, Duncant y Amelia, sentían lo mismo que yo cuando veía a los ángeles volar. La multitud miraba al cielo y la Iglesia ya no necesitaban a los Templarios para contenerlos. El populacho estaba satisfecho, y con poca cosa diría yo ahora. ¿Pero acaso no es eso lo que siempre ha hecho la Iglesia? Satisfacernos con las sobras de su poder y con espectáculos religiosos insulsos pero espectaculares.
Seguí mirando al cielo, con los ojos llorosos por el sol, mirando las siluetas de los ángeles que revoloteaban como un enjambre con unas piruetas espléndidas para no chocar entre ellos. De repente me di cuenta de que mis compañeros se habían ido.
"Mierda, ahora me he perdido en Roma ¿Y ahora qué hago?"
Decidí mirar los ángeles pidiendo a Dios que me condujera hasta mis compañeros mientras me daba codazos contra la marea de gente. Sí, por aquél entonces le pedía a Dios que me rescatase de cualquier problema, por nimio que sea. Qué estupido era. Amelia volvió de entre la muchedumbre para buscarme (evidentemente no iba a venir Dios a rescatarme). Me pasó el brazo alrededor del cuello y me apresó con una fuerza innecesaria.

-Isaac, ¿qué tienen de magníficos esos pollos?-dijo mientras me llevaba siguiendo a nuestra compañía entre la muchedumbre, que andaba bastante lejos.
-Que no son pollos, son ángeles.-dije ya mosqueado de ese término, ella gesticulaba burlescamente, imitándome.- Creo que no has comprendido lo que representan para la...
-Si, si, si. Ya lo sé, la esperanza de la humanidad y todo eso ¿no? Cuando entres por primera con vez en batalla con los Templarios Negros ¿qué harás, Isaac? ¿Te sentarás y rezarás para qué venga un ángel a salvarte el culo?
- Bueno, tampoco es eso...
-¿Por qué no hacemos una cosa? ¿Por qué no confías en nosotros?-dijo apretándome y sonriendo al sol, aprovechando que la muchedumbre nos dejaba pasar por nuestro aspecto de Templarios.-Al menos confía en Duncant y en mí, que somos los que más conoces por lo menos.
-No dije que no confiara en vosotros...-dije por lo bajo. Acabábamos de alcanzar a nuestra compañía, que parecía satisfecha con el día o con lo que venía después.
-Sé lo que querías decir Isaac, pero escúchame, fíjate y valora lo que tienes junto a tí.- Amelia seguía hablando de forma desinteresada, pero con una pizca de seriedad. Duncant se giró escuchando parte de nuestra conversación.
-No sé de que habláis, par de dos. Pero Isaac, nunca sabrás cuando vas a perder lo que tienes...y entonces te darás cuenta de que no lo valoraste lo suficiente.
-En resumidas cuentas.-dijo Amelia acercando su rostro ante el mío.- ¡¡Deja de soñar sobre pollos voladores y no te quedes atrás, zopenco!!

El camino intentando salir de Roma fue silencioso, más que nada porque no se escuchaba nada entre el gentío. Ilse iba en cabeza y se movía con soltura por Roma, parecía conocerse la ciudad como la palma de su mano. Su trenza rojiza se movía con mucha energía. Estaba exultante.

-Hacía tiempo que no entraba en Roma, ¿sabéis?
-¿Eres de Roma?-le preguntó Alejo.
-Sí, aunque nunca llegué a pertenecer a la ciudad pública, por así decirlo.
-¿Qué significa eso?
-Digamos que a los eclesíasticos les asustaba el color de mi pelo.
-¿Cómo? ¿El color de tu pelo?
-Sí, mira. -dijo acelerando hacia la fuente.

Llegamos a la plaza de Roma, la gente estaba llegando hasta allí desde la Basílica, para reunirse y organizar lo que iba a ser la continuación de la festividad, aunque en realidad la continuación era más profana que religiosa. La fuente de Roma había sido invadida por los niños, que correteaban alrededor o incluso chapoteando dentro de la fuente mientras los padres desenvolvían algunos víveres que habían traído en su peregrinaje para comer después de semejante mañana, exultantes, hablando sobre lo que acababan de presenciar. Ilse avanzó hacia la fuente dispuesta a hacer una demostración de lo que acababa de decir. Se plantó delante de un novicio de la Iglesia y se deshizo la trenza de forma enérgica y empezó a agitar su larga cabellera rojiza delante de él. El novicio, asustado y asqueado, salió corriendo. Nosotros mirábamos la escena sin entender nada.

-A las mujeres pelirrojas siempre se las han considerado brujas, incluso durante la antigua Iglesia prediluviana- explicó Johann mientras mirábamos a Ilse volver.


Ella volvió muy feliz, ordenando su largo pelo, pero sin volver a recogerlo.

-Creo que me dejaré el pelo así por Roma.-dijo agitándolo desmesuradamente mientras un grupo de novicios huía en desbandada chillando como unas niña a la que le enseñaban un sapo de cerca.
-A tí no te gusta llamar la atención, ¿verdad?- le dijo con sarcasmo Alejo.
-¿Qué tiene de malo? Simplemente me tomo las libertades que nunca tuve en mi infancia.-replicó sacudiendo melena ante otros novicios, que actuaron igual que el anterior.
-Ilse...el pánico de los novicios de Roma.-concluyó Alejo echándose una palmada a la frente y la cabeza gacha, mientras huían los novicios.
-Esa soy yo. Además, sospecho que solo envidian mi preciosa cabellera. ¿Nos vamos?

Fuimos a una posada de Roma, llamada "Villa della Fonte", por lo visto, hace muchos siglos, antes de que Dios castigara a la humanidad por su arrogancia, había sido algo llamado "hotel". No le dimos mucha importancia a ese detalle que no decía nada.

-Ahora es cuando empieza la fiesta.- dijo Amelia.
-Creía que la festividad había acabado.- le dije yo.
-¿Pero qué dices? La verdadera fiesta no acaba más que comenzar, la Consagración no es más que una escusa para que podamos beber hasta quedarnos sin sentido.
-Tampoco te pases.- le pegó un codazo Duncant a Amelia.- Acuerdate de lo que pasó la otra vez.
-¿Qué pasó?-dije- No recuerdo nada.
-A eso me refería. -concluyó Duncant.

Johann, Ilse y Alejo ya estaban al otro lado de la posada, en la barra, chocando jarras.

"Son rápidos cuando se trata de beber", pensé pasmado.

La noche fue como las que nos gustaban a los Templarios Negros. Una buena posada, música, y cerveza por doquier. Nos sentamos en una buena mesa redonda y empezamos a brindar y chocar jarras con tanta emoción que nos cargamos tres. Conclusión de la noche: Gorke debía tener un aburrimiento de la ostia con los otros superiores Templarios que realizaban una misa después de la Consagración (mientras que los rasos se emborrachaban para celebrarlo por toda Roma, como nosotros); Johann comenzó a acosar a la camarera de la posada cual tipo salido (que le sirviera cerveza una muchacha romana ,en vez de la madre de Kiara en el "Capa y espada" como siempre, le emocionó mucho); Alejo no soportaba mucho la cerveza y cayó en redondo en plena madrugada, quedándose dormido, y para que no molestara, Ilse lo dejó debajo de la mesa; Jacqueline le enseñaba a Duncant un baile cortesano de Francia acompañado de los músicos de la posada; Duncant aprendía totalmente interesado de Jacqueline, ya que siempre era de los primeros en bailar en una fiesta o celebración. Ilse no tardó en remangarse la camisa y empezar a echar pulsos con Jacob, que gruñía de satisfacción, pues Ilse no era rival para el deslenguado, aun así el orgullo de Ilse era inquebrantable y siempre pedía indignada la revancha. Amelia y yo no éramos mucho de bailar, seguimos a nuestro ritmo bebiendo una jarra tras otra, intentando por activa y por pasiva no caernos de la silla, apoyándonos el uno sobre el otro totalmente borrachos, señalándonos el uno al otro, riéndonos por nada y haciendo halagos estúpidos contínuamente: Amelia y yo habíamos llegado a ese punto del emborrachamiento conocido como exaltación de la amistad, en el que nos dábamos la razón mutuamente por cualquier estupidez. Después empezaríamos a discutir por tonterías sin sentido, aunque yo más bien me mantenía pasivo mientras ella me decía una y otra vez "tarugo". Después se emocionaba y se ponía a decir todo lo que nos quedaba por vivir. A los tres. A Duncant, a ella y a mí.

-Iremos a tierras lejanas, campos, desiertos, tierras nevadas.- decía con la mandíbula atontada por el alcohol y golpeando la jarra contra la mesa.- Conoceremos mundo, veremos gente de todas partes de Europa...que coño ¡De todo el mundo! Machacaremos a todo el que intente separarnos-fue perdiendo fuerzas y fue hablando cada vez más debil-Acabaremos con injusticias allá donde vayamos...Y volveremos a casa. Algún día. Y... no sé. Después quedará envejecer, hasta morir.-terminó algo triste.

Le eché un brazo por encima contagiado de todo lo que había contado.

-¿Por qué no tener una familia? Siempre en un futuro podrás conocer a alguien para formar una familia y vivir como campesinos-lo dije sin pensar, en circunstancia normales (es decir, no borracho) no habría mencionado ningún tema de familia, además, por aquél entonces creía que el amor era un camino que no estaba hecho para mí y que me esperaba un futuro solitario. En resumidas cuentas, era un tema tabú. Ella miró un poco ida al vacío, con una sonrisa tonta.


- Vivir como campesinos. Tener mi propia familia. Cuidar de mocosos hiperactivos e insoportables, de locos bajitos...Suena bien-dijo primero indignada y luego muy débilmente- ¿Por qué no? quizás dentro de mucho, mucho, mucho tiempo.
-Pero pase lo que pase siempre estaremos juntos, ¿no?-le dije tendiendo mi jarra.
-¡Claro! Siempre seremos tres, lo he dicho siempre ¿acaso lo dudabas, cabezón?- me dijo sonriendo y chocando parcialmente (no estábamos en condiciones de acertar de pleno) nuestras jarras.



Me quedé dormido sobre la mesa, totalmente traspuesto. Y mal momento para tener una de mis pesadillas ocasionales. Esta vez caí en la oscuridad. De repente hacía mucho calor y volví al pasado. Volví a ver sangre, la sangre recorriendo fluidamente mis manos. Sangre ajena. La sangre de mi primer asesinato. La primera vez que le arrebaté la vida a alguien. Nunca podré olvidar esa mirada, esa mirada dura y fría, la mirada vidriosa de un inocente. Intento consolarme que era él o yo. Por esa muerte, hoy estoy yo aquí, en vez de esa otra persona. De alguna manera estoy viviendo también la vida que le he quitado. Estoy seguro de que él habría aprovechado la vida mejor que yo. Sí...volví a aquél patio de arena del Negro Temple, reviví la prueba sangrienta y ciega que nos convertiría en Templarios Negros. ¿Mereció la pena semejante pago? No lo sé. La culpa me carcome siempre que sueño con ese patio de arena empapado en sangre ajena, y lo digo en presente porque aún sigo soñando con ese muchacho pecoso que se ensartó en mi espada.

-¡No!¡Otra vez no!-grité despertando en sudor, descubriendo lentamente que me había quedado dormido sobre la mesa. Amelia estaba en frente, algo recuperada de la borrachera, la noche y la fiesta continuaba, pero ya había decaido bastante el ambiente.- Solo...es otra...pesadilla.- dije como disculpa levantándome torpemente para ir hacia la barra. Aún no estaba lo suficientemente anestesiado de alcohol.

"Empecé a beber desde aquello...desde la muerte de ese muchacho a mis manos. También para olvidar otras pesadillas."

Cierto, también tenía otras pesadillas. Quedé muy traumatizado de pequeño cuando me dijeron que mi madre ardía en el infierno y que estaría ardiendo y gritando de dolor por toda la eternidad. A veces sueño con su rostro marchito y su mirada orlada de lágrimas, secadas por el fuego, gritando mi nombre...mi verdadero nombre, un nombre que no recordaba.

-Dame otra jarra..-dije a la camarera tambaleándome en la barra.

- Te sientes bien matando el tiempo mientras hay gente que por tu culpa ha muerto y arde en el infierno ¿verdad, pecador? ¿Ese es el ejemplo de disciplina, sobriedad y pureza que debe dar todo Templario? ¿Así es como le pagas a Dios que te deje luchar por su noble causa, maldito deshecho humano? No te mereces que se te llame por tu nombre. ¿O sí, Isaac?-escuché detrás de mí.

Apreté con fuerza las manos, afianzándome en la barra. Un hombre, si es que aquello era un hombre, se dirigía a mí. Iba vestido completamente por una túnica negra y una capucha, ocultando debajo otros ropajes que no lograría a identificar. Medía metro noventa, una enorme capucha cubría su rostro. Tenía una voz cavernosa y parecía que estuviera ahogándose contínuamente. Respiraba con dificultad. Me pareció ver una tenue luz roja en la oscuridad de su capucha. De repente una mano enguantada de blanco me mostraba un anillo negro. Me quedé congelado, no sabía que hacer. Me quedé quieto.

-Sigues siendo un niño insolente y malcriado. Pero ya no escurridizo.-tuvo un acceso de tos ronca de repente- Besa el anillo, si no quieres acabar trabajando para la Iglesia arando campos con los dientes.

Besé el anillo.

-¿Te sientes bien celebrando aquí la muerte de ese pobre muchacho al que mataste? Se llamaba Ron, era de Austria, su familia entristeció mucho cuando supo que lo mataste a sangre fría para entrar en la orden, aunque Dios te perdona en ese aspecto.-dijo incriminatoriamente- En algún lugar del mundo saben que un tal Isaac está emborrachandose en tabernas de mala muerte en vez de haber dejado vivir a otro muchacho, que hubiera servido fielmente a la causa de la humanidad. ¿Te sientes bien, Isaac, sabiendo que si hubieras muerto tú en vez del tal Ron ahora el mundo sería un poquito mejor? ¿Y sabes por qué? porque él habría arrimado el hombro para ayudar a Dios y a su Iglesia para salvar al mundo, estoy seguro. Su fe era de hierro y era noble. Lo conozco, igual que te conozco a tí.

-¿Cómo...?-dije desorientado y dolido.

-Si, te conozco. Sé todo sobre pecadores. Sobre tí y sobre tus compañeros. ¡Oh, sí! No creas que ellos tienen las manos limpias, ninguno están libres de pecado. Pero no me extraña, los pecadores engendran pecadores. Por cierto, ¿qué tal tu madre, Isaac? ¿Dónde está esa furcia? ¡Ah, sí!-se acercó a mí- ¡¡Ardiendo en el infierno!! ¡Como va a acabar tu alma si no obedeces a la Iglesia!

Empezó a reírse cascadamente, le supuso un gran esfuerzo y acabó tosiendo pesadamente. Una lágrima surcó mi rostro sin entender a qué venía tal crueldad gratuita y sin motivo.

-Tranquilo Isaac. Dios siempre te da una oportunidad para que salves tu alma. ¿Sabes lo que tienes que hacer para que Dios te perdone? Seguir sirviéndole. Pero con más determinación.

-Mi madre...infierno. Otra vez atormentándome con eso... ¡No es justo! ¿Por qué sigue allí? Estoy sirviendo a la Iglesia, ¿por qué no la dejan marchar?¿Por qué no dejan su alma en paz?-dije entre balbuceos.

-¿Hablas de justicia a un Inquisidor? Yo conozco lo que es la justicia, Isaac. Dios hace caer en ti toda su justicia y aunque te escondas por debajo de las piedras, Él te encontrará. Sirviendo a la Iglesia salvas tu insignificante alma, ¿pero quién te ha dicho que salvas las de todos los herejes con los que te rodeaste en tu infancia? Ya sea la puta de tu madre o ese malnacido del Pater Brahms. ¿Sabes? yo era partidario de hacer que hubieras dejado de sufrir ese fatídico día en el que cazé, pero entre ellos dos lograron dejarte vivir, por culpa de ellos aún sigues sufriendo.

-¿Por qué...?-pregunté llorando aún notando el alcohol en mi cuerpo.-¿Por qué me haceis esto?

- Esto ni siquiera llega al grado de tortura para mí. Ni siquiera llega a lo que yo sé de tortura psicológica. ¿Sabes por qué te hago esto? ¡Porque tú me hiciste esto!-se apartó la capucha pudiendo ver una cara normal, surcada de algunas arrugas, al menos en su mitad derecha. La mitad izquierda había sido quemada horriblemente, con el ojo invadido de una fina película blanca que indicaba ceguera.

-¿Yo? Yo no te hice eso. ¡Ni siquiera te conozco!

-Eras un niño. ¿No lo recuerdas? Intentabas zafarte de nosotros. Intentaste escapar de nuestros brazos, todo ardía a nuestro alrededor. ¡Me confié al retener a un mocoso, y me empujaste haciéndome caer sobre las brasas de tu casa en llamas para escapar! Para escapar e irte llorar como un crío al cuerpo calcinado de tu madre!

-¡Ni siquiera recuerdo eso!

-Hay muchas cosas que no recuerdas, Isaac.-dijo acariciándome la cabeza.- Hay muchas cosas sobre tí que te son un misterio. Tardamos mucho tiempo en encontraros, necesitamos una gran labor para cazaros. Tu madre lo hizo bien, era escurridiza la pecadora, cual serpiente del infierno de lengua venenosa. Yo me encargaba de vuestro caso para la Iglesia, yo hice que tu madre pagara por los pecados que cometió contra Dios. Yo fui uno de los que lograron cazar a tu madre. Yo hice que pagara por sus pecados. Yo prendí fuego a su cuerpo para que el Señor de las Moscas procediera a quemar su alma. ¡Queríamos salvaros y ni siquiera os dejásteis confesar antes arder!

-...

-Pero no vengo a torturarte, Isaac. No he venido por mi propio pie, me manda la Iglesia. Deberías dar gracias por la compasíon de Dios, puesto que me han ordenado que te dé la oportunidad de que puedas liberar a tu madre del infierno a cambio de un gran sacrificio tuyo. ¡Y ni si te ocurra pensar que Dios es injusto contigo! Injusto es que te haya dejado vivir después de todos las afrentas que le habéis causado a Dios y a su Iglesia. Te hemos criado, alimentado, dado una formación, hemos liberado tu alma. Ahora nos debes un favor. Dios te permite pagar los pecados de tu madre.Seguramente morirás, pero podrás morir con la conciencia tranquila de que salvarás tu alma y la de aquella que te dió luz.

"¿Por qué? No entiendo nada. ¿Realmente mi madre había sido una gran enemiga de Dios, de la Iglesia y de la humanidad, o simplemente cazaba a todos por igual? Mamá...¿qué hicimos para que nos odiaran de esa manera?¿Qué hiciste antes de que yo naciera? ¿O simplemente Dios nos odia? No...Dios es misericordioso, él me mantuvo vivo...Él me ama. Siempre me han dicho eso. Me estan dando una oportunidad de salvar nuestras almas...la oportunidad que nunca creía que me fueran a dar."

-Dime qué es lo que quiere Dios de mí. Haré lo que sea por complacerle, creo en él, creo en sus ángeles y creo en su Iglesia. Solo quiero salvar nuestras almas impuras y amar a Dios...solo a Él. Dime qué es lo que quiere de mí, y yo me entregaré en alma y cuerpo a cualquier sacrificio.- le rogué cegado.

El Inquisidor ocultó su parcialmente desollado rostro, pero dejando mostrar una sonrisa depredadora desde la oscuridad de su capucha.

-Vaya...veo que, después de todo, sí que has cambiado. Puede que te haya juzgado mal y sí sirvas a Dios como un buen feligrés. Quizás puedas volver al rebaño después de todo. Quizás seas un buen servidor

-Lo soy. Ponedme a prueba y le demostraré que mi madre y yo somos dignos de entrar en Su Reino. Podré pagar los horrores que le hizo a Dios y a su Iglesia. Estoy arrepentido y me avergüenzo de ella y de sus actos. La negaré si Él me lo ordena. Haré lo que Él me pida.

-Es lo que Dios espera de ti-dijo sin poder deshacer su sonrisa de tiburón tras la oscuridad.- No le vuelvas a decepcionar.

Lo pensaba de verdad. Mi fe era verdadera, la Iglesia hizo un trabajo excelente conmigo desde que era niño. Mi fe se convirtió totalmente ciega. Creí en Dios por encima de todas las cosas, de todas, he dicho. Y la Iglesia sabe manejar a todo creyente. Ahora me tocaba el turno a mí.

Ahora sé que me chantajearon con mis recuerdos dolorosos. Que me coaccionaron con mis propios sentimientos. Hicieron que yo mismo me pusiera las vendas y la correa. Y siempre pensé que era lo correcto. Me amaestraron cual bestia o rebaño. Ahora la Iglesia volvía para saber cómo de dócil era su perro de guerra. Yo.

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